Los herederos de Franco (I) – Introducción

Los herederos de Franco (I) - Introducción

 

Los herederos de Franco (I)

 

 

“Los Ejércitos suelen ser el reflejo de la sociedad en la que viven tanto si nos encontramos con Ejércitos profesionales como de reemplazo. Los miembros del Ejército viven en una sociedad plural, tienen iguales problemas y preocupaciones que los demás miembros de la sociedad. Si la sociedad quiere olvidar su pasado, los miembros de las Fuerzas Armadas, como miembros de la sociedad, quieren lo mismo”

(Jesús María Ruiz Vidondo, Doctor en Historia Militar)

 

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Introducción

La tradición intervencionista del Ejército español ha sido tal, ciertamente, que es frecuente, incluso hoy día, referirse al Ejército, o a las Fuerzas Armadas, responsabilizándoles de tomar parte en la vida política de la nación y de mediatizar las decisiones que se toman. No hace mucho relativamente, en mayo de 2008, la no poco controvertida, entonces Ministra de Defensa, Carme Chacón dedicó innecesariamente una buena parte de su tiempo, en su primera intervención ante el Parlamento, a explicar que los ejércitos españoles habían cambiado, y ya la sociedad no debía temerles. La realidad es que, al menos, durante la segunda mitad del siglo XX, los militares españoles –con alguna excepción-, no se han implicado políticamente en ningún momento. Ni siquiera durante el aciago 23-F, y sí lo han hecho, en exclusiva y en una buena parte, los generales, que, tomando partido para salvaguardar sus puestos, se han entregado a los políticos de cada momento, en beneficio de sus intereses personales. Por eso estas líneas, para explicar lo que, por disciplina malentendida, ningún militar se atreve a aclarar, ni a defender.

Esta obra no pretende contar la vida de los militares con rango de oficial general que respaldaron la transición, ni tampoco la de otros que, se dice, intentaron cambiar la voluntad popular, en lo que se pudo  interpretar como el canto del cisne del franquismo. Solo pretende reflejar la postura demostrada por los generales más relevantes de las fuerzas armadas durante buena parte de la transición, y del momento actual, para poder entender el estado al que han llegado las fuerzas armadas españolas ya en el siglo XXI.

En una buena parte, los generales, tomando partido para salvaguardar sus puestos, se han entregado a los políticos de cada momento.
En una buena parte, los generales, tomando partido para salvaguardar sus puestos, se han entregado a los políticos de cada momento.

 

Las vicisitudes, postura y actitudes de los generales, en su globalidad, son tan diferentes de las del resto de los militares –independientemente de que pueda haber otras fracturas-, que se hace necesario otro volumen en el que se trate precisamente de la situación y actitud del cuerpo de oficiales. Son precisamente los oficiales, desde teniente a coronel, los que han dado forma, espíritu y coherencia a los ejércitos, poniéndose de manifiesto una clara separación del colectivo de generales, y aunque la disciplina no ha llegado a romperse, es patente la existencia de una seria fractura espiritual, y hasta de conciencia, entre la oficialidad y los mandos superiores, fractura de la que atribuyo mayormente la responsabilidad a los generales, y de la que no se es –o no se quiere ser-, muy consciente.

Buena parte de los logros de la democracia no hubieran sido posibles sin su colaboración, pero ello no obsta para que su permisividad, pasividad en muchas ocasiones y abandono en la mayoría de las veces, hayan llevado a la situación actual de la defensa en España. No se puede hoy concluir otra cosa que los generales en activo –con alguna honrosa excepción-, hayan hecho algo que no sea dar prueba de un entreguismo y de una dejación de sus responsabilidades sin parangón en la historia de España, subordinando sus carreras y sus tareas a la magnanimidad de los políticos del momento, dando un mal ejemplo a sus subordinados e hipotecando su futuro y el de la carrera militar como tal, politizándola en tal modo que ya el ascenso a coronel es también por elección, al igual que lo es el ascenso al generalato. Posiblemente no son solo ellos los únicos culpables, y todos los que hemos pertenecido a las Fuerzas Armadas tenemos nuestra parte de responsabilidad, especialmente los integrados en los Estados Mayores y Gabinetes, de supuesta ayuda a la toma de decisiones, pero la última decisión, el acto supremo de la función de mando, les ha correspondido a ellos, y como se ha dicho en numerosas ocasiones, el Mando ni se delega ni se comparte. Por todo ello, suya es la responsabilidad.

