Los herederos de Franco (XI): Zapatero, Alonso y los primeros pasos de José Julio Rodríguez

Los herederos de Franco (XI): Zapatero, Alonso y los primeros pasos de José Julio Rodríguez

José Antonio Alonso
José Antonio Alonso

Los herederos de Franco (XI): Zapatero, Alonso y los primeros pasos de José Julio Rodríguez

 

Después de los años de José Bono, con su populismo plagado de corruptelas y su empeño en no atender las necesidades reales de las Fuerzas Armadas, Alonso no supuso precisamente un chorro de aire fresco. Con él llegarían a lo más alto de la cúpula militar una serie de personajes que en poco mejoraban lo visto hasta ahora y que han aportado más sombras que luces, aplaudiendo en cada momento los intentos de una administración que aborrecía todo lo militar por “refundar el Ejército”.

 

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Si en el capítulo anterior habíamos terminado con el nombramiento de Gómez Arruche como Director General de la Guardia Civil, en adelante serían más los cambios que llegarían al Ministerio. El primero de ellos, un cese, se produjo con la llegada de Alonso al Ministerio, y fue el de otro de los “manchegos” amigos que Bono había colocado en Defensa, el Dr. Carlos Royo, que ocupaba el cargo de inspector general del Plan Director de Sistemas de Información y Telecomunicaciones. Un cargo que se inventó para él, y para el que estaba especialmente cualificado: ¡Carlos Royo era médico!

El Dr. Royo se había sobreimpuesto, con el pomposo título de inspector general, al vicealmirante Simeón Cantó, director del Plan, y que consecuentemente dimitió y volvió a la Armada. Carlos Royo[1] había ocupado hasta la llegada de Bono al Ministerio, un cargo de relieve relacionado con la sanidad pública en la Comunidad de Castilla-La Mancha, y Bono no encontró mejor puesto para él, que en el Ministerio de Defensa. Era otra extravagancia más, que murió con la llegada de Alonso. Sin embargo, el Dr. Royo había contado, desde marzo de 2005, con un adjunto muy especial al que no le molestó para nada trabajar para un advenedizo, e incluso estar subordinado a él. Ese subordinado –el General de División del Ejército del Aire, José Julio Rodríguez-, llegaría lejos, aunque entonces, en 2005, nadie le conocía para nada, y lo que es más, en aquellos días incluso él mismo consideraba que ese puesto, sin contenido real, era su último destino activo. Su servilismo y obsequiosidad para con el poder político tendría su recompensa.

Efectivamente, el General Julio Rodríguez, sucedió al frente de la Dirección General de Armamento y Material al Teniente General Carlos Villar, que acababa de ser designado para dirigir el Ejército de Tierra. Su ascenso al empleo de teniente general fue aprobado por el Gobierno en Consejo de Ministros el 20 de octubre de 2006. En teoría, el oscuro adjunto del Dr. Royo, pasaba a ocupar uno de los puestos militares de mayor responsabilidad en todo el Ministerio de Defensa, como responsable de los grandes programas de modernización de las Fuerzas Armadas. Su eficacia y celeridad en la contratación e impulso dado a los programas de adquisición de vehículos acorazados protegidos contra explosivos improvisados y minas, para ser enviados a Afganistán y Líbano –tardándose más de dos años en ello, por citar un ejemplo-, resultaría “impresionante”, al igual que resultarían asombrosos su servilismo y adecuación sin paralelo al poder político.

Joaquín Tamarit
Joaquín Tamarit

El ministro Alonso no hizo apenas casi nada, pero si llevó a cabo una “limpieza” metódica de los restos de oficiales capaces, y buenos profesionales que quedaban y que, en el generalato ya, podían representar algún tipo de disidencia. Así cesó de forma poco elegante al Teniente General Joaquín Tamarit, a la sazón Segundo Jefe de Estado Mayor del Ejército, ya citado anteriormente, nombrando en su lugar al también Teniente General Rafael Barbudo Gironza, quien era, desde diciembre de 2004, Jefe del Mando de Personal del Ejército.

