Los herederos de Franco (IX): Zapatero, principio de un sin sentido continuado

Los herederos de Franco (IX): Zapatero, principio de un sin sentido continuado

José Bono, ministro de Defensa con soldados españoles en el comedor de base España en Pakistán. Foto - Ministerio de Defensa
José Bono, ministro de Defensa con soldados españoles en el comedor de base España en Pakistán. Foto - Ministerio de Defensa

Zapatero, principio de un sin sentido continuado

Los herederos de Franco (IX)

 

El pueblo que no se siente ante sí mismo deshonrado por la incompetencia de su organismo guerrero es que se halla profundamente enfermo e incapaz de agarrarse al planeta.”

Ortega y Gasset. “Nación y Ejército” (El Sol, 1922)

 

El atentado del 11-M supuso mucho más que un acto de agresión terrorista contra un estado soberano, y sus repercusiones no pueden quedarse solo dentro de las fronteras nacionales. Si finalmente, fue solo el islamismo radical la mano autora de la masacre, Al-Qaeda habría cruzado un umbral que nunca antes de ese momento, había cruzado: atentar en suelo europeo. Después de Madrid vino Londres, pero si en España no lo había hecho antes, no fue ciertamente por falta de capacidad, sino más bien porque no le había interesado para sus planes. En contra de lo que el CNI decía, Al-Qaeda, contaba con una infraestructura mucho más letal de lo que se podía imaginar.

Sin duda, el impacto político del atentado pudo ser producto de la casualidad, pero si se asume que el 11-M estaba ligado al 14-M, el panorama es ciertamente, sombrío, y quitaría la legitimidad a las elecciones celebradas en 2004. Fuese como fuese, no hay que descartar que Al-Qaeda hubiera alcanzado la capacidad de comprender, incluso, nuestro modelo de sociedad, o que alguien le hubiera ayudado a ello, al igual que sucedió en 711 con la invasión árabe. Desde un punto de vista práctico, el atentado del 11-M resultó ser una acción táctica de implicaciones políticas estratégicas enormes: logró derribar a un Gobierno, que creía tener ampliamente ganadas las elecciones, y con ello se forzó la retirada de las tropas españolas en Irak, abriendo una brecha en la coalición occidental, y sentando un precedente. Nada más ni nada menos.

La victoria del PSOE en las elecciones del 14-M de 2004, supuso una nueva época que daría paso a la actual, y que vendría a continuar la labor de los gobiernos de Felipe González, ligeramente ralentizada por el interregno del PP, y muy especialmente en lo que se refiere a la defensa y seguridad nacional, y por consiguiente, a la gestión de las Fuerzas Armadas.

José Luis Rodríguez Zapatero no era una persona precisamente conocida en el ámbito castrense y no daba la impresión de estar muy versado en temas de defensa y seguridad. Nadie esperaba una victoria socialista en 2004, y nadie había considerado realmente que Zapatero podía llegar a convertirse en presidente. Posiblemente ni él mismo lo había considerado con seriedad. Por eso, cualquier cosa podía pasar, y efectivamente, pasó.

 

*

 

Para empezar, Zapatero designó a José Bono como nuevo Ministro de Defensa. Sin duda, había toda una intención tras ese nombramiento, ya que Bono había sido su rival en la pugna por el liderazgo del PSOE en 2000, y solo un margen escaso de votos entonces, había hecho que ahora fuera Zapatero el nuevo inquilino de La Moncloa, en lugar de Bono.

Aunque Bono había sido totalmente rotundo en enero de 2004, afirmando que “en ningún caso sería ministro de ningún gobierno“, apenas dos meses después cambiaba de opinión, y aceptaba que José Luis Rodríguez Zapatero le ofreciese la cartera de Defensa. Centrista, moderado y muchas veces populachero, Bono era, y quizás todavía sigue siendo un referente en el Partido Socialista. Logró imponerse, en su día, a los criterios de los gobiernos de Felipe González en asuntos como el campo de tiro de Cabañeros, en el que, paradojas de la vida, se enfrentó al Ministerio de Defensa, del que ahora se hacía cargo.

Zapatero haciendo de Zapatero. Foto - El País
Zapatero haciendo de Zapatero. Foto – El País

Bono asumió el Ministerio de Defensa en uno de sus momentos más críticos. La promesa electoral de Rodríguez Zapatero de que las tropas españolas dejarían Irak antes del 30 de junio, a menos que una resolución de la ONU avalase su permanencia en el país árabe, colocaba al Ministerio en el ojo del huracán.

El plan inicial de Bono para la defensa no fue otro que cumplimentar las promesas electorales del PSOE, a saber:

  • Retirar las tropas españolas de Irak salvo que una resolución de la ONU avale su presencia. Algo que se revelaría mentira, y que dejaría a Bono en mal lugar.

  • Culminar la profesionalización de las Fuerzas Armadas, desarrollando un modelo “realista” basado en la calidad, y estructurado de acuerdo con las necesidades tecnológicas, la modernización y organización de unos ejércitos para el siglo XXI, es decir desarrollar la conocida Ley de la Carrera Militar. Pero nada más.

  • Que fuera el Parlamento quién se pronunciase a partir d ese momento, sobre la intervención de las Fuerzas Armadas Españolas en operaciones militares en el exterior. Un aspecto que a medida que se avanzara en las legislaturas dejaría de cumplirse.

  • Aprobar un Plan Global de Calidad de Vida y un Servicio de Apoyo al Personal de Defensa, así como una Ley de derechos y libertades del personal militar y los mecanismos efectivos para garantizar su ejercicio. Mejorar la situación laboral de los soldados profesionales, impulsando programas de orientación que permitan mejorar sus perspectivas profesionales al finalizar su contrato. Poco se hizo aquí.

  • Indemnizar a los familiares de las víctimas del Yak-42, proporcionando pensiones en cuantía suficiente para impedir que se produjeran situaciones de desamparo.

En suma, una serie no pequeña de proyectos e ideas altamente polémicos cargados de una gran dosis de demagogia, como, por otra parte, cabía esperar, e incumplidos en su mayoría, y ciertamente con efectos, posiblemente esperados y buscados por el Presidente Zapatero, pero directamente destructivos para la moral y cohesión de las Fuerzas Armadas, en su mayor parte.

Bono no fue mal recibido por las Fuerzas Armadas, que tras la prepotencia de Trillo, su mal hacer y su continuo medir con doble rasero, estaban hartas, incluyendo a los propios generales y almirantes. Se conocía su período de servicio militar, en el que como alférez de complemento de Caballería, había estado destinado en un escuadrón de carros medios del Regimiento Pavía. En suma, caía simpático, especialmente en el Ejército de Tierra, y se le consideró como una brisa de aire fresco tras Trillo. Nada iba a cambiar, sin embargo.

El Ministro de Defensa, José Bono, durante su discurso en la toma de posesión en el Ministerio de Defensa. Foto - Ministerio de Defensa
El Ministro de Defensa, José Bono, durante su discurso en la toma de posesión en el Ministerio de Defensa. Foto – Ministerio de Defensa

Su toma de posesión fue un espectáculo casi teatral nunca antes visto en el Ministerio de Defensa, y a los altos cargos del Ministerio se unieron representantes de la Iglesia –varios obispos-, del periodismo –Pedro J. Ramírez-, del mundo de la farándula –el cantante Raphael-, de las letras –el escritor Antonio Gala-, del cine -la actriz Concha Velasco, hija de militar-, y otros que proporcionaron abundante colorido al acto. No está claro lo que pretendió Bono con semejante esperpento, pero constituyó un desafío en toda regla a la sobriedad, austeridad y disciplina militares. Y quizás un aviso de lo que iba a venir.

Bono se tomaría un tiempo antes de renovar la cúpula militar pero lo haría por completo y empezó, naturalmente, nombrando al Almirante Torrente como nuevo Secretario General de Política de Defensa, en sustitución de Jiménez-Ugarte, y por lo tanto reponiendo a un militar al frente de esa tarea. Claro que era un militar muy especial. Sin duda, fue Torrente, ya desde ese puesto quién sugirió al Ministro Bono los nombres más adecuados para cada cargo. El tiempo transcurrido entre su nombramiento y los del resto de la cúpula así lo sugiere, aunque hay indicios de que el ex-Ministro socialista Julián García Vargas también contribuyó asesorando a Bono. No en vano García Vargas había contado con Torrente en su época, cuando el Teniente General Veguillas había dirigido la política de defensa. En el fondo, todo coincidía y eran lugares comunes. Para el cargo de AJEMA, Bono nombró al Almirante Sebastián Zaragoza Soto, quién también había estado destinado en DIGENPOL, y había sido subordinado de Torrente. Jugada perfecta.

Bono no modificó, sin embargo, la Dirección General de Armamento y Material, manteniendo al frente de la misma al General de División del Ejército de Tierra, Carlos Villar Turrau, quien había sustituido al General Valverde, ya desde 2001. Villar sería ascendido a Teniente General por Bono, prueba de la confianza que el nuevo gobierno tenía en su gestión, y que tendría su premio, más adelante. Muy posiblemente, ni García Vargas ni Torrente eran ajenos a su confirmación.