No fueron así todos los generales entre 1975 y 1982, aunque sin duda sembraron el camino para la realidad actual. Los generales que ocuparon puestos de responsabilidad durante la primera transición procedían, en su mayor parte, de la segunda época de la Academia General Militar, de la que Franco fue el último director hasta su disolución por el gobierno de la República, y habían combatido como tenientes y capitanes en la Guerra Civil. Muchos volvieron posteriormente a encontrarse en las aulas de la Escuela de Estado Mayor, durante treinta años compartieron despachos en el Ministerio del Ejército, en el Palacio de Buenavista, y en la sede del Alto Estado Mayor, en Vitrubio y, de nuevo, en la Escuela Superior del Ejército. Les unían, por tanto, fuertes lazos de amistad, iniciados en la juventud y compartidos durante la guerra civil. Aunque no todos llegaban al generalato, su carrera no había sido muy competitiva, regida por el ascenso por antigüedad –básicamente la fecha y el orden en que habían salido de la Academia-, teniendo prácticamente asegurado su futuro, sin demasiado esfuerzo.

Manuel Díez Alegría
Manuel Díez Alegría

La transición política española, considerada globalmente como un proceso modélico de evolución hacia la democracia, fue posible gracias a la combinación de una serie de factores sociológicos, económicos, históricos y también personales, que permitieron alcanzar un consenso nacional allá donde poco tiempo antes no había más que miedo a un nuevo estallido de violencia. En el plano personal, tanto los políticos conocidos como los ciudadanos anónimos, expresaron su voluntad de no caer en los mismos errores de cuarenta años atrás. En lo que antes fueron los dos bandos, se optó por olvidar y perdonar. Y esta decisión la adoptaron paradójicamente muchas personas que habían participado en la Guerra Civil. Sin embargo, un gobierno que no participó en esa transición, se ha empeñado en desenterrar los recuerdos que todos, constructivamente, habían acordado mantener en el pasado para siempre. No se puede entender cuál pudo ser la finalidad última de esta decisión tomada por el que fue presidente, Sr. Rodríguez Zapatero.

Ahora que ya está más que concluido el proceso, puede afirmarse que la transición quizás ha sido el momento más brillante de la historia contemporánea de España, incluso con sus claroscuros, sus errores y, por supuesto, con sus aciertos. Todo este proceso tuvo un testigo casi siempre silencioso que dejó hacer, pese a algunos episodios muy concretos y de corta duración: el Ejército español, que –exceptuando a los generales-, se mantuvo al margen de la política y asumió la evolución, aun cuando muchas de las medidas que se adoptaron para la modernización del país iban en contra de las creencias más profundas de bastantes de sus miembros y acababan afectando a la eficacia del instrumento militar, algo que nunca debió haber ocurrido, no obstante,  y que los generales no debían haber permitido.

Los militares de carrera en 1975 no querían ser parte del poder, y hubo un importante grupo en la élite de la institución, que estuvo dispuesto a liderar el proceso. Hubo factores y circunstancias que acercaron a los militares a otras realidades que les impulsaban a que ello fuera posible: diferencia generacional con sus mandos superiores, frustración profesional, pluriempleo, estudio en la universidad, idiomas, cursos en el extranjero, etc… La colaboración, a partir de 1953, con los Estados Unidos había ayudado en el cambio de cultura política y militar de la élite militar española. Esta élite, liderada en un principio por el teniente general Manuel Díez Alegría, diseñó a través del Centro de Estudios Superiores de la Defensa Nacional (CESEDEN), una reforma militar que se encaminaba a apartar a los militares de la política, y a señalar la importancia de la profesionalidad, y sirvió de base, sin duda, para la posterior actuación del general Gutiérrez Mellado como vicepresidente del Gobierno, y como primer Ministro de Defensa.

