Entrevista a Rubén Ruiz Ramas

Entrevista a Rubén Ruiz Ramas

Rubén Ruiz Ramas
Rubén Ruiz Ramas

El conflicto ucraniano parece estar congelado y no tiene visos de ir a reactivarse con la fuerza de años anteriores ¿Se ha llegado a una situación aceptable para los diferentes actores?

El conflicto está congelado aun cuando sigue habiendo enfrentamientos, y lo que es peor, bajas mortales en ambos bandos, prácticamente todas las semanas.  Transcurridos más de tres años desde el inicio de la guerra y más de dos desde que se produjera el último movimiento relevante de la línea de frente en febrero de 2015, sigue sin haberse producido ningún avance significativo de los puntos políticos de los Acuerdos de Minsk II. Se puede inferir en consecuencia que el conflicto ha entrado en una fase de estabilización de una realidad ya conocida en otros puntos del espacio post-soviético: la de un territorio que funciona como un Estado de facto independiente —aunque, en los hechos, dependiente de Rusia — que no lo es de iure. ¿En qué grado es esta situación aceptable para los actores implicados?

A nadie se le escapa que el statu quo actual solo es aceptado como una buena solución de medio plazo por Rusia. Ni siquiera para las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk es una opción viable a medio plazo, al menos si por viabilidad entendemos un horizonte de desarrollo económico y social. Y sus intentos de ser anexionados por Rusia, o de crear nuevas federaciones surorientales en Ucrania (Novorrosiya y este misma primavera la efímera idea de Malorrosiya), han fracasado. Para Ucrania lógicamente tampoco es aceptable la actual situación, la cuestión es si existe una alternativa y a qué coste. De hecho desde la invasión de Crimea por Rusia y el inicio de la guerra en el Donbass hay intelectuales nacionalistas ucranianos, una minoría, si bien con figuras influyentes como Mykola Ryabchuk, que se han manifestado a favor de aceptar la salida de Crimea y el Donbass. Para ellos sería soltar lo que entienden es un lastre para el desarrollo de Ucrania; para su progresiva convergencia a los estándares políticos, sociales y económicos europeos; y finalmente para su eventual integración en la UE y la OTAN.

 

 

La Unión Europea, forzada por los últimos acontecimientos, está avanzando a marchas forzadas en su Política de Seguridad Común. La relación con Rusia, sin duda va a ser tensa pero, ahora que la alianza con EEUU es más débil, ¿cree que habrá un acercamiento entre Rusia y la UE que tenga su reflejo en la situación de Ucrania?

No comparto una premisa de la hipótesis que subyace en la pregunta. Si la alianza entre la UE y EEUU se debilitase durante la presidencia de Donald Trump, el acercamiento con Rusia, al menos en ese mismo corto plazo, sería más improbable. La hipótesis de un alejamiento entre EEUU y la UE, en mi opinión, encajaría mejor con un escenario similar al de una pinza al proyecto de la UE entre Trump y Putin. Ese contexto podría estimular el avance de la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE. Pero, de ser así, nacería en un escenario caliente, en el que Rusia pudiera querer probar a ese joven actor y en el que la UE pudiera tener incentivos de mostrar firmeza y músculo, siendo precisamente su frontera oriental la que reclamase contar con una amenaza más seria. Esto no quiere decir que a medio plazo el desarrollo de la PCSD y una UE con mayor autonomía no sea positivo para las relaciones de seguridad con Rusia. De hecho mi opinión es que sí, pero ello ha de pasar por el establecimiento de una estrategia global para la región de Europa Oriental que incorporé a los EEMM de la UE, a los de su vecindad, miembros de la Asociación Oriental y también a la propia Federación Rusa.