Carlos Villar Turrau
Carlos Villar Turrau

El cambio más inmediato y drástico que se llevó a cabo, en abril de 2004, fue nombrar al nuevo Secretario General del CNI, destituyendo a Jorge Dezcallar, a quién se designó como embajador ante la Santa Sede. Dezcallar era, obviamente, el chivo expiatorio de los sucesos del 11-M, y a quién de forma generalizada se acusaba de ineficacia en la prevención del atentado. Zapatero eligió un civil, de nuevo –Alberto Saiz Cortés-, cuyas cualidades más sobresalientes eran que era familiar de Bono, también castellano-manchego, y no tenía ninguna experiencia en la gestión de Estado, ni en el mundo de los servicios de inteligencia, pero se decía que era un gran seguidor de James Bond. La receta para el fracaso más absoluto estaba servida. Pero como otras cosas, éste es ya otro asunto.

El General Alejandre se mostró confiado en permanecer en su puesto, desde el principio, ya que, no en vano, había cultivado la amistad de Bono cuando había sido Director de la Academia de Infantería de Toledo, y aparentemente congeniaba bien con el nuevo Ministro. Todas las quinielas apuntaban además, a que iba a ser nombrado JEMAD, casi con absoluta certeza.

Pero la última gran tarea que tuvo que desarrollar Alejandre fue, nada más y nada menos, que dirigir y ordenar la retirada de las tropas de Irak. Aunque anteriormente se le había adelantado ya que Zapatero tenía intención de cumplir su más famosa promesa electoral sin dilación, Alejandre fue informado oficialmente el día 18 por la mañana de que el presidente anunciaría la retirada horas más tarde. Inmediatamente abandonó la isla de Menorca, donde pasaba el fin de semana, y se trasladó a Madrid. En su conversación con el ministro de Defensa, Alejandre, recordó que España tenía firmado un memorándum con 32 países por el que se comprometía a avisar de su salida de Irak al menos con un mes de antelación. De hecho, ese mismo día, llamó al responsable de la Coalición militar en Irak, el General norteamericano Ricardo Sánchez, y a otros mandos militares de países centroamericanos, para comunicarles las intenciones del Gobierno que había tomado posesión sólo un día antes, algo que, sin duda, estaba fuera de sus responsabilidades.

Los mayores problemas de la retirada se presentaron, sin duda, en Madrid. El nuevo ministro de Defensa, José Bono, quería que el repliegue se efectuase cuanto antes, sin reparar en algunas dificultades técnicas que aconsejaban una actuación más cautelosa. “Tenía un cierto desconocimiento inicial de lo que tenía entre manos, quería que ese mismo lunes, 19 de abril, (la retirada se anunció el domingo 18 de abril) empezara a salir la gente“, afirma hoy en día Luis Alejandre. Naturalmente en aquellos días se mantuvo en silencio y no parece que le llevase la contraria a Bono.

La decisión del nuevo gobierno de retirarse de Irak era, sin duda, legitima. Otra cosa es que fuera apropiada y conveniente, y más en aquellos días, y de forma tan apresurada. Zapatero había prometido electoralmente la retirada de las tropas, pero eso fue antes del 11-M. El atentado legitimaba, más que nunca, la presencia de tropas españolas en Irak, aunque solo fuese por el hecho de no ceder a la amenaza de los terroristas que cometieron la masacre de Atocha. Al tomar la decisión de retirarse, Zapatero cedía ante el chantaje y daba la imagen de un gobierno débil, incoherente, y ciertamente, no solidario con el resto de los aliados implicados en Irak. La historia lo reflejará, sin duda, así, en el futuro. El hecho se agravó considerablemente al no respetar, ni siquiera, los mismos límites impuestos por el propio Presidente Zapatero de esperar a una decisión de las Naciones Unidas, y adelantar, de forma totalmente unilateral, la retirada, algo nunca hasta ahora explicado ni justificado desde el gobierno.

Los ataques del 11-M provocaron la muerte de 193 personas y 1.858 resultaron heridas de distinta consideración. Foto - Periodistadigital.com
Los ataques del 11-M provocaron la muerte de 193 personas y 1.858 resultaron heridas de distinta consideración. Foto – Periodistadigital.com

Para el Ejército no fue un asunto fácil. Al margen de la dificultad propia de la operación, que era considerable, se daba una imagen pobrísima de la nación, del gobierno y de la actitud moral de España, en un momento de tanta gravedad. No importa que se diga ahora que los aliados lo entendieron, y lo comprendieron, si, pero no es menos cierto que no lo aplaudieron, y las tropas fueron objeto de cierto escarnio y burla. No vale de nada negarlo. Polacos, italianos, e incluso británicos, acabarían retirándose, pero cuando sus gobiernos lo decidieron soberanamente, y no a resultas de amenazas y chantaje. No cabe duda de que el episodio pasará también a la historia como un momento de vergüenza para las armas españolas.

El General Alejandre, sin duda, no lo pasó bien en aquellos días. La actitud rocambolesca del ministro Bono que dio, además, pruebas de una prepotencia y audacia sin límites, motivaría, por otra parte, que el General, en el marco de su carácter habitual, campechano y extrovertido, a la par que confiado, hiciera alguna manifestación peyorativa sobre el mismo ministro, quien, obviamente, tuvo conocimiento inmediato, y decidió tomar medidas casi de carácter inmediato, y ciertamente radicales.

Bono, al margen del aspecto teatral de su toma de posesión, empezó el ejercicio de sus funciones en forma abusiva y contundente, tal y como le es propio. Ya antes siquiera de tomar posesión se desplazó a Washington para entrevistarse con Donald Rumsfeld, Secretario de Defensa -a la sazón-, para informarle de la decisión del gobierno en cuanto a retirarse de Irak, y hay muchas dudas de si lo que comunicó realmente al ministro norteamericano fue lo que posteriormente sucedió. Eso no lo sabe nadie, quizás solo el propio Rumsfeld.

Legionario español saludando justo antes de cruzar la frontera de Kuwait durante la retirada española en 2004. Foto - Reuters
Legionario español saludando justo antes de cruzar la frontera de Kuwait durante la retirada española en 2004. Foto – Reuters

Pero, además, se aficionó a utilizar los Cuarteles Generales de los ejércitos, como apéndices de su despacho. Casi sin avisar se personaba, bien en la sede del EMAD, o del Ejército de Tierra, se instalaba en el propio despacho del Jefe del Estado Mayor, y dirigía su actividad durante unas horas, que, invariablemente, prolongaba con un almuerzo en el que prácticamente se despachaba con un monólogo al que los asistentes asentían sin mayores problemas. Esta situación se prolongó durante casi dos meses, y uno de sus momentos culminantes tuvo lugar cuando, en la sede del EMAD, procedió a apropiarse de toda la documentación relativa al caso del Yak-42, sin solicitarla y argumentando que no iba a pedir permiso para llevarse lo que era suyo. Ése era Bono, un ministro que consideraba a las fuerzas armadas como algo suyo personal, y a los generales como poco más que secretarios a su servicio. Como siempre, estos consentían.

Luis Alejandre calificó su actitud como propia de un “nuevo rico”, tras el uso continuo que hacía del que fue despacho del General Prim, en el Palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército de Tierra. No está muy claro quien fue quien se lo hizo saber a Bono, pudo ser cualquiera, pero ciertos indicios apuntan a quien sería el propio sucesor de Alejandre, el Teniente General José Antonio García González, en aquellos días segundo Jefe del Estado Mayor, y por tanto, subordinado directo de Alejandre.

Sea como fuere, el 24 de junio de 2004, absolutamente por sorpresa, el General Alejandre era cesado en su puesto, y conocía la decisión a través de una llamada telefónica, en la tarde del miércoles 23, que le efectuó precisamente el Teniente General García González, quien obviamente incómodo, le comunicaba a su superior su cese, y le confesaba reconocer que su llamada no le parecía el procedimiento más adecuado, pero que cumplía órdenes directas del ministro. Ese mismo día 23, el General Alejandre asistió como ponente a un seminario en Toledo. Entonces, según fuentes del propio Ministerio de Defensa, Bono aún no le había comunicado su sustitución.

Luis Alejandre Sintes. Foto - Apeuropeos.org
Luis Alejandre Sintes. Foto – Apeuropeos.org

A las 16:30 horas de ese día, el entonces segundo JEME recibió la llamada del ministro, que le comunicó que le proponía como nuevo responsable del Ejército de Tierra. El segundo JEME telefoneó posteriormente a Alejandre, y ciertamente no era habitual que el segundo JEME se convirtiese en JEME. Todo apuntaba a complot.

Prueba de que los hechos ocurrieron totalmente por sorpresa, es el que, justo una semana antes –el 17 de junio-, en el transcurso de la entrega al Ejército del primer carro de combate Leopard 2, fabricado en Sevilla, el General Alejandre me indicó que llamase a su despacho en la mañana del jueves 24, para ponernos de acuerdo, y tomar un café en su despacho, en la tarde del mismo día 24. Se trataba de un tema personal sobre el que quería hablarme. Naturalmente, nunca efectué esa llamada ni supe de que quería hablarme el general. No nos volvimos a ver más.