La reforma militar que inició Gutiérrez Mellado en 1977, se orientó claramente hacia la profesionalidad y la neutralidad política de los militares. Fue un equipo de militares el que diseñó, impulsó y llevó a cabo una reforma que pretendió modernizar las Fuerzas Armadas, y lograr que los militares se dedicasen íntegramente a los asuntos propios de su profesión, como sucede en las democracias occidentales. La reforma militar iba de la mano de la reforma política y Gutiérrez Mellado, sin duda, tuvo que hacer grandes esfuerzos para mantener la calma de una institución que estaba en el centro de la atención del público y de la clase política. Sin embargo fue el propio general quién más política hizo, sin duda, prostituyendo la finalidad de su reforma.

Manuel Gutiérrez Mellado
Manuel Gutiérrez Mellado

A pesar de la política gubernamental, a los militares no les resultó fácil centrarse en la idea de la profesionalidad, mientras se atravesaba el conflictivo período de consolidación democrática, sin duda por culpa de los muchos errores cometidos por los propios partidos políticos y por la falta de lealtad para con el estamento militar. Hoy, en 2017, las Fuerzas Armadas españolas por obra y gracia de sus generales, son, sin embargo,  uno de los instrumentos más ineficaces del Estado, y además un actor mudo y sordo ante la realidad política y social española. Nunca fue más real el viejo dicho: ¡qué buenos vasallos si hubiera buenos señores!

Hoy, además, nos enfrentamos a un grave problema de definición. No sabemos qué tenemos que defender y, consecuentemente, es muy difícil decidir qué medidas adoptar. No es que no sepamos a qué hacemos frente. Es verdad que algunos problemas presentan inicialmente perfiles difusos, pero esta indefinición se resuelve tarde o temprano. Lo que no sabemos muy bien es qué defendemos y, en consecuencia, cada uno se limita a trata de salvar su propio pellejo. Independientemente de cuáles puedan ser las soluciones posibles, es necesario, previamente, saber qué está en riesgo. ¿La patria? ¿La soberanía nacional? Se explican así muchos de los debates abiertos actualmente en política nacional, internacional, económica. ¿Qué hacemos todavía en Irak? ¿Para qué sirve la OTAN? ¿Hasta dónde se debe llegar? ¿Negociamos con los terroristas? ¿Siempre? ¿Qué hacemos con Irán? ¿Y con el problema de ISIS?

Lamentablemente éste es el debate. Se trata de acuñar mensajes que suenen bien según el momento. El debate es de mensajes no sobre el fondo, ¿Suena bien?, ¿vende?, son las preguntas a resolver y el objetivo último. Si verdaderamente van dirigidos a resolver los problemas o crear un futuro mejor, esa no es la cuestión ni para los políticos de turno, ni para los generales. Como ha dicho el General Domínguez Buj: “Las Fuerzas Armadas no garantizan nada”.

Es verdad que en una democracia deciden los ciudadanos y éstos no están para debates sesudos y profundos sino, que como consumidores, piden productos de consumo agradables, asequibles y que encajen en sus expectativas. El ciudadano, como consumidor, elige lo que quiere y no quiere complicaciones, ni en su adquisición, ni en su uso ni en el pago. Y, el mercado manda, esto es lo que la clase política ofrece. Si un producto no encaja hoy, saldremos mañana con otro mejorado en los siguientes comicios populares.

El debate no es de ideas o valores, por desgracia, sino de productos dirigidos al consumidor y, como productos de consumo, tienen que tener un beneficio directo y claro. De ahí la frase del ex-presidente Clinton, cuando respondió “It´s the economics, stupids!”. Pero en política, y sobre todo en materia de defensa nacional, las consecuencias de esta venta a medida, afectan a toda la sociedad y condicionan sin posibilidad de escape,  el futuro de la nación y de los ciudadanos.