Dicho todo lo cual, frente a los mensajes y gestos con que se inició el 2017, el apoyo al Brexit de Trump, las dudas sobre la OTAN, la incertidumbre de los contextos electorales en Holanda, Francia, Alemania,etc.; lo cierto es que el 2017 ha evolucionado a favor de una desescalada de la creciente tensión entre EEUU y la UE. En buena medida, esto ha ocurrido a pesar de Trump y no gracias a un cambio en sus posiciones personales. Su presidencia servirá para comprobar las teorías sobre la configuración de la política exterior de un Estado, en especial de una superpotencia presidencialista como EEUU, así como la autonomía de los distintos actores e instituciones implicados. Esto es, ¿qué capacidad tiene el ejecutivo de Trump para cambios sustanciales en la política exterior de EEUU si estos colisionan con los intereses y responsabilidades de su Estado no contemplados por él hasta la fecha, con las preferencias del Partido Repúblicano, con el aparato estatal ligado al Departamento de Estado y al Departamento de Seguridad, o incluso con la OTAN como entidad dotada de naturaleza sustantiva e inmersa en una estrategia de supervivencia?

¿Estamos exagerando la amenaza rusa?

 

Tras la guerra, las sanciones y los acuerdos Minsk 1 y 2, los líderes de las repúblicas del Donbass han comenzado a caer “misteriosamente”. ¿Está Rusia tratando de mantener el conflicto congelado?

En uno de los capítulos de nuestro libro sobre el conflicto de Ucrania se analiza en profundidad las dos alianzas de actores políticos que se han disputado el poder en las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk. A estas alianzas las denominé “alianza rojiparda” y “alianza panrusa conservadora”. La primera estaría compuesta por los neoeurasianistas y los comunistas, aunque dominada por los primeros; mientras la segunda es la coalición de los actuales sectores oficialistas, integrada por nacionalistas rusos y federalistas, con un equilibrio mayor de fuerzas que en el primer caso pero inclinada a favor de los primeros. Cuatro factores distinguen la naturaleza y desarrollo en el conflicto de cada una de esas facciones: la ideología; la estrategia para el conflicto a medio plazo; los vínculos en Rusia, y más en concreto su grado de autonomía respecto al Kremlin; y finalmente su asociación con la estructura política y empresarial local previa a la revolución de febrero y ligada al Partido de las Regiones (PR) de Víktor Yanukóvich. La segunda alianza se impuso en la lucha interna por el poder, en gran medida, según los propios implicados, gracias a la intervención del Kremlin en el verano de 2014, que habría forzado la salida de los neoeurasianistas a cambio de mantener un apoyo informal a las autoproclamadas repúblicas.  A partir de ese momento varios comandantes de la primera alianza han fallecido en atentados cuya autoría no ha sido reclamada. Existen acusaciones cruzadas, y múltiples teorías que también incorporan a los servicios de seguridad de Ucrania (el SBU). Hoy por hoy la alianza rojiparda está prácticamente descabezada. Eso es un hecho. Pero no cuento con evidencia empírica para apuntar a uno u otro actor como ejecutor de esas acciones.

 

Algunos, ya años antes del inicio de las hostilidades, pensábamos que Rusia tarde o temprano iba a invadir Crimea (publiqué un artículo en 2009 sobre ello que puedes encontrar en nuestra web http://www.ejercitos.org/2016/10/10/por-que-rusia-tenia-que-invadir-crimea/ un poco actualizado). Sin embargo, estaba seguro de que uno de los objetivos clave, además de la península, era alcanzar Nikolayev, clave en su ambición de construir portaaviones. ¿Es factible una segunda vuelta del conflicto?

En mi opinión, en el contexto del conflicto iniciado en 2014, el momento ha pasado. Además, la invasión de Crimea, y posteriormente lo acontecido en el Donbass, ha tenido importantes costes para cómo Rusia es percibida en Ucrania, también en la parte suroriental. El proyecto de Novorrosiya, que planteaba una federación autónoma para esa vasta región, fracasó. Y lo hizo porque a diferencia de Crimea, en el resto del sur y oriente ucraniano ni la ciudadanía ni, más especialmente, las élites económicas y políticas locales, tampoco las afines al Partido de las Regiones, se sumaron a esa ruptura. La diferencia fue el Donbass, donde hubo una división social, siendo decisiva la posición tolerante de las élites regionales hacia la acción violenta y ocupación de las instituciones por grupos que después avanzaron hacia la autoproclamación de la independencia de Lugansk y Donetsk.  En ello, una figura clave fue el oligarca Rinat Ajmetov, quien posteriormente se arrepintió y se opuso a la expansión territorial de las autoproclamadas repúblicas populares cuando comprendió que su actividad empresarial estaba seriamente amenazada. 

