Los herederos de Franco (VIII): Llega Federico Trillo, probablemente el peor ministro de defensa de la historia

Los herederos de Franco: Llega Federico Trillo, probablemente el peor ministro de defensa de la historia

Federico Trillo deja su puesto como embajador
Federico Trillo deja su puesto como embajador. Fuente: publico.es

“Las tropas españolas fijarán su cuartel general en Diwaniya, capital de Al-Qadisiya, una zona bastante tranquila, en una provincia considerada como una zona hortofrutícola y floreciente»         

 Federico Trillo-Figueroa, Ministro de Defensa, 11 de julio de 2003, ante el Parlamento

 

Posiblemente nadie haya dicho nunca una memez más grande en el marco del Congreso de los Diputados, como la entrada a esta página, y sin embargo él que la pronunció había sido muy bien recibido, en su día, por las Fuerzas Armadas.

Federico Trillo fue nombrado Ministro de Defensa en abril de 2000, en la segunda legislatura ya del gobierno de José Mª Aznar. Aparentemente Eduardo Serra había renunciado a seguir en la Administración, deseando reintegrarse a sus ocupaciones civiles, y ni siquiera figuró en las listas del PP en las elecciones de 2000. Sin duda, la labor que había venido a hacer estaba ya realizada, y no tenía objeto su continuidad. Era el momento de recoger su paga, que por supuesto le llegó, y hoy Eduardo Serra, al margen de varios cargos de carácter filantrópico y sin trascendencia –Museo del Prado, Fundación contra la Drogadicción, etc,…pero de relieve, ha estado bien atrincherado como Presidente de UBS (Union de Banque Suisse), en España, entre otras cosas. Solo recordar que UBS fue uno de los principales bancos que respaldó la venta de la Empresa Nacional Santa Bárbara a la empresa norteamericana General Dynamics. Pero esto, como otros temas, no es objeto de estas páginas.

 

*

 

Federico Trillo llegó al Ministerio de Defensa desde su puesto como Presidente del Congreso, donde había protagonizado alguna que otra anécdota simpática e inconsecuente, que le daban el aire de un ministro menos circunspecto y rígido que algunos de sus antecesores. En las Fuerzas Armadas su nombramiento fue bien recibido. Estaba relacionado estrechamente con la Marina, era oficial del Cuerpo Jurídico de la Armada en situación de supernumerario, hijo de un general también del Cuerpo Jurídico, y de alguna manera se le consideraba un “militar”, aunque se tratase de un “aspirino” (apodo cariñoso con el que se designaba a los oficiales de los Cuerpos de Sanidad, Jurídico, Intervención,…etc) por parte de la oficialidad del Cuerpo General de las Armas, en Tierra y Aire, y del Cuerpo General de la Armada. De alguna manera, en las Fuerzas Armadas se pensaba que alguien que conocía al estamento militar llegaba por fin al Ministerio, en plena democracia.

No resultaría así, sino más bien casi al contrario, y aunque no sea el objetivo de esta obra, hablar de los ministros, será imposible no hacer algunas referencias a sus acciones, ya que resultará obligado para desgranar toda la situación y escudriñar la actuación de los generales.

De su vinculación con las Fuerzas Armadas, Federico Trillo, lo quiso dejar patente en su discurso de toma de posesión del Ministerio de Defensa, cuando pronunció la conocida frase de “Soy uno de vosotros. Mis horizontes son vuestros horizontes. Mis valores son vuestros valores. Mis anhelos son vuestros anhelos”- aunque, a pesar de todo, no hizo y deshizo todo lo que quiso, ya que Eduardo Serra había dejado bien asentada su labor, y consolidado todo el proceso de desmilitarización iniciado por anteriores gobiernos, y un caso evidente fueron los nombramientos simultáneos del Almirante Francisco Torrente, hasta ese momento en la Dirección General de Política de Defensa, como Almirante Jefe del Estado Mayor de la Armada, y del Almirante Antonio Moreno Barberá, como Jefe del Estado Mayor de la Defensa, en sustitución del General Santiago Valderas.

A pesar de lo que se ha dicho numerosas veces, Trillo fue un continuador de la labor de Serra, y los civiles siguieron controlando la cúpula del Ministerio de Defensa. No solo mantuvieron sus altos cargos, sino que los ampliaron. De hecho, la Dirección General de Política de Defensa –tradicionalmente un puesto ocupado por un militar-, se vio relegada, de alguna forma, y subordinada ahora a una pomposa Secretaría General de Política de Defensa (SEGENPOL), de nueva creación, totalmente innecesaria, a cuyo frente Trillo puso al diplomático Francisco Javier Jiménez-Ugarte, un personaje complicado y arrogante que añadió una considerable dosis de tensión a las relaciones cívico-militares en el seno del propio Ministerio. Como Director General de Política de Defensa –y subordinado directo del Sr. Jiménez-Ugarte-, se designó al Vicealmirante Rafael Lorenzo, que su momento pasaría a ser consejero de la empresa Santa Bárbara, sin duda en premio a su docilidad.

Federico Trillo en el Congreso de los Diputados con el por entonces Príncipe de Asturias. Foto - Congreso de los Diputados.
Federico Trillo en el Congreso de los Diputados con el por entonces Príncipe de Asturias. Foto – Congreso de los Diputados.

Si Trillo puso al frente de la Dirección General de Armamento y Material nuevamente a un militar –el General de División del Aire Miguel Valverde Gómez[1], ascendido casi inmediatamente a Teniente General-, en sustitución del Sr. Pery, no es menos cierto que designó a un energético y activo civil como Secretario de Estado de Defensa, el Sr. Fernando Díez Moreno, que llegaba desde el Ministerio de Hacienda, en un momento en que en ese ministerio había estallado el escándalo de Gescartera, y en el que aparecían implicados dos hermanos, hijos de un coronel de la Guardia Civil, y uno de ellos, coronel en ese momento, que, finalmente, no sería ascendido a general. Para la Subsecretaría de Defensa, Trillo optó igualmente por alguien de su absoluta confianza, y nombró a Víctor Torre de Silva, que había sido jefe de su gabinete en la Presidencia del Congreso de los Diputados, una persona quizás excesivamente joven para el cargo, y para la labor que tenía que realizar, especialmente en el ámbito de la gestión de personal y de los recursos humanos, pero eso ¿a quién le importaba?

Miguel Valverde Gómez, era totalmente desconocido en gran parte de la administración militar, aunque había dirigido la Dirección de Sistemas del Ejercito del Aire. Era el primer director militar de la DGAM en muchos años. Curiosamente yo le conocía personalmente ya que él como teniente coronel, y yo como capitán, habíamos trabajado juntos cuando coincidimos como alumnos de las respectivas escuelas de estado mayor, en un ejercicio conjunto allá por 1981. Aunque no resultase relevante, personalmente me alegré de su nombramiento y mantuve una buena relación personal con él. Fue un buen director, sin ir a mayores, y actuó con ecuanimidad.

Trillo fue el ministro que puso fin al mando del Teniente General Calderón en el CESID, en junio de 2001, y además de cambiarle el nombre –a partir de ese momento, pasó a llamarse Centro Nacional de Inteligencia/CNI-, puso a su frente –por primera vez-, a un civil, Jorge Dezcallar de Mazarredo, diplomático de carrera, y hasta ese momento embajador en Rabat. Obviamente el asunto no era un capricho de Trillo, sino que la decisión provenía de las más altas esferas. Dezcallar dio al CNI, una impronta muy diferente de la de su antecesor, como era lógico y cabía esperar, y, curiosamente, su nombramiento respondía a un consenso especial, acordado por el Gobierno, con todas las fuerzas políticas –incluida Izquierda Unida-, cuando nadie le había pedido tal cosa a Aznar. Dezcallar era un “submarino” más en el gobierno de Aznar, había sido Director General para África, bajo Fernando Morán, en el Ministerio de Asuntos Exteriores, y, entre otras cosas, le había pasado el testigo de su cargo a  Miguel Ángel Moratinos, que luego sería uno de los peores ministros de Asuntos Exteriores de España. Era un hombre del PSOE, a todas luces.

Miguel Ángel Moratinos. Foto - Wikipedia
Miguel Ángel Moratinos. Foto – Wikipedia

Con un retraso que unos consideraron prudente, y otros desafortunado, el Gobierno decidió que el nombramiento de un civil debía conllevar su elevación administrativa por encima de la de Director General, dando a Dezcallar además, el rango de Secretario de Estado, con lo que se intentaba expresar el arranque de una nueva etapa para la inteligencia española más allá de lo meramente simbólico. La ruptura con el secular monopolio militar, del Ejército de  Tierra, era patente, y lo hacía un gobierno que se decía a favor del estamento militar, y con un ministro que se “consideraba como uno más”. Resultó curioso que se nombrase un civil al frente de los servicios de inteligencia, y se le ascendiera al rango de Secretario de Estado, algo nunca otorgado a ninguno de los militares que habían ejercido este puesto, ni siquiera a Manglano.