Tras los sucesos, y bajas, ocurridos tanto en Afganistán como en Irak, anticipados de antemano y previsibles totalmente por cualquiera que posea un mínimo de conocimientos militares generales, no se puede concluir nada que no apunte a mirar inquisitivamente a los mandos superiores militares. En las visitas que ocasionalmente ha venido realizando la cúpula militar a las zonas de operaciones exteriores en donde hay tropas españolas, los generales se limitan, como hizo el General Sanz Roldán durante los cuatro años que fue Jefe del Estado Mayor de la Defensa, a dar conferencias y seminarios donde siempre hablan de la transformación de las FAS y del porcentaje de mujeres y guarderías. Sonríen y procuraran departir amablemente con todos aquellos de los que puedan depender sus carreras. Mienten y se encogen de hombros, mientras las tropas desplegadas siguen sin los medios adecuados.

El precio del asentimiento perpetuo de los generales al poder político que les aúpa lo paga la tropa.
El precio del asentimiento perpetuo de los generales al poder político que les aúpa lo paga la tropa.

 

La gran masa de generales hoy en activo –excesiva a todas luces para un país que es el que menos invierte en seguridad y defensa nacional de toda la OTAN, exceptuando quizás en términos absolutos a Portugal y Luxemburgo -, solo hacen lo preciso de su deber para no perder su silla,  algo que, sin lugar a dudas, no le interesa al conjunto de la sociedad española, que, quizás conscientemente, no cree en el estamento militar. Pero lo más reprobable es la conducta vergonzosa de esos altos mandos militares, simples estómagos agradecidos, al servicio no de la nación, sino de los gobernantes de turno a los que deben sus ascensos, y sus prebendas dignas más bien de actitudes caritativas y limosnas que de distinciones y privilegios merecidos, y que no alzan nunca la voz ni exponen a los gobernantes la realidad preocupante de la defensa nacional, con tal de no perder sus sillas.

¿Qué explicación, si acaso, se puede dar al hecho de que el anterior Jefe del Estado Mayor de la Defensa –hoy en Podemos-,  haya llegado a afirmar, delante del Congreso, a la hora de explicar las reducciones de los presupuestos de defensa, a finales de 2008, que en época de carestía, los servidores públicos deben ser los primeros en apretarse el cinturón? ¡Qué gesto tan hermoso! Pero, ¿acaso el JEMAD se rebajó el sueldo o prescindió de él? No, no nos engañemos, sus palabras solo significan que, en época de carestía, acepta –y se resigna, ¡pobre!-, a que las Fuerzas Armadas estén peor equipadas, a que no se puedan cumplir muchas de las misiones establecidas por la propia Constitución, a que por negligencia puedan producirse bajas en cualquiera de los escenarios internacionales en los que los soldados españoles están presentes hoy en día, y en suma, a que la defensa nacional siga presentando unas vulnerabilidades del todo inaceptables. Esperamos que las palabras de apretarse el cinturón se las hayan transmitido también a los familiares de los caídos en las misiones en el exterior, y de todos aquellos que han perdido su vida por no contar con los medios adecuados.

José Julio Rodríguez
José Julio Rodríguez. Sin empacho de ostentar el mando de las Fuerzas Armadas a Podemos.

 

Estoy seguro de que estas palabras levantarán, posiblemente, iras y tendrán sus detractores y serán muchos los que la rechacen, aunque otros simplemente las considerarán, y algunos, espero que sean los más, las loarán y estarán de acuerdo con mucho de lo que aquí expongo. No he querido ofender a nadie, aunque las verdades duelan, y, no obstante, pido perdón por ello a todos los que pueda molestar u ofender.

Y no puedo evitar salir al paso de las críticas fáciles que se puedan hacer, tratando de argumentar que mis palabras son debida a no haber ascendido a general. Hice el curso de ascenso a Mandos Superiores, fui escalafonado para el posible ascenso, y finalmente no se me consideró merecedor del mismo. No estoy ni me sentí molesto. Creo que sobran generales, y también creo que no ascienden los mejores, solo aquellos que resultan más fáciles y maleables para la clase política que gobierne, no importa cuál sea ésta, por lo que rubrico lo que le dije, -parodiando a Groucho Marx-, al Teniente General Antonio Arregui Asta, en su día Jefe del Mando de Apoyo Logístico del Ejército, cuando trató de explicarme que solo iban a ascender 15 en mi promoción –que no resultarían ser los 15 primeros-, y que yo me había quedado a las puertas : “Mi General, nunca me haría de un Club que me admita”.

Y menos de un club como es el Ejército español hoy, definido por la propia ministra Carme Chacón: “…el Ejército que soñó Azaña e impulsó Gutiérrez Mellado…”. No, gracias.

 

Acerca de Antonio J. Candil Muñoz 39 Articles
Coronel en la Reserva. Diplomado de Estado Mayor y Diplomado de la Escuela de Guerra del Ejército italiano. Diplomado en Alta Dirección de Empresas por parte del IESE (Universidad de Navarra). Ha sido representante de España en la UEO, y ha estado destinado en Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Estados Unidos. Autor del libro "La Aviación Militar en el Siglo XXI".

2 Comments

  1. Excelente reflexión, deseando que continue.
    Es tremendo y deprimente,todo el panorama,empezando por la propia utilidad de las FAS , su necesidad y realmente ¿para qué? ,para un país cuestionado y que cuestiona absolutamente todo, que ni se siente país , ni nación ni se sabe qué. el autor habla del ejercito o de las FAS extrapolando, pero es que esto es así en todo el ámbito de la administración española y en todas sus facetas desde la política ( ríete tú de los Underwood Españoles ), la sanidad (mejor ni hablar), la educación (riete de los rectores y “catedráticos” , llora con la seguridad ciudadana ( regida por tuiteros y condecoravirgenes) y todos los demás,
    Dice el autor en su último párrafo que las verdades ofenden y habrá quien lo tache de resentido.
    ¿Pero y esos altos mandos son sus blog particulares y que ademas empiezan a escribir en periódicos nacionales escritos y online? Callaron en su tiempo, primer tiempo de saludo y a obedecer y mandar, salvo alguna excepción loable.

    Siempre habrá los que prefieran y puedan sacrificar su carrera por no callar ( aun un simple teniente) y los que esperan a medrar,subir y luego ladran.

    saludos

  2. Si en la Transiciòn se tomo la determinaciòn de olvidar, perdonar y no hacerlo al modo argentino, juzgando a militares y civiles que formaron parte de la Dictadura, menos sentido tiene hacerlo treinta años despuès, cuando muchos de esos supuestos “culpables” ya no viven.Por eso la desiciòn del Presidente Zapatero se explica desde la òptica revanchista e ignorante.
    En cuanto a la pregunta de què queremos, esa es la cuestiòn, que nuestra clase polìtica tiene un sentido de prioridades que no van más allá de sus narices.Los polìticos no vienen de Marte, ni de un laboratorio creado exprofeso, son el reflejo de la sociedad donde salen.Y la española es una sociedad cainita, egoista y creo que a veces algo esquizofrènica ; queremos luz barata pero sin nucleares, buenos coches pero sin contaminar el ambiente, ejèrcitos buenos y modernos pero sin gastar mucho.Además que somos un paìs mal acostumbrado, como los niños mimados que lo tienen todo a cambio de nada, y más dispuestos a escuchar lo que nos apetece oir antes que las realidades por muy duras que parezcan.Por eso aunque la sociedad no està para debates sesudos, al menos la clase polìtica se deberìa empeñar en la misiòn de enseñar, explicar con total absoluta transparencia el porquè de muchas decisiones.Luego a partir de ahí, cada ciudadano haga lo que estime oportuno, pero claro, para eso hace falta una sociedad con un mìnimo de cultura y de criterio algo más extenso de lo que se puedan poner en los ciento cuarenta caracteres de Twiter, que es el medio de comunicaciòn de masas de moda actualmente.De ahì a polìticos “youtubers” media “ná”.
    Enhorabuena por el artìculo mi Coronel.

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