La pendiente revolución española en los asuntos militares

La pendiente revolución española en los asuntos militares

Ministerio de Defensa
Ministerio de Defensa

 

¿Quién le pone el cascabel al gato?

La pendiente revolución española en los asuntos militares

 

Por Roberto Gutierrez

 

La historia de España, desde su fundación e incluso antes, ha estado ligada al arte de la guerra. La reconquista llevada a cabo por los reinos peninsulares en la edad media, la forja de un imperio de ultramar y los asuntos europeos, que fueron piedra capital de nuestra política exterior durante tres siglos, terminando por el ansia neocolonial que desangró al país en el norte de África, siempre han mantenido en jaque a la nación y perfectamente engrasada la maquinaria de guerra; plagada a su vez de grandes innovaciones, importantes gestas y sonoros fracasos. De estos últimos, relativamente recientes, y el derrumbe económico y social acaecido durante la revolución industrial, surgió una necesaria política de no intervención, incluida la neutralidad de nuestro país en los dos conflictos mundiales que acabaron por crear la europa que hoy conocemos, y haciendo calar en la sociedad un acusado pacifismo, vertebrado entorno a las cicatrices de una terrible guerra civil, que llega hasta nuestros días.

Ante esta situación, España intentó buscar su lugar en el mundo moderno combatiendo su aislacionismo mediante su integración en las organizaciones internacionales que habían de garantizar la estabilidad occidental. Ciertamente nuestro ingreso en la OTAN supuso un importante paso para modernizar las fuerzas armadas y dar carta de naturaleza a la política exterior de nuestro país, que no era otra que aportar un ladrillo, bastante modesto, al muro que protegía a Europa del enemigo comunista durante la guerra fría y, posteriormente, en favor de la estabilidad mundial; fin que toda economía de mercado, especialmente en la unión europea que es un ente político y económico relativamente carente de materias primas e hidrocarburos, ha de garantizar.

No es que España carezca de amenazas, a las fronteras en litigio con el vecino marroquí, otrora foco de incontables disgustos y hechos de armas y hoy nación estable, pro-occidental y de política exterior muy mesurada, se suma la crisis migratoria que asola Europa, la lucha en origen contra el terrorismo internacional, especialmente el yihadista (que entronca con el anterior, al ser país de confesión musulmana) y la creciente amenaza de Rusia, protagonista de conflictos regionales en el extremo este de Europa, lo que supone un grave problema al ser uno de nuestros principales suministradores energéticos (gas) y fuente de agudas crisis diplomáticas, ataques cibernéticos e incluso un activo litigador en la ‘guerra de la información’ y de desestabilización que España, entre otros, ha sufrido en primera persona con sus problemas territoriales (hablamos lógicamente de Cataluña).

Sin embargo, todas estas amenazas poco tienen que ver con los conflictos bélicos convencionales o, como se catalogan recientemente, los de tipo híbrido, que combinan terrorismo con acciones bélicas. Por ello en el presente trabajo nos centraremos en la capacidad de las fuerzas armadas para hacer frente con sus armas, nunca mejor dicho, a los desafíos que deben afrontar.

Estrecho de Gibraltar - NASA
Estrecho de Gibraltar – NASA

 

 

UNA CUESTIÓN DE POLÍTICA EXTERIOR

La primera cuestión a dilucidar es, obviamente, cuáles son esos desafíos. Como miembros de múltiples organizaciones y firmantes de tratados vinculantes, y cierta vocación de trasladar nuestro modelo jurídico y social, haciendo valer las declaraciones de derechos humanos y en apoyo a los valores de la democracia, nos obligan a intervenir junto con nuestros aliados en cualquier parte del mundo en virtud de las decisiones que tome el gobierno de la nación.

Precisamente la tibia amenaza convencional a nuestra integridad territorial (otra cuestión es la no convencional) ha acrecentado esta vocación expedicionaria y solidaria de nuestra política de defensa si bien, y esta es la cuestión, no ha venido acompañada de la necesaria revolución de los asuntos militares.

Desde hace años España, convencida de ser una potencia ‘media’ en lo económico y político, y amparada en sólidos acuerdos de defensa con poderosos aliados, se ha empeñado en sostener unas capacidades médias, equilibradas y autosuficientes, pensando que con ello podía mantener la capacidad de disuasión o conjugar las amenazas no compartidas y, por otra parte, ser un socio relevante con el suficiente peso político (capacidad de decisión) dentro de las organizaciones internacionales a las que pertenece, especialmente de la eterna promesa nunca materializada de una Europa de la defensa; o lo que es lo mismo, convertir a la unión europea en un ente militar y político por encima de la soberanía (y los intereses particulares) de sus miembros.

El fracaso de esta aspiración europea viene de la mano del fracaso propio en aplicar nuestra política de defensa, cuyo presupuesto es incapaz ya de sostener esta pretensión; al igual que el resto de países de la unión, que mantienen un conjunto equilibrado y autónomo de capacidades (cada cual las que puede costearse) bajo estricta soberanía nacional, por lo que malgastan recursos que empleados como un todo y con las debidas sinergias, permitirían alcanzar una capacidad real de defensa que hoy pasa por el apoyo de Estados unidos.

Es precisamente la dependencia de la OTAN, que sí tiene una estructura de mando conjunta y unas obligaciones para sus miembros perfectamente delimitadas, la que garantiza la capacidad de defensa de Europa; el precio a pagar es la ausencia de una capacidad de decisión propia, lo que obliga diplomáticamente a las cancillerías europeas a seguir a la administración norteamericana allá donde intervenga.

Ha sido precisamente EEUU, con intereses crecientes en otras partes del globo (Asia-pacífico) el que está presionando a Europa para que aumente su gasto militar y cerrar la brecha que hoy la separa del aliado americano, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, con una creciente disfunción entre el potencial tecnológico de las FAS americanas y las del resto de aliados.

En este sentido se ha pronunciado la administración Trump de forma firme y sistemática, arrancando a los socios un compromiso de aumento del gasto que, en el caso de España, ya se está anunciando sin pudor que será incumplido.

Tampoco la ruptura de la unión europea facilita las cosas, ciertamente la salida de Reino unido ha resquebrajado las de por sí escasas opciones que tenía la UE de organizar una fuerza militar eficiente, dejando a Francia, por ejemplo, como única potencia nuclear (potencia militar al fin y al cabo) de la unión. Tal es así que el presidente Macron se ha apresurado a forjar una nueva alianza militar, otra más, en el seno europeo que, ajena a la UE, permita mantener a Reino unido como socio.

Seguramente esto se deba a la creencia de que la vía ‘europea’ está muerta dada la gran cantidad de países miembros, muchos de ellos de mínimo impacto militar y político, con derecho a veto en las resoluciones, siempre delicadas, que la unión pueda tomar en política de defensa; más que en conservar para la causa la capacidad, esta sí notable, de Reino unido.