Con la sustitución del director del Centro de Inteligencia por un civil se abrió, a su vez, de nuevo el debate acerca de la adecuación del sistema legal frente a las actuaciones de los agentes de inteligencia, y la posibilidad de elaborar y aprobar una ley que las regularizase a la vez que las amparase, aspecto que nunca se ha llevado a cabo y que sigue pendiente hasta nuestros días. La carrera de Dezcallar al frente del CNI no iba a ser muy larga, en ningún caso, y tendría un final wagneriano, aunque el precio lo iban a pagar todos los españoles.

El personaje militar en el que debemos fijar nuestra atención y que inicia, con Trillo, su sprint final imparable hacía el control de lo militar en España, y que llega casi hasta nuestros días, no es otro que el Almirante Francisco Torrente. Discípulo del Teniente General Veguillas, y por lo tanto en la línea de Gutiérrez Mellado, tras ocupar diversos destinos de menor rango en el aparato administrativo de la Defensa, en 1994 había comenzado su ascenso político de la mano del entonces ministro de Defensa, Julián García Vargas, quien ese año le nombró director de su Gabinete Técnico. En ese mismo puesto de confianza política fue mantenido sucesivamente por el ministro Gustavo Suárez Pertierra y, a continuación, por Eduardo Serra, y por tanto por Aznar. Fue Serra quién le promovió, además, a la Dirección General de Política de Defensa en 1997, en sustitución del Teniente General Víctor Suances Pardo[2]. Es inconcebible que Trillo le nombrase Jefe del Estado Mayor de la Armada, ascendiéndole, en consecuencia, al máximo empleo de almirante general, saltándose a otros almirantes más antiguos, y además con todas las implicaciones que conllevaba su abierta y clara simpatía hacia el partido socialista.

Fue precisamente el Almirante Torrente quien, siendo DIGENPOL –bajo Eduardo Serra-, inició las contrataciones precarias de aviones comerciales de fabricación rusa con la Agencia de la OTAN/NAMSA. Hasta entonces, el Ministerio de Defensa había venido contratando ese tipo de servicios con compañías comerciales españolas, como sucedió con los relevos realizados en Bosnia, Kosovo y en otros escenarios remotos. Sin duda, Torrente lo hizo para apuntarse un tanto como buen gestor, y ahorrador de los recursos del Estado, o quién sabe porqué. Tanto Torrente como Serra fueron hábiles, y no se vieron implicados en el desgraciado accidente del avión de transporte “Yak-42” ocurrido en Turquía, en mayo de 2003, en el que murieron 62 militares españoles, pero se da la circunstancia de que fue el propio Almirante Torrente quien, más tarde, terminaría alentando el afán persecutorio del posterior ministro de defensa socialista, José Bono, contra Federico Trillo, a quien precisamente él debía su nombramiento como Almirante Jefe del Estado Mayor de la Armada. Huelgan los comentarios.

Trillo efectuó con carácter inmediato algunos cambios, incluso en su propio gabinete, ascendiendo a Teniente General al que había sido el Jefe del Gabinete Técnico de Eduardo Serra, General de División Luis Alejandre Sintes, designándole como Jefe de la Región Pirenaica, en Barcelona -de facto Capitán General de Cataluña-, y nombrando en su lugar, por amiguismo, al Capitán de Navío José Mª Treviño, al que se ascendió a toda prisa a Contraalmirante, para mantener las apariencias, aunque luego no irían tan bien las cosas. Es decir, un capitán de navío sustituía a un general de división, el cual, a toda prisa, era ascendido, a su vez, a teniente general para que estuviera contento. Trillo y sus amigos.

Luis Alejandre Sintes. Foto - Apeuropeos.org
Luis Alejandre Sintes. Foto – Apeuropeos.org

José Mª Treviño, que llegaría al grado de Almirante, sufrió a manos de Trillo no pocas vejaciones. Éramos amigos, y habíamos coincidido destinados en el Estado Mayor de la Defensa, y congeniábamos muy bien, hasta el punto de fraguar una amistad que hechos posteriores no han permitido consolidar. Treviño era un brillante oficial, submarinista, y excelente profesional. En un momento determinado, y en el marco de su actividad profesional en el gabinete del ministro, fue objeto de alguna ojeriza o inquina por parte de la secretaria personal de Trillo, una solterona del OPUS DEI –la famosa Julieta, o Julia, de Micheo[3]-, que exigió al Ministro su sustitución, y naturalmente Treviño resultó sustituido, aunque ascendido, siendo destinado como Jefe de Estado Mayor de la Flota en Rota, pero perdiendo su destino en el gabinete. Palabras textuales del hoy Almirante Treviño, Trillo, que conducía las relaciones con los jefes de los ejércitos, a través de esta señora, trataba a los altos mandos del ejército, con escasa consideración y respeto, creándose en algunas ocasiones, situaciones no exentas de cierta tensión. Pero claro, los altos mandos se dejaban, todo hay que decirlo. Fui testigo de ello, precisamente con el General Pardo de Santayana. En 2001 Trillo procedió a relevar al General Lombo al frente del Estado Mayor del Aire, sustituyéndole por el Teniente General Eduardo González-Gallarza Morales, si bien mantuvo al General Pardo de Santayana[4] al frente del Estado Mayor del Ejército todavía hasta 2003.

El General González-Gallarza era un caballero sin tacha, y un excelente aviador y militar. Tuve el honor de trabajar con el brevemente en el Estado Mayor Conjunto y guardo un excelente recuerdo de su persona. Sin embargo, ya siendo JEMA dictó a finales de mayo de 2003 tras el terrible accidente del Yak-42, la siguiente orden a todo el personal del Ejército del Aire:

 

“Asunto: Declaraciones accidente Yakolev.

Quedan prohibidas las declaraciones, por personal de este Ejército no expresamente autorizado, sobre el tema del asunto, incluyendo las opiniones, comentarios y observaciones en torno a dicho accidente”.

 

Así de contundente y autoritario fue el texto de la orden que remitió a todos sus subordinados cuatro días después del accidente del Yak-42, entre cuyas bajas se encontraban 21 miembros de la propia Fuerza Aérea. Estoy convencido de que no lo hizo por limitar el derecho de libertad de expresión de los militares, sino por mantener la disciplina y evitar cualquier tipo de rumores. González-Gallarza, propuso al Ministerio de Defensa una subida mensual de 100.000 pesetas para los pilotos militares al renovar por cinco años más, una vez que hubieran prestado ya diez o doce años de servicio, con objeto de evitar su fuga a las compañías aéreas, algo que no pareció justo en los otros ejércitos, especialmente en lo que se refería a los pilotos de helicópteros. No tengo constancia de que ni Trillo, ni el gobierno, aprobasen esta sugerencia.

No obstante, el incidente más sonado  durante el mandato de Trillo, y con Alfonso Pardo como JEME todavía, fue, sin duda, el llamado “Conflicto de Perejil”. Se desarrolló del 11 al 20 de julio de 2002, tras la ocupación del islote Perejil por 6 gendarmes marroquíes, y tras un cruce de declaraciones entre España y Marruecos, finalmente, tropas españolas desalojaron a los soldados marroquíes que habían llegado a relevar a los gendarmes iniciales. La falta de apoyos internacionales, especialmente de los principales socios de la OTAN y de la UE, formuló la teoría según la cual, en caso de  conflicto con el Norte de África, España estaría sola, por lo que modernizar y reequipar las Fuerzas Armadas era un requisito importante. No fue mucho lo que se hizo. Trillo se apuntó la “gloria de Perejil” como si hubiera sido el salvador de la Patria, solo hay que ojear su libro de memorias para darse cuenta. Patético.

Nunca se supo claramente porque los marroquíes habían tomado tal iniciativa. El CNI, que había sido incapaz de enterarse de nada, sostuvo luego que aquello fue un pronto marroquí en reacción al despliegue, en los primeros días de julio, de cuatro corbetas, un buque de desembarco de la Armada y un helicóptero del ET, en torno al Peñón de Alhucemas.  Reunidos en Cabo Negro, el rey de Marruecos, y su círculo más íntimo habrían querido dar un escarmiento a España por lo que se consideró una demostración de fuerza en la bahía de Alhucemas.

Isla de Perejil. Foto - Lugares con historia.
Isla de Perejil. Foto – Lugares con historia.

