No hay peor ciego que el que no quiere ver

No hay peor ciego que el que no quiere ver

Kim Jong Un asistiendo a unas maniobras submarinas
Kim Jong Un asistiendo a unas maniobras submarinas. Fuente: Vanity Fair.

 

No hay peor ciego que el que no quiere ver es el título de un pequeño artículo de opinión aparecido en el Número 1 de nuestra revista Ejércitos, en enero de este año. Desgraciadamente, la situación no parece que haya cambiado a mejor, más bien todo lo contrario. En este sentido, las decenas de titulares acerca de una futura reunión cara a cara entre Donald Trump y Kim Jong-un no son sino la confirmación de la estupidez generalizada entre los líderes occidentales y, por ende, entre sus asesores.

Como decía Guillermo Pulido, nuestro mejor analista en materia de estrategia nuclear esta misma mañana en Twitter, ¿se imaginan a Clinton hablando de tú a tú con Milosevic, o a Obama haciendo lo propio con Gadaffi o Assad? Ciertamente, no.

Muchos dirán que una entrevista entre ambos es un paso adelante y un logro esperanzador para la paz mundial. En el SIPRI darán palmas con la orejas y, sospecho, no tan lejos, también. Por desgracia, como decía Ebenezer Scrooge sobre las navidades, la familia y demás en la obra de Dickens, eso son paparruchas.

Las relaciones internacionales, por más que los legalistas, pacifistas y demás se empeñen en defender lo contrario, son relaciones de poder duro y van a seguir siendo así. Hay cabida para otros tipos de poder, cierto, pero no son determinantes en ningún caso. Dicho de otro modo, Stalin tenía razón al preguntar cuántas divisiones tenía el Papa, por más que la URSS no exista y el Vaticano siga en pie. Fue víctima de su propia pregunta, ya que la URSS perdió una carrera armamentística que arrastró a su economía y su sociedad, no una carrera ideológica, que también existió, evidentemente.

Ahora el amigo Kim parece ceder y acepta una reunión que solo servirá para dar alas a su régimen, coger aire y reunir recursos para proseguir con sus planes nucleares. Le va la vida en ello, por más que las sanciones no hayan funcionado en gran parte gracias a China y que el régimen juche esté viviendo una primavera económica. Es así porque despliegues como el THAAD, unidos al reforzamiento de las capacidades de estados como Corea del Sur o Japón hacen muy complicado que su limitado potencial, por más que nuclear, sea suficiente para garantizar la consecución de sus objetivos políticos.

Así, ganando tiempo, siguiendo con su estrategia de acciones sucesivas Kim nos da una enorme lección de estrategia y de manejo del tempo mientras moderniza su país y consolida su régimen sin dejar en ningún momento de suponer una amenaza para sus vecinos. Bravo.

En cualquier caso, el artículo que reproducimos hoy no habla tanto de Kim como de nuestra propia incapacidad para estudiar los hechos de forma objetiva, sin apriorismos y sin ideologías y de las terribles consecuencias que ello acarrea a nuestra seguridad.

 

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En los últimos meses hemos sido testigos privilegiados, gracias a la inmediatez que ofrece internet, del aumento de tensión en la Península Coreana. Tensión agudizada tanto por las declaraciones de los protagonistas, como por los propios medios, siempre prestos a magnificar las palabras de unos y otros, especialmente cuando constituyen titulares impactantes.

Más allá de los encabezados de las noticias, lo cierto es que los sucesivos lanzamientos de misiles de medio alcance primero, e intercontinentales en fecha más reciente, han puesto de manifiesto la incapacidad de Occidente en general y de Estados Unidos en particular, para detener el chantaje del heredero de la saga Kim. Más que la incapacidad -pues no estamos hablando de un problema técnico tanto como político- del miedo a actuar y a asumir la responsabilidad que ello conlleva. Una responsabilidad que se mide en número de bajas, pero que pagamos a nuestros políticos por asumir.

Corea del Norte, por el contrario -y a pesar de que el particular aspecto de su líder sea habitualmente motivo de mofa en Occidente- nos está dando una lección de estrategia y de disuasión que será estudiada en los cursos de Estado Mayor de las academias militares de todo el mundo durante décadas. Un país atrasado, a pesar de un despegue económico en ciernes sobre el que nuestros medios no se pronuncian, con unos recursos mínimos, pero con gran determinación, ha logrado sortear por el momento un ataque preventivo que tiene visos de no llegar a materializarse nunca.

Todo, mientras nuestros expertos hablan una y otra vez de “ventanas de tiempo” para aprobar tal o cual sanción e implementar tal o cual nuevo sistema defensivo, antes de que Corea del Norte sea una verdadera potencia nuclear, capaz de alcanzar con sus vectores dotados de armas atómicas cualquier rincón del globo.

Cierto es que la larga sombra china le protege de un ataque por parte de EE. UU., como cierto es también que ese indisimulado apoyo le ayuda a minimizar los efectos de las sanciones. Con todo, es difícil pensar que, en el caso de un ataque por parte de Estados Unidos, China fuese a la guerra contra estos por su aliado. Podrá el lector hacer referencia, sin duda, a los errores de cálculo y al diabólico sistema de alianzas que dinamitó la Europa de 1914, pero del mismo modo debería tener en cuenta las razones que llevaron al mucho más terrible conflicto de 1939…

Es aquí en donde deberíamos detenernos a pensar qué ha cambiado en los últimos años para que la otrora hyperpuissance norteamericana, con una capacidad militar superior en varios órdenes de magnitud a la del paupérrimo país asiático, se niegue a intervenir, cuando podría, al menos sobre el papel, lanzar un ataque limitado contrafuerza que difícilmente degeneraría en una guerra regional y mucho menos, como algunos temen, en un nuevo Vietnam.

No se trata ya de que EE. UU. haya retornado a su tradicional aislacionismo, sea una potencia cansada, esté en declive relativo o se vea cohibido ante las crecientes capacidades A2/D2 chinas que, aunque muchos no lo crean, son ya suficientes para ganar una guerra limitada en sus mares aledaños. Hay algo más grave que tiene que ver con un cambio profundo en la sociedad de consecuencias todavía difíciles de valorar.

De hecho, ante un ataque decidido por parte de EE. UU. empleando misiles de crucero, bombarderos y cazabombarderos furtivos, ataques cibernéticos y apoyándose en un despliegue masivo que garantice la defensa de Corea del Sur y Japón ante la previsible represalia, difícilmente China haría otra cosa que inhibirse, como hemos señalado anteriormente.

Es así puesto que un ataque de este tipo estaría destinado a eliminar el programa nuclear y de misiles norcoreano y no el régimen comunista que gobierna el país y que tanto interesa a China perpetuar. De hecho, China ya ha dejado caer en más de una ocasión a través de sus medios de comunicación que ante un desmoronamiento del régimen de Pyongyang se vería obligada a intervenir en Corea del Norte para asegurar el orden interno. Al hacerlo, China marca una clara línea roja que, sin embargo, permite a EE. UU. cierto margen de maniobra. De esta manera, asegurada la continuidad de Kim y la función de Corea del Norte como estado-tapón frente a Estados Unidos y sus aliados, nada indica que un ataque limitado pueda llevar a un conflicto generalizado. Aun así, nada se hace. Nadie quiere pagar el precio de las posibles bajas, aun cuando con ello se pueda evitar, en el futuro, un mal sensiblemente mayor.

Como decíamos, algo ha cambiado. Vivimos en un tiempo en el que los más eminentes analistas, en la mayor parte de los casos fervientes partidarios del desarme y del control de armamentos -y por tanto ideologizados-, se han llevado a engaño a sí mismos por razones que desconocemos hasta dejar totalmente de lado la más que palpable realidad en sus sesudos informes. Son legión quienes han asegurado una y otra vez que Corea del Norte estaba todavía lejos de desarrollar auténticos ICBMs aun cuando los datos que contradecían esta tesis eran públicos y notorios. Tan es así que esperaban para dentro de años -un lustro incluso- las pruebas de algunos de los misiles que Corea del Norte ha logrado hacer volar en los últimos meses. Y eso que en ningún momento ha dejado de alardear el país juche de sus avances, pese a lo cual muchos expertos occidentales giraban la cabeza con tal de no aceptar la realidad. Una realidad incómoda, pero ante la que no podemos escondernos.

Lo que es peor, son todavía muchos los que prefieren poco a poco aceptar la realidad, pero dejar de lado el comportamiento que se espera de una gran potencia, defendiendo en el exterior sus intereses y a sus ciudadanos contra cualquier amenaza. Estos son quienes abogan por instalar sistemas antimisiles en Japón, en Guam, en Hawái, en Corea del Sur o incluso en la costa oeste de los propios Estados Unidos para protegerse y, según ellos, disuadir a Kim de un hipotético ataque ante la inutilidad del mismo. André Maginot sonreiría satisfecho ante tan fantásticos discípulos…

Quizá Kim lo haga también, viendo el revuelo que está montando y cómo nadie es capaz de responder a sus desafíos. Un órdago que pone en práctica siguiendo una estrategia de acciones sucesivas que, si nadie es capaz de frenar, terminará con un ataque sobre Corea del Sur. Puede parecer alarmista, pero lo cierto es que los norcoreanos nunca han escondido sus objetivos. Entre estos, destaca el más importante de todos: lograr la reunificación de la Península de Corea “a su manera”. Ese es el objetivo último de la política de Kim Jong-un.

El mundo que viene, multipolar y con nuevos actores dotados de armas y vectores estratégicos, será más impredecible y peligroso que cualquiera que hayamos visto hasta ahora. La placentera rutina de la Guerra Fría, basada en la estabilidad que ofrecían dos bloques actuando siempre bajo criterios racionales, dotados de un poder de disuasión parejo y prestos a firmar acuerdos de limitación porque en ese escenario era algo posible, no se van a reproducir en el futuro. Las crisis periódicas, solucionadas en el último minuto con una llamada al “teléfono rojo”, la retirada de unos misiles o el quid pro quo de turno, ya no sirven.

Al contrario, incluso aunque todos los actores relevantes del mundo que viene actuaran de forma estrictamente racional, esto es, siguiendo los dictados de la estrategia, las posibilidades de producirse un error de percepción y de llegar a un conflicto se multiplicarán, como magníficamente ha expuesto Guillermo Pulido en su Observatorio Estratégico.

En el caso que nos ocupa, los occidentales, si es que eso significa algo, con EE. UU. a la cabeza -pero no solo-, debemos preguntarnos si no habría que hacer un fuerte examen de conciencia y dejar de lado la ideología en los grados y postgrados que forman a nuestros estrategas civiles y militares. No hay más que atender a la multiplicación de cursos de este tipo y sus cada vez más pintorescos y rimbombantes nombres y temarios, para caer en la cuenta de que algo falla. La paz es un estado siempre deseable que todos perseguimos con ahínco, pero engañarse titulando a los estudios militares y estratégicos como estudios sobre paz y dedicando más tiempo a Galtung y sus acólitos que a Maquiavelo, Clausewitz o Mao, nos estamos haciendo trampas al solitario.

Como se está demostrando en el caso norcoreano, aceptar como dogmas de fe las ideas de ciertos autores en torno a la guerra, en lugar del cabal estudio de la polemología o escuchar los cantos de sirena en torno al desarme y la búsqueda de la paz por medios pacíficos en lugar de basándose en la solidez de los principios de la estrategia, equivale a pegarse un tiro en el pie. Es, sin duda, la más dramática manifestación del relativismo cultural aplicado a la seguridad colectiva. Un suicidio, en suma, pues los apriorismos, especialmente cuando nacen de vendedores de humo, no suponen más que un velo que opaca la realidad tal y como es y nos impiden juzgarla con certeza aun cuando nos va la vida en ello. Una realidad peligrosa que, si no sabemos discernir con eficacia, amenaza con devorarnos.

 

Acerca de Christian D. Villanueva López 205 Articles
Fundador y Director de Ejércitos – Revista Digital de Armamento, Política de Defensa y Fuerzas Armadas. Ha sido también fundador de la revista Ejércitos del Mundo y ha trabajado y colaborado en diferentes medios relacionados con la Defensa como War Heat Internacional, Defensa o Historia de la Guerra, entre otros, tras abandonar las Fuerzas Armadas en 2009.

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