No debemos olvidar que todas estas iniciativas se hacen al margen de la OTAN, que se mantiene como principal vínculo occidental (y transatlántico) para la defensa común.

No obstante, todas las naciones implicadas siguen teniendo un grave problema: la incapacidad para organizar, dirigir y sostener grandes operaciones militares sin el apoyo de EEUU. Como demostró la guerra del golfo y parafraseando al dictador iraquí, la madre de todas las batallas, el increíble potencial de Estados unidos no tenía parangón en las potencias europeas, relegadas a comparsas y aportando un nivel ínfimo de fuerzas sólo importante para mantener la solidez de la alianza y el carácter ‘sujeto a derecho’ de una intervención, que avalada por la ONU, buscaba la liberación de kuwait mediante el uso de la fuerza. Dicho sea de paso, ese consenso nunca ha vuelto a conseguirse en el resto de intervenciones y, casualmente, tampoco han vuelto a ser bendecidas con los laureles de la victoria.

Si bien los británicos llevaron a cabo la reconquista de las malvinas (en tiempos de la guerra fría y con un presupuesto muy superior al actual) y Francia ha liderado, por iniciativa política propia, la intervención en Mali, lo cierto es que Europa necesita reforzar su capacidad de actuar como un todo en base a capacidades militares propias, o aportadas por sus miembros mediante delegación de la soberanía sobre las fuerzas militares, incluso mediante la organización de fuerzas, conjuntas o no, específicas para aportar las capacidades demandadas, aunque estas sean parciales.

De lo contrario, el papel de comparsas nos llevará a ser una especie de fuerzas de ‘segunda línea’ o fondo de armario de EEUU en sus aventuras militares. Aun así, la capacidad de aportar capacidades parciales del más alto nivel, interoperables con el resto de socios, garantiza a pequeñas naciones aliadas (todas salvo Reino unido o Francia) una aportación útil a la defensa común, y con ello el rédito necesario para que estas naciones mantengan su voz en los órganos de decisión. Sobre estos últimos basculará finalmente la credibilidad de defensa de estas naciones, que no se entiende fuera de dichas organizaciones.

Este podría ser el caso de España, si bien para completar dicho proceso debería soslayar las limitaciones legales y diplomáticas que hacen que, por ejemplo, nuestros territorios africanos estén fuera del tratado del atlántico norte. No obstante el potencial bélico de naciones como Argelia o Marruecos, y la amenaza que representan, coincide plenamente con los objetivos que cubre el mismo, aunque sea por la inevitable implicación del territorio continental en un posible conflicto regional.

Esto no sucedió con la crisis de Perejil porque la iniciativa de Marruecos, el simbólico desembarco de una docena de gendarmes en aquel peñasco, fue un tanteo a la determinación del gobierno español en garantizar la soberanía de aquel territorio baldío, y de cuya respuesta no sobrevino acción alguna, por lo que la crisis se cerró en el plano diplomático, eso sí, a partir del hecho consumado de la intervención española.

Acciones bélicas de mayor intensidad habrían traído nefastas consecuencias (como todo conflicto) y sin duda, la intervención de los aliados ante la amenaza que se vertía sobre nuestro territorio, nada más ver el despliegue preventivo de misiles ABM en Turquía para ver en acción la política de ‘contención’ de la OTAN ante conflictos regionales.

No obstante, España siempre mantendrá este asunto como una parte capital de su política de defensa, por lo que debe garantizar la adecuada disuasión. El resto de las misiones que llevan a cabo las FAS con profesionalidad y eficiencia en los últimos 30 años, dentro de sus posibilidades, están orientadas a la proyección de fuerzas al exterior, integradas a su vez en estructuras operativas y mando de carácter multinacional.

M1A1 SA Abrams de Marruecos

 

 

LOS PILARES DE LA DEFENSA

Como es bien sabido por todos los lectores, España ha renunciado a las armas nucleares, bacteriológicas y químicas como instrumento de guerra, por lo que basa su disuasión para mantener su integridad territorial y la estabilidad (política y económica) en su zona de influencia, así como las vitales importaciones de mercancías estratégicas, en tres pilares fundamentales:

  • La presencia avanzada de fuerzas terrestres en los territorios en litigio.
  • La potencia de combate de su fuerza aérea.
  • La capacidad de dominio del mar.

Cada uno de estos tres pilares es responsabilidad de una de las ramas de las fuerzas armadas, así pues el Ejército de tierra mantiene una importante presencia en las islas canarias, las ciudades autónomas en suelo africano (Ceuta y Melilla) y destacamentos permanentes en los islotes y peñones de soberanía frente a la costa de Marruecos.

Por su parte el ejército del aire cuenta con una de las mejores redes de vigilancia radar, mando y control de Europa (por algo el único mando de gran nivel OTAN en España es el CAOC de Torrejón de Ardoz) junto con medios ofensivos y defensivos (artillería antiaérea, perteneciente al ET) blindando así el espacio aéreo español de amenazas de todo tipo (incluso ABM) y con un poder de combate muy superior a la de sus vecinos, cifrada a día de hoy, y pese a los menguantes presupuestos, en más de 150 cazabombarderos de última tecnología.

Por último la Armada española dispone de una flota infinitamente superior a la de los países del norte de África, capaz de actuar en aguas litorales ante amenazas aéreas gracias a modernos destructores AEGIS (fragatas en terminología nacional) y de negar el tránsito marítimo (bloqueo) a cualquier vecino, debido entre otras cosas al control del accidente geográfico del estrecho de Gibraltar, la puerta del Mediterráneo. Igualmente, dispone de una fuerte fuerza anfibia, capaz de actuar sobre la costa enemiga, lo que es un valor estratégico de primer orden, y capacidad aeronaval.

Esto, unido a la presencia del archipiélago canario en la costa atlántica, frente al África subsahariana, permite a España dominar este entorno estratégico, que es la mayor amenaza a la estabilidad de la región y fuente de no pocos focos de tensión, desde las crisis migratorias a la proliferación de grupos terroristas. Otra cuestión es que el poder político carezca de iniciativa para intervenir, no así Francia, que lleva el peso de las operaciones en Mali y que siempre se ha mostrado dispuesta a hacer valer su influencia en esta zona del mundo, a la que tan unida está desde los tiempos de la colonización del continente negro.

Para apoyar estas capacidades, o mejor dicho hacerlas efectivas, España ha potenciado la inteligencia estratégica (satélites, UAV MALE) y la capacidad de guerra electrónica (programa Santiago) como los verdaderos potenciadores de fuerza que aseguren la superioridad en el enfrentamiento.

Como talones de aquiles citaremos precisamente el debilitamiento de ciertos sistemas EW (como la capacidad ELINT de largo alcance, a bordo de aviones de gran porte) la limitada capacidad de los sistemas ABM (patriot PAC2 y AEGIS) y la escasez de medios ASW, desde la flota de submarinos propia, en un momento muy delicado por culpa de los retrasos del programa S80, a los medios de lucha ASW más avanzados (aviones MARPAT y buques con sónares activos) que urge renovar.