Las carencias militares de España salieron a flote tras el incidente con Marruecos en el islote  Perejil, siendo patente que la política del Ministerio de Defensa debía de cambiar si se pretendía actualizar y modernizar a los ejércitos españoles[5]. Desde el Ministerio de Defensa se llevaba algún tiempo planificando una reforma de las Fuerzas Armadas, que la crisis de la isla de Perejil aplazó, quizás, para no dar imagen de provisionalidad militar del país. Lo que se llevó a cabo, en cambio, fue una reforma cosmética sin alcance alguno ni influencia en la operatividad de los ejércitos[6].

Así el Gobierno puso en marcha cuatro decretos-leyes que configuraban el alcance de la supuesta reforma: reestructuración del Ministerio de Defensa, modificación de las agregadurías militares, establecimiento de las Delegaciones de Defensa en las provincias, y representación institucional de las Fuerzas Armadas. Todo un paquete de medidas “esenciales” para la defensa nacional.

El problema que provocan las victorias y los éxitos es que con ellos se aprende poco, y España no aprendió. Marruecos probablemente aprendió más, y si volviera a repetirse la situación posiblemente actuase de otra forma. En primer lugar, hay que comenzar hablando del punto de partida para arrancar cualquier tipo de proyecto en la vida, y este no es otro que el económico. En nuestro país las asignaciones presupuestarias desde hace ya varios años, realizadas por los sucesivos gobiernos de la nación, son escasas, cuando no ridículas, algo que invita a la reflexión, cuando no al pesimismo. A primera vista cabría pensar que los políticos, y algunos componentes de la cúpula militar, piensan que si no hay dinero, pues se eliminan o se suavizan algunas amenazas aunque existan. La crisis de Perejil vino a recordar que las amenazas, por desgracia, existen, y están ahí.

 En el Ejército de Tierra, que se consideró el más afectado por la reforma, desaparecieron las históricas regiones militares y fueron sustituidas por la Inspección General del Ejército, en Barcelona, naturalmente con un Teniente General para no perder esa vacante y Capitán General de Cataluña en cierto modo, por el Mando Logístico Operativo, en La Coruña, que sustituía así a la Capitanía General de Galicia, y por el Mando de Doctrina, en Granada, que sustituía a la antigua Capitanía General de la IX Región Militar. Para paliar la pérdida de la Capitanía General de Sevilla se creó un denominado Mando de la Fuerza Terrestre -¡en el propio seno del Ejército de Tierra, como si éste no fuera “Terrestre” en su totalidad!-, en Sevilla, con otro teniente general. Todo un modelo de “eficacia y organización”, la supuesta Inspección General –un organismo que nadie comprendía-, en Cataluña, la Logística Operativa en Galicia, la Doctrina en Granada, y la Fuerza Terrestre en Sevilla; todo era, y es, una completa locura, y una aberración desde el punto de vista de organización y métodos. Ciertamente no se podía haber hecho peor, pero, claro, el objetivo no era otro que preservar las vacantes de teniente general. Y todo eso lo presidió Alfonso Pardo de Santayana, sin decir ni pío.

También el Ejército del Aire tuvo un Mando para las Fuerzas Aéreas Auxiliares y la Marina, un Almirante al Mando de las patrulleras y buques no adscritos a la Flota. En suma, certificar la permanencia de los cargos. Los políticos, que no eran tontos, no tuvieron mayor problema en dejar a los generales y almirantes seguir gozando de sus pequeños “cortijos”. Era el precio a su silencio y a su pasividad ante la destrucción sistemática de las Fuerzas Armadas que se estaba acometiendo. Y todo esto lo presidió un gobierno que se decía de centro, o de derecha, el Gobierno de José María Aznar. Hoy sabemos bien que el PP no es de derechas.

Alfonso Pardo de Santayana y Coloma
Alfonso Pardo de Santayana. Fuente: Ejército de Tierra.

Fueron unas medidas de un alcance “tremendo”, y ridículo. Muchos nos quedamos perplejos. El almirante Treviño, más tarde, llamó la atención sobre el hecho de que si desde el islote se hubiera abierto fuego, y los marroquíes lo hubieran reforzado algo más, la operación de recuperación desencadenada podría haber quedado en nada, y si desde el patrullero marroquí, de la clase Osprey[7], se hubiera actuado por el fuego, el fracaso podría haber sido rotundo, y habría que haberlo hundido, lo que hubiera supuesto una escalada en la crisis. Perejil demostró que los ejércitos necesitaban aumentar sus capacidades, pero nada o muy poco se hizo.

Alfonso Pardo cesó en la Jefatura del EME en enero de 2003 y fue relevado sorprendentemente, y contra todo pronóstico, por el General Luis Alejandre[8]. En junio de 2006, ya en la reserva, tras pronunciar en la Academia de Artillería de Segovia una conferencia sobre la enseñanza militar, propuso un brindis “por el Rey como garante de la unidad de España ante un posible riesgo de división territorial”, palabras que provocaron el abandono del acto por parte de varios representantes socialistas. Por orden del, en ese momento, ya JEME, el General Carlos Villar Turrau -otro curioso personaje-, se abrió una investigación, al tiempo que el General Pardo, obviamente asustado, puntualizaba que cuando hizo dichas afirmaciones “no estaba pensando ni en el Gobierno ni en el Estatuto de Cataluña porque no tenía ninguna intencionalidad política”. ¿En qué estaba pensando? Triste –y quizás no muy valiente-, broche final para alguien que había mandado el Ejército. Resulto curioso, sin embargo, que quien abrió una investigación sobre el asunto, aunque sin mayores consecuencias, fuera el que en aquel momento era el jefe del Ejército de Tierra, el General Carlos Villar, de quien nos ocuparemos más adelante.

Luis Alejandre Sintes había sido Jefe del Gabinete Técnico de Eduardo Serra, como General de División, y anteriormente con el grado de General de Brigada, Director de la Academia de Infantería y Comandante Militar de Toledo, donde había mantenido unas cordiales relaciones con el Presidente de la Comunidad, José Bono. Al ascender a general, en 1995, todavía con el PSOE en el poder, fue nombrado profesor de la Escuela Superior del Ejército, puesto que ocupan habitualmente los generales que no tienen destino, ¿quién había influido para que Alejandre ascendiese? Había sido mi superior directo como coronel, siendo yo teniente coronel, en el Estado Mayor de la Defensa. Anteriormente había estado en misión ONU en El Salvador y Nicaragua, y era diplomado de estado mayor por el Ejército francés. Nos conocemos muy bien.

Quizás de su relación con Bono, en su tiempo de director de la Academia de Infantería, se fraguó la relación que, de la mano de Serra, le llevó al Ministerio de Defensa, en 1997, al ascender a general de división en 1997, y posteriormente a la jefatura del Estado Mayor del Ejército, donde inicialmente fue confirmado por Bono, en 2004, ¿era Alejandre, después de todo, otro “submarino” del PSOE? Solo él lo sabe.

La cúpula militar con José Bono
La cúpula militar con José Bono.

El General Alejandre, que fue ascendido a General de Ejército con motivo de su nombramiento, había sido designado jefe de la Región Militar Pirenaica en octubre de 2000. Llegó a este puesto en plena tensión por la celebración en Barcelona del Día de las Fuerzas Armadas, y uno de sus principales retos fue el de reconstruir las relaciones militares con las instituciones y la sociedad catalana, a lo que le ayudó, sin duda, el hablar catalán –es menorquín-, y  sus buenas dotes de relaciones públicas, campo en el que era maestro. La elección no fue fácil, y Trillo, de hecho, eligió al teniente general más moderno para el cargo –en la línea de lo que se venía haciendo-, lo que no gustó mucho, en esta ocasión, ni al Jefe del Estado Mayor de la Defensa, ni al Consejo Superior del Ejército, aunque por supuesto esto no afectó lo más mínimo a la decisión tomada.

En escasamente tres años había pasado de general de división a general de ejército, toda una proeza por mucho que se diga hoy. Quizás Trillo pensaba que le debía una compensación por haberlo sacado de su gabinete. No obstante, aunque el nombre de Luis Alejandre figuraba como una posibilidad, para sustituir al General Pardo de Santayana, la incógnita se mantuvo hasta el último momento.

Conocí personalmente, como ya he dicho, al General Alejandre en 1994, cuando, como coronel, fue destinado al Estado Mayor de la Defensa –a la División de Planes y Organización-, y bajo dependencia del General Narro Romero, fue mi superior directo. Mantuvimos una excelente relación, y creo poder decir que, rodeada de simpatía mutua. Era muy difícil no simpatizar con Luis Alejandre ya que irradiaba optimismo, y veía siempre el lado positivo de las cosas. Seguí en contacto con él hasta que cesó en el cargo, e incluso posteriormente siempre he sabido algo de él, sea a través de amigos comunes, sea a través de sus trabajos. El General Alejandre era, no obstante, un hombre poco profundo, valga decirlo. Tanto el Gobierno como la oposición se sintieron cómodos. La realidad dentro del Ejército era otra, y esa poca profundidad de sus juicios pronto se vio reflejada en una importante serie de acontecimientos. Pero la verdad es la verdad, lo diga Agamenón o su porquero.