Conocí personalmente a ambos tenientes generales. Tamarit[2] era, y es, un fuera de serie, artillero, excelente organizador, y un maravilloso jefe. A pesar de que sobre Tamarit siempre ha pesado la sospecha de haber estado implicado en el intento de golpe del 23-F, la realidad es que no se implicó directamente, y si compareció en el juicio, solamente lo hizo en calidad de testigo. Su ascenso a teniente general ya suscitó recelos y críticas en el PSOE, pero sin embargo Bono le otorgó su confianza. Quien no confiaba en él para nada era el General Carlos Villar, y una importante falta de comunicación entre ambos se hizo patente desde los primeros momentos, ya tras la toma de posesión de Villar de su puesto. Tamarit era la mente inteligente y privilegiada en el Estado Mayor del Ejército, en clara oposición a la mediocridad del General García González, y claro está, estorbaba. No resultó muy elegante para el propio Tamarit aceptar, sin embargo, ser nombrado asesor del propio Villar, como actual JEME, aunque fuera, al menos, inicialmente, y no se puede comprender tal gesto. Sin duda, se trató de no hacer excesivo ruido y aparentar que todo funcionaba Sin Novedad. Hoy, ya en la reserva, Tamarit ha venido inspirando al colectivo Atenea, en donde junto con otros generales –entre los que ha estado sorprendentemente García González también-, igualmente en la reserva, se han atrevido a insinuar levemente lo que no eran capaces de decir cuando, precisamente, debían y podían hacerlo.

Rafael Barbudo es un caso completamente diferente. Hermano de un compañero de promoción, Luis Barbudo, siempre me llamó la atención el despegue y poco cariño que demostraba hacia su propio hermano, cuando éste se encontró en una situación familiar y personal comprometida, y hasta difícil. También artillero, a lo largo de su trayectoria profesional, siempre había procurado estar destinado en puestos meritorios y de prestigio, claramente siguiendo un modelo de carrera preestablecido, FAMET, Cuarto Militar del Rey y muy especialmente la Dirección General de Política de la Defensa –DIGENPOL-, en donde fue un alumno aventajado del Teniente General Veguillas. Ambicioso y trepador, no conseguiría, sin embargo, pasar del escalón de segundo jefe del Ejército. Su gestión fue pobre y escasa, pero tampoco se esperaba otra cosa, y Villar, sin duda, solo quería a su lado alguien dispuesto a asentir continuamente a todo. Todo indica que Alonso aprobó su nombramiento a propuesta del General Villar, y muy probablemente, recomendado por el Almirante Torrente, y también por el General Félix Sanz. Barbudo hoy ha desaparecido completamente de todo escenario. El puzzle finalmente encajaba a gusto de La Moncloa.

Con estos mimbres iniciaron, de nuevo, su andadura el Ministerio de Defensa y las Fuerzas Armadas, cuando aún no había concluido la primera legislatura, ni siquiera, del Sr. Rodríguez Zapatero. Alonso heredaba los problemas acumulados por Bono, a los que tendría que añadir los problemas que surgirían en su propio mandato, que no fueron pocos. Ni solucionó unos ni otros. Alonso, si no fuera porque nadie hiere como el que se considera además como perteneciente a la propia familia, podría ser considerado como uno de los peores ministros habidos, pero ese honor todavía no se lo ha podido arrebatar nadie a Federico Trillo.

Acerca de Antonio J. Candil Muñoz 43 Articles

Coronel en la Reserva. Diplomado de Estado Mayor y Diplomado de la Escuela de Guerra del Ejército italiano. Diplomado en Alta Dirección de Empresas por parte del IESE (Universidad de Navarra). Ha sido representante de España en la UEO, y ha estado destinado en Gran Bretaña, Bélgica, Italia y Estados Unidos. Autor del libro “La Aviación Militar en el Siglo XXI”.

3 Comments

  1. Una pregunta. ¿No fue en ese periodo en el que un general español fue nombrado jefe de la misión de la ONU en Congo (Zaire) y salió corriendo alegando falta de medios ante el alboroto de una milicia? Porque creo que fue un asunto sobre el que se corrió un túpido velo, que debiera descorrerse y analizarse seriamente. Porque creo que se hizo el ridículo profundamente. Esa misión era y es una de las más fuertes en cuanto a posibilidades de acción. España al optener el mando de la misión se comprometió a mantener un batallón a disposición de la misión en caso de necesidad. Pero al final no se envió. El general español dimitió pero la crisis fue subsanada sin mayores complicaciones.

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