Otro elemento de gran valor estratégico es la capacidad de proyección, si bien luego las operaciones militares o la amenaza que se pueda combatir sea de tipo regional, asimétrica y hasta no requerir operaciones militares, como fuerzas de interposición de la ONU o ayuda a catástrofes.

Sin embargo no debemos confundir la disuasión estratégica con la capacidad de actuación estratégica, que va ligada principalmente a desplegar fuerzas tácticas en cualquier parte del globo. Esta capacidad se mide principalmente en términos logísticos.

Tanto si se opera en pos de intereses propios como si se hace como parte de una coalición, la capacidad de exportar nuestras capacidades militares se antoja fundamental como complemento de nuestra política de defensa.

Ciertamente, el mundo globalizado actual y los intereses económicos y políticos, a veces tan lejanos como imprevistos (véase la forma en la que el conflicto que ha implicado a Arabia saudí en Yemen ha llegado a convertirse en un terremoto político en España) obligan a disponer de capacidades de ámbito global. Sin embargo, está fuera del alcance de nuestro país amalgamar un conjunto de capacidades lo suficientemente equilibrado y potente como para liderar una intervención militar lejos de nuestras fronteras.

A este respecto, las fuerzas armadas disponen de unas fuerzas y unas capacidades muy concretas, ya puestas a disposición de la UE y la Alianza atlántica, que implican principalmente al Ejército de tierra.

Así, más allá del despliegue preventivo al que hacíamos mención, el Ejército dispone de un cuerpo de ejército liderado por el CGTAD, una organización dual con un componente exclusivamente nacional y otro propiamente internacional, verdadero HQ NRDC-ESP, o cuartel general de reacción rápida de la OTAN, de entidad cuerpo, mando componente terrestre (LCC HQ) o mando conjunto eminentemente terrestre (JTF[L] – HQ) de ámbito operacional.

Adscrito al mismo, el volumen de fuerzas a asignar consiste en los apoyos logísticos, de fuegos e inteligencia de este nivel y una entidad divisionaria como principal fuerza de maniobra (disponemos de dos en diferente grado de preparación/alistamiento) siendo el resto de unidades, hasta completar el citado cuerpo, previsiblemente aportadas por otros aliados, que quedarían bajo mando del CG español.

Evidentemente este volumen de fuerzas (dos divisiones con un total de 8 brigadas y más de 30 batallones de infantería) sólo se entiende dentro de este planteamiento de uso expedicionario, que somete a la fuerza a periodos de gran actividad, por lo que deben asegurarse las necesarias rotaciones y periodos de descanso.

Tal es así, que bajo el mando del CGTAD generalmente se situará una sola brigada reforzada, como se ha establecido para la fuerza de muy alta disponibilidad de la OTAN o para la fuerza de intervención inmediata de la UE (los llamados battleGroup) como ya ha sucedido cuando nuestro CG proyectable ha sido activado (con ambas organizaciones).

A estas fuerzas terrestres se sumarán los buques de guerra y transporte que se estime oportuno, de los que el más importante es el LHD ‘juan carlos I’ cuyo proyecto fue llamado de forma significativa ‘buque de proyección estratégica’ o BPE, destinado no solo a reforzar los medios aeronavales y anfibios (relevó al portaaeronaves príncipe de asturias y a los LST) si no también un refuerzo de las capacidades de transporte de medios terrestres.

Igualmente, la armada tiene en marcha diversos programas para mantener los compromisos citados hasta ahora, que pasan por sustituir las fragatas F80 por otras con capacidades mejoradas (incluida una vuelta a la lucha ASW) la renovación de las aeronaves en servicio, la sustitución urgente de los submarinos y, de forma indirecta, los transportes logísticos, ya que aunque operados por la Armada, son una responsabilidad (y propiedad) del Ejército de tierra.

Respecto a los elementos aéreos, gracias al carácter expedicionario que ha alcanzado el Ejército del aire, generalmente su aportación se centrará en desplegar un escuadrón de caza (siempre que el escenario permita tal despliegue a una base aérea del país anfitrión o una aliada cercana al mismo) con sus medios de apoyo, incluida su defensa inmediata, y a la capacidad de transporte aéreo en favor de los contingentes de los tres ejércitos, para lo que contará con los nuevos Airbus A400M, un cuatrimotor de alcance estratégico capaz de cargar hasta 37 ™.

Sin embargo, la pretensión de dotarse con cisternas de largo alcance para sostener estos despliegues aéreos no se ha cumplido, y con ella el compromiso adquirido con nuestros socios en este sentido. Es por ello que el EdA insiste desde 2015 en la adquisición de al menos 3 Airbus A330 MRTT.

Igualmente, la capacidad de patrulla marítima, inicialmente destinada a operar en la ZEE propia, han sufrido un gran desgaste debido a su implicación en misiones internacionales, como Atalanta o Sophia, y urge su renovación, tanto por las misiones a las que debe atender en territorio nacional como por estas otras de carácter internacional, agravadas por la creciente actividad de Rusia, después de muchos años desaparecida tras el colapso de la URSS.

En este caso, los plazos nos han pillado a pié cambiado, las limitaciones presupuestarias, la falta de un medio europeo que impulse el siempre necesario ‘apoyo industrial’ que rige todos nuestros programas de defensa y el acelerado desgaste de los VIGMA (aviones de transporte transformados para patrulla marítima y que están sufriendo muchos problemas de corrosión) han llevado la flota al límite.

España participa en el programa lanzado por Francia y Alemania para un avión MARPAT basado en el A320, si bien no estará disponible antes de 2030 mientras que los P3 actuales serán dados de baja mucho antes.

Precisamente la misma historia acaecida con los cisternas y el avión de guerra electrónica, sobre plataforma boeing 707, que simplemente no aguantaron más (no garantizaban la seguridad en vuelo) siendo dados de baja antes de poder programar una sustitución.

Esta situación, y otras similares, no son un problema de planificación del ministerio de defensa, si no de la crisis económica, que obligó a reprogramar los programas en curso, alargando los plazos de pago e impidiendo lanzar otros nuevos. Tal es así que aún hoy no se ha terminado de pagar sistemas como las F100 o los carros leopardo, y hay pendientes de recepcionar aviones Tifón, blindados pizarro (zapadores) o helicópteros tigre y NH90, pese a los años transcurridos desde su inicio.

La situación es de tal gravedad que amenaza con colapsar la capacidad de defensa para renovar los sistemas básicos que garantizan la operatividad de las FAS, de tal forma que el grueso de la fuerza terrestre aún viaja a bordo de vetustos TOA, BMR o Aníbal (de hecho solo se dispone del 20% de los VLTT VAMTAC presentes en plantilla) y no hay programa de relevo de los entrenadores C101, fundamentales para la formación de pilotos, a dar de baja a partir de 2021, o de los medios SAR, cuyos aviones (como hemos visto) y helicópteros están bajo mínimos, en este caso agravado por numerosos accidentes que, desgraciadamente, incluyeron siete víctimas mortales.