El primero de estos acontecimientos, cuya situación y consecuencias todavía perduran, fue la guerra de Irak. El Gobierno de Aznar se alineó, sin más, con la política del Presidente Bush, considerando tanto los conflictos de Afganistán como de Irak, como poco más que excursiones campestres sin ninguna implicación ni consecuencia posterior. Y se apuntó a participar en los mismos, aunque eso sí, con unas reglas de enfrentamiento propias y hasta independientes de lo que el Mando de la Coalición Aliada pudiera decretar o decidir en cada caso. Las tropas españolas –al igual que hoy-, iban por libre y tenían que informar al Ministerio en Madrid, antes de decidir y obedecer al Mando de la Operación, lo que las colocaba siempre en una posición difícil, cuando no vulnerable.

Tanto a Irak como a Afganistán se mandaron tropas cuando se pensaba que ya no había conflicto, y solo se trataba de ayudar en la reconstrucción y en tareas de ayuda humanitaria. Y ello motivo que se enviasen tropas poco preparadas, y mal dotadas. Ya en 2003 el vehículo blindado BMR, omnipresente en todos los escenarios donde había fuerzas españolas, tenía casi 25 años de servicio, y todavía estaba en marcha un programa de modernización del mismo. Pero no había que preocuparse, total las tropas iban a desplegar “en una zona hortofrutícola, totalmente tranquila y pacífica”. El resultado es de sobra conocido, hubo bajas en Irak, y hubo bajas en Afganistán. Y la saga continuó.

Bush, Barroso, Blair y Aznar en las Azores. Foto - Wikipedia
Bush, Barroso, Blair y Aznar en las Azores. Foto – Wikipedia

El 21 de febrero de 2004 se intentó llevar a cabo en Nayaf una operación conjunta aliada para cerrar definitivamente las actividades insurgentes. El General norteamericano Ricardo Sánchez propuso al Mando español que realizara la operación ya que era su zona de operaciones, sin embargo tras consultarlo con Madrid, el Ministerio de Defensa les prohibió  llevar a cabo la acción ante la posibilidad de que las fuerzas españolas sufrieran bajas. A la larga esta decisión afectó gravemente al delicado equilibrio de la región. Supuestamente, la negativa española a actuar provocó un profundo enfado en los mandos estadounidenses.

A pesar de ello, se desplegaron varios BMR, del Regimiento Saboya 6, cuyas ametralladoras de 12,7 mm presentaban problemas de fiabilidad, obligaron a las tripulaciones a enfrentarse al enemigo desde las escotillas de los mismos. Con el ataque generalizado en todo el perímetro de la base y recibiendo fuego de mortero, se ordenó a los VEC españoles del RCLAC Farnesio, reforzar la entrada principal de la base. Mediante el cañón de 25 mm los atacantes fueron abatidos. Los tiradores selectos del MOE español también tomaron posiciones y causaron 3 bajas más confirmadas. No obstante, las tropas españolas fueron acusadas desde ciertos sectores de los ejércitos salvadoreños y estadounidense, de cierta pasividad. La realidad es que, desde entonces hasta la retirada completa, el 21 de mayo de 2004, el Ejército español tuvo que hacer frente a una situación de guerra real en vez de la definición de “misión de paz en una zona bucólica” para la que teóricamente se les había enviado, según Trillo.

Sin embargo, no consta que el General Alejandre, como JEME, advirtiese ni a Aznar ni a Trillo, del deficiente estado y las pocas capacidades del Ejército, para intervenir en unas aventuras como las de Irak y Afganistán. Incluso se llegó a estudiar la posibilidad de enviar una agrupación táctica acorazado-mecanizada a Irak, con carros de combate y artillería autopropulsada –de la cual yo inconscientemente llegué a solicitar el mando-, lo que finalmente se desechó ante la enorme tarea que iba a suponer el apoyo de tal fuerza, y la incompatibilidad de la mayoría del equipo español con el norteamericano y aliado, algo que también debería haber provocado alguna reflexión en la sede del Estado Mayor del Ejército. Ciertamente, una cosa era intervenir y mantener una presencia en los Balcanes, a distancia razonable de España, y otra enviar tropas a un teatro tan lejano, en Asia Central y Oriente Medio. Las carencias iniciales de las tropas fueron tremendas, y casi nada de eso se ha dicho abiertamente, en medios públicos, aunque ahora empiezan a trascender bastantes aspectos. Luis Alejandre fue, entonces, el militar que siempre dijo “Sin Novedad”, tanto a Trillo como a Aznar, y tampoco éstos querían oír otra cosa. Hoy, ya otros le han sucedido y le han superado en la ocultación de la verdad.

El precio del asentimiento perpetuo de los generales al poder político que les aúpa lo paga la tropa.
El precio del asentimiento perpetuo de los generales al poder político que les aúpa lo paga la tropa.

El segundo acontecimiento, de gravedad extrema éste, acaecido durante el período de mando del General Alejandre fue el tremendo accidente del avión Yak-42 sobre Turquía, en el que perdieron la vida 62 militares españoles que regresaban de Afganistán, y que hemos mencionado brevemente ya. Se ha escrito mucho sobre ello y el asunto en sí no es objeto de estas páginas, pero todo parece indicar que ninguno de los implicados –o afectados-, dijo la verdad, incluyendo el propio Luis Alejandre. El General Alejandre, ciertamente, no tuvo ninguna responsabilidad directa, pero sí podía haber hecho suyas muchas de las quejas sobre la calidad del transporte aéreo que se contrataba desde el Ministerio, y que conocía perfectamente. En su función de JEME, si hubiera hecho patente de forma enérgica ante el Ministerio, o el Estado Mayor de la Defensa, la situación en la que tenían lugar los transportes aéreos quizás se hubiera evitado la catástrofe, pero Alejandre también seguía apegado al “Sin Novedad” habitual.

La sombra de la catástrofe aérea del Yak-42 planeará todavía por mucho tiempo sobre los que tuvieron alguna capacidad de decisión en aquellos días. Fue el mayor desastre sufrido por el Ejército español en muchos años y una pérdida irreparable para cada una de las familias, a cuyo dolor hay que añadir la confusión generada por el Gobierno y el propio Ministerio de Defensa, que dura hasta nuestros días. Es verdad que el General Alejandre se puso en evidencia él mismo, cuando trató de esbozar una justificación a las precarias condiciones en que se efectuaban los transportes -dando a conocer que sabía lo que ocurría-,  pero también sería injusto culparle a él solo de la pésima gestión de la catástrofe. Máxime cuando los máximos responsables políticos tanto del accidente, en sí, como de la negligente investigación posterior sobre el mismo, no han sido capaces, ni han querido dar una explicación coherente de lo que ocurrió, ni asumir sus responsabilidades.

Alejandre llegó[9], políticamente, al cargo –al igual que sus antecesores, justo es decirlo-, y cesaría en él mismo, también políticamente, en 2004, cuando llevaba escasamente cuatro años en su puesto.

Pero volviendo al asunto del Yak-42, no deja de ser grave e inadmisible que, al final, después de todo se haya condenado a un general de brigada, ya retirado, a un comandante y a un capitán, por todo lo ocurrido en el contexto del accidente, prácticamente  como únicos responsables. La responsabilidad mayor, sin duda, estaba en la contratación del vuelo, que no hay duda que fue del Estado Mayor Conjunto (EMACON), del Estado Mayor de la Defensa, organismo que a su vez requirió los servicios de la agencia de la OTAN, NAMSA, para la formalización del contrato. Pero no es menos cierto que el Estado Mayor de la Defensa no hizo nada sin contar con la aprobación del Ministerio.

Inicialmente se imputó al Almirante Moreno Barberá, al Teniente General del Aire Juan Luis Ibarreta, entonces Jefe del Estado Mayor Conjunto, y al Vicealmirante José Antonio Martínez Sáinz-Rozas, en el momento Jefe de la División de Operaciones del EMACON, quienes no llegaron nunca a  sentarse en el banquillo, después de todo –y a los que el juez imputó por su posible responsabilidad no ejercida, y que tenían, en el control del contrato efectuado con NAMSA-, y los cuales protegieron, de alguna forma al Ministro y a los responsables últimos de la decisión, aunque posteriormente muchas de las afirmaciones hechas tanto por Federico Trillo, como por el Secretario General de Política de Defensa, Javier Jiménez-Ugarte, quedaron fehacientemente constatadas en el juicio como mentiras, sin que nadie haya tomado medidas por ello. Posteriormente el Congreso de los Diputados aprobaría, por mayoría,  una proposición no de ley que declaraba la responsabilidad de los poderes públicos, y en concreto del ex-ministro de Defensa, Federico Trillo, por las graves negligencias en la contratación e identificación de cadáveres en el accidente. Pero no ha pasado nada y, para colmo, el Sr. Rajoy nombro a Trillo embajador en Londres, en su día.