Volviendo a la pregunta sobre una invasión en propiedad, a día de hoy no veo un escenario en el corto y medio plazo para ello. Solo en un contexto, como digo improbable, de escalada hacia un conflicto de rango continental, la invasión del sureste ucraniano sería una opción para Rusia.

 

Ucrania, desde el exterior, parece más un estado fallido, que un estado europeo. Con un régimen híbrido, que no llega a cubrir los servicios básicos, que sigue manejado por oligarcas y que vive bajo la amenaza de un conflicto que difícilmente puede ganar. ¿Hay alguna esperanza?

Ucrania es un Estado europeo, que no un Estado Miembro de la UE.  Sus estándares institucionales, políticos, económicos y sociales están lejos de los que existen en la UE, incluso de los países que están a la cola. Lo que es peor es que, desde la Revolución del Maidán, en algunos aspectos, como el desarrollo social, se ha ido a peor, fruto de la inflación, la devaluación de la grivna y el aumento de los precios de los servicios básicos como la energía. La guerra — en sus diferentes dimensiones, bélica, de información, híbrida —  inequívocamente supone un lastre, pues demanda importantes recursos humanos y económicos; pero también favorece un clima político que dificulta la normalización de libertades políticas y derechos civiles en Ucrania. Sin ir más lejos hace unos días se ha producido la deportación de Ucrania de dos periodistas españoles, Antonio Pampliega y Ángel Sastre, al haber sido incluidos en una lista negra de periodistas con acceso prohibido al país hasta 2020 a causa de su tratamiento del conflicto. Avanzar hacia estándares democráticos era el objetivo de muchos entre quienes apoyaron el Maidan —como también entre quienes no lo apoyaron, sin que ello signifique que apoyasen a Yanukóvich—, pero tres años después en la política ucraniana se ha hecho fuerte una mezcla explosiva entre una oligarquía que explota un neoliberalismo a la carta y mantiene el apoyo de Occidente como mal menor, y un ultranacionalismo censor con su disidencia pero tolerante con actividades parafascistas y que rehabilita el colaboracionismo con el nazismo. Paradójicamente ha sido el mayor aliado de Ucrania en su integración a la UE quien ha advertido de que ellos mismos bloquearan su acceso si se mantiene el “culto a la personalidad de Stephan Bandera”, así lo explicitó en julio de 2017 el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia Witold Waszczykowski.

 

Uno de los aspectos más controvertidos del conflicto ha sido la participación de grupos extremistas de uno y otro signo e incluso de “brigadistas” internacionales en apoyo de uno y otro bando. ¿hasta qué punto en el conflicto se han dirimido cuestiones ideológicas más que económicas y políticas?

Sin duda se trata de un conflicto desde el origen multidimensional y multicausal. De ahí que los análisis con plantillas de relatos y narrativas predeterminadas contribuyan a confundir más que a aclarar. En mi opinión la dimensión nacional y la geopolítica han pesado más que la ideología entendida como proyectos políticos y económicos antagónicos. Los relatos basados en el enfrentamiento ideológico, como pueden ser el de “promoción de la democracia” pro-Maidán y el “antifascista” pro-Repúblicas Populares, apenas explican hoy, evidencia empírica en mano, los procesos y fuerzas implicadas en el desarrollo de los acontecimientos.

http://www.ejercitos.org/2018/02/22/submarinos-otan-la-debacle-del-arma-submarina-en-el-viejo-continente/

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