Es evidente que no habrá dinero para todo, por lo que algunas capacidades se perderán inexorablemente; la cuestión será determinar cuáles.

Por otra parte, la estrategia de España se apoya fundamentalmente en su participación en las diferentes alianzas, debiendo asegurar la coordinación de sus esfuerzos y a las que debe aportar ciertas capacidades, incluidas algunas que suponen la transferencia de autoridad (cesión de soberanía) sobre material o personal.

La más conocida de estas fuerzas es la unidad de alerta temprana OTAN (NAEW), pero existen otras aún más ambiciosas, como el EATC (mando conjunto de transporte aéreo, abastecimiento y MEDEVAC) que incluye aportaciones de varios países europeos a un órgano operativo común que, como novedad, forma parte de los organismos operativos de las diferentes naciones, es decir: el EATC forma parte integral de las capacidades de los países miembros. Igualmente, recibe las órdenes de misión a satisfacer, pero decide la forma y los medios con que cumplirlas, dentro de una visión de conjunto que favorece la operatividad de la fuerza (por ejemplo puede fusionar dos misiones de transporte de tal modo que un avión cargado en un trayecto vuelva a su base con otro cargamento en lugar de hacerlo de vacío) y cubre las carencias de algunos países en medios al poder disponer de los de otro socio, siempre que el balance global de explotación de las diferentes flotas nacionales, llamado horas de vuelo equivalentes (HVE), sea equitativo.

Sin ir más lejos, este mando a permitido a España disponer de cisternas estratégicos para sus despliegues a, entre otros, los ejercicios Red Flag (como vemos, una necesidad soberana no sujeta a la activación de ningún tratado vinculante) con el apoyo de KC-767 italianos.

Igualmente se ha establecido una fuerza multinacional liderada por Alemania para la adquisición y operación de aviones cisternas, la MMF. Esta fuerza multinacional no recibe aviones de las naciones, ya que estos son propiedad de NSPA (Agencia de adquisición y apoyo de la OTAN) si no el soporte económico para adquirir por parte de los miembros de un determinado cupo de horas de vuelo (de libre disposición) anuales, que gestiona la unidad de mando del MMF o MMU (MMF military unit) y que, igualmente, puede integrarse en un mando operativo superior, como el EATC, que gestionará las misiones a desarrollar, así como el cómputo de horas en favor de terceros (todos los miembros del MMF forman parte del EATC, no así al contrario)

Este sistema tiene como gran ventaja la posibilidad de concentrar dichas horas en momentos puntuales (o picos de actividad, según las necesidades propias de cada nación) hasta el límite que permita (disponibilidad) la flota conjunta, y que es mucho mayor que la aportación individual de cualquiera de los miembros.

Todas estas fórmulas, enmarcadas dentro de la política ‘pooling and sharing’ impulsada por la UE en el ámbito de la defensa (o lo que es lo mismo, colaboración en capacidades compartidas bajo una voluntad común) en alguna o todas sus áreas de aplicación (adquisición, mantenimiento, adiestramiento y operación) permiten una mayor disponibilidad de medios, sinergias en operatividad, mantenimiento y coordinación entre los diferentes aliados y disminuye los costes, tanto los de adquisición en propiedad de los sistemas, como su sostenimiento a lo largo del ciclo de vida. Como contrapunto, salvo en el caso del EATC, no permiten el apoyo industrial nativo (una parte importante de los beneficios asociados a las inversiones en defensa tan socorridos para el poder político que las aprueba) sin el preceptivo concurso público de ámbito internacional (donde la competencia es mayor, lógicamente) ni la libertad de gestión de la flota por parte del operador como si fuera el propietario de las aeronaves.

Aun así, si las mencionamos es como posibilidad para que España acceda a capacidades que, simplemente, no podría costearse en solitario.

Decisiones de este tipo, que como decimos suponen una transferencia de autoridad o soberanía de los medios (cuando no convertirse en mero operador de una flota ajena, como sucede con el leasing) y una vocación eminentemente internacional, siempre son difíciles. No obstante, gran parte de estas capacidades están asociadas a nuestra implicación en los organismos internacionales, y no a cubrir necesidades propias (amenaza no compartida) que pudiéramos acometer sin el apoyo militar (aunque sí en el plano diplomático, sin el cual probablemente no moveremos un dedo) de nuestros socios. Al respecto podemos recordar que algunos de estos organismos internacionales aseguran el uso de los medios sin discriminación de los motivos o actuaciones de la nación que los solicite, siempre que esta tenga personal suficiente adscrito a la unidad para operarlos sin necesidad de otros.

Esta es la clave de la futura estrategia de defensa española; combinar capacidades irrenunciables para garantizar la disuasión nacional con otras que aumenten el peso político de España ante sus aliados mediante la aportación de otras capacidades de gran calado y compromiso político (operaciones especiales, capacidad ABM, CGTAD, aviación embarcada, etc) así como delegar en organismos externos otras que no se consideren fundamentales o que no tengan razón de ser si no es en el ámbito de la colaboración europea o trasatlántica.

El Eurofighter podría formar parte de una dupla perfecta junto al F-35
El Eurofighter podría formar parte de una dupla perfecta junto al F-35. Foto – Airbus

 

 

LA ACCIÓN CONJUNTA

Una de las características que ha definido la evolución de nuestras fuerzas armadas ha sido el uso y mando conjunto de las unidades militares.

En 1980 se crea el EMACON, o estado mayor conjunto, al frente del cual se situaba el presidente de la junta de jefes de estado mayor, antecedente inmediato de la creación del JEMAD, cuatro años más tarde.

Sin embargo, no será hasta 2005 en el que se le dote de un CG de apoyo al ejercicio del mando, el EMAD, y habrá que esperar aún más, hasta 2014, para ver en acción un órgano capaz de ejercer el planeamiento y la dirección de operaciones conjuntas, el Mando de operaciones o MOPS.

Igualmente de carácter conjunto son el nuevo mando de ciberdefensa, el centro de inteligencia de las FAS o el también reciente mando conjunto de operaciones especiales.

Así pues, del JEMAD depende el mando operativo, la planificación y la conducción de operaciones al más alto nivel, de él emanan las necesidades de las FAS y las misiones que deben cumplir. El problema surge a la hora de ejecutar estas órdenes y de las reticencias de cada estamento a ceder el control operativo de sus medios en virtud de necesidades que no son propias.

Uno de los programas más relevantes para la acción conjunta fue sin duda el BPE, definido de esta forma (buque de proyección estratégica) pese a ser un buque anfibio convencional, por el ministerio de defensa en virtud de la necesidad de disponer de un medio capaz de trasladar contingentes de todo tipo a los escenarios que fueran necesarios. Sin embargo el concepto no parece haber dado el resultado apetecido.

