España conquistada: La Batalla de Guadalete

España conquistada: La Batalla de Guadalete

La Batalla de Guadalete
La Batalla de Guadalete. Fuente: National Geographic.

Muy posiblemente, de todas las derrotas y vicisitudes sufridas en lo que hoy llamamos España, sea la ocurrida en el año 711 la que más trascendencia y repercusiones ha tenido, y cuya influencia llega incluso hasta nuestros días. En las orillas del Guadalete –y en la zona antes también conocida como Laguna de la Janda, en la provincia de Cádiz, hoy desecada e inexistente ya-, se abrió la puerta a un enemigo implacable que, en poco tiempo, se hizo con las riendas de una nación desencantada con sus gobernantes. Es difícil entenderlo sin ese desencanto, sin esa falta de ideales que hizo sumamente fácil para los invasores musulmanes ocupar prácticamente toda la península, en relativamente poco tiempo, y borrar casi de forma total todo vestigio de una monarquía y una sociedad decadentes que iban a la deriva ya desde el siglo VII. Con la batalla del río Guadalete comenzó, no obstante, una época de tinieblas en la Historia de España que duraría hasta el siglo XV, independientemente de que mucho antes una lucha heroica de un pueblo que quería recuperar su identidad –lo que conocemos como Reconquista-, hubiera ido recobrando de forma gradual y paulatina los territorios conquistados por los invasores árabes. Esta influencia del invasor ha recobrado auge en la actualidad y efectivamente para muchos radicales fundamentalistas islámicos, gran parte de España sigue siendo Al-Andalus, y muy posiblemente esté su recuperación en la mente de más de un soñador.

En alguna medida el año 711 resulta tan trascendental para la Historia de España como 1492, sin duda por motivos no solo diferentes sino hasta opuestos. En 711, los invasores musulmanes echaron abajo un reino en franca decadencia que, no obstante, se había consolidado en la península al desaparecer el imperio romano. Aquel año poco más de 20.000 guerreros norteafricanos, y árabes, aniquilaron al ejército visigodo del rey Don Rodrigo en las llanuras de la Hispania Bética, en donde habían logrado desembarcar sin que nadie les opusiera resistencia, algo que solo puede explicarse dado el caos reinante y la falta de lealtad de algunos de los llamados nobles, que colaboraron abiertamente con el invasor islámico a cambio de privilegios y prebendas que, ciertamente, nunca recibieron.

 

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Antecedentes

La situación que atravesaba la Hispania visigótica en el siglo VIII no era ciertamente esperanzadora. A la escasez, y penuria existente, se unía una situación de desgobierno y casi de guerra civil. Tras la muerte del rey Egica en 702, subió al trono del reino, en Toledo, su hijo Witiza, un rey del que se sabe poco y que falleció a temprana edad, en cualquier caso, nombrando herederos a sus tres hijos, de corta edad, y que, como es natural, no estaban cualificados para gobernar. Los seguidores del fallecido Witiza eligieron como monarca al mayor de los hijos –Agila-, que contaba solamente diez años de edad, y que, debido a este hecho y con cierta justificación, fue recusado por la nobleza más conservadora que veía el peligro de que el reino pudiera fragmentarse en pequeños estados, como de hecho así fue.

Los nobles visigodos convocaron el Aula Regia –especie de asamblea parlamentaria y de consejo del reino-, eligiendo como sucesor de Witiza al Duque de Bética, Don Rodrigo, hijo del Duque Teodofredo, supuesto hijo del rey Chindasvinto -que se había alzado ya anteriormente en Córdoba contra el Rey Witiza, pagando con su vida por ello-, ungiéndole como rey el 1 de marzo de 710. Al no aceptar los partidarios de Witiza la decisión del Aula Regia, se declaró la guerra civil, que se desencadenó con gran violencia, añadiendo más miseria y desgracia a la ya existente.

Los hermanos del Rey Witiza -Don Oppas, obispo de Sevilla y el noble Sisberto -, se conjuraron y se refugiaron en la plaza fuerte de Ceuta, en el N.de África, donde gobernaba el Conde Don Julián, un noble también a favor de los hijos de Witiza, y enfrentado con Don Rodrigo por motivos personales. Son estos personajes los que, para conseguir sus objetivos particulares, buscan la ayuda musulmana, cerrando una alianza a principios de 711.

En julio de 2016 se cumplieron 1305 años desde que las tropas cristianas fueran derrotadas en estos campos de Cádiz
En julio de 2016 se cumplieron 1305 años desde que las tropas cristianas fueran derrotadas en estos campos de Cádiz

En el N. de África, en lo que hoy conocemos como el Reino de Marruecos, gobernaba Musa Ibn Nusayr por delegación del Califa de Damasco, y a él acudieron los partidarios de Witiza con sus pretensiones. El impulso conquistador alentado por Mahoma desde el siglo VII, había extendido el Islam por todo lo que hoy conocemos como Mahgreb y no se debe descartar que Hispania figurase en la agenda de próximas conquistas a obtener para la causa musulmana. De hecho, la conquista de Hispania no era sino un eslabón más en la creación de un imperio islámico gestado en el otro extremo del Mediterráneo, y como prueban algunos descubrimientos arqueológicos efectuados, ya monedas acuñadas en Tánger entre 709 y 711 contienen alegorías a una Yihad que iba más allá de los Pirineos. Estas ansias expansionistas encontraron su fin, no obstante, en 732, cuando Carlos Martel, en la batalla de Poitiers puso fin a las ilusiones islámicas. Entonces los musulmanes se concentraron de nuevo en Hispania, culminando la conquista y consolidando su dominio que duraría casi ochocientos años.

Tras los primeros contactos, una primera partida de 500 guerreros beréberes –de ellos 100 jinetes-, puso pie, en algún momento de la segunda mitad de 710, en lo que hoy conocemos como Tarifa, ciudad que debe su nombre al caudillo árabe Tarif Ibn Malluk, realizando un primer reconocimiento del terreno –al parecer recorriendo la campiña desde Tarifa a la actual Algeciras-, y regresando a África con un cuantioso botín. Coincidió en aquellos días que la población vascona de Pamplona se soliviantó contra el reino, por lo que Don Rodrigo movilizó el ejército y partió para sofocar la rebelión. El momento no pudo ser más propicio para los partidarios de Witiza y sus aliados musulmanes, y es obvio que se estaba a la espera de una ocasión favorable, lo que demuestra incluso la existencia ya de alguna incipiente red de información e inteligencia musulmana en la Hispania visigótica.

España en el año 711
España en el año 711

 

La invasión

Hacia el mes de abril de 711, cuatro naves facilitadas por el Conde Don Julián fueron puestas a disposición de Musa e iniciaron la travesía del estrecho que separa a la Península Ibérica de África, comenzando el transporte de miles de guerreros berberiscos y estableciendo un puente marítimo con Europa que bien puede ser considerado como el primero de la Historia entre ambos continentes. Al frente de las tropas se hallaba Tarik Ibn Ziyad, considerado un hábil guerrero y líder militar. Desde aquellos días de abril hasta finales de junio, centenares de soldados y pertrechos fueron acumulados en las estribaciones de un monte escarpado que, desde entonces, fue conocido como el Monte de Tarik (Djebel-al-Tarik), hoy Gibraltar, dando también nombre al estrecho actual, Estrecho de Gibraltar, que recoge la pronunciación figurada del idioma árabe original.

No puede dejar de sorprender la inacción por parte de los visigodos, y como, al margen de alguna escaramuza, no se reaccionó contra el invasor musulmán a pesar de haberse extendido la noticia por toda la entonces conocida Bética. El primer contingente estaba constituido por cerca de 7.000 guerreros que inmediatamente iniciaron obras de fortificación para aguardar la llegada de oleadas sucesivas y más refuerzos.

La invasión debió de partir de Tánger y posiblemente el punto de desembarco inicial fuera Tarifa, conforme a los reconocimientos efectuados en 710 por Tarif, trasladándose a continuación las fuerzas hacia Algeciras y fortificándose en el monte de Gibraltar. A tenor de la capacidad de transporte de los navíos de la época es dudoso que se pudiera trasladar en cada oleada más de esos 500 hombres que constituyeron la expedición inicial de Tarif. Por todo ello, debiendo considerar los pertrechos necesarios a transportar además de la fuerza, el esfuerzo logístico realizado por los musulmanes fue considerable y digno de admiración. Es dudoso que se pudiera trasladar a las costas españolas más de una oleada por día, por lo que el mantenimiento de la corriente logística entre Tánger y Tarifa o Gibraltar, ya más adelante, debió durar casi hasta el momento mismo de la batalla en las orillas del Guadalete. No obstante, existe la duda de si finalmente hubo o no más barcos que los 4 históricamente considerados, ya que se ha podido conocer que la que venía conociéndose como Flota de Túnez, que no eran sino una colección de naves berberiscas piratas que acostumbraban a efectuar expediciones en busca de botín en el Mediterráneo Central –Sicilia, Cerdeña e incluso Córcega y por supuesto Malta-, apenas llevó a cabo acciones navales que se conozcan entre 710 y 720, cuando con anterioridad existen antecedentes de periodicidad casi anual, por lo que muy bien la citada flota pudiera haber tomado parte en el esfuerzo logístico de la conquista de Hispania en esa época y contribuir de forma decisiva a la conquista musulmana de la Península.

El monte de Tarik, hoy Gibraltar
El monte de Tarik, hoy Gibraltar

No hay indicios de cómo fueron las condiciones meteorológicas de aquellos días, pero la fuerte corriente y los vientos en el estrecho entre abril y julio –los conocidos vientos de Levante-, pueden resultar bastante fastidiosos en ocasiones, por lo que a pesar de la corta distancia –tan solo 14 km.-, el salto de África a Europa pudo ser ciertamente incomodo para unos marinos no muy expertos como parece ser que eran los guerreros berberiscos. En suma, un primer desembarco anfibio a base de embarcaciones casi similares a las actuales “pateras” y en las propias barbas de los caballeros visigodos que, en ningún momento que se sepa, actuaron contra las mismas, permitiendo que el tráfico naval se desarrollase sin interrupciones. ¡Cuántas similitudes con hechos del presente, vengan o no en son de paz los que actualmente se atreven a cruzar el Estrecho de Gibraltar!