Federico Trillo inspecciona los restos del YAK-42 accidentado. Foto - Ara.cat
Federico Trillo inspecciona los restos del YAK-42 accidentado. Foto – Ara.cat

Independientemente del resultado del proceso, la imputación de la cúpula de defensa de aquellos días, no tuvo la repercusión que tenía que haber tenido y que posiblemente hubiese alcanzado si el ex-ministro Trillo hubiese sido imputado también. Las razones son obvias, pero no justas. Independientemente de ello, que se impute por homicidio imprudente, a los más altos responsables de la defensa -todos ellos generales, con altísimas responsabilidades en la cúpula de la defensa militar- por presunto incumplimiento de sus responsabilidades es gravísimo. Algo iba yendo –y sigue yendo-, muy mal en las Fuerzas Armadas, y no tiene más significado que  unos oficiales –de la más alta graduación, responsabilidad y supuesta preparación- habrían olvidado el sagrado deber de velar por sus subordinados y, pese a conocer las quejas e informes sobre la inseguridad y el riesgo que entrañaban aquellos vuelos, los pusieron en riesgo gratuitamente por negligencia, o incompetencia, o autocomplacencia, o cobardía, o por todo ello junto.

Sea como sea, aquellos que hoy demuestran no ser capaces de remediar la situación en la que se encuentran las fuerzas operativas, y las exponen a riesgos innecesarios por negligencia, o incompetencia, o autocomplacencia, o cobardía, o por todo ello junto, deberían tomar también nota. Las decisiones tomadas tienen siempre un altísimo precio al final de la cadena. Y lo deberían pagar muy caro cuando se demuestra que tomaron sus decisiones, a pesar de poner en peligro las vidas de sus subordinados. Este es el gran fracaso moral de los generales que se consideran en estas páginas.

2003 fue, sin duda, un año negro para el Ministerio de Defensa, y, por ende, para el Ejército de Tierra. Cuando todavía seguía el ruido provocado por el accidente del Yak-42, en noviembre cayeron en una emboscada, en Irak, siete oficiales del CNI, todos ellos pertenecientes al Ejército de Tierra. La forma en que el Ministerio, y el Ejército, trataron el asunto, casi ocultándolo, y no concediéndoles siquiera a los fallecidos una recompensa propia de zona de combate, fue un despropósito más, y no colocó en buena posición, ni a Trillo, ni a Alejandre, una vez más. El suceso no revistió mayores complicaciones y no se buscó profundizar en sus causas. Nada se dijo de cómo, porqué, donde, con qué medios contaban aquellos oficiales. Nada, silencio absoluto y ausencia total de medidas. ¿Quién era el responsable? Nadie, realmente, había sido solo culpa del “modus operandi” de los mismos oficiales, pero la forma en que prácticamente las autoridades se inhibieron dijo muy poco a favor del Ministerio de Defensa, del CNI, y del Estado Mayor del Ejército.

Oficiales del CNI asesinados en Iraq en una emboscada. Foto - Tiempo
Oficiales del CNI asesinados en Iraq en una emboscada. Foto – Tiempo

En las declaraciones judiciales posteriores realizadas en el caso del “Yak-42”, en 2009, todo un ex – JEMAD entonces, Félix Sanz, beneficiario directo de la defenestración de Alejandre, tuvo que ser puesto en evidencia por él mismo al falsear la realidad de los hechos. Éste, en su calidad de testigo en la vista del juicio oral seguido por la Audiencia Nacional para depurar responsabilidades por las falsas identificaciones de los cadáveres, manifestó que antes de la celebración del funeral, Alejandre propuso que los cuerpos mal identificados no fueran entregados a sus familiares hasta que no hubieran sido reconocidos, imputándole, por tanto, la responsabilidad de conocer la situación ab initio. El general Alejandre compareció acto seguido ante el mismo tribunal negando haber avisado al Ministerio de Defensa de que hubiera cadáveres sin identificar, en contra de lo manifestado por Félix Sanz, y declarando que la decisión de celebrar los funerales dos días después del accidente dependió del entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, y de la Casa Real. No encuentro palabras para opinar.

La prueba de fuego para Alejandre, como para todas las Fuerzas Armadas, para todo el Ministerio de Defensa, y para toda la nación, fue, sin duda, el tremendo suceso del 11-M. No es que el Ejército de Tierra tuviera responsabilidad en lo que sucedió aquel día en Atocha, pero aquel día cambió, para siempre, la orientación de una España que, quizás, vivía demasiado feliz y alejada de las realidades geopolíticas del mundo. Las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para afrontar tal catástrofe, y tras el fin de la Guerra Fría, no había habido una transformación seria de las mismas, para afrontar los nuevos desafíos, y lo peor es que sigue sin haberla. Esa última lección de la Historia aún no ha sido asimilada por los españoles. Unos asesinos implacables atacaron a España el 11-M provocando un sinfín de horrores y de dolor como no recordaba nadie ya, y motivando toda una serie de reacciones aún confusas y atolondradas que fueron, sin duda, celebradas por los asesinos y los que les aplauden. España, sin embargo, aún no ha salido del marasmo en que esa fecha la sumió y que supuso un cambio social cuyo resultado está por ver.

El día después del 11-M. Foto - La Información
El día después del 11-M. Foto – La Información

La actitud que cabe esperar de los que nos gobiernan deja mucho que desear en este contexto y, sin duda, nos ha llevado a dar a entender a los causantes del mal que se claudica ante sus exigencias, y que nos plegamos a sus demandas. Zapatero también se plegaría ante los piratas en Somalia.

España no había declarado la guerra a nadie ni ha atacado a nadie en 2001. Las tropas en el exterior cumplían esencialmente misiones de ayuda humanitaria, o de apoyo, y no de combate. La única acción en que España había llevado a cabo acciones ofensivas  había sido en Kosovo en 1999, cuando aviones con la escarapela roja y gualda castigaron reductos serbios, en defensa de una minoría étnica que estaba siendo subyugada y acosada casi hasta el borde del genocidio. En aquella ocasión, hay que recordarlo, no había tampoco mandato de las Naciones Unidas que amparase nuestra acción ni la de nuestros aliados.

El 11-M España había sido atacada. En el discurso de nuestros gobernantes debió darse otro talante, debió cesar la disputa habitual entre galgos y podencos, y debieron haberse concentrado en prevenir las amenazas. La sangre de los muertos lo exigía entonces, y lo exige hoy.

BMR español patrullando en Diwaniyah. Foto - Revista Ejércitos
BMR español patrullando en Diwaniyah. Foto – Revista Ejércitos

Puede parecer exagerado, pero la realidad es que España en 2004 entró en guerra, una guerra asimétrica, contra un enemigo furtivo, sin identificar, sin bandera, sin capital y sin estado, pero en guerra contra un enemigo exterior por primera vez, una vez más desde 1808. Si una nación identificada, con estado, con capital, con bandera, se hubiera declarado responsable de los ataques del 11-M, España habría estado entonces en estado de guerra oficial, declarado, y con las Fuerzas Armadas movilizadas y desplegadas en defensa de la soberanía, integridad física y moral y territorial. El que no se identificase al enemigo no hacía nula la situación de estado de guerra.

El iniciar una Comisión en el Congreso para investigar lo sucedido el 11-M era conveniente, pero las actitudes fariséicas e hipócritas suelen volverse siempre contra los que las protagonizan. Las mentiras no son piadosas ni impías, son solo mentiras y que el Gobierno en el poder el 11-M, pidiera luego una comisión especial para aclarar lo sucedido en aquellos días no dejó de ser un contrasentido ¿Acaso no sabe el PP lo que ocurrió? ¿Cómo puede ser que quienes eran ministros de Justicia e Interior el 11-M pidieran luego una comisión para investigar lo ocurrido entonces, en los Ministerios de los que ellos eran responsables? Desde luego si no lo sabían, entonces hay que alegrarse de que perdiesen las elecciones, y si lo sabían, entonces deberían haberlo hecho público, pero si lo sabían y trataron de ocultarlo, entonces era mucho peor y lo sucedido debería ser punible, no solo políticamente –que ya lo fue en las elecciones generales de 2004-, sino quizás hasta judicialmente también y hasta el fin de los días. ¿Sabían algo los Jefes de las Fuerzas Armadas?