Diseñado con unas capacidades que excedían las necesidades de la infantería de marina y homologado para transportar todo el material del Ejército de Tierra, incluidos helicópteros, lo cierto es que las actuaciones en este ámbito han sido más bien escasas, sobresaliendo precisamente el traslado de helicópteros de las FAMET para la misión de apoyo a Irak.

Por contra, la multitud de maniobras y despliegues que, de manera novedosa, han incluido fuerzas pesadas del Ejército, como el despliegue en letonia y maniobras OTAN de gran envergadura en diferentes puntos del globo, tales que las Trident Juncture (Noruega) no han podido contar con el flamante buque de la armada ni con ninguno de los otros transportes anfibios (LPD), requiriendo de los buques logísticos que posee el propio Ejército o incluso tener que contratar barcos civiles.

Como decimos, el Ejército tiene sus propios barcos desde hace muchos años (suele adquirir mercantes civiles de segunda mano) para trasladar sus contingentes, especialmente desde las guarniciones insulares y africanas a la península (con motivo de maniobras y ejercicios).

Ante la vejez y falta de capacidad (volumen y alcance) de estos medios, el ET ha remitido un requisito de sustitución, con la misma fórmula empleada hasta ahora (control del ET, operación por personal de la AE).

La famosa conjuntez, representada por EMAD como mando operativo y DIGAM como órgano de gestión y adquisición, lejos de suprimir estos medios en favor del uso y amortización de los buques de la Armada, está planteandose cubrir esta necesidad con la construcción de buques RO-RO completamente nuevos (sin duda para favorecer a la industria, más que al propio Ejército)

No es el único caso, la Armada mismamente cuenta con una escuadrilla de aviones de enlace y transporte (Cessna citation) y ha demandado en numerosas ocasiones ampliarla con medios de más porte, como el C295, en lugar de requerir los ‘servicios’ de los flamantes transportes del Ejército del Aire, cuyo coste ha hecho palidecer a los sufridos contribuyentes.

Por su parte el Ejército de Tierra recientemente ha decidido reactivar un servicio de inteligencia propio, ajeno al CIFAS, empeñado en que necesita este organismo para garantizar la ‘seguridad’ de sus tropas en el exterior.

Todos estos ejemplos inciden en el mismo problema, la falta de voluntad de los tres ejércitos para ceder cuotas de poder en cuanto a capacidades, personal, material o fondos para llevar a cabo cualquier misión, lo que provoca no pocas redundancias; algo prohibitivo dadas las restricciones presupuestarias.

Ejercicio llevado a cabo por las FAMET en el que se transportan por vía aérea obuses de 105mm. Transportar artillería por vía aérea es un error al distrar los preciados y escasos helicópteros de tareas más importantes
Ejercicio llevado a cabo por las FAMET en el que se transportan por vía aérea obuses de 105mm. Transportar artillería por vía aérea es un error al distrar los preciados y escasos helicópteros de tareas más importantes. Foto – Ministerio de Defensa

 

 

LA FLOTA

Una de las principales capacidades que tienen las fuerzas armadas, tanto para el esfuerzo común como para garantizar nuestros intereses en todo el globo, es la flota. Ciertamente, los buques de guerra de la armada son, en muchas ocasiones, un valor insustituible; como lo han sido a lo largo de toda nuestra historia.

No solo las fragatas F100 son los buques antiaéreos más capaces de Europa e interoperables con los grupos de batalla de la US NAVY, también conservamos una fuerza anfibia (buques y tropas) prácticamente sin parangón en el viejo continente, con uno de los mejores buques LHD en servicio y una eficiente aviación naval.

No es menos cierto que el sostenimiento de esta fuerza no se entendería sin la capacidad industrial propia en el desarrollo y construcción de buques militares, representado por Navantia. Al contrario que otras industrias implantadas en España, pero de capital extranjero, la SEPI mantiene un importante paquete de acciones de Navantia, por lo que es en gran parte una responsabilidad del estado y un valor estratégico en sí mismo, y así lo han entendido todos los gobiernos de la democracia pese a que la empresa parece incapaz, pese a su éxito exportador, de salir de los números rojos.

De este entendimiento mutuo (las partes que se necesitan están condenadas a entenderse) ha resultado que la Armada española sea hoy una eficaz herramienta de la política exterior de España y un valor añadido en la participación de nuestro país en las organizaciones internacionales.

A pesar de ello, la crisis económica ha pasado factura a la fuerza, que tiene algunas carencias. Como hemos mencionado anteriormente, los retrasos en el programa S80 están haciendo peligrar al ‘arma silenciosa’ pese a que, nuevamente, la apuesta tecnológica y doctrinal ha sido muy alta: El S80 se ha diseñado para ser el SSK más avanzado del mundo, gracias a su sistema AIP de alto rendimiento, único en su género, que emplea bio-etanol.

De conseguirse, España podrá por fin sortear una de las carencias más importantes para ser una marina de primer nivel, la del submarino nuclear, ya que los nuevos sistemas AIP prometen unas grandes actuaciones en cuanto a sigilo (menos ruidosos y sin necesidad de emerger a cota periscópica) y capacidad oceánica.

La otra pata del poder naval reside en la aviación embarcada, siendo España uno de los cuatro países europeos que dispone de este recurso. El ‘Harrier’, no obstante, necesita un relevo, y el coste y complejidad de su sucesor, el F35B, amenaza con dejar a la Armada sin este valioso valor estratégico.

Muchos analistas ponen en duda la necesidad de aviación embarcada debido a las limitaciones de la plataforma, el JCI. Si bien es el mismo esquema que plantea el USMC, que aspira a poder operar con sus unidades expedicionarias de marines sin necesidad del apoyo de los grandes portaaviones dentro de los escenarios previsibles del futuro, de carácter híbrido y baja intensidad.

Es cierto, sin embargo, que para que la fuerza aeronaval sea eficaz debe tener persistencia, es decir la capacidad de alistar permanentemente un conjunto aeronaval. Esto no es posible con un único buque ‘portaaeronaves’, por lo que sería necesario un segundo LHD para sortear los periodos de inmovilización de los barcos y mantener no solo la capacidad de desplegar, también las necesarias calificaciones de los pilotos navales y la importante capacidad de transporte estratégico de contingentes terrestres.

Dentro de estas calificaciones, y para acabar de justificar la necesidad de otro buque podemos citar la creciente demanda de países como Francia por colaborar con nuestras FAMET, otra de las fuerzas que más ha crecido en capacidades en los últimos años. La presencia de aparatos punteros como el CH47 chinook, los NH90 Caimán o los Tigre, han supuesto un salto cualitativo enorme y su embarque en los buques para su despliegue exterior un procedimiento habitual.

Igualmente, el JCI ha sido declarado ‘apoyo preferente’ por la fuerza expedicionaria del USMC para África, sita en Rota, incluyendo la calificación para operar los V22 Osprey de este servicio.