Existen indicios, no obstante, de que uno de los comandantes militares visigodos de la zona, llamado quizás Sancho –algunos autores le llaman Iñigo-, y sobrino de Don Rodrigo, reunió cuantas tropas pudo, en forma apresurada, y lanzó un ataque, en forma no muy bien coordinada, contra la cabeza de puente establecida por Tarik, ataque que acabó en un sonoro desastre y enardeció aún más a las fuerzas musulmanas. La noticia, cuando le llegó a Don Rodrigo, hizo que éste abandonase a toda prisa su campaña contra los vascones –muy posiblemente con más prisa que sentido común-, y se lanzase a la mayor velocidad posible hacia el S. de la península, quizás en lo que ya intuía podía ser el fin de su reino. Parece ser que en el curso de la marcha iba reclutando cuantas tropas estaban disponibles, sin orden ni concierto, en una amalgama que difícilmente podría cristalizar en un ejército dispuesto y animado de un espíritu de victoria.

No es fácil establecer a ciencia cierta el tamaño del ejército reclutado por Don Rodrigo, pero todo indica que la cifra de 100.000 guerreros citada en diversos romances y crónicas poéticas es, a todas luces, exagerada y más bien estaría cerca de los 40.000 hombres, incluyendo aquí las tropas que los hermanos del fallecido Rey Witiza, – el obispo Don Oppas y Sisberto -, aportaban, hecho éste que probaría ser un error fundamental y que, quizás, fue decisivo para el resultado de la batalla. Este ejército incluía incluso la propia guardia real –con lo cual se dejó desprotegida la capital del reino, Toledo-, pero, sin embargo, parece que, debido a las prisas, la mayor parte de la fuerza a pié –la infantería, que integraba arqueros y piqueros-, se quedó en Córdoba para no retrasar el avance del ejército, con lo cual el orden de batalla que presenta el ejército de D. Rodrigo ante Tarik se componía esencialmente de caballería, ciertamente extenuada y agotada tras las largas jornadas de marcha realizadas desde Pamplona.

El Estrecho de Gibraltar
El Estrecho de Gibraltar. Fuente: unirelmundo.com

Ante Don Rodrigo se encuentra un ejército aguerrido, impregnado de un fanatismo radical, creyente en el ideal de “Guerra Santa (Yihad)” contra el bárbaro infiel, y poseído por una perspectiva global de dominio del Islam sobre el conjunto del Mediterráneo, lo que hasta entonces había sido el mundo romano, el imperio y la civilización. Este ejército, sin duda, era inferior en número – no se considera que tuviera mucho más de 20.000 hombres -, pero se trataba de unas fuerzas frescas, reposadas, pertrechadas suficientemente, que aguardaban, a la defensiva, un contraataque que debería haberse producido en abril, en los primeros momentos del desembarco inicial, y que su tardanza probaba una vez más la incapacidad del enemigo al que se quería batir. Los recursos y medios disponibles en la época no permitieron, sin duda, acumular fuerzas mucho mayores por las razones anteriormente expuestas y deben descartarse cifras mucho mayores avanzadas por algunos autores, simplemente por falta de capacidad de los medios de transporte marítimo existentes.

En suma, la superioridad de los visigodos era, como mucho, de alrededor de 2 a 1, algo que las leyes del arte militar consideran inadecuado ya que se postula que el atacante debe poseer no menos de una superioridad táctica de 3 a 1, a no ser que se den unas circunstancias excepcionales que los justifiquen (factor sorpresa, armamento muy superior al del defensor,…etc), condiciones que no se daban en ningún caso, ya que Don Rodrigo ignoraba verdaderamente a que se enfrentaba, mientras que los musulmanes sabían perfectamente lo que se les venía encima, e incluso habían elegido el lugar que les resultaba más propicio para la batalla, las orillas del Guadalete (Uad Lakka o Uad Umm Hakim según el autor Ibn al-Hakam, en su obra La conquista de África del N. y de España), en un lugar llamado Saduna, posiblemente cerca de Medina Sidonia. y la zona de la laguna de La Janda, una zona casi marismeña donde la caballería visigoda vería dificultada su maniobra y se llegaría pronto al combate cuerpo a cuerpo, donde la ventaja del caballo perdería su valor.

El Rey Don Rodrigo arengando a sus tropas antes de la Batalla de Guadalete
El Rey Don Rodrigo arengando a sus tropas antes de la Batalla de Guadalete. Fuente: Museo del Prado.

 

Táctica y procedimientos empleados

En la época en la que nos encontramos, a comienzos del siglo VIII, los musulmanes llevaban casi un siglo de expansión continuada a costa de derrotar a imperios bien consolidados como eran el imperio Persa o Bizancio, habiéndose adueñado de casi 5 millones de km2., una extensión mucho mayor que la que llegó abarcar Alejandro Magno. La doctrina de empleo táctico de los árabes se basaba sobre todo en el empleo de sus arqueros y en el poder defensivo de su infantería. Los procedimientos que Tarik aplicó en el Guadalete estaban dirigidos esencialmente a combatir la potencia de choque de la caballería visigoda. Básicamente las fuerzas se articulaban en forma de una media luna, en tres escalones:

  • Una vanguardia (muqaddama): Actuaba a manera de un escalón de vigilancia.
  • Un centro (qalb): con un ala derecha – maimanah – y un ala izquierda – maisarah -.
  • Una retaguardia (saqah)

Al margen, todos los escalones disponían de unas fuerzas independientes a base de caballería ligera que les daban cobertura, seguridad, vigilancia y actuaban a modo de elementos móviles de reacción – aún así posiblemente no más de 1.000 jinetes -, y que resultaron decisivos a la hora de explotar el éxito inicial y asestar el golpe de gracia definitivo a los restos del contingente visigodo, ya prácticamente derrotado y a pié, tras haber sido desmontado por la cortina de flechas lanzadas por los arqueros musulmanes. En suma, sus procedimientos hacían el máximo uso de la movilidad y la rapidez, y con su media luna trataban de envolver al enemigo, cerrándole todas las posibles salidas. Su armamento era ligero, espadas o alfanjes, lanzas y puñales, bien adaptado a la lucha cuerpo a cuerpo, y el arco, pequeño pero potente, que solían llevar casi todos los combatientes, con protecciones corporales ligeras que solamente solían llevar los jefes o los jinetes.

Por el contrario, el ejército de Don Rodrigo basaba toda su fuerza en la potencia de choque de su caballería, que como mínimo sumaba más del triple de la fuerza equivalente musulmana. Quizás el principal error cometido por los visigodos fue el de no contar casi ni con arqueros –éstos, en cualquier caso, solían llevar solo doce flechas-, ni con infantería. No obstante, la superioridad numérica hubiera sido suficiente y el equipamiento bastante, sino hubiera mediado la deserción de una cuantiosa parte de las fuerzas que, más que unirse al invasor, parece que abandonaron el combate. Los godos disponían de buen armamento y material, tales como armaduras, yelmos, cotas de mallas y un variado tipo de defensas corporales, además de diversos tipos de lanzas y venablos, según la distancia de combate, así como de espadas ya fuera para combatir a caballo o a pié. El modelo de ejército se basaba esencialmente en la organización romana y era muy disciplinado. El rey disponía de una guardia personal –los llamados spatarios, o portadores de espada, entre los cuales parece ser que se encontraba Don Pelayo, quien protagonizaría unos años más tarde el comienzo de lo que daría en llamarse Reconquista-, que se reclutaban entre el cuerpo de guardia de palacio.

Representación de la Batalla de Guadalete
Representación de la Batalla de Guadalete

Los procedimientos tácticos de los godos eran una mezcla de los métodos de los germanos y de la táctica de las legiones romanas. La caballería era el arma ofensiva por naturaleza, y la infantería ocupaba el terreno, iba detrás, o quedaba en reserva. Era luchando a caballo como los godos habían adquirido su fama de guerreros, perfeccionando considerablemente tanto las monturas como las riendas y ayudas para la equitación. De la táctica romana habían copiado la forma ordenada y disciplinada de combatir. En la ofensiva se trataba de profundizar en el despliegue del adversario y de eliminar a su caballería, para luego sostener el esfuerzo con el peso de la infantería avanzando ordenadamente, apoyada por toda una serie de maquinaria de asalto, torres, catapultas, y demás artillería incipiente heredada de los romanos. Todo esto, al menos en cantidad apreciable, parece que le faltó a Don Rodrigo en el Guadalete. La idea era debilitar la capacidad de resistencia del adversario para lanzarse al asalto y a la lucha cuerpo a cuerpo, y rematar así la acción.

 

La Batalla

Prácticamente todos los autores concuerdan en que el enfrentamiento tuvo lugar entre los días 19 y 26 de julio de 711, aunque algún autor aislado sitúa la batalla precisamente el 31 de julio.

Sea como fuere, el caso es que los ejércitos enfrentados debieron estar observándose algunos días antes de lanzarse al combate. Aunque se especula con un movimiento de Tarik hacia Córdoba, y algún autor sin calificarlo así especula con que la batalla fuese un combate de encuentro, la realidad es que el caudillo musulmán debió permanecer en torno a su base de aprovisionamiento, esperando al ejército cristiano, sabedor de su avance y que le venía al encuentro. Ciertamente Tarik no tenía ninguna prisa, y sabía que su primer objetivo debía ser la destrucción del grueso del ejército enemigo, como acción previa a cualquier otra, y a ser posible debía capturar o eliminar al monarca visigodo en el propio campo de batalla. Sin saberlo, Tarik no hacía otra cosa que aplicar más de un milenio antes lo que en la actualidad se conoce como Principios del Arte de la Guerra de Clausewitz. Buscaba la destrucción del adversario, había adoptado una actitud defensiva, y había elegido el terreno de la batalla.

Posiblemente, uno de aquellos días calurosos de finales de julio, las tropas de Don Rodrigo se lanzaran finalmente, con casi toda su caballería al frente, contra la vanguardia árabe, que debió ceder, llevando a los godos al contacto con el centro, mientras las alas de la media luna iniciaban su maniobra envolvente. Los combates debieron ser duros y muy comprometidos.

Es muy probable que los visigodos quedaran pronto desconcertados por el modo de combatir de los musulmanes. De hecho, los godos llevaban mucho tiempo sin combatir contra fuerzas extranjeras capaces, se habían limitado solamente a pelear en revueltas internas o a guerrear contra campesinos descontentos. Eran un ejército de guarnición y poco más. Resulta ciertamente familiar, incluso hoy ¿no es cierto? Además les desconcertaba, sin duda, la forma de guerrear y los procedimientos de combate de los musulmanes. La caballería árabe era mucho más ágil, y rápida, se limitaba a hostigar y desgastar a la caballería goda, cansando a sus monturas, utilizando sus arcos a distancia, sin aceptar cargas alocadas, ni enfrentamientos frontales con fuerzas superiores en número. Aplicaban a todas luces, unos procedimientos parecidos a los que hoy damos en llamar “guerra asimétrica”.

Parece que Don Rodrigo en persona, valorando poco la capacidad e intenciones del adversario, se situó al mando del grueso de sus tropas en el centro del despliegue, mientras que, inexplicablemente, cedió las alas a los hermanos del rey Witiza, el arzobispo Don Oppas, y Sisberto, quienes no tardando mucho volvieron grupas, y más que pasarse al enemigo, abandonaron el campo de batalla, dejando solo a Don Rodrigo con el grueso de la fuerza, provocando el desconcierto en las filas de los visigodos y dejando desguarnecidos los flancos del despliegue. La confusión creada alentó, sin duda, a las fuerzas musulmanas que rodearon por completo al centro visigodo, diezmándolo paulatinamente y procediendo a su casi total aniquilación. Las bajas musulmanas han sido cuantificadas por los historiadores árabes en torno a los 3.000 efectivos, mientras que las sufridas por las tropas cristianas debieron ser del orden de casi 10 veces más, incluyendo al propio Rey Don Rodrigo, quien pereció en la batalla o a consecuencia de ella.

El botín parece que fue cuantioso y las leyendas hablan de que cada guerrero musulmán percibió unos 250 dinares, cifra cuantiosa sin duda, que pronto se convirtió en un importante incentivo para miles de beréberes que comenzaron a alistarse, pensando en las cuantiosas riquezas que les esperaban al otro lado del estrecho, convirtiéndose Al-Andalus (tierra de vándalos), en la patria prometida, y antesala del paraíso, para los defensores del Corán.

Obra que representa a Tariq acabando con Don Rodrigo
Obra que representa a Tariq acabando con Don Rodrigo

Los restos del ejército visigodo se retiraron hacia Córdoba, teniendo lugar en Écija una nueva batalla subsiguiente en la que los musulmanes acabaron de rematar lo que quedaba de las filas visigodas. Era el fin del reino, y la puerta para la conquista de Toledo, la capital, había quedado abierta. Otro pueblo, otra cultura, otra religión tomaba entonces el testigo de la historia peninsular sin que a los habitantes de los territorios conquistados les importara demasiado que los nuevos amos profesaran unas creencias tan distintas a las suyas. La antigua Hispania romana –la Hispania visigótica- quedaría dominada por completo entre 711 y 715. La guerra pasó a ser un elemento inseparable del paisaje español, y prácticamente ya no cesaría hasta 1492.

Nunca se ha logrado esclarecer cual fue el final del Rey Don Rodrigo si bien todo parece indicar que pereció en la batalla, o como consecuencia de las heridas recibidas durante los combates. Algún autor ha llegado a indicar que los restos de su caballo –Orelia-, y su armadura se encontraron en una de las orillas del Guadalete, lo que nos puede llevar a todo tipo de suposiciones. Leyendas árabes – y también cristianas -, llegan incluso a indicar que sucumbió en un duelo personal con Tarik, lo que queda muy bien para las epopeyas, pero parece bastante improbable. Sea como sea, lo más probable es que pudiera escapar rodeado por lo más escogido de su guardia personal – los spatarios -, y tratase incluso de reorganizar sus fuerzas y presentar algún tipo de resistencia organizada razonable al invasor. El hallazgo posterior de una tumba no muy común, cerca de la localidad portuguesa de Viseu – en lo que fuera la antigua provincia de Lusitania, entonces parte del reino -, con la inscripción Rodericus Rex, en latín, ha llevado a establecer la consideración de que finalmente pudo escapar y murió rodeado por sus fieles, sin haber podido proseguir la lucha. Quizás entre estos fieles se encontrase Don Pelayo, quien pudo llegar a la lejana Asturias atravesando de S. a N. toda la Lusitania, mientras los ejércitos árabes seguían penetrando en Hispania, y consolidando su dominio a través de rutas más alejadas de Lusitania, al menos por el momento. Con la desaparición de Don Rodrigo, en cualquier caso, acabaron tres siglos de historia visigoda en España.

 

Conclusiones y enseñanzas

Guadalete fue posible, en primer lugar, porque en la Hispania visigótica reinaba una desigualdad social demasiado grande. El reino vivía casi en guerra civil y algunos pueblos del N. buscaban su separación del resto del reino –los vascones-, que habían incluso provocado que el propio rey se trasladase a Pamplona para sofocar una sublevación. Claro está, hoy no sucede nada parecido, pero no nos suena muy extraño, ¿o acaso no?