En cualquier caso, de las posibles filtraciones y de la falta de control tan solo era responsable el Gobierno del PP, que no solo mantuvo en sus puestos a funcionarios de lealtad y afiliación dudosa y hasta contraria al propio PP, sino que hasta llegó a nombrar posteriormente para cargos de responsabilidad a personalidades claramente simpatizantes con la oposición política en aras de una pretendida objetividad y neutralidad congruente con una mayor eficacia que ni siquiera era tal, puesto que las personas que se seleccionaba ni siquiera eran las mejores, despreciando incluso a leales funcionarios y directivos claramente mucho mejores, fielmente comprometidos con el ideario del PP en el que creían, y que vieron no ya traicionadas sus aspiraciones, sino hasta su buena voluntad, y su honesta y desinteresada entrega.

Como ya lo dijo el conocido columnista periodístico Manuel Martín Ferrand en su editorial –opinión-, en el diario ABC el 11 de mayo de 2004, Jaime Mayor Oreja, Mariano Rajoy y Ángel Acebes, y algún otro más, deberían celebrar conciliábulo para averiguar cuánto “felipismo” dejaron activo en el Ministerio del Interior y en el CNI y, a partir de ahí, más que, en comisión, dar a la sociedad una explicación suficiente sobre las razones por las que obraron tan erráticamente, y tan mal, entre los días 11 al 14-M. Deben esa explicación a todos los que, sin desprecio a otras posturas, creían en un proyecto que ciertamente, después de ocho años, había colocado a España en una posición más respetable y digna en la escena internacional, de la que antes tenía.

España había sido atacada por su participación en la guerra de Irak, según decían unos, y se debió decir valientemente que no era cierto. Los Estados Unidos fueron atacados el 11-S cuando ni siquiera había ninguna guerra en curso en Oriente Medio, aparte del sempiterno conflicto árabe-israelí; la participación de países como Italia y el Reino Unido en Irak era  considerablemente mayor que la aportada por España y no habían sido atacados en aquellos días. España fue atacada porque era el eslabón débil, porque la sociedad española se había vuelto tan decadente y laxa que resultaba tremendamente vulnerable al chantaje y a la coacción, y porque nuestra defensa y seguridad habían sido reducidas a los umbrales mínimos indispensables. Aquí es donde estaba la responsabilidad de Alejandre, del Almirante Moreno, del General González-Gallarza, del Almirante Torrente, del Ministro Trillo y del Presidente Aznar, y en suma de todos los que les habían precedido.

General de División Vicente Díaz de Villegas y Herrería. Foto - Que.es
General de División Vicente Díaz de Villegas y Herrería. Foto – Que.es

El 11-M dio al traste con el proyecto del PP, acabó con el gobierno de Aznar y devolvió el poder al PSOE. Había sido un “impasse” de ocho años, en el que no se había aplicado ni un solo proyecto que se pudiera juzgar como original ni de factura conservadora. Los ejércitos habían seguido su trayectoria descendente y la defensa se hallaba bajo mínimos. No en vano se había encargado su gestión a personas si no simpatizantes del PSOE, cuando menos pasivas e indolentes, que se limitaron, como ya era habitual, a pavonearse y a agradecer la distinción recibida.

Los relevos en la cúpula fueron inmediatos, pero Alejandre todavía se mantendría un cierto tiempo en su pedestal. Durante los 8 años del PP en el poder se había llevado a cabo una consolidación de la política de personal en las Fuerzas Armadas, vigilada por todos los afectos a Eduardo Serra, y por ende al PSOE. Los ascensos a general fueron, si cabe, más caprichosos que nunca, y sobre todo en el Ejército de Tierra sin atender a los respetos más elementales ni considerando realmente la trayectoria mantenida por los oficiales que llegaban a ser seleccionados para el ascenso.

Fue muy corriente mantener en sus destinos a ciertos generales al pasar a la reserva, aunque ello conllevase bloquear el ascenso de los más jóvenes. Así, por ejemplo, cierto teniente general garantizó a un general de brigada su permanencia en su destino mientras él estuviese en el cargo…¡y eso que el general de brigada, en cuestión, no destacaba precisamente por sus cualidades intelectuales y estaba ya en la reserva! Eso no ocurría ni con Franco, pero así eran las cosas. Con ocasión de la participación en el conflicto de Irak, la decisión sobre qué unidad enviar –o mejor dicho, de que unidad enviar las fuerzas-, recayó en la Brigada Aerotransportable, con Cuartel General en La Coruña, y lógicamente el mando correspondía al General Díaz de Villegas “Pucho”, que era su mando natural,…pues bien, dado que Trillo no tenía mucha confianza en ese general por motivos puramente profesionales, alguien le susurró –sin duda, Alejandre-, el nombre del Coronel Alfredo Cardona Torres, ibicenco de nacimiento, y por lo tanto casi paisano de Alejandre, que, sin embargo, no tenía previsto su ascenso hasta casi diciembre. Con absoluta tranquilidad se ascendió al Coronel Cardona y se le dio el mando del contingente que iba a Irak. Y el General Alejandre, consintiendo, naturalmente. Alfredo Cardona, amigo mío, es un oficial intachable y excelente, pero las reglas son las reglas.

Del mismo modo, se retrasó el ascenso del Coronel Ignacio Martín Villalaín –luego Teniente General Segundo Jefe de Estado Mayor del Ejército-, “número uno” efectivo de la promoción a la que pertenecía el Coronel Cardona, y que no ascendió hasta que se presentó la vacante a la que iba a ir destinado, y que era su preferencia, la Academia General Militar, de Zaragoza. Es decir, el numero uno de la promoción ascendió después del que hacía el numero cuatro! Era como de broma. Gracias a Alejandre ascendió también el Coronel Jaime Coll Benejam, un menorquín que era de los últimos de la promoción, y que pasaba así a ser de los elegidos para el ascenso. Y gracias a Trillo, ascendió –ya en 2004- el Coronel Blas Piñar Gutiérrez, hijo del abogado fundador de Fuerza Nueva, y que estaba considerado como uno de los instigadores del Manifiesto de los Cien, además de ser amigo de Trillo, quien en sus comienzos como abogado había trabajado en el bufete de Blas Piñar-padre, y siento que el general Blas Piñar se haya enfadado conmigo por mis palabras, pero esa es la verdad. Con Alejandre, y Trillo[10], los ascensos fueron una especie de juego de amigos que se llevaban de aquella manera, sin tener en cuenta ni reglamentos, ni antigüedad, ni mérito alguno en algunos casos.

Ignacio Martín Villalaín. Foto - Ministerio de Defensa
Ignacio Martín Villalaín. Foto – Ministerio de Defensa

Naturalmente en la Armada la situación era pareja, y el nepotismo del almirante Torrente –posiblemente el personaje aludido por el Teniente General Narro en sus afirmaciones anteriores-,  y su facilidad para gestar ascensos no merecidos, tiene uno de sus referentes más significados en la promoción de su propio hermano Juan al empleo de General de Brigada del Cuerpo de Intendencia de la Armada, sin preocuparle el perjudicar a compañeros de varias promociones con mayores méritos para obtener ese ascenso. El posterior y más escandaloso intento de ascenderle a General de División, tuvo que ser frenado por la oposición prácticamente generalizada de todos los almirantes.

El Almirante Torrente había comenzado en 1994 su imparable ascenso político de la mano del entonces ministro de Defensa, Julián García Vargas, quien el 4 de febrero de ese año le nombró director de su Gabinete Técnico. En ese mismo puesto de confianza política fue mantenido sucesivamente por el también ministro socialista Gustavo Suárez Pertierra y, a continuación, por el ministro del primer Gobierno del PP, Eduardo Serra Rexach. Este último le promovió, además, a la Dirección General de Política de Defensa (DIGENPOL) el 27 de junio de 1997, en sustitución del general Víctor Suances Pardo. Otro ministro de Defensa del Partido Popular, Federico Trillo-Figueroa, le nombró Jefe del Estado Mayor de la Armada el 15 de diciembre de 2000, ascendiéndole, en consecuencia, al máximo empleo de almirante general, para lo que fue recomendado de forma insistente por el anterior ministro, Eduardo Serra, ante el propio presidente Aznar.

El ministro de Defensa Alonso dirige unas palabras al recien nombrado Secretario General de Política de Defensa, Luis Cuesta, como a su antecesor, Almirante Torrente. Foto - Ministerio de Defensa
El ministro de Defensa Alonso dirige unas palabras al recien nombrado Secretario General de Política de Defensa, Luis Cuesta, como a su antecesor, Almirante Torrente. Foto – Ministerio de Defensa

Cuando tuvo lugar la designación del Almirante Moreno Barberá, como Jefe del Estado Mayor de la Defensa, tras una batalla soterrada con el Almirante Joaquín Pita da Veiga, en aquel momento Director General de Personal del Ministerio de Defensa, como candidato, fue Torrente quien personalmente recordó en el entorno de La Moncloa que Joaquín Pita da Veiga era hijo de Gabriel Pita da Veiga, el ministro de Marina en 1977, que dimitió ante el presidente Adolfo Suárez cuando éste legalizó el PCE, circunstancia que hubiera podido conllevar, en su opinión, “una inconveniente imagen de retorno al franquismo”. La realidad era que la personalidad y el talante de Joaquín Pita, quedaban muy lejos del perfil antidemocrático insinuado por Torrente.