El cese se hizo formal el viernes 25 de junio, y el General Alejandre Sintes1, se fue dando un portazo, quizás en protesta por su cese y, sobre todo, por no haber sido él el elegido para ocupar el cargo de Jefe del Estado Mayor de la Defensa, JEMAD, cargo para el que, a propuesta de Bono, el Gobierno designó al Teniente General Félix Sanz Roldán. A propuesta de Bono, Zapatero nombró al General Sanz Roldán, como nuevo JEMAD, en sustitución del Almirante Moreno Barberá. El General Sanz era hasta ese momento Director General de Política de Defensa, subordinado al Almirante Torrente. Además, el Consejo de Ministros aprobó también, el nombramiento del Teniente General Francisco José García de la Vega como nuevo Jefe del Estado Mayor del Aire. Bono había completado la renovación de la cúpula en un santiamén. La toma de posesión de los nuevos cargos tuvo lugar el 26 de junio, y el General Alejandre no asistió a la misma, algo nunca visto con anterioridad. El General Alejandre fue el único de los tres jefes de Estado Mayor que fueron relevados por el Consejo de Ministros que no acudió a la sede del Ministerio de Defensa donde, en presencia de José Bono, los nuevos Jefes de Estado Mayor de la Defensa, de Tierra, y de Aire, juraron su cargo. Fuentes de Defensa consideraron significativa su ausencia respecto a los motivos que habían llevado a su sustitución, y estimaron que aún no lo había encajado. En cualquier caso, Alejandre se había convertido en el protagonista, por su ausencia, del acto de jura de los nuevos cargos de la cúpula militar, lo que, quizás, era lo que pretendía de alguna forma.

Félix Sanz Roldán y el almirante Torrente. Foto - Belt
Félix Sanz Roldán y el almirante Torrente. Foto – Belt

No se puede ignorar, en ningún caso, el desahogo que se permitió el General Alejandre a la hora de su sustitución al frente del Estado Mayor del Ejército, lo que, desde el punto de vista de la más estricta disciplina, estuvo fuera de lugar, y no tuvo mucho sentido ni justificación. No solo por el plantón dado al ministro de Defensa en el relevo formal de la cúpula militar, sino porque en la entrega del bastón de mando a su sucesor se presentó a sí mismo, en un discurso escrito, como víctima, añadiendo que se despedía denunciando que esos días había sentido “el temblor incierto de ciertas deslealtades, de las venganzas, de los celos, de las mentiras interesadas y de las manipulaciones informativas“. Y remarcó en presencia del nuevo jefe del Ejército que “Nada ni nadie me arrebatará el enorme honor de haberos servido, y de haberos mandado“, y sin embargo, no era mucho lo que había hecho por sus subordinados. Alejandre pronunció estas palabras un día después de ser sustituido, y cuando la mayoría de familias de las víctimas del siniestro del Yak-42 pedían su cese fulminante.

Alejandre hizo entonces la única mención expresa al siniestro del Yak-42, por primera vez y reconoció que su “año y medio” al frente del Ejército de Tierra había sido “duro“. “Duro por los accidentes, por las tensiones políticas, por la brutal reaparición del terrorismo con otras versiones a las que desde hace años se nos venía sometiendo“, precisó. Incluso parafraseó entonces a Séneca: No hay viento favorable para quien no sabe adónde va“, dijo Alejandre. “Nosotros tenemos claro el Norte: el respeto a la Constitución, la lealtad al Rey, el servicio a España -reseñó-, Los vientos no dependen de nosotros“. Visiblemente emocionado, subrayó entonces: “De los salvadoreños aprendí a detectar los terremotos en segundos antes de desencadenarse. Era una especie de radar avanzado que sentía bajo mis pies. No voy a negar que he vuelto a sentir estos días el temblor incierto de ciertas deslealtades, de las venganzas, de los celos, de las mentiras interesadas, de las manipulaciones informativas“, lo que todo el mundo interpretó como clara alusión al nuevo JEME y anterior segundo jefe.

Alejandre declaró que no había querido “ser propietario” de sus “silencios” más “que esclavo” de sus palabras. “No hay tal esclavitud, cuando las palabras son razonables y responden a la verdad; hay gobierno de la responsabilidad propia y compromiso con las personales convicciones éticas y morales“, señaló, confesando entonces que había preparado este discurso al amanecer y que había buscado refugio en las Reales Ordenanzas, encontrando en ellas “un magnífico puerto de abrigo“. “Podría recordar aquí veinte, treinta artículos“, señaló. Las familias de las víctimas del Yak-42 le acusaron precisamente de haber faltado a esa norma.

Eran palabras que no se habían pronunciado por boca de militares españoles en un acto público, nunca en la historia reciente de los ejércitos. Y eran ciertamente graves, y casi no se entiende que Bono no emprendiese ninguna acción disciplinaria. No deja de ser una paradoja que quien las pronunciaba estuviese considerado como uno de los jefes militares más preparados, y a quien se consideraba uno de los mejores candidatos a ocupar el cargo de jefe de Estado Mayor de la Defensa. Sus palabras escondían, sin duda, la frustración de haber permanecido en el cargo poco más de un año, y no haber alcanzado la jefatura del Estado Mayor de la Defensa. En todo caso, el discurso de Alejandre estaba ciertamente fuera de sitio. Su cese fue una decisión tan política como lo fue su nombramiento.

Federico Trillo inspecciona los restos del YAK-42 accidentado. Foto - Ara.cat
Federico Trillo inspecciona los restos del YAK-42 accidentado. Foto – Ara.cat

Resultaba triste que el General Alejandre dijera lo que dijo, sin hacer ninguna referencia a los problemas reales del Ejército, y de la defensa, en general. Simplemente habló de él mismo; era un acto de soberbia imponente, y también, desvaloriza mucho todo lo que hoy dice, y escribe, en sus crónicas “Desde Menorca”, y en otros medios. Fue un final triste, no solo para él, sino para el Ejército, y para las Fuerzas Armadas, en su conjunto.

Alejandre había consentido, y con él toda la cúpula, muchos caprichos y extravagancias cometidas desde el Ministerio, ya desde los primeros días, y la historia continuó. Una de las más notables fue la mentira flagrante efectuada por el propio Bono, cuando en una de sus mejores exhibiciones teatrales, escribió una carta personal, con tratamiento de Tú, a todos los oficiales y suboficiales de las fuerzas armadas, anunciándoles que les subía el sueldo en una cantidad tal como para que se le estuviese agradecido eternamente. La carta era de una demagogia sin precedentes, pero también representativa de un paternalismo sin límites y su divulgación provocó un sentimiento social contrario, en muchos sectores, ya que parecía que se concedía un privilegio sin justificación a los militares, al hablarse de hasta una subida de un 20%, cantidad que pareció desproporcionada y abusiva en muchos estamentos sociales.

La realidad fue muy distinta, ya que la subida de sueldos, se distribuyó, en primer lugar, a lo largo de tres años, y luego fue proporcionalmente inversa a la graduación, de modo que a la tropa se le acabó subiendo la cantidad ridícula de alrededor de 300 euros, en el mejor de los casos, y nada a muchos otros, o incluso se llegó a que algunos sueldos disminuyeran realmente, al pasarse al umbral de impuestos superior, como fue el caso de algunos coroneles. Por otra parte se redujo, para compensar la subida, el complemento de dedicación específica asignado a los diferentes ejércitos, que era de aplicación graciable, y que, en consecuencia, muchos oficiales y suboficiales dejaron de percibir, con lo que el tan cacareado aumento de sueldo se diluyó en casi nada. Los generales y almirantes no se vieron afectados naturalmente, y la cúpula militar –que ya era la nueva-, no solo no expuso la realidad al Ministro, sino que adoptó la misma postura de complacencia y paternalismo. Todo era ya prueba de un patetismo, y de un espectáculo verbenero que rayaban en el ridículo más sobresaliente.

Al acceder al cargo, el General García González, como nuevo Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, no tuvo más remedio que referirse a la precipitación de los acontecimientos, y dijo: “Es la primera vez que no traigo los deberes hechos -dijo-. Decidí tirar el papel a la basura y hablar con el corazón“. Era mentira, de entrada había tenido casi dos días para hacer los deberes, y no hacer los deberes era bastante habitual en su conducta.

José Antonio García González era procedente de Ingenieros, y nunca había sido un oficial especialmente brillante. No tenía ni las capacidades, ni la formación de generales como Ortuño, Narro, o Feliú, todos ellos también de Ingenieros. Coincidí con él, cuando era comandante y yo capitán, en el Estado Mayor de la Capitanía General de la Primera Región Militar, en Madrid, a finales de 1981, durante mi periodo de prácticas del curso de Estado Mayor. Era simpático, no excesivamente trabajador, hablaba siempre de cara a la galería, y no había nunca nada profundo ni de contenido en lo que decía.

El Jefe de Estado Mayor del Ejército José Antonio García González recibe una medalla por parte del embajador de EEUU. Foto - Ministerio de Defensa
El Jefe de Estado Mayor del Ejército José Antonio García González recibe una medalla por parte del embajador de EEUU. Foto – Ministerio de Defensa

García González era la peor elección de JEME que se podía hacer, pero la mejor desde el punto de vista del Ministerio, y la más cómoda. Sus primeras palabras, aunque cariñosas, para Alejandre, sonaron a falsas, y recordaron aspectos banales que no venían a cuento. Entre otras cosas, le dijo a Alejandre . “Te voy a echar mucho de menos, pero sé que cuento con tu consejo. Lo voy a tener, y te lo voy a pedir”. Nunca se lo pidió, por supuesto.

Pero el relevo más importante, sin duda, fue el del Estado Mayor de la Defensa, y sus consecuencias llegan hasta la actualidad. La llamada cúpula militar, formada por los jefes de los tres ejércitos y el del Estado Mayor de la Defensa, es, teóricamente, una estructura en la que el Gobierno ha de poder apoyarse sin mantener duda alguna. Cabe la hipótesis de una continuidad tras un cambio de Gobierno, pero también es lógico que cada Gobierno, para estos cargos de plena designación política, termine situando en ellos a personas de su total confianza. Al General Alejandre se le suponían buenas relaciones con Bono, sobre todo de la época en que coincidieron en Toledo, pero también fue persona de confianza de los dos antecesores de Bono, los ministros del PP Eduardo Serra y Federico Trillo. Aunque el General Félix Sanz tenía un currículo intachable, una prestigiosa trayectoria internacional y unas referencias inmejorables, parece que fue la vecindad de Castilla-La Mancha –es natural de Uclés, en Cuenca-, y el asesoramiento combinado de García Vargas, y del Almirante Torrente, lo que decidió a Bono, a elevar al entonces Director General de Política de Defensa al puesto de Jefe del Estado Mayor de la Defensa.

Poco a poco, con un trabajo concienzudo y leal a sus convicciones, el General de Ejército Sanz Roldán fue recabando y logrando el apoyo y respaldo absoluto, no solo del Ministro, sino del Presidente Zapatero, y de todo el PSOE reinante. En los dos años escasos en los que Bono estuvo al frente de Defensa, Sanz se convirtió en una herramienta imprescindible para montar un engranaje complicado, y lograr la aprobación de la ley de la Defensa Nacional, la de Tropa y Marinería, y la aberrante ley de la Carrera Militar; y al mismo tiempo redefinir las misiones internacionales en misiones de paz, en modo a que el Gobierno tuviera el control completo sobre ellas. De forma ladina y subrepticia, apoyó también que no se aumentasen los presupuestos de Defensa, convirtiéndose así en un apoyo esencial del Gobierno. Con unos jefes de los ejércitos absolutamente incapaces, entre Sanz y Torrente tenían amordazada a la defensa.

José Luis Rodríguez Zapatero con Félix Sanz Roldán
José Luis Rodríguez Zapatero con Félix Sanz Roldán

Y, sin embargo, Félix Sanz nunca había sido así, o por lo menos no anteriormente. Conocí al General Sanz cuando era capitán, en 1976, y se encontraba en el curso de Estado Mayor como alumno, y yo, también capitán casi recién ascendido, estaba al mando de una compañía de carros de combate AMX-30 en el Regimiento Uad-Ras 55, en Madrid, de la División Acorazada. Simpatizamos al instante, y vino con mi compañía, como observador, a unas maniobras que realizaba la Brigada XI, en la serranía de Cuenca. Félix Sanz era, ante todo, un excelente profesional, un artillero de primera línea, con experiencia en unidades acorazadas –había mandado una batería autopropulsada-, y había realizado cursos en los Estados Unidos. Era, absoluta e incondicionalmente, pro-norteamericano, e influyó enormemente en la evolución posterior de mi trayectoria profesional, al aconsejarme con mucho énfasis que solicitase ir a los Estados Unidos, a hacer el curso que más me interesase, y que naturalmente resultó ser un curso de mando de unidades acorazadas en Fort Knox. Escuché atentamente sus consejos y, busqué siempre su opinión, en el futuro, por lo que siempre mantuve el contacto con él, en alguna forma.

En la mañana del domingo 20 de junio, de 2004, a la salida de misa, en Majadahonda, me encontré con Félix, y estuvimos charlando sobre diversos temas. En ningún momento surgió la posibilidad de que fuera a ser nombrado JEMAD, y menos, en tan solo unos días, y no me dio la impresión de que ocultase nada. El sábado siguiente, 26 de junio, se había convertido en el nuevo Jefe de Estado Mayor de la Defensa, siendo como era el Teniente General más moderno del Ejército de Tierra. Desde entonces no nos hemos vuelto a ver.

Sin duda, se había puesto a un militar dócil al frente de las Fuerzas Armadas, y yo ni siquiera lo imaginaba. En el aspecto estrictamente castrense, la experiencia profesional de Félix Sanz era significativa, y además de haber mandado unidades de artillería de campaña autopropulsada, había sido agregado militar adjunto a la Embajada de España en Washington, y había estado destinado en la Misión Militar de España ante el Comandante Supremo Aliado de la OTAN en Europa (SACEUR), en Mons (Bélgica), donde coincidiendo nuevamente con mi destino en la Embajada de España en Bruselas, tuvimos ocasión de charlar frecuentemente.

Tras ese periodo es cuando Félix Sanz se encauzó en otra vía más burocrática, si cabe, al ser designado, ya como Coronel, Jefe la Sección de Tratados Internacionales de la División de Planes y Organización del Estado Mayor del Ejército y, a continuación, pasando al Ministerio de Defensa, Jefe del Área de Relaciones con la OTAN/UEO de la Subdirección General de Asuntos Internacionales de la Dirección General de Política de Defensa (DIGENPOL), momento en que se vincula al equipo del Almirante Torrente, quien desde junio de 1997, nombrado por el ministro Eduardo Serra, había sustituido al General Víctor Suances, era el Director General, y quien ejercía la mayor influencia sobre el Ministro, y, en consecuencia, sobre la propia política de defensa y la dirección general de las fuerzas armadas.

Al General Sanz se le puede acusar, sobre todo, de integrarse entonces por completo en el llamado “clan Torrente”, y que sin hacer nada especialmente relevante, en 1998 fuera ascendido a General de Brigada, en el marco de su promoción, siendo entonces reconvertido su cargo –en vacante de coronel hasta ese momento-, al de Subdirector General de Planes y Relaciones Internacionales de la DIGENPOL, destino en el que continuó igualmente cuando fue ascendido a General de División en 2001, dándose, pues, la insólita circunstancia de que, cambiando de denominación su destino, -vacante de coronel inicialmente-, se mantuvo en él mismo durante dos empleos sucesivos dentro del generalato, aún pudiéndose decir por ese motivo, que era un puesto realmente de menor categoría. Todo un bochorno profesional, y una más de las ya habituales irregularidades realizadas desde el Ministerio de Defensa, que fue objeto de numerosas críticas, especialmente porque se trataba además, de la subdirección general mejor retribuida de todo el Ministerio de Defensa, con el nivel económico más alto.

Con la victoria electoral alcanzada por el PSOE en marzo de 2004, aumentó aún más la influencia política del Almirante Torrente, quien, de nuevo en el Ministerio, ahora como Secretario General de Política de Defensa, facilitó el ascenso de Félix Sanz, hasta aquel momento un subdirector general más del Ministerio de Defensa –después de todo-, gracias a su inquebrantable acomodo y servilismo ante sus superiores, no exentos de afinidad para con el PSOE –como prueba su relación personal con el director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, José Enrique Serrano quien, como el propio Félix Sanz, es también de Uclés-.

José Enrique Serrano. Foto - Eldiario.es
José Enrique Serrano. Foto – Eldiario.es

La carrera militar de Félix Sanz culminó de forma precipitada el 14 de mayo de 2004, cuando el Gobierno presidido por José Luis Rodríguez Zapatero le ascendió al empleo de Teniente General y le nombró Director General de Política de Defensa. Acto seguido, el 25 de junio, fue nombrado Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), y ascendido al correspondiente empleo de General de Ejército, propiciándose en la práctica un inédito salto político desde su anterior responsabilidad propia de un coronel, al fin y al cabo, hasta situarle nada menos que al frente de la cúpula de las Fuerzas Armadas.

Hay pocas dudas de que el vertiginoso ascenso de Félix Sanz no fuera apoyado por José Enrique Serrano, un personaje de gran poder y ascendencia dentro del “círculo socialista de defensa”, que formaba parte del Consejo de Defensa Nacional, y que, como no, inició su carrera política como Director de Personal del Ministerio de Defensa en 1987, con Narcís Serra, con lo cual todo volvía a los orígenes, y no es de descartar que, hasta los destinos internacionales de Félix Sanz hubieran sido dirigidos en alguna forma, ya desde entonces. Eso no lo puedo afirmar, sin embargo.

En menos de mes y medio había pasado de General de División a General de Ejército, permaneciendo en el empleo de teniente general un tiempo que -menos de un mes y medio-, era el más corto en la historia militar española, y que sólo fue superado por el entonces también recién nombrado Jefe del Estado Mayor del Aire, Francisco José García de la Vega, que ascendió de General de División a Teniente General, y de forma simultánea a General del Aire, en el mismo día. Increíble pero cierto, y ahí están los boletines oficiales que lo atestiguan. El valor y rango del generalato había recibido su calificación más baja, sin duda, quedando de manifiesto, ahora más que nunca, que llegar al máximo empleo de las fuerzas armadas se debía solo al capricho de los políticos, y a la capacidad de adulación y servilismo de los ascendidos.

Del nuevo Jefe de Estado Mayor del Aire, el General García de la Vega, no se puede decir mucho. Su actividad fue totalmente pasiva y siempre sumisa para con la autoridad política. Podía haber hecho muchas cosas, como impulsar la modernización de algunos elementos de la flota aérea, adelantar la retirada del servicio de los Mirage F1 –un avión ya obsoleto-, y evitar así accidentes futuros, pensar en la sustitución de los F-18, y considerar, como la mayoría de naciones aliadas venían haciendo, la posibilidad de sumarse al programa F-35 Joint Strike Fighter, en suma muchas cosas, de las que nada se hizo. El General García de la Vega, conocido en el Ejército del Aire como “Gustavo”, en alusión a los muñecos de la serie Barrio Sésamo, fue un perfecto desconocido tanto para la opinión pública, como para la casi totalidad de la defensa. Su fulgurante ascenso aerodinámico fue quizás su mayor proeza aeronáutica, que como dijo el propio Bono se produjo con “la aprobación unánime” de todo el Consejo Superior del Aire, del que naturalmente García de la Vega no formaba parte. Era patente que el generalato del Ejército del Aire estaba también neutralizado.

Don Juan Carlos, con el general Rodrigo y el general García de la Vega. Foto - Casa Real
Don Juan Carlos, con el general Rodrigo y el general García de la Vega. Foto – Casa Real

Respecto a Félix Sanz, el agradecimiento a los favores recibidos se hizo patente enseguida cuando en una conferencia que pronunció en la sede de la representación del Parlamento Europeo en Madrid en octubre de 2004, y en la línea mantenida por el Gobierno, de enfrentamiento con los Estados Unidos, a pesar de admirar profundamente todo lo norteamericano, se expresó diciendo que, en el marco de las relaciones bilaterales hispano-norteamericanas, “España daba mucho más de lo que recibía”, aunque posteriormente, pidió excusas por esas manifestaciones durante una comparecencia ante la Comisión de Defensa del Senado, señalando que: “Si hubiera podido borrar de mi intervención aquello, lo hubiera borrado”, sin duda consciente de que sus declaraciones habían contribuido a envenenar, más si cabe, las relaciones hispano-norteamericanas, en aquellos momentos.

Demostrando una falta de coherencia importante, como Jefe de Estado Mayor de la Defensa, y sin precedentes en toda la historia de la institución militar, Félix Sanz ha continuado, no obstante, criticando abiertamente la estrategia militar estadounidense. De hecho, en su aportación personal al estudio, elaborado por el CESEDEN, sobre el Panorama Estratégico 2004/2005″, incluyó una larga serie de reticencias y críticas solapadas sobre las operaciones militares norteamericanas, a pesar de sus conocimientos que, en función de sus destinos precedentes, tenía sobre el caso, e ignorando la parte de corresponsabilidad de España en las mismas, especialmente en Irak, en Afganistán, e incluso en los Balcanes.

El General Sanz Roldán, no obstante, no ha engañado a nadie, ya que en su discurso de toma de posesión del cargo, ya avisó que su actividad “se prolongará más allá de lo que significa la pura dirección de los Ejércitos”. Algo que ha cumplido sobradamente, ya que continúa manteniéndose en el escenario político de la defensa y seguridad nacional.

El período iniciado por Bono, y su nueva cúpula militar, no iba a estar exento de sobresaltos, en ningún caso. Primero sería, ya en 2005, el accidente de dos helicópteros del Ejército en Afganistán, y más tarde sería el asunto del Teniente General Mena, que acabaría ocasionando hasta el cese del propio Bono. El mandato de Bono fue breve, en cualquier caso, pero activo. Bono era, y es, una persona activa, extrovertida, y cuyas acciones tenían eco, lo que, sin duda, no era muy del agrado de La Moncloa, ya que quitaba protagonismo al propio Presidente Zapatero, quien no olvidaba que Bono había sido su contendiente en la lucha por el liderazgo del PSOE.

Estado de uno de los Cougar accidentados en Afganistán
Estado de uno de los Cougar accidentados en Afganistán

A mediados de agosto de 2005, dos helicópteros Cougar de transporte táctico de las FAMET (Fuerzas Aeromóviles del ET) se estrellaban en Afganistán, perdiendo la vida un total de 17 militares españoles. El accidente se trató de utilizar políticamente, y medios de la oposición al PSOE trataron de manipular la información, presentando incluso analogías con el accidente del Yak-42. Nada más lejos de la verdad, pero el accidente constituyó, sin duda, un serio golpe en la gestión del ministro Bono. El helicóptero AS532 UL Cougar constituye hoy por hoy, incluso, uno de los medios más modernos de las FAMET, como efectivamente expuso entonces el ministro Bono en el Parlamento, y, en aquellos días, era el único modelo en servicio operativo debido a incomprensibles razones burocráticas, de responsabilidad política, que eran incluso anteriores a Bono.

Sin embargo, es cierto –como se expuso en las noticias habituales de prensa de aquellos días-, que en febrero de 1996 el casi saliente Gobierno del PSOE del momento –el Ministro era entonces el Sr. Suárez Pertierra-, adjudicó el programa de adquisición del helicóptero Cougar a la empresa Eurocopter -todavía no existía EADS-, contra los deseos y la decisión técnica del Ejército de Tierra, expuestos claramente por el propio Teniente General Faura, menos de un mes antes de que se produjesen las elecciones generales que darían la victoria al PP. Ocho años después, no obstante, el Gobierno del PP –el ministro sería entonces el Sr. Trillo-, haría exactamente lo mismo con el helicóptero de ataque, seleccionando el Tigre, también de Eurocopter, en lugar del Apache, que era el que querían las FAMET. La decisión tomada en 1996 fue muy controvertida, y no fue muy bien entendida. El Cougar resultaba más caro y tenía peores prestaciones que el Blackhawk norteamericano –que era el que quería el ET-, pero la influencia de Francia fue notable y además en aquellos días, al parecer, se daban ciertas contraprestaciones políticas2 que fueron imposibles de rechazar.

No se puede establecer una responsabilidad política directa de Bono ni de la cúpula militar de aquellos días, con lo sucedido en Afganistán, pero indirectamente habría mucho que decir y desde luego se podía haber hecho bastante para evitar el accidente. Resulta del todo incomprensible que prácticamente la totalidad de la flota de las FAMET llevara, por aquellos días, casi UN AÑO en tierra por falta de certificado de aeronavegabilidad, ya que al fin y al cabo, la responsabilidad del citado certificado de aeronavegabilidad era, y es, del Ministerio de Defensa. ¿Cómo es que no se resolvió este tema? ¿Puede concebir alguien que los carros de combate no pudieran salir del acuartelamiento por falta de ITV? Independientemente de la no disponibilidad de aeronaves y de la imagen penosa que se daba, ello también motivaba que hubiera pilotos y tripulaciones que no volaban desde hacía más de SEIS MESES con la consiguiente disminución de operatividad del conjunto. Este era un tema urgente y prioritario, y aquí sí había responsabilidades y no pocas, de la autoridad política y de la autoridad militar que, con la cúpula militar en pleno, estaba, y sigue, empeñada en un “Sin Novedad” permanente, trasnochado, que no lleva a ninguna parte.

Como expuso el propio Bono en el Parlamento, en aquellos días, las FAMET disponían de 15 helicópteros Cougar –ya entonces solo de 13-, y de ellos solamente CINCO estaban capacitados para lanzar bengalas y señuelos, y tras el accidente, solamente TRES. No se puede entender qué otras prioridades podía tener el Ministerio de Defensa ante una situación tan patética, y como la cúpula militar, en especial el General García González, y el mismo Sanz Roldán, no tomaban medidas urgentes e inmediatas. Aquí es donde está la responsabilidad política, y la militar por no atreverse a decir abiertamente al Mando que las FAMET simplemente no existían más que sobre el papel.

Lo ocurrido en Afganistán fue un accidente, no hay duda. Mi propio hermano, Ramón Santiago, a la sazón destinado en Afganistán, como teniente coronel del Cuerpo Jurídico Militar, fue el juez instructor del accidente. Un accidente debido a una serie notable de circunstancias externas, unas con posible responsabilidad política como las que se derivan de lo expuesto, y otras, simplemente achacables a fallo humano del que no está exento nadie.

Independientemente, aunque seguramente como derivado de todo lo expuesto, está el nivel de procedimientos, de instrucción, de adiestramiento. Nuestros ejércitos se entrenaban, y se entrenan poco y quizás no muy bien, sobre todo debido a la carencia de presupuestos pero últimamente debido también a la falta de personal y a la multiplicidad de misiones que nuestros soldados deben desarrollar y que van desde proteger las líneas férreas y los pantanos, centrales eléctricas y nucleares ante una posible amenaza terrorista, a su participación en misiones internacionales. Misiones todas ellas en las que muchas veces no hay ninguna relación con el verdadero cometido y tareas que desempeña la unidad que ejecuta la misión. Enviar tripulaciones de carros de combate, pie a tierra, a Kosovo durante SEIS MESES a realizar misiones de infantería a pie, es una barbaridad, igual que enviar paracaidistas dentro de vehículos acorazados que no son su medio habitual de empleo. Claro está que no hay ya fusileros ni Infantería suficiente para cumplir con las misiones internacionales en las que el Gobierno se ha implicado. Aquí falla nuevamente la responsabilidad de la cúpula militar.

La cúpula militar con José Bono
La cúpula militar con José Bono.

No son pocas las lecciones y consecuencias a extraer de lo ocurrido en Afganistán, y del resto de misiones internacionales en que se participa. Lo importante era introducir medidas que contribuyesen a evitar todo el cúmulo de carencias detectado. Una tarea nada fácil, en la que sobre todo se debe dar la voluntad política de dotar a los ejércitos con todo lo que necesitan para el mejor cumplimiento de sus tareas, y la voluntad de los jefes de los ejércitos de exigir los medios adecuados. Tan fácil y tan complicado, a la vez. La cúpula militar no hizo nada, y años más tarde, por poner un ejemplo, la carencia de vehículos protegidos sería un hecho palpable que padecerían las tropas desplegadas. La escasez de helicópteros seguiría, y sigue, siendo endémica.

Se puede argumentar que, a pesar de las críticas, Bono era consciente del problema y tenía intenciones de remediarlo. De hecho, unos meses antes, en mayo de 2005, el Consejo de Ministros aprobó la autorización para contratar el nuevo helicóptero táctico militar multinacional NH-90, con sorpresa total y absoluta para las Fuerzas Armadas, en el marco de una serie de otras adquisiciones adicionales de materiales para el Ejército de Tierra y la Armada. La decisión tomada por el Consejo de Ministros fue conocida por los Cuarteles Generales escasamente 24 horas antes, por muy increíble que parezca. Suponemos que Sanz Roldán estaba muy ocupado con escribir los futuros desatinos de lo que sería la ley de la carrera militar. El Ejército de Tierra se mostró satisfecho –aunque sorprendido-, por la decisión, mientras que la Armada no estaba excesivamente entusiasmada y el Ejército del Aire no opinaba. Bono, en un golpe de mano por sorpresa, actuó antes de que las Fuerzas Armadas expusieran siquiera su necesidad de equiparse con el material en cuestión, y por lo tanto justo al revés, ya que se produjo la decisión política y la consiguiente autorización de adquisición antes de oír a los usuarios. A pesar de que la necesidad existía, la decisión tomada por el Consejo de Ministros obedecía, antes que nada, a razones políticas e industriales, y quizás hasta personales.

La cuestión principal, y no otra, era, sin duda, que el NH-90 ahora daba valor a las inversiones a realizar por Eurocopter en España, y justificaba por fin la construcción de la nueva planta de Albacete. Esta nueva planta, primera real de fabricación de helicópteros en España, iba a ser la tercera de EADS/Eurocopter en Europa, y supondría la creación de 450 nuevos empleos directos, con una inversión estimada en algo más de 60 millones de Є, amén de que, sin duda, promovería la creación de un nuevo polo de desarrollo industrial en Castilla-La Mancha, feudo personal del propio Bono. ¿Qué se puede decir? Bono, no solo llenaba el Ministerio de manchegos, sino que además llevaba trabajo a su propia Comunidad. La defensa, y la seguridad nacional, eran ya cuestiones casi personales, en las que cada cual trataba de afanar lo que podía. Y la cúpula militar, como siempre, consintiendo. No tengo claro si además, los terrenos que adquirió Eurocopter eran también propiedad de Bono, o de su familia.

Factoría de Eurocopter en Albacete. Foto - Lacerca.com
Factoría de Eurocopter en Albacete. Foto – Lacerca.com

En cierto modo, la forma de actuar de Bono fue un golpe de mano perfecto, pero un golpe que interesaba, después de todo, al conjunto de la defensa, e incluso al entramado industrial. Bono se adelantó, no cabe duda, y el resultado puede llegar a haber sido beneficioso para las Fuerzas Armadas y la industria nacional, después de todo, pero quizás la osadía demostrada por el Sr. Ministro en todo este asunto, entonces, debía haber sido una lección para hacer reflexionar a la cúpula de los Ejércitos, que solamente hacía gala de un valor supuesto y se limitaba a poco más que tratar de agradar al poder político. También era una lección para el anterior gobierno cuya actitud fue absolutamente tibia y apenas adelantó nada en el campo de la defensa, a excepción de una controvertida privatización de la industria nacional Santa Bárbara en favor de los Estados Unidos, que hoy todavía no ha arrojado resultados positivos.

Frente a la necesidad reconocida de la falta de material –y de recursos humanos-, que se hacía sentir a diario, la actitud del flamante Jefe del Estado Mayor de la Defensa era sonreír y dar palmaditas en el hombro a sus subordinados. La tensión era alta con frecuencia, y se hacía necesario arbitrar soluciones de compromiso que permitieran seguir adelante.

Una de las necesidades más apremiantes era, y sigue siendo, precisamente la falta de helicópteros utilitarios tácticos que pasaban por la situación de no disponibilidad más acuciante, y que obligó a que las tropas españolas destacadas en Haití tuvieran que volar en helicópteros Kamov rusos o ucranianos alquilados por el Mando multinacional a cargo de la operación, mientras que hubo que retirar los Cougar destacados en Bosnia, y a Afganistán solamente se pudieron enviar 4 helicópteros. Los helicópteros elegidos por Bono, no iban a llegar, en el mejor de los casos, hasta 2011 y más tarde, cuando ya el resto del parque actual, se vería afectado seriamente por factores de obsolescencia, esencialmente, y de falta de adecuación a las tareas exigidas por el entorno operativo en el que se mueven las tropas enviadas a las misiones internacionales. No hay constancia de que se alzara una sola voz desde la cúpula militar que plantease este problema, y se esforzase en resolverlo.

Ya por aquellos días surgió también la necesidad de contar con vehículos protegidos especiales contra minas, y los explosivos improvisados que empezaban a utilizar de manera cada vez más frecuente los insurgentes iraquíes, y también los talibanes. Desde el Estado Mayor del Ejército empezaron a surgir voces que advertían de su necesidad. Yo mismo lideré algunas de las iniciativas, y en mayo de 2005, promoví la celebración de un seminario en la Academia de Infantería de Toledo, para estudiar la situación y considerar diversas alternativas, invitando a representantes de la industria a presentar las opciones que podían resultar de interés.

Iveco Lince alcanzado por un artefacto explosivo en Líbano el 14 de Septiembre de 2006
Iveco Lince alcanzado por un artefacto explosivo en Líbano el 14 de Septiembre de 2006. Fuente: LQT

El General García González acudió al seminario, ya una vez empezado, con no muy buen talante y diciendo que “no estaba muy de acuerdo con su celebración”….¿..? ¿Si no lo aprobaba como es que había autorizado que tuviera lugar? Afirmó que había tenido conocimiento del mismo escasamente 24 horas antes,..¡Inaudito! El seminario había estado programando desde hacía casi dos meses, con escritos y órdenes que habían emanado del propio Estado Mayor del Ejército, e incluso se había designado al Mando de Doctrina, en Granada, para coordinar la actividad. Desde luego los que habíamos puesto todo nuestro interés en su desarrollo, nos quedamos atónitos. En un momento en que se veía que las fuerzas desplegadas en misión de paz se iban a ver envueltas en acciones urbanas, y en atentados con explosivos improvisados, el propio Jefe del Ejército decía que no le interesaba oír nada de aquello. El seminario, si acaso, sirvió para que el General García González propinase un pequeño revolcón al General de Brigada Blas Piñar, de mi promoción, que simplemente expuso unas ideas del Mando de Doctrina, con las que García González afirmó no estar de acuerdo, así, en público y delante de todo tipo de personal, subordinado, y civil, arremetió contra él. Aleccionador, sin duda.

García González3, una vez más, había acudido a un acto sin hacer los deberes. No era anormal, y ya, cuando era segundo Jefe del Ejército, con ocasión de una presentación del posible Ejército Futuro durante el curso de Mandos Superiores, también acudió diciendo que venía sustituyendo al JEME, y que no había preparado la conferencia, por lo que más que hablar se ponía a disposición de las preguntas que se le quisiera hacer. Éste era García González. En el seminario celebrado en Toledo, ni se había preocupado del tema ni le importaba. Dedicó su atención a otros aspectos, totalmente ajenos a la celebración del seminario, con el consiguiente bochorno de todos los asistentes, hasta el punto de que, ya finalizado el seminario, el General de División Ricardo Martínez Isidoro, Director de Doctrina, nos escribió una carta a los que habíamos promovido el evento, o al menos a mí personalmente, diciéndonos sotto voce que él, en particular, había considerado de gran utilidad el seminario, animándonos a seguir en esa dirección, y a no tener en cuenta la actitud del JEME García González. Increíble, también.

A pesar de las bonitas palabras del General Martínez Isidoro, la realidad es que el seminario no se aprovechó para nada. No asistieron ni el Teniente General Ignacio Romay Custodio, entonces Jefe del Mando de Apoyo Logístico y responsable de las adquisiciones, ni el General Miguel de La Calle, Director de Sistemas –dos nulidades que no aportaron nada nunca desde sus puestos-, ni tampoco el Teniente General Carlos Villar, Director General de Armamento y Material. El resultado sería que cuatro años más tarde, en 2009, el Ejército todavía continuaba sin una nueva generación de vehículos blindados, mejor protegidos y adecuados para las operaciones urbanas, y las tropas continuarían utilizando el sempiterno BMR, que llevaba 30 años en servicio, y sin ninguna protección adicional. Y desde el EMAD, el General Sanz Roldán también guardaba silencio absoluto.

Poco imaginaba el General García González que apenas le quedaban seis meses más en el cargo. Efectivamente, como dice el refrán “Quien a hierro mata, a hierro muere”, y en enero de 2006, el día de Reyes, estallaba el caso Mena4, tercer gran problema del mandato del ministro Bono, y que acabaría poniendo fin a su gestión en última instancia.

José Mena Aguado, por entonces ascendido a General de Brigada destinado a la DGAM como asesor de su Director, Pascual Pery
José Mena Aguado

Conviene detenerse en el Teniente General José Mena Aguado, y no es mi intención desmitificar ninguna figura, pero las realidades son otras. Mena, llamado en su promoción “el mono Mena” –sin que haga falta aclarar el porqué-, era procedente de Caballería, y estaba considerado como un brillante oficial, que, sin embargo, no llegó a mandar ningún regimiento del Arma, ni se distinguió especialmente en el Estado Mayor, aún siendo número uno de su promoción, ascendiendo a General de Brigada durante el periodo de gobierno del PP, desde el destino de Jefe del Parque y Centro de Mantenimiento de Sistemas Acorazados núm. 1, en Villaverde, Madrid, un destino no muy brillante y lleno de problemática laboral y civil, que casi todos los coroneles rechazaban. El citado centro estaba plagado de circunstancias extrañas, mafias laborales, contratos de oportunidad, empresas no homologadas,…y un sinfín de “demonios familiares”, que Mena no resolvió y que continúan sin resolverse hasta nuestros días, si es que ese organismo sigue existiendo.

Mena ascendió prácticamente sin vacante, ya que se habilitó para él un puesto, hasta el momento inexistente, de asesor al Director General de Armamento y Material, fuera de la cadena de mando del Ejército, gracias al apoyo del entonces Teniente General Jefe del Mando de Apoyo Logístico del Ejército, Juan García Martínez, y del General de División Carlos Rubio Barberá, también de Caballería, entonces Director de Abastecimiento del Ejército. Teóricamente se enviaba a Mena a la DGAM, para que hiciera valer allí los intereses del Ejército de Tierra –preocupado especialmente por el Programa Leopard aún todavía por firmar-, frente a lo que el Teniente General Faura consideraba que era un feudo casi absoluto de la Armada. Cabe decir que el Director General era entonces el Sr. Pery Paredes, hijo del Almirante Pery, y el Subdirector de Programas era el Vicealmirante Carlos Casajús, por lo que alguna razón no le faltaba a don José Faura. Otra cosa es que Mena fuera la persona adecuada.

El ya General Mena no hizo mucho, sin embargo. Faura desapareció pronto de la escena, y, personalmente, fui testigo de que Mena no hizo su labor, cuando precisamente, en una reunión en el Ministerio, al debatir cuántos carros Leopard 2 había que adquirir, Mena no movió un dedo, ni siquiera pestañeó, al igual que el General Rubio Barberá, y, con solo mi oposición –ya que también asistía a la reunión-, se borraron del mapa los carros que supuestamente debían equipar precisamente a la Brigada de Caballería Castillejos II, y que eran 101 carros más. En la memoria de necesidad de adquisición –documento que figura en el contrato-, se hizo, no obstante, una advertencia que contemplaba una posible segunda fase de adquisición de 101 carros más, algo que todo el mundo sabía que ya nunca tendría lugar. Hoy me doy cuenta de mi ingenuidad, y posiblemente en aquella reunión –aún sin yo saberlo-, Mena actuó con premeditación, y de acuerdo con Rubio Barberá, y posiblemente también con el General Jorge Ortega Martín, igualmente de Caballería, pretendiendo adquirir menos carros Leopard, para así poder presionar, y adquirir el vehículo de ruedas Centauro, que era un capricho en aquellos días del General Ortega, y del que finalmente se adquirirían 20 unidades iniciales, que posteriormente darían paso a una adquisición mayor, ya con cofabricación en España. En cualquier caso, fueron generales de Caballería los que propiciaron que en la actualidad la cadena haya quedado desterrada, casi por completo de las unidades de Caballería, y que la Caballería esté donde está.

Leopard 2A4 del Ejército de Tierra de España
CCM Leopardo2E, piedra angular de las fuerzas acorazadas españolas. Foto – Ejércitos

Mena ascendería ya desde la DGAM, a General de División, en 2000, recibiendo el mando de la División Mecanizada Brunete 1, y posteriormente, tan solo un año después –saltando a otros generales-, a Teniente General, siendo nombrado Jefe del Mando de Personal del Ejército. No hay constancia de que Mena alzase su voz en ningún momento, en esos días, en relación con los problemas de personal, de la ley de la carrera militar que se veía venir, ni otros aspectos de relieve y gran importancia, y por mucho que se haya dicho, los problemas militares no empezaron solo con la victoria del PSOE en 2004, sino que venían ya de mucho antes. Achacarlos solo a Bono, y a Zapatero, es lo más fácil pero no es toda la verdad. El generalato llevaba ya mucho tiempo sin aceptar sus responsabilidades.

El nombramiento del Teniente General Mena como Jefe de la Fuerza Terrestre, un mando y cargo más representativo que otra cosa en aquel momento, se produjo en diciembre de 2004, por decisión de Bono, y supuso la transformación de la antigua Región Militar Sur. La llamada Fuerza Terrestre, con sede en Sevilla, había sido constituida en mayo de 2004, y surgía de la nueva estructura funcional de los ejércitos que aprobó en septiembre de 2002 el Gobierno del PP –no lo olvidemos-, y según la cual el Ejército de Tierra quedaba estructurado orgánicamente en tres núcleos: el Cuartel General del Ejército, La Fuerza y el Apoyo a la Fuerza.

Marín Bello Crespo. Foto - Elateneo.es
Marín Bello Crespo. Foto – Elateneo.es

La denominación de Fuerza Terrestre era casi ridícula y por supuesto redundante, ya que hablar de Fuerza Terrestre en el seno del propio Ejército de Tierra no era sino algo innecesario a todas luces. Hubiera sido más apropiado denominarla Fuerza Operativa, Fuerza de Maniobra o algo similar, aunque en ningún caso era una fuerza coherente y con algún sentido. En cualquier caso, bajo la responsabilidad del Teniente General Mena se encontraban una serie abigarrada y heterogénea de unidades, sin ninguna ligazón, entre las que estaban el Mando de Artillería Antiaérea, en Algeciras, la Artillería de Costa –totalmente desfasada y obsoleta-, y las Comandancias Generales de Ceuta, Melilla y Baleares –pero no las fuerzas que las integraban curiosamente-, la Brigada de Infantería Ligera número 4, en Figueras, Gerona, la Brigada Ligera número 5 en Vitoria –ambas unidades prácticamente inoperativas, y a más de 500 kms de distancia-, y el Regimiento de Guerra Electrónica, con sede en Sevilla, quizás la única unidad con algún valor militar real en aquellos días. Tras Mena las cosas cambiarían.

En realidad, Mena no mandaba nada, todo era un teatro, y una excusa para mantener un Teniente General en Sevilla, que de facto seguía siendo el Capitán General de la Segunda Región Militar. Mena naturalmente no protestó ni rechazó mandar tal despropósito. Se había convertido en Capitán General de facto, algo que seguramente no había entrado siquiera en su imaginación, y no era cuestión de rechazarlo.

Los sucesos del 6 de enero de 2006 sorprendieron, en primer lugar, al propio Mena, por mucho que haya tratado de explicar ahora en su libro. Es algo patente y obvio que me explicó el Jefe de Estado Mayor de la Fuerza Terrestre, en aquellos días, el General de Brigada Marín Bello Crespo, compañero de promoción. Mena escribió él mismo sus palabras, no se las dio a leer a nadie, porque no consideraba que pudieran ser objeto de ninguna crítica, especialmente cuando eran absolutamente respetuosas con la legalidad vigente, y con la Constitución. Lo que es más, Mena incluso esperaba recibir alguna felicitación, y aplauso, desde las alturas, y especialmente por parte del Ministro Bono. Nada más lejos de la realidad, la ignorancia de Mena de las intrigas políticas que se cocían en La Moncloa le costó el puesto, y propició también el acoso y derribo del propio Bono.

Mena no pronunció ningún discurso involucionista ni contrario a nada. La situación política que se vivía, con los pactos que el Gobierno había contraído con la izquierda catalana y republicana, para poder sostenerse, habían obligado, sin duda, a una serie de cesiones y actuaciones difíciles de asimilar y entender; pactos iniciados ya en tiempos del PP, por otra parte. La preocupación era palpable, y eso es innegable.

De hecho, hasta el propio Félix Sanz, en continuidad con pronunciamientos tan inoportunos, y en relación con la modificación del Estatuto de Cataluña, que se proponía, declaró durante un desayuno informativo organizado por el Foro de la Nueva Sociedad, algunos meses antes, que “la unidad de España es una preocupación para los militares porque desde que ingresamos en la Academia vivimos por y para España”. El JEMAD recalcó: “Qué duda cabe que existe entre los militares un gran interés para que esta España secular que tanta gloria e historia acumula, siga siendo patria común e indivisible de todos los españoles”, y no pasó nada, ni nadie le recriminó nada. Sin embargo, esta posición no impediría que fuera el propio JEMAD quien pidiera la destitución del Teniente General Mena, cuando, en relación con el mismo tema estatutario, realizó sus comentarios, sin salirse del marco constitucional, en el discurso que pronunció el 6 de enero de 2006 con motivo de la Pascua Militar, en la sede de su mando.

Lo que es más, ya con anterioridad –en octubre de 2005-, y respecto a las declaraciones previas realizadas por el JEMAD sobre el mismo tema, el propio Ministro Bono, había advertido: “Sólo faltaría que el ministro de Defensa arrestara a los militares por defender la Constitución”. El caso llegó al colmo de la incoherencia cuando Félix Sanz asumió de forma indebida las competencias del JEME5, que como JEMAD no le corresponden, para ordenar el arresto del Teniente General Mena, orden que, en todo caso, correspondía exclusivamente al mando superior en la jerarquía del Ejército de Tierra, el General García González, quien, tampoco esta vez había hecho los deberes. Como quiera que García González6, no optó por arrestar al Teniente General Mena por aquel motivo, el JEMAD, Félix Sanz, no dudó en respaldar su posterior cese, desprestigiándose todavía más, si cabe, en el ámbito corporativo, aunque naturalmente no surgió ninguna voz para decirlo.

El asunto Mena fue una estupidez que se aprovechó desde La Moncloa para proceder, en un breve plazo tras el incidente, a un nuevo reajuste ministerial, desembarazándose de Bono, que comenzaba a resultar molesto, y afianzando más en el control de la defensa al llamado “clan Torrente”. Mena recibió un correctivo de escaso alcance, fue destituido de su mando, y pasó directamente a la reserva. Fue un gesto innecesario, resultado de una acción no calculada. Hoy escribe también desde su retiro, y dice todo lo que no dijo cuando estaba en activo. Hubiera sido mucho más edificante que hubiera puesto de manifiesto las carencias de la llamada Fuerza Terrestre, el deficiente estado de la artillería de costa, la escasez de defensa antiaérea, o que, incluso, hubiera peleado por mantener y modernizar las unidades de Caballería, en lugar de hablar de la Constitución. No hizo nada de eso, y lo que hizo fue poco, mal y tarde.

El Teniente General Mena durante su discurso. Foto - Losgenoveses.net
El Teniente General Mena durante su discurso. Foto – Losgenoveses.net

No todo en el caso Mena tuvo aspectos decorosos, en mi opinión, y, en particular, hubo un incidente deplorable que no deja a Mena en buen lugar. Un coronel de Estado Mayor, Fernando Ábalo, resultó arrestado por orden, también, del General Félix Sanz Roldán, por sus críticas al teniente general. El coronel, criticó, en una carta al diario ABC, al Teniente General Mena, por no haberse retractado de lo dicho sobre el estatuto catalán y por haberse arrogado la representación de sus subordinados. “El general Mena se ha aprovechado de unas circunstancias que le eran favorables, como las de estar próximo a la reserva y la de representar a su Majestad el Rey. Además, se ha escudado en las opiniones de sus subordinados, lo que le resta toda credibilidad“, escribió Abalo. Además, el coronel transmitía al Teniente General Mena que si realmente algún militar quiere a su Patria, debe dejar de hacer declaraciones “personales en actos públicos puesto que “la mayoría de los españoles” hace tiempo que dejaron de ser “bananeros“. “Y no tenemos que pasar vergüenza porque todavía queden personas con espíritu antediluviano“, concluyó. El correctivo impuesto al coronel, parece que fue debido a que altos mandos en la reserva –llevados de un corporativismo inadmisible-, pidieron en cartas enviadas al mismo diario ABC “igualdad de trato” para el coronel, “ya que la crítica pública a un oficial de rango superior es una falta grave de disciplina“. Algo parecido me ocurriría a mi mismo mucho más tarde, aunque en mi caso no hubo consecuencias.

Posiblemente el Coronel Ábalo merecía el correctivo, y nadie le había pedido su opinión. Pero, no es menos cierto que fue un blanco fácil y sencillo. Las críticas e iras de tantos altos mandos en la reserva hubieran estado mejor dirigidas contra el estamento político, o contra los que habían destituido a Mena. Naturalmente no se atrevían a ello. Sin ambages, todo indicaba que además del servilismo, ahora la cobardía, al atreverse con los inferiores, era también una característica más del generalato. Que el propio Mena se querellase contra el coronel, a posteriori, por un presunto delito de insubordinación, cuando no era subordinado suyo directo, –delito que fue finalmente desestimado por el Tribunal Central Militar-, solo añade más vergüenza y oprobio a todo este incidente, y no deja a Mena en buen lugar. Es solo mi opinión, en cualquier caso.

El cese de Mena propiciaría el auge de otro personaje peculiar de la fauna militar en el generalato, el Teniente General Pedro Pitarch Bartolomé, quien hasta ese momento era Director General de Política de Defensa, en el Ministerio, y por tanto subordinado directo del Almirante Torrente. Otro más. Pitarch sustituyó a Mena, y tomó posesión del mando de la Fuerza Terrestre.

Pitarch y el General Francisco Fernandez, Cte General de Melilla, al que arresto y cesó.
Pitarch y el General Francisco Fernandez, Cte General de Melilla, al que arresto y cesó.

Pitarch ya era un militar sobradamente conocido por el PSOE, y que, como teniente coronel, había formado parte del gabinete de asesores de Felipe González, en la Presidencia del Gobierno, y estaba considerado como liberal y progresista. La primera medida fue dar algún contenido real a la Fuerza Terrestre, y todas las unidades operativas pasaron a integrarse bajo el mando de Pitarch7, quien adquiría así un control casi completo de todo el Ejército de Tierra, incluso mayor que el del JEME. Se completaba el esquema: Félix Sanz en el EMAD, Torrente en el Ministerio, Zaragoza en la Armada, “Gustavo” en el Aire, y Pitarch al mando del ejército operativo. Solo quedaba García González en el ET, y Bono, en el Ministerio. El siguiente capítulo estaba escrito, y algunos nos dábamos cuenta de que el siguiente paso tenía que ser forzosamente el cese del propio Bono, y de García González.

Alea jacta est.

 


 

Notas

1 Alejandre llegó a quejarse indirectamente de su cese posteriormente ya en 2009, cuando escribió en EL PERIODICO: “aplaudimos a Obama cuando, en momentos de problemas graves en Irak y Afganistán, mantuvo al secretario de Defensa de la Administración de Bush. ¡Esto es política de Estado! Aquí habríamos cambiado hasta a los conserjes y escoltas…”. Sorprendentemente ya no recordaba que a él, precisamente, lo mantuvo el Gobierno de Zapatero, inicialmente, hasta que ocurrieron otras cosas. 23/02/2009

2 A pesar de ser aliados en la OTAN y en la UE, Francia jugó una vez más, según ciertos informes, la carta de la colaboración en la lucha contra ETA.

3 García González también tuvo que hacer frente más tarde, al cese del comandante militar de Melilla, el general Francisco Fernández, que fue relevado por decisión de Bono, a causa de sus divergencias con su jefe directo ya, el teniente general Pedro Pitarch. La decisión de Bono se interpretó como un espaldarazo al nuevo jefe de la Fuerza Terrestre –Pitarch-, en detrimento del entonces JEME.

4 El caso Mena acabaría acarreando consecuencias para el teniente general García González, que fue compañero de promoción de Mena y decía que era amigo personal suyo. Desde el cese y arresto del teniente general Mena, el Ministerio de Defensa restringió al general García González las declaraciones a la prensa, según se confirmó a Europa Press.

5 La pasividad del JEME resultó más difícil de entender aun por cuanto Mena sostuvo en privado que su discurso de la Pascua Militar era conocido con antelación por su superior, extremo que éste siempre negó, según informó Miguel González, de EL PAIS.

6 Han sido 11 días muy largos y muy duros, en los que habéis tenido 11 millones de respuestas“. Con estas simples palabras sin sentido se escabulló el general García González, de los periodistas que le abordaron tras la destitución de Mena. Su discurso fue deliberadamente gris y anodino. Se esperaba, por parte de muchos de sus subordinados, algún mensaje que permitiera saber lo que pensaba el jefe del Ejército. No hubo tal. Una vez más García González no había hecho sus deberes.

7 El Teniente General Pedro Pitarch, sustituto de Mena como jefe de la Fuerza Terrestre, aprovechó su toma de posesión para hacer profesión de fe en “los valores democráticos”. Pitarch proclamó así su “inequívoco compromiso con la Constitución“, “lealtad absoluta al Rey” y, naturalmente, “plena subordinación al Gobierno” ¡Faltaría más! Su nombramiento, se lo agradeció, en particular, “al ministro de Defensa“. Palabras ciertamente curiosas. Mena también había afirmado su compromiso con la Constitución

 

Acerca de Antonio J. Candil Muñoz 38 Articles
Coronel en la Reserva. Diplomado de Estado Mayor y Diplomado de la Escuela de Guerra del Ejército italiano. Diplomado en Alta Dirección de Empresas por parte del IESE (Universidad de Navarra). Ha sido representante de España en la UEO, y ha estado destinado en Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Estados Unidos. Autor del libro "La Aviación Militar en el Siglo XXI".

1 Comment

  1. Interesante artìculo como todos los de la serie.No sé què es más grande, si el cabreo por ver en manos de quien estamos, o el comprobar como puede corrompe el poder a personas sobre el papel aptas.Aunque tambièn es verdad que el que es necio de origen el poder no necesita esforzarse mucho por corromperlo.Ya tengo ganas de leer el art. que aborde la època de la ìnclita Carmen Chacòn y su lugarteniente.

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