¿Cómo será la política de defensa estadounidense con Trump?

¿Cómo será la política de defensa estadounidense con Trump?

Donald Trump
Donald Trump. Fuente: Konzapata.com

La victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses del pasado 8 de noviembre ha generado un potente ruido mediático con marcados tintes apocalípticos. Para muchos analistas, quizá más guiados por sus afinidades ideológicas que por una visión objetiva y documentada, que el señor Trump se ubicara en el despacho Oval de la Casa Blanca venía prácticamente a significar el preludio de la Tercera Guerra Mundial.

Estas visiones tan sumamente alarmistas, que han conseguido atemorizar y crear confusión a un público expectante, describen este nuevo contexto mundial como un entorno impredecible, turbulento y caótico, donde cualquier desastre para la humanidad se hace posible.

En contraposición con el mundo feliz que se prometía en 2008 con la llegada de Barack Obama a la presidencia de EEUU, la campaña planetaria de desprestigio contra el ya presidente electo Trump –a la que ciertamente él mismo contribuyó con sus continuas declaraciones cuando menos controvertidas y a veces realmente esperpénticas, quizá fruto de una estrategia perfectamente diseñada para irse deshaciendo de todos sus rivales, empezando por los de su propio partido- ha ofrecido la visión de un mundo convertido en el crisol en el que se fundirán todos los males imaginables para la humanidad.

Obama recibiendo el Premio Nobel
Obama recibiendo el Premio Nobel, premio que logró en base a intenciones que no se han visto transformadas en hechos. Fuente: Hispantv.com

En realidad, las pasiones humanas siempre han hecho que el mundo sea acusadamente inestable, incierto y tornadizo, siendo prácticamente imposible conocer a ciencia cierta lo que depara el futuro, incluso el más inmediato. Volatilidad que ahora se ve potenciada por la tecnología de las comunicaciones y el ciberespacio, implicando que los acontecimientos surjan con inusitada inmediatez y se aceleren los constantes cambios de escenarios y actores.

Por todo ello, y aunque a priori nada hace pensar que la victoria de Trump vaya a indefectiblemente significar grandes cambios en las grandes claves geopolíticas que hasta ahora han regido en el planeta, hacer un pronóstico certero no sólo es presuntuoso, sino quimérico y, por lo tanto, estéril. Para empezar, para conocer qué puede deparar el futuro, hay que establecer como punto de referencia el contexto internacional dejado como herencia por el presidente saliente Obama, la cual no era tan positiva como se ha querido transmitir.

Una buena referencia del derrotero que estaba llevando EEUU la puede señalar su última Estrategia de Seguridad Nacional, publicada el 9 de febrero de 2015. En su introducción, firmada por Obama, pueden leerse frases tan sumamente pretenciosas –aunque nadie discuta su veracidad- y en principio tan alejadas de alguien que había recibido el premio Nobel de la Paz antes incluso de haber empezado a calentar el sillón de su despacho presidencial, como son: “Poseemos una capacidad militar cuyo poderío, tecnología y alcance geoestratégico no tiene parangón en la historia de la humanidad”; “Los Estados Unidos tienen una capacidad única para movilizar y liderar a la comunidad internacional”; “Una verdad innegable: América debe liderar”; “La cuestión no es si América debe liderar, sino cómo liderar”; “América lidera desde una posición de fuerza”.

No hay que olvidar que a Obama se le concedió dicho premio Nobel principalmente por sus promesas de desnuclearizar el mundo y de perseguir la paz en Oriente Medio. Sobre el primer aspecto, las negociaciones del último tratado sobre reducción de armas estratégicas (START), firmado en 2010, se interrumpieron en diciembre de 2014, como consecuencia de los sucesos en Ucrania. Y a principios de octubre pasado, Moscú ha roto el acuerdo que databa del año 2000 sobre la destrucción de decenas de toneladas de plutonio para uso militar, por considerar que Washington no lo estaba cumpliendo. Si se habla de Oriente Medio, la paz sigue tan lejana como siempre, pero ahora con muchos más actores presentes y luchando entre sí. El caso más paradigmático quizá sea Siria, donde la enconada pugna entre el Kremlin y la Casa Blanca ha impedido poner coto a un desastre humanitario de magnitudes colosales. Por no mencionar la nefasta intervención sobre Libia por parte de una OTAN “liderada desde detrás” por EEUU, que no solo ha conseguido llevar el caos más absoluto a este país, sino de paso desestabilizar buena parte del Sahel.

La guerra de Libia ha supuesto un desastre de dimensiones colosales
La guerra de Libia ha supuesto un desastre de dimensiones colosales. Fuente: Biyokulule.com

Por otro lado, ninguno de los objetivos militares perseguidos por Obama se han conseguido, pues Al Qaeda está más viva que nunca y presente en muchos más países que en 2008, la presencia militar en Afganistán continúa (hace pocas fechas se aprobó el envío de 1.400 nuevos efectivos de la prestigiosa 101 División Aerotransportada), mientras los talibán van retomando paulatinamente el control del país, y la prisión de Guantánamo –aunque con menos detenidos- sigue abierta.