En relación, una vez más, con el accidente del avión “Yak-42”, se da la circunstancia de que fue precisamente Torrente quien, siendo DIGENPOL, inició las contrataciones precarias de aviones comerciales de fabricación rusa con la NAMSA, como ya se ha dicho. Tras mantenerse hábilmente al margen de las responsabilidades propias de aquel caso, el Almirante Torrente fue quien, más tarde, como asesor y consejero militar preferente del PSOE,  recomendó la renovación de toda la cúpula militar tras las elecciones de marzo de 2004, y, en particular, el cese del General Luis Alejandre, con dos objetivos simultáneos: evitar su posible ascenso a JEMAD, puesto para el que terminó promocionando a su amigo Félix Sanz, y, sobre todo, para presentarle de forma más o menos implícita como cabeza de turco del caso “Yak-42”.

Tras el cambio de la cúpula militar, y lejos de aceptar su retiro tras haber desempeñado el cargo de AJEMA, él mismo se postuló ante el Gobierno socialista como Secretario General de Política de Defensa, exigiendo que se le otorgara el rango administrativo acordado de Secretario de Estado para así poder prevalecer protocolariamente sobre cualquier otro representante del estamento militar.

Mientras Torrente ocupó el cargo de AJEMA fueron de sobra conocidos sus desplazamientos a Galicia durante la Semana Santa, con el principal objeto de presidir las procesiones y actos litúrgicos, algo que nunca pareció preocuparle lo más mínimo. En ellos obligaba al Almirante Jefe de la Zona Marítima a situarse varios pasos detrás de él, actitud tan insistente y de tan mal estilo que determinó la radical negativa de éste a acompañarle en los mismos. El Almirante Torrente es el prototipo de militar que supo encaramarse a la cumbre del poder, favoreciendo a la opción que parecía satisfacerle más, en su propio beneficio. No está clara, de todos modos, esta opción y corren rumores de todo tipo que le vinculan a la masonería tradicional antes que a la izquierda.

Félix Sanz Roldán y el almirante Torrente. Foto - Belt
Félix Sanz Roldán y el almirante Torrente. Foto – Belt

Torrente supo acceder posteriormente, sin mayor dificultad, a ocupar la presidencia de la empresa EXPAL (Explosivos Alaveses S. A.), a pesar de que el cliente nacional de referencia siempre había sido el propio Ministerio de Defensa, donde él naturalmente había sido un alto cargo del Gobierno. Y, desde luego, con la habilidad suplementaria necesaria para que un dictamen jurídico, hecho “a medida”, le permitiera contravenir de forma flagrante lo establecido al respecto en la Ley 5/2006, de regulación de incompatibilidades de los miembros del Gobierno y de los altos cargos de la Administración General del Estado. Renunció para ello incluso a la Orden de San Hermenegildo, a la que pertenecía por antigüedad. Todo un ejemplo.

Y todo un record, que, no obstante, culminaría en 2009 al ser nombrado Presidente de AFARMADE (Asociación Española de Fabricantes de Armamento y Material de Defensa y Seguridad). En su primera declaración, la Junta Directiva presidida por Torrente se comprometió a impulsar la Asociación “haciendo de esta un instrumento eficaz para abordar los desafíos y retos del Sector con el objetivo de defender las capacidades y tecnologías españolas”, pero su único logro, fue proponer su disolución. Su propuesta fue ratificada y AFARMADE dejó de existir formalmente. Con ello, Torrente añadía a sus muchos deméritos profesionales el haber oficiado de “enterrador” de un organismo que durante sus 24 años de existencia había sido el principal representante e interlocutor de la escasa industria de defensa española.

En junio de 2010, el Gobierno acordó conceder la Medalla de la Orden del Mérito Constitucional al Almirante Torrente, en pago a los servicios prestados, lo que él agradeció desde la presidencia de EXPAL, pero habiéndose beneficiado con numerosos contratos otorgados desde el Ministerio, y llegando, incluso, a adquirir para su empresa, la factoría de GD-Santa Bárbara Sistemas en la localidad de Murcia, los terrenos de la cual son propiedad todavía del Ministerio de Defensa.

El Almirante Torrente fue el prototipo de militar profesionalmente mediocre que, utilizando prácticas políticas arribistas, supo llegar a la cumbre del poder. En ese recorrido, y tanto en el Cuartel General de la Armada como en el Ministerio de Defensa, alcanzó fama de experto catador de ginebras, hombre desleal con sus compañeros y poco amigo de la verdad. Connotaciones personales que quizás justifiquen el repudio que padece en los medios sociales de la Armada. Era una edición “mejorada” del infame General Sáenz de Santamaría.

Un hombre radicalmente distinto fue el Teniente General Joaquín Tamarit Navas, que alcanzó el generalato en 1998, por designación de Eduardo Serra, a los 17 años de su presunta implicación en el golpe de Estado del 23-F, nunca bien aclarada. De hecho, Joaquín Tamarit fue quien, siendo capitán a las órdenes directas del comandante Pardo Zancada en el Estado Mayor de la División Acorazada, y por encargo expreso de éste, trasmitió telefónicamente al coronel José Ignacio San Martín, su jefe común que se encontraba con parte de la fuerza divisionaria fuera de Madrid en unas maniobras preparadas al efecto, la contraseña “La bandeja está grabada”, de vital importancia en aquellos acontecimientos. El mensaje significaba que el General Torres Rojas había dejado su destino en La Coruña y que ya se encontraba en el cuartel general de la División para tomar el mando.

El propio Ricardo Pardo desveló la complicidad del capitán Tamarit en su libro “23-F: La pieza que falta” (Plaza & Janés Editores, 1998): “… Además de sus incitaciones a la acción en las reuniones operativas que ahora describiré, fue el único oficial de aquel Cuartel General que supo por mí lo que se preparaba desde la mañana del día D. Excepción hecha, claro está, de San Martín, que sabía más que ninguno y antes que todos”. Aunque Tamarit no llegó a ser imputado, sí tuvo que declarar como testigo en el Consejo de Guerra celebrado en 1982.

Joaquín Tamarit. Foto - El periódico de Extremadura
Joaquín Tamarit. Foto – El periódico de Extremadura

Cuando en 1998 ascendió a general de brigada, ocupó la secretaría general del Mando Logístico del Ejército de Tierra, en la que permaneció hasta diciembre de ese mismo año, momento en el que fue destinado al Estado Mayor Conjunto. En 2001 fue promovido a general de división, ahora por Federico Trillo, siendo designado entonces asesor del Jefe de Estado Mayor del Ejército, un puesto poco común y hasta entonces inexistente, hasta su nombramiento como Director de Mantenimiento del Mando de Apoyo Logístico del Ejército de Tierra, que se produjo en 2003, y en donde estuve brevemente e indirectamente a sus órdenes, hasta 2004, cuando fue designado Jefe del Estado Mayor Conjunto (JEMACON), en el EMAD.

Joaquín Tamarit ascendió a teniente general por deseo del entonces ministro de Defensa, ya el  socialista José Bono. Algunos atribuyeron aquel discutible nombramiento al agradecimiento del ministro por la información pormenorizada que le facilitó sobre el controvertido accidente del “Yak-42”, cuyo entorno técnico y administrativo conocía perfectamente en razón de su precedente cargo.

Una vez en situación de reserva, en 2008 se incorporó activamente al “clan logístico” aglutinado en torno a la revista “Atenea”, acompañado por un buen número de ex – altos mandos históricamente vinculados a ese tipo de servicios, lobby dependiente del complejo empresarial dirigido por el Coronel José Luís Cortina, el enigmático “cerebro” del 23-F, para no tardando el tiempo desvincularse completamente de todo ya, probablemente debido a desavenencias con ese personaje. Nunca entendí que Tamarit, a quien yo había conocido ya desde capitán, se asociase con semejante personaje, ni tampoco entiendo muchas otras cosas.

Con el 11-M se puso final a ocho años de “querer y no poder”, y de medidas aplicadas con paños calientes, cuando no con desidia, en las que las Fuerzas Armadas fueron, una vez más, las grandes olvidadas, y convidados de piedra en la tarea de construcción nacional. Atrás quedaban Afganistán, Irak, Perejil, el accidente del Yak-42, los siete muertos del CNI, el fin del servicio militar obligatorio, la integración en la estructura militar de la OTAN y la reforma del CESID/CNI. Ciertamente había sido un período activo, pero del que no se había aprendido nada, los ejércitos seguían prácticamente como siempre, habían sido cambios cosméticos. La lección suprema vino el 14-M.