Tampoco debemos olvidar que medios complementarios, pero necesarios, para operar capacidades anfibias, logísticas y aéreas, como los LPD o AOR, están duplicados. Así pues la presencia de un segundo LHD permitiría a la flota disponer de dos núcleos equivalentes (formados por un LHD, un LPD y un AOR, más sus escoltas) que roten en las respectivas misiones y/o ratios de disponibilidad, sin detrimento de emplear los medios en solitario (Fragatas, AOR, LPD) pues no forman una agrupación rígida (como era el grupo alfa) e incluso pueden reunirse para una gran operación.

En tal caso la disponibilidad máxima podría situarse en tres de los cuatro buques anfibios, lo que supone al menos 1500 hombres embarcados y 25 aeronaves, sin duda una fuerza a tener en cuenta.

De esta forma podemos concluir que dos LHD permitirían a España mantener siempre uno en servicio, y emplearlo indistintamente como plataforma para aviones V/STOL, helicópteros o desplazar contingentes terrestres, con unos costes operativos reducidos, que pueden disminuir aún más cuando las misiones no demanden estos grandes buques, pues se dispone además de dos LPD capaces de operar con cuatro helicópteros pesados, un EM embarcado, servicio hospitalario y capacidad para un batallón reforzado, incluídos carros de combate.

Tampoco debemos olvidar los buques logísticos del Ejército de tierra, a los que ya hemos hecho mención. Construidos bajo estándares civiles e incluso operados por personal civil (como la real flota auxiliar británica) tendrían capacidad oceánica y mejoras en la habitabilidad del personal durante las travesías, incrementando la capacidad logística de las FAS sin incrementar los buques anfibios propiamente dichos.

En cualquier caso hay que tener claro cuales son las necesidades en cuanto a capacidad de transporte y, sobre todo, disponibilidad, para establecer la cantidad y tipo de buques adecuados.

En lo que respecta al arma submarina, el proyecto S80 acumula retrasos y sobrecostes, y sobre todo un cierto grado de incertidumbre sobre la eficacia de su planta AIP, hasta el punto de tomarse la decisión de no retrasar más la botadura de los primeros dos submarinos, que entrarán en servicio sin ella (se les instalará a posteriori).

Aparte de dichos problemas, toda la estrategia que dio origen al S80, prescindiendo de la tecnología francesa para posicionar a Navantia como diseñador de submarinos, no podrá consolidarse si la flotilla de submarinos no incorpora una segunda serie, de tal forma que, como las fragatas, se solapen ambas en los calendarios de diseño/producción.

En nuestra opinión debería reducirse la serie S80 a tres sumergibles, que se botarían sin AIP (todo ello para reducir los costes de dicho programa) para desarrollar una serie S90 con esta tecnología, más madura, integrada desde el inicio. El tiempo nos dirá si procede modernizar con esta tecnología los S80 ya en servicio o explorar otras vías más sencillas y económicas, como integrar baterías de Litio.

Dentro de las capacidades que España debería incorporar a sus buques está el ataque estratégico de largo alcance con completo sigilo, representado por los misiles de crucero como el Taurus (ya disponibles para la plataforma EF18M) y que deberían integrarse en los nuevos submarinos, pese a que se ha desestimado para los actuales S80 plus.

Buque de Proyección Estratégica L-61 "Juan Carlos I" de la Armada Española
Buque de Proyección Estratégica L-61 “Juan Carlos I” de la Armada Española. Foto – W. Edlmeier

 

 

EL FACTOR ESTRATÉGICO DEL PODER AÉREO

Como hemos visto, la fuerza aérea representa el principal baluarte con el que cuenta la nación para ejercer la disuasión y mantener un balance militar favorable en el entorno regional del mediterráneo occidental.

La implantación de una política aeronáutica sólida, los retornos industriales de programas como el FACA o el EFA y la importancia de las factorías de Airbus, antigua CASA, en el desarrollo de algunos modelos, han hecho que España mantenga una poderosa fuerza aérea, si bien las necesidades industriales han pesado demasiado, lo que unido a los retrasos en la ejecución de proyectos muy complejos, han provocado un cierto desfase entre sus diferentes capacidades, por lo que algunas son sobresalientes y otras, en cambio, están al borde del colapso o directamente se han perdido.

Obviamente, la primera intención puede ser corregir este desfase pero, como veremos, no es tan sencillo.

El poder aéreo, como cualquier fuerza militar, se divide en tres grandes áreas de actuación, a saber:

  • Los medios materiales, que requieren un proceso continuo de renovación tecnológica, más en el caso de los aviones de combate, para mantenerse punteros y eficaces.
  • El personal, incluido su adiestramiento y preparación, para el empleo eficaz de los medios aéreos.
  • El mantenimiento, tanto preventivo como correctivo, de capital importancia en medios tan complejos y que afectan no solo a la operatividad, si no a la seguridad en vuelo.

De nada servirán las aeronaves más avanzadas si no se dispone de personal y presupuesto adecuados para su operación y entretenimiento. Ya en este punto empiezan a surgir problemas, pues de entre los programas de armamento, los grandes olvidados han sido los medios de entrenamiento. Curiosamente dentro de las aportaciones que España realiza a la alianza, una muy importante, como resultado de algunos factores entre los que se incluyen la capacidad puntera en el área de la simulación y unas condiciones meteorológicas envidiables; es la de preparación del personal. Así podemos citar el programa TLP o ‘Tactical leadership programme’ de entrenamiento avanzado de pilotos de combate, en Albacete; o el centro europeo de transporte táctico avanzado (ETAC), con sede en Zaragoza.

Aun así podemos ver que todas y cada una de las escuelas del Ejército del Aire tiene necesidades pendientes de cubrir, como son:

  • Los Tamiz y C101 de la escuela elemental y básica del EdA, en San Javier.
  • Los C101 y C235 adscritos al GRUEMA, o grupo de escuelas de matacán, para los cursos de polimotores, movimiento de cargas, control aéreo avanzado, calibración de radioayudas, etc.
  • Los EF5M de la escuela de caza y ataque (ala 23) en Talavera la real.
  • Los C212 de la escuela de paracaidismo (721 escuadrón).
  • Los Ec120 colibrí de la escuela de helicópteros de Armilla (ala 78), a la sazón escuela unificada de vuelo de helicópteros de las FAS.

Antes que abordar otras capacidades operativas, urge mantener este importante valor relacionado directamente con el buen hacer y profesionalidad, contrastado a nivel internacional, del personal del EdA.

Igualmente es de vital importancia recuperar las capacidades de inteligencia y guerra electrónica, así como las funciones básicas de apoyo a la acción del estado y los compromisos contraídos con la comunidad internacional, como la cobertura SAR o la patrulla marítima (asociada a operaciones militares o policiales, como la colaboración con Frontex) que idealmente debería centralizarse en un único servicio.