Las intrigas dominaban la escena política y los desafectos buscaron alianzas fuera, alianzas que pensaban les iban a devolver sus privilegios. Hoy buscamos una no muy definida Alianza de Civilizaciones y autorizamos privilegios especiales para unos inmigrantes venidos del N. de África, habiendo vuelto las mezquitas al paisaje español en algunas zonas más que en otras.

No hay que desdeñar tampoco la posible influencia de la actitud antisemita que emanaba de los últimos reyes godos, y que pudiera haber llegado a provocar intentos de represalia y de venganza entre los judíos que, en algún modo, pudieron cristalizar en el favorecimiento de la invasión por su parte. Y no es menos cierto que la etnia judía residente en Hispania no se vio perjudicada por el invasor islámico y que, incluso, llegó a recuperar su influencia y situación acomodada, en relación con el resto de la sociedad, sin que se viera perseguida por sus creencias, tolerando los musulmanes su culto en casi toda su magnitud, como prueban las muchas sinagogas que datan de aquella época, y la no despreciable actividad cultural, científica y religiosa hebrea constatada, especialmente en ciudades como Córdoba, cabeza del califato y meca espiritual musulmana en el Occidente cristiano. Del mismo modo, esta situación –además de otras muchas consideraciones-, pudo pesar igualmente en el ánimo de los Reyes Católicos para decretar la expulsión de los judíos, tras completar la Reconquista.

Visión musulmana de la Batalla de Guadalete
Visión musulmana de la Batalla de Guadalete

Pero es en el dominio operativo donde las carencias – y las enseñanzas -, pueden ser más claras. En primer lugar resulta evidente la carencia de inteligencia, tanto estratégica como táctica, que aquejó en todo momento al Rey Don Rodrigo. Al parecer nada se anticipó respecto de las intenciones de los seguidores de Witiza, ni de la actitud que podían estar jugando los judíos, ni se logró tampoco conocer nada de la trama protagonizada desde Ceuta por el innoble Conde Don Julián. Resulta difícil entender como se descuidó este aspecto tan esencial, aspecto del que ya diversos tratadistas de la Antigüedad más remota se habían ocupado, como Sun Tzu, Jenofonte, Pericles, y Cicerón por poner algún ejemplo, o quizás, porque se desconoce, sí se había utilizado pero o no había dado resultados o, por el contrario, se habían despreciado sus resultados. La información y el conocimiento del adversario son materias básicas en el arte de la guerra y en la política desde el principio de los tiempos, y sin embargo, a lo largo de todo el periodo 710-711 su utilización, en Hispania, brilló precisamente por su ausencia, a pesar de las muchas intrigas palaciegas y del clima existente, que era propicio para su explotación. De hecho, los partidarios de los hijos de Witiza desarrollaban una actitud conspiratoria frenética, y suponemos que a Don Rodrigo le debían llegar numerosos y constantes rumores al respecto, y sin embargo, nada.

Hoy día, los rumores son también continuos. Más y más células árabes, musulmanas o islámicas, son detectadas cada día, y no parece que se haga mucho para frenar esta expansión, como no sea una política débil de apaciguamiento, de no confrontación y de aceptación resignada de los hechos, y no solo ocurre esta situación en la España de 2011, sino casi, de forma generalizada, en toda la Unión Europea. Cabe preguntarse ¿sabe Occidente adónde va?

Batalla de Covadonga
Aunque la resistencia comenzó inmediatamente, fueron necesarios siglos para completarla. En la imagen, una representación de la Batalla de Covadonga. Fuente: revistadehistoria.es

 

Epílogo

La derrota de un ejército en el campo de batalla suele acarrear el deshonor y la humillación del vencido –así lo entienden los japoneses, que estiman que un soldado derrotado debe quitarse la vida-, y en cierto modo también los militares españoles –baste recordar al Almirante Mendez Núñez “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra”, o a los defensores del Cuartel de Simancas “Tirad sobre nosotros, el enemigo está dentro”-. Sin embargo, en no pocas ocasiones, el responsable de una derrota militar resulta no ser el caudillo militar que ha sido vencido, sino que incluso se encuentra muy lejos del escenario de la batalla, y suele no ser ni siquiera militar, como fue el caso de Alemania con las grandes derrotas sufridas durante la Segunda Guerra Mundial, cuyo responsable casi único e indiscutible era el propio Führer Adolf Hitler, y no los mariscales que llevaban a cabo la dirección de las operaciones. Cabría aquí invocar el deber del militar de rehusar aquellas órdenes contrarias a toda lógica, pero no puede haber nada más difícil para un soldado que dirimir tales cuestiones.

España es una nación vieja y una vieja nación, a la vez. Su historia y momento actual no se han logrado fácilmente y han costado mucho esfuerzo –y mucha sangre-, como cantan todos los himnos que la glorifican. Es curioso precisamente que el himno de los himnos –el Himno Nacional-, no tenga letra. A lo largo de los siglos han sido grandes y brillantes las victorias que han alumbrado su ser, y no todas han sido victorias militares como lo prueba el hecho de que la que quizás pueda considerarse como la mayor victoria jamás obtenida –el Descubrimiento de América-, no es una victoria militar y no se obtuvo aplicando ninguna nueva estrategia ni procedimiento de combate, aunque lo militar pudo no ser ajeno a la magnitud de la empresa. También fue una gran victoria el vuelo del avión Jesús del Gran Poder, aunque los aviadores fueran ciertamente militares y el valor fuera un ingrediente necesario para llevarlo a cabo, pero no fue militar su desarrollo y planificación sino esencialmente de índole científica y hasta tecnológica, y el desarrollo del autogiro –de Juan de La Cierva-, y el descubrimiento de las neuronas, llevado a cabo por el insigne médico Santiago Ramón y Cajal, y así podríamos enumerar una relación casi innumerable de logros y victorias que, sin duda, conforman la identidad de España.

El Jesús del Gran Poder
El Jesús del Gran Poder. Fuente: Ejército del Aire.

Sin embargo, son las derrotas también una parte consustancial de la historia y en alguna forma conforman incluso las mismas victorias obtenidas más tarde. ¿Acaso hubiera sido posible la gran gesta y victoria de las Navas de Tolosa sin el desastre previo de Guadalete muchos siglos antes? Muy posiblemente la derrota es la única herramienta con la que los pueblos aprenden y a veces una derrota saca del letargo incluso al pueblo más apático. Sin Pearl Harbor –en 1941-, los Estados Unidos no habrían alcanzado quizás su mayoría de edad, y sin los desastres iniciales de Corea, no se habría formado un frente unido frente al comunismo que acabaría eliminándolo finalmente 40 años más tarde. Hoy en día, el 11-S volvió a revitalizar una América que empezaba a mirar hacia otros horizontes, aunque por el momento no se hayan logrado, ni en Irak ni en Afganistán, resultados esperanzadores en esa lucha mundial contra el terrorismo. Bástenos recordar que si derrotar al comunismo requirió 40 años, qué no requerirá el terrorismo –una amenaza mucho más insidiosa-, para ser finalmente eliminada.

La derrota es algo que resulta inapropiado y no se conmemora, salvo de forma indirecta en esos recuerdos a los caídos, y a todos los que dieron su vida por España. Y sin embargo, es en la derrota donde se encuentran las verdaderas enseñanzas, donde está el secreto de aquello que hay que hacer y tener en cuenta para no volver a caer en el estrépito del error y del vacío. Desgraciadamente muchas veces no se suelen tener en cuenta, y ni siquiera se analizan o estudian estos hechos, pasando por alto conclusiones y experiencias, que de valorarse debidamente, hubieran impedido ciertamente la aplicación de decisiones o toma de posturas en lo político, en lo social, y ciertamente en lo militar, que han llevado a desastres incalculables en la mayoría de las ocasiones, de consecuencias irreversibles para el futuro inmediato o hasta lejano.

La derrota, al igual que la victoria, no es solamente de naturaleza militar. España ha sufrido derrotas mayúsculas en muchos campos y a pesar de ello, parece haber aprendido poco. ¿Se hace valoración de resultados cuando se comete un error político de gran alcance? ¿Se ha hecho, de forma rigurosa y seria, un estudio de lo que le ha costado a España retirar sus tropas de Irak en 2004, y de adoptar una política claramente antinorteamericana, al menos en la época de Zapatero, en los foros internacionales? ¿Se valoró en su día, la decisión del juez Garzón de proceder contra el General Pinochet, de Chile? ¿Cuánto le costó a España apoyar en la Segunda Guerra Mundial al III Reich? o, ¿Qué ventajas se obtuvieron? e igualmente, ¿Qué consiguió el ex-Presidente Aznar apoyando casi de forma gratuita a los Estados Unidos en Irak, en 2003?, y ¿la derrota que supone no dedicar el esfuerzo necesario a la investigación? Ciertamente la derrota no le gusta al que la sufre, pero éste tiene el deber moral de hacer examen de conciencia de lo ocurrido y hacer todo lo posible para que no vuelva a repetirse. Nunca jamás.

El Desastre de Annual
El Desastre de Annual. Fuente: El País.

Desde aquí vaya un recuerdo a todos los que sufrieron esas derrotas y pagaron con sus vidas en ellas, pero sobre todo vaya este recuerdo a todos los que sufrieron esas derrotas por la estulticia de sus líderes, que no supieron extraer las consecuencias necesarias del pasado y que no fueron capaces de evitarlas.

Acontecimientos históricos siempre importantes, las batallas, lo son mucho más cuando tienen carácter de decisivas, porque constituyen enlace o solución de continuidad en la cadena del destino de las naciones. Los cronistas tratan con embeleso de las victoriosas, pero se ocupan poco, y al mencionar las que han sido funestas dejan correr la pluma veloz, abandonando a los enemigos el cuidado de referirlas y ponderarlas, con lo que dan lugar a que el tiempo sancione sus relatos apasionados, y la mayoría de ellos olvidan la inmensa utilidad de que se conozcan bien las causas que las produjeron, pues las lecciones de la adversidad encierran enseñanzas más saludables que las de la fortuna.

Aunque los libros especiales sobre la guerra, hasta fecha reciente , examinan con preferencia casi solo los sucesos de armas vistos desde el lado victorioso, fijándose sólo en el valor de los vencedores, y discurriendo sobre los resortes que emplearon, cosas en las que suelen imaginar concepciones , golpes de vista y dotes de inspiración que no hubo, pero que el entusiasta encomiador se recrea en describir, presentando un cuadro original para distraer al lector, iluminado, por otra parte, con los colores de la lisonja para algún poderoso, ó para buscar estímulos al orgullo popular.

A la misma ciencia profesional se apela también muchas veces para deducir en pedantescos raciocinios la sabiduría y el genio de tal príncipe ó general, que dicen supo aplicar los buenos preceptos del arte, mientras prescinden o desdeñan estudiar si fueron malos los de su contrario, si observó ó no aquellas reglas, y principios doctrinales, y qué influencia ejercieron para el resultado los incidentes fortuitos ajenos á toda previsión racional, datos tan indispensables como los primeros, que ofrecen ancho campo de reflexiones, y que son necesarios para apreciar en la crítica constructiva, el verdadero mérito.

Es de las derrotas de donde se extraen las lecciones más valiosas.
Es de las derrotas de donde se extraen las lecciones más valiosas. Imagen de la Guerra de Chechenia, en la que Rusia aprendió lecciones que hoy le son muy útiles.

No es, por cierto, que, únicamente en las campañas felices de celebrados caudillos sea donde debe estudiarse la guerra, aunque ellas sean en general las que proporcionen mejor escuela, pues se encuentran notables ejemplos que utilizar en operaciones de segundo orden, y sobre todo en las grandes catástrofes que se derivan del infortunio o de los errores, y tampoco es justo que se atribuya gloria sólo al más hábil ó dichoso, sino que hay casos en que le cabe mucha también al vencido, sin rebajar la que corresponde legítimamente al vencedor.

Si resulta, por otra parte, perjudicial para la historia y la ciencia, el empeño de exagerar las ventajas militares, engalanándolas artificiosamente, lo es todavía más el ocultar los desastres, ó desfigurarlos, sin tener el valor de confesar las pérdidas y las culpas ¡Como si fuese vergonzosa la desgracia! ¡Como si los hombres, aun los más expertos, no pudieran equivocarse!

Ni los triunfos deben desvanecer, ni los descalabros abatir, hasta el punto de que se relaje la fuerza moral y la razón serena que se pide, y se necesita, para remediar en lo posible el daño, aunque proceda de la propia imaginación. El no reconocer que se falló una vez puede significar que duele la vanidad herida, y presagia, quizás, caer en otros errores.

A tenor de lo dicho, cuando le preguntaron al mariscal Turena por qué se perdió la batalla de Marienthal, éste contestó: “Por mi culpa, que cuando un hombre no ha cometido ninguna falta en la guerra, significará que no la ha hecho mucho tiempo”. Bellas palabras, que valen tanto por la profunda verdad del pensamiento como por la sincera franqueza del insigne militar que las pronunció.

Las reglas fundamentales de la ciencia militar, pocas e invariables a través de los siglos, tienen, sin embargo, muy distintas aplicaciones, pues concurren a complicar las infinitas causas del orden moral o del físico. La pericia y el valor, el genio y la fortuna, son las cualidades con que se alcanza el éxito; pero a veces no bastan las tres primeras para evitar un desastre si falta la cuarta, y de ahí procede que se compare a la guerra con un juego de azar.

De estas reflexiones, y del convencimiento de que, en su estudio, son inseparables lo histórico y lo militar, resultaría provechoso si, contrastados los mejores libros y todos los documentos posibles, se escribiesen monografías ilustradas y críticas de las jornadas antiguas y modernas más funestas de las armas españolas, hasta completar una serie de batallas perdidas, en las que entrasen nombres como Guadalete, Alarcos, Aljubarrota, Rocroi, Zaragoza, Ocaña, Ayacucho o Annual, por decir algunas.

 

Acerca de Antonio J. Candil Muñoz 33 Articles
Coronel en la Reserva. Diplomado de Estado Mayor y Diplomado de la Escuela de Guerra del Ejército italiano. Diplomado en Alta Dirección de Empresas por parte del IESE (Universidad de Navarra). Ha sido representante de España en la UEO, y ha estado destinado en Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Estados Unidos. Autor del libro "La Aviación Militar en el Siglo XXI".

2 Comments

  1. He disfrutado mucho de la lectura de este artículo sobre un momento de la Historia de España crucial a muchos niveles. Como bien dice su autor, las analogías con el momento actual son sobrecogedoras. Las conclusiones que señala son muy valiosas, sobre todo aquellas en torno al reconocimiento y estudio de las derrotas como acto de igual o mayor utilidad que muchas victorias. Comprendo como él que la derrota no es desonrrosa si no queo es el repetir los mismos errores porque el orgullo y la vanidad nos han “impedido” mirar de frente a la realidad.
    Creo que el español es de esos raros seres que no tiene problema en reconocer derrotas ya que echar piedras contra nuestro tejado nos encanta. El problema es que suelen ser concesiones que hacemos sin estudio previo, víctimas del panfleto y el discurso derrotista que tanto nos gusta. Y sin estudio previo de nuestra Historia, que tan poco nos interesa, esas derrotas no sirven para nada.

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