 


 

Notas

[1] Pascual Pery Paredes, Director General de Armamento y Material, hijo del ex – ministro de Marina del mismo nombre que repescó en su día para el cargo Gutiérrez Mellado, cesó 21 meses después de haber sido nombrado. Aunque en Defensa se explicó su salida por razones personales, otros medios la atribuyeron a la falta de sintonía con el equipo directivo del departamento. El relevo de Pery por el General de División del Ejército del Aire Miguel Valverde Gómez no trascendió especialmente a la opinión pública ya que, en contra de lo que era habitual con los directores generales, su nombramiento no se incluyó en la referencia oficial del Consejo de Ministros de entonces.

[2] El General Víctor Suances Pardo, del Ejército de Tierra, había sido nombrado Director General de Política de Defensa, en sustitución del Teniente General Veguillas, asesinado en 1994, en un atentado de ETA en Madrid. Suances había estado destinado en la misión militar ante la OTAN y había sido jefe de la Unidad de Verificación Española (UVE), encargada de controlar la aplicación. de los acuerdos de desarme. Había estado destinado también al mando de un contingente de la ONU, con la misión de vigilar el alto el fuego en Nicaragua y El Salvador. Tras su pase a la reserva se incorporó a la empresa CASA, ya en EADS, como consultor, sin duda como premio a su actitud. No dejó ninguna huella y por eso no me extiendo hablando de él.

[3] Julia de Micheo ha estado en la sombra de Federico Trillo durante los últimos 20 años. Conoció al que fuera ministro de Defensa en el Opus Dei, grupo en el que ambos son lo que se llama supernumerarios. Desde entonces, tenía unos 20 años, ha estado a su lado, como asesora o jefa de gabinete, en todos los puestos de responsabilidad de la larga carrera del político popular. Ocupó incluso el escaño del Congreso que Trillo dejó libre, algo inaudito, para irse a Londres. El poder de Julieta era tal que llegó a enfrentarse nada menos que con un almirante, jefe del Gabinete militar de Trillo, según recogió el diario Estrella Digital: “El almirante reclamó acceso directo al ministro, que era lo natural. Julieta se negó, y para sorpresa de todos, Trillo le dio la razón a su secretaria. El almirante decidió que no aceptaba la situación y se fue del puesto”. Hasta recibir su nuevo cargo, De Micheo ha ejercido como diputada en el Congreso y miembro de la Gestora del Partido Popular de Madrid; ahora, recientemente, tras más de 20 años al servicio de Federico Trillo, ha sido nombrada jefa de Gabinete de la nueva ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.  Andrés Guerra, LA VANGUARDIA, Barcelona, 17/11/2016.

[4] Ya posteriormente el general Alfonso Pardo de Santayana, consideraría que a Federico Trillo, en su etapa como ministro de Defensa, le faltó “sensibilidad” con las Fuerzas Armadas. “Le perdía un cierto afán de intervenir“, según declara  en el libro de Francisco Medina ‘Memoria oculta del Ejército. Los militares se confiesan (1970-2004)’, Espasa. Naturalmente cuando estuvo a sus órdenes no se lo dijo nunca.

[5] Los efectivos de operaciones especiales que intervinieron iban equipados con fusiles de precisión Accuracy, y con chalecos anti-fragmentos prestados por la Guardia Civil, ya que el Ejército los tenía todos repartidos entre Bosnia, Afganistán, y otras zonas. Al parecer preocupaba especialmente una patrullera de la marina marroquí, desde la que se podía derribar algún helicóptero.

[6] La misión primera de las FAS es defender la integridad e independencia de la nación. Es decir, garantizar su soberanía territorial. Si bien las amenazas sobre ésta, se consideraban poco probables, aunque no imposibles, la mencionada crisis de Perejil lo demostró, y si Marruecos hubiera mostrado más decisión, hubiera sido difícil recuperar el islote.

[7] La Marina Real marroquí contaba con 4 patrulleros daneses de la clase Osprey 55, armados con un cañón Bofors de 40/70 mm y 2 cañones de 20 mm. El desplegado en las inmediaciones del islote podría haber sido letal para los helicópteros que se utilizaron.

[8]La elección no ha resultado fácil, ya que Trillo ha tenido que modificar el criterio, aplicado en el nombramiento de otros miembros de la cúpula militar, de designar al teniente general más antiguo”. EL PAIS, Miguel González, 16/01/2003. Esto no era una novedad y venía ocurriendo ya desde 1976, como se ha expuesto.

[9] El nombramiento de Luis Alejandre Sintes, que ocupaba la Jefatura de la Region Militar Pirenaica desde octubre de 2000 fue calificado de “positivo” por el diputado del PSOE en la Comisión de Defensa del Congreso, Jordi Marsal, y también el portavoz de CiU en la misma comisión, Ramón Companys, calificó de “muy acertado” el nombramiento. BELT IBERICA, Noticias, 20/01/2003. Ambos calificativos no lo eran en razón de su capacidad profesional, por supuesto, sino de su ductilidad y conveniencia política. Repito, ¿fue Alejandre un “submarino” del PSOE?

[10] Curiosamente, de nuevo, el 16/10/2005, Alejandre  -ya en la reserva-,escribió una carta  a la periodista Mariela Rubio de la SER, en la que decía: “En el Ministerio y en los Cuarteles Generales se vive una especie de histrionismo basculante. ¿Está de buen talante hoy nuestro dios (con minúscula)? Así no se puede trabajar: sin contraste, sin lealtad -que significa decir que no algunas veces-. Aquí sólo vale el ‘sí, Ministro’ y esto es la muerte de la institución“. Y añadía: “”Por supuesto, el momento es muy delicado y en lo que concierne a nosotros [los militares] grave. No resistiremos un tercer ministro ambicioso, trepa y ególatra“. ¿Por qué no habló así Alejandre cuando estaba en activo? Sin comentarios.

Acerca de Antonio J. Candil Muñoz 38 Articles
Coronel en la Reserva. Diplomado de Estado Mayor y Diplomado de la Escuela de Guerra del Ejército italiano. Diplomado en Alta Dirección de Empresas por parte del IESE (Universidad de Navarra). Ha sido representante de España en la UEO, y ha estado destinado en Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Estados Unidos. Autor del libro "La Aviación Militar en el Siglo XXI".

6 Comments

  1. ¿Alguien concibe que el Almirante en Jefe de la VI Flota no estè presente en Nàpoles con las diferentes TF’s que la forman?, ¿o que el Comandante de la VII Flota no estè Japòn?, pues eso pasa por ejemplo con la AE.Ahora las antiguas Zonas Marìtimas tienen a sus supuestos jefes…en Madrid.

    Seguro que de la experiencia de Perejil quièn más aprendiò fue Marruecos.Y lo demuestran sus ùltimas inversiones en material militar, carros Abrams, TOW’s, fragatas francesas, submarinos convencionales rusos (o al menos esa es la intenciòn).

    Es una lástima que la Ley prohiba la apertura de casos ya juzgados, porque a toda esta caterba de inútiles habrìa que juzgarlos por traiciòn

  2. Dice el refranero español, ” Otro vendrá que bueno te hará” y hasta hoy sistemática y desgraciadamente se ha cumplido, en Defensa y en el gobierno en general.

    Estoy completamente de acuerdo y convencido que Trillo ha sido simplemente el peor, no merece más calificativos, salvo los que un Tribunal le aplicara, que bien merecidos se los tendría.

    Pero, que Dios nos coja confesados como algún día ,los bolivarianos pijiprogres lleguen al poder, ahí tendremos nuestro nuevo Guadalete, interno.

    Ese personaje que fue jefe de los ejércitos y ahora proclama que las FCSE vayan desarmadas, que los ejércitos luchen por la paz, solo por la paz, sin armas “of course” y al mismo tiempo claman por que las misiones humanitarias en curso son eminentemente imperialistas.

    Solo me apena el votante por convicción, o fe , de derechas , huérfano de esta opción real en España.

    saludos

  3. Efectivamente, amigo Six
    Lo que pasa es que a la situación actual se ha llegado gracias a los Trillo, Bono, Chacón, y a los muchos generales que se van citando aquí, que se han aprestado afanosamente a la tarea, solo en su beneficio personal exclusivo. Ningún general ha presentado su oposición nunca a nada de lo que se ha venido haciendo. Esa es la triste y única realidad, y tenían obligación de hacerlo.
    Los de ahora, se aprestan con igual o más ahínco.

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