Ciertamente, las necesidades en este campo se han ido cubriendo por diferentes organismos públicos sin coordinación alguna, multiplicando los medios y los gastos de mantenimiento.

Así, podemos encontrar aviones PMA en la agencia tributaria, SASEMAR, EdA o servicio aéreo de la guardia civil; igualmente los aviones de extinción de incendios del 43 grupo de FFAA, hoy integrados operativamente en la UME, son parcialmente propiedad y responsabilidad (operativa) de Medio ambiente, que cuenta con una amplia flota de medios de este tipo.

A estos problemas se suman los propios de la vertebración del estado. Las competencias de las CCAA en muchas de estas tareas, desde la seguridad ciudadana a la lucha contra incendios, la asistencia a la flota pesquera y la aeroevacuación sanitaria, con múltiples flotas dedicadas a estos cometidos a lo largo de la geografía española, no hace sino aumentar la importancia de cuerpos como la guardia civil, el SAR o la UME, como herramientas que conserva el gobierno para actuar en el conjunto del territorio nacional en caso de crisis o como refuerzo de las capacidades de otros estamentos civiles, sin olvidar el ámbito jurídico en el que se puede desempeñar una fuerza militar.

Si a esto sumamos que la mayor amenaza que enfrenta la nación para su supervivencia no es de carácter estrictamente militar (los movimientos nacionalistas, la inmigración ilegal o el terrorismo) seguramente sea el momento de estudiar seriamente la creación de un quinto ‘ejército’ dentro de las fuerzas armadas, aparte del Tierra, Aire, Armada y GC.

Entre otras cosas, España es la sede del TLP, programa de formación avanzada que da a nuestros pilotos la posibilidad de interactuar con otras fuerzas aéreas punteras. Foto - Alberto Velasco Gil
Entre otras cosas, España es la sede del TLP, programa de formación avanzada que da a nuestros pilotos la posibilidad de interactuar con otras fuerzas aéreas punteras. Foto – Alberto Velasco Gil

 

 

LA FUNCIÓN DE LAS FUERZAS TERRESTRES

Si hay una rama de las FAS que ha sufrido más cambios ese es sin duda el Ejército de Tierra. El proceso de la profesionalización lo afectó profundamente (no podía ser de otra forma en la fuerza con mayor personal de tropa en términos absolutos y relativos) y lleva 25 años encadenando procesos de adaptación a circunstancias cada vez más restrictivas, tanto en la disponibilidad de personal (plantillas aprobadas por el gobierno) como en la renovación del material.

Ciertamente, en los últimos años el interés industrial ha marcado el paso a las FAS a la hora de su modernización, y en este aspecto los sistemas más punteros y costosos, y que han supuesto el mayor esfuerzo para defensa, han beneficiado a la Armada y el Ejército del Aire.

No es que el ET haya carecido de grandes programas, como la renovación total de las FAMET (aeronaves al fin y al cabo) o los programas Leopardo y Pizarro; curiosamente los más afectados por un proceso de cambio geoestratégico que los ha relegado a un segundo plano en favor de otros medios hoy considerados prioritarios, sin duda debido a las necesidades operativas de otro de los grandes factores que han influido en la estructura de la fuerza: las misiones en el exterior.

Ciertamente, las necesidades evolucionan muy rápidamente, y solo los ejércitos con mayor presupuesto pueden adaptarse con la suficiente velocidad, al tiempo que generan una doctrina de empleo de las fuerzas militares que sus socios y aliados intentan emular, pese a que tal vez no respondan a sus necesidades y, como decimos, sus posibilidades económicas.

La llegada por procedimiento urgente de los MRAP, pocos años después de someter a los BMR 600 de una modernización que se demostró inútil ante las nuevas amenazas o la llegada de 250 puestos de tiro Spike o artillería remolcada; ha supuesto, al igual que la inversión en VCI Pizarro, un lamentable desfase entre los programas de adquisición españoles y las necesidades reales, a las que siempre parecemos llegar tarde o no analizar con la suficiente premura.

Respecto al personal, las sucesivas reestructuraciones han reducido sensiblemente el volumen de la fuerza, no debemos olvidar que ya en el año 1983 el plan META supuso una reducción del 50% de la fuerza junto con una verdadera revolución organizativa que pretendía sustituir una estructura territorial por otra de tipo funcional.

Después vendría la reducción del SMO a nueve meses, adaptando nuevamente la fuerza a una reducción de personal (permanencia) del 20%, denominado plan RETO. Finalmente el plan Norte culminaría el proceso al adaptarla a la profesionalización, solicitada con carácter de urgencia por el gobierno, y que supuso una nueva reducción de fuerza, solventada con la creación de una reserva con baja cobertura de personal (la fuerza de defensa operativa del territorio o DOT) para ser reactivada en caso de crisis y que acabaría por desaparecer pocos años después.

Así pues en 35 años hemos pasado de una fuerza de 250.000 hombres a otra de poco más de 75.000 y de una estructura territorial, basada en capitanías generales, a otra funcional con mandos operativos bajo el criterio de las capacidades.

Pese a ello, la mayor parte de los sistemas de armas están anticuados y necesitan una renovación, es más, parte de ellos están sometidos a un proceso de inmovilización para reducir los costes de mantenimiento (el 50% de los blindados) o sus existencias se sitúan por debajo del 25% de las plantillas aprobadas (VLTT), es evidente que no se ha hecho lo suficiente y corresponde tomar medidas correctoras. En este contexto y teniendo en cuenta las carencias existentes, incorporar mil nuevos blindados (VCR 8×8) no parece lo más racional; habría que preguntar al JEME si aspira a inmovilizar 500 de estos vehículos nada más ser entregados.

La situación ha llegado hasta tal punto que el JEMAD llegó a plantear una fuerza de intervención cifrada en apenas 10.000 hombres (de los tres ejércitos) pasando el resto a una situación de baja operatividad, que como nos recuerda la DOT, es el paso previo a su desaparición. Otros países han optado por los reservistas para poder aumentar las fuerzas militares en casos de crisis; según el MdD España cuenta con 50.000, pese a lo cual no hay vacantes en unidades de la fuerza diseñadas para ser cubiertas con este personal a ‘tiempo parcial’.

Otro de los problemas de la fuerza es el nivel de ambición operativo terrestre, que se sitúa en un mando de primer nivel, Cuerpo de ejército, a disposición de la OTAN, con un CG desplegable de tipo internacional y otro exclusivamente nacional, como si España tuviera la capacidad real (y necesidad) de poner en armas un cuerpo de ejército. Este nivel impone ciertas servidumbres en unidades de apoyo que son insostenibles.

Otra cuestión importante, que consume no pocos recursos, es la permanencia de dos fuerzas claramente diferenciadas, la fuerza expedicionaria, en forma de dos divisiones y ocho brigadas más sus apoyos, y la fuerza de defensa territorial, que cuenta con un importante contingente de fuerzas pre posicionadas más allá de la península en pos de una amenaza que no ha sido valorada con suficiente seriedad, junto con una desproporcionada, a la par quem anticuada fuerza de artillería antiaérea.