Un tema tan sensible como la venta de armas a terceros países también ofrece una lectura interesante: en los ocho años de mandato de Obama, EEUU ha exportado armas por valor de 278.000 millones de dólares, el doble de la era Bush, la mayoría a Oriente Medio, muy especialmente a Arabia Saudí (115.000 millones). Armas que poco han hecho en beneficio de la paz, pues, al contrario, han servido a Riad para llevar a cabo su particular operación en Yemen, donde veinte millones de personas padecen hambruna.

Sin olvidar que, además de incitar al despliegue de batallones de la Alianza Atlántica en países europeos fronterizos con Rusia, en fechas recientes la Casa Blanca había acordado destacar 330 efectivos de los marines en una Noruega que ya mantiene unas delicadas relaciones con Putin.

En definitiva, cuando durante la campaña electoral Trump hablaba de recuperar la grandeza de EEUU y de salir de la crisis en la que, según él, se hallaba inmerso el país, en realidad no hacía más que replicar el discurso que ha mantenido Obama desde su ya lejana campaña electoral. Lo mismo que en su momento la llegada de Obama sirvió para lavar una muy deteriorada imagen de EEUU en el mundo tras la era Bush, pero sin que en la práctica ello haya supuesto una merma de la influencia de Washington a escala planetaria, el equipo de Trump perseguirá adaptarse a los nuevos tiempos y circunstancias, sin poderse tampoco sustraer a las inercias a las que le someterán presiones externas e internas –los poderosos lobbies-. Así las cosas, no son de esperar grandes cambios en los grandes objetivos estratégicos nacionales de la nueva administración, entre los que destacará perpetuar a su país como el gran líder mundial.

Primer ejemplar del F-35I Adir entregado a Israel
Primer ejemplar del F-35I Adir entregado a Israel. Trump reforzará el apoyo a Israel. Fuente: Timesofisrael.com.

Para ello, se prevé que EEUU conservará su presencia en todos los mares y océanos para garantizar el comercio marítimo e intentará seguir primando en los actuales escenarios de confrontación, como son el ciberespacio y la inteligencia. Por lo que respecta a Oriente Medio, hay demasiados intereses comerciales y energéticos como para abandonarlo, aunque pudiera ser que concediera mayor protagonismo a Rusia para que ésta se implique de un modo mucho más asertivo en deshacer el permanente nudo gordiano que se cierne sobre esta parte del mundo, y más concretamente en Siria y en la respuesta a Daesh. En cuanto a los principales países del entorno, no sería extraño que se iniciara un restablecimiento de las alianzas estratégicas con Arabia Saudí, Irán y Turquía. Mientras, su mayor acercamiento a Israel se hará palpable, pudiendo incrementar aún más la ya generosa ayuda en materia de defensa.

Tampoco es de esperar que abandone a la OTAN a su suerte, pues le seguirá sirviendo como una de sus principales palancas geoestratégicas para ejercer su influencia planetaria. La lectura que se puede hacer de las declaraciones de Trump van en la línea a forzar a los otros 27 países a invertir más en su propia seguridad, habida cuenta de que Washington soporta el 70% del coste de la Alianza, mientras la mayoría de los miembros no cumplen con lo pactado de dedicar el 2% de su PIB (muchos no llegan ni al 1%).

Lo mismo sucederá con Corea del Sur y Japón (país que ya corre con el 75% del gasto que supone tener desplegados 50.000 militares estadounidenses en su territorio, unos 1.900 millones $ anuales), a los que no va a dejar en la estacada, pues son parte fundamental del cerco estratégico al que somete a un Pekín con el que mantiene un creciente contencioso en el Mar del Sur de China.

F-15K Slam Eagle de la ROKAF
F-15K Slam Eagle de la ROKAF. Corea del Sur y Japón continuarán siendo los principales aliados de EEUU en Asia. Fuente: Wikimedia Commons.

Las principales diferencias esperables pueden ir en el sentido de abandonar postulados idealistas en materia de política internacional, para pasar a aplicar protocolos más pragmáticos, que pueden concretarse en posiciones favorables a la instauración de regímenes fuertes y seculares en lugares como Libia, o en apoyar más o menos abiertamente a Al Sisi en Egipto y Al Asad en Siria.

Pero quizá lo más trascendental se produzca si finalmente Trump y Putin se sientan a negociar la solución de los múltiples escenarios de conflictividad abiertos en el mundo, en posición de igualdad, pactando frenar los intervencionismos innecesarios y optando por mantener estructuras estatales. En realidad, Trump no haría más que aplicar el aforismo de Otto Von Bismark “con Rusia no hay que hacer la guerra, hay que hacer tratados”. Si tan solo eso se consiguiera, la humanidad ya habría dado un gigantesco paso hacia un mundo verdaderamente más estable y seguro. No habrá que perder la esperanza.

 

Acerca de Pedro Baños Bajo 2 Articles
Coronel de Infantería en situación de reserva. Diplomado de Estado Mayor. Magister en Defensa y Seguridad por la Universidad Complutense de Madrid. Fue Jefe de Contrainteligencia y Seguridad del Cuerpo de Ejército Europeo (Estrasburgo) y Jefe del Área de Análisis Geopolítico en la División de Asuntos Estratégicos y Seguridad de la Secretaría General de Política de Defensa. Enseñó Estrategia y Relaciones Internacionales en la Escuela Superior de las Fuerzas Armadas (ESFAS), perteneciente al Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN - Madrid). Formó parte del equipo de la Dirección General de Política de Defensa del Ministerio de Defensa durante la Presidencia Española de la Unión Europea en 2010.

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