Todo esto contrasta notablemente con la realidad de las operaciones militares desarrolladas por el Ejército, que nunca han pasado del escalón brigada, y que apenas han contado con el despliegue de artillería o han carecido completamente de carros de combate, pese a su revalorización como elemento de combate imprescindible también en el conflicto asimétrico o híbrido.

El carácter de estas misiones, relacionado con tareas de pacificación y/o estabilización en un entorno asimétrico, no deben llevarnos a engaño; el Ejército debe estar preparado para asumir todo tipo de situaciones, incluida la guerra con mayúsculas.

Sin embargo, no es menos cierto que, al igual que ha pasado a otros ejércitos muy exigidos, la necesidad de poner botas sobre el terreno ha obligado a movilizar a todo el personal disponible, haciendo que profesionales de los fuegos (artillería, carros) o la logística pasen a ejercer de fusileros de ‘a pie’.

Pese a muchas críticas recibidas en medios especializados, el problema del Ejército no es el de mantener 33 batallones de infantería, pese a ser más de los que tiene Francia o UK, si no todos los apoyos al combate existentes, sobredimensionados e infrautilizados dada la doctrina imperante.

En este sentido podemos citar a Alemania, cuyo ejército de tierra (Heer) ha reunido toda la artillería en un mando de primer nivel similar al nuestro, desvinculandola de las brigadas, paso que no hemos dado y por el cual conservamos 13 grupos en ambos niveles, por los 6 que tienen ellos.

Ciertamente, la exigencia de las operaciones en el exterior, y también los limitados recursos en adiestramiento, han obligado a establecer un sistema de disponibilidad de tipo cuaternario que cuenta con las fases de:

  1. Activación/operaciones
  2. Reserva (disponibilidad reducida)
  3. Descanso
  4. Preparación

Aumentar la preparación de la fuerza puede suponer limitar a tres estas fases, reduciendo precisamente la de formación específica previa a un despliegue (Seis meses) y acercando el ciclo de disponibilidad a un sistema ternario, lo que tendría importantes consecuencias en el volumen de la fuerza. Esto puede ser especialmente interesante en los niveles operacionales mayores, y de menor exigencia, como división (hoy bajo ciclo binario) o Brigada, que pasarían de ocho a seis, para atender a dos escenarios distintos.

Por todo ello el Ejército debe someterse a un nuevo plan de reestructuración que, lejos de medidas cosméticas para ir capeando el temporal, afronte seriamente los problemas citados, y que podríamos resumir en:

  1. Revisar la estructura funcional bajo el criterio de la eficiencia logística. Que significa una adaptación de la organización a una mayor eficacia en el mantenimiento de los sistemas de armas, concentrándose en unidades orgánicas claramente alejadas de las estructuras tácticas que se organizan para explotarlos. En este sentido, y citando solo los sistemas más complejos, el ET no puede mantener carros de combate en ocho unidades tipo batallón o los carísimos NH90 en tres o cuatro batallones de helicópteros diferentes. Igualmente, debe revisarse un sistema logístico operativo demasiado complejo, que cuenta con cuatro niveles distintos de actuación (MALE, FLO, Brigada y batallón)
  2. Redefinir la amenaza regional, limitando el efecto pernicioso de la fuerza territorial remanente. Esto no supone necesariamente una reducción de efectivos en todos los casos, muy al contrario puede suponer reforzarlas para poder formar parte de la fuerza de proyección y no como fuerza de guarnición no desplegable.
  3. Rebajar el nivel de ambición de la fuerza desplegable. Esto no significa que se prescinda del CGTAD como NRDC-ESP, pero sí que España deba aportar al mismo todos los elementos que conforman la unidad asociada a este nivel de mando, al menos en lo que concierne a LCC/CE. El NRDC puede configurarse en otras modalidades, las que más se han demandado, como JTF(L) – HQ dentro de la Fuerza de respuesta de la UE o la fuerza de muy alta disponibilidad de la OTAN (entidad brigada) que sobredimensionan sus CGs para aunar las capacidades militares, cívico/militares y logísticas dentro de lo que se llama ‘enfoque integral’ de las operaciones.
  4. Suprimir el material que carece de utilidad en operaciones, mantenido (con el coste que conlleva) en aras de un adiestramiento que no es realista, pues llegado el momento de entrar en acción debe ser sustituido por otro en un proceso de adaptación a lo que se llama un kit de preparación (material no orgánico específico para la operación) lento y costoso; adaptando la fuerza a la realidad económica imperante.
VERT, desarrollado por Navantia
VERT, desarrollado por Navantia. Foto – Ministerio de Defensa

 

 

CONCLUSIONES

No siempre que sometamos a revisión las fuerzas armada o las necesidades de la defensa nacional vamos a tener que acometer una revolución de los asuntos militares, término que se aplica específicamente a un cambio no solo en las estructuras, si no en la mentalidad a la hora de afrontar los nuevos retos, siempre mutables, de la defensa nacional.

En este sentido España ya afrontó una RMA cuando acometió la supresión del SMO en favor de un ejército profesional, creando un solo mando operativo conjunto y, más importante aún, reforzando el órgano central como elemento único responsable de las inversiones en armamento y material (previo al cual cada rama de las FAS adquiría de forma independiente aquello que creía necesitar).

Los cambios acaecidos en la situación internacional, que afecta a la estructura de intereses y alianzas internacionales asumidos por España; los menguantes presupuestos provenientes de un periodo de grave crisis económica y enquistados posteriormente en aras de otras necesidades de la nación, así como la apuesta por una asociación indisoluble entre las fuerzas armadas y la industria, fruto del compromiso de prosperidad hacia la sociedad a la que sirven; obligan a cambiar la forma de cumplir con los compromisos derivados de la directiva de defensa nacional.

No se trata pues de impulsar nuevas capacidades militares o de analizar nuevas necesidades a tenor de las amenazas que acechan a la seguridad, pues siguen manteniendo vigentes las actuales directrices referidas a disuasión, proyección y acción conjunta; si no de mejorar la eficiencia de las FAS con los menguados recursos disponibles.

Al respecto urge implementar un sistema de financiación plurianual que ,lejos de los vaivenes políticos, asegure una estabilidad presupuestaria y la consecución de los diferentes programas, en tiempo y forma. De esta estabilidad redundarán beneficios no solo en la gestión de las fuerzas armadas, también los relativos a la estrategia industrial, que trabaja con plazos de ejecución muy largos.

De esta forma podrá mantenerse la apuesta por el impulso tecnológico en la industria aeroespacial, electrónica y naval, manteniendo con ello la disuasión estratégica en base a los siguientes pilares:

  • El control aéreo, espacial y marítimo.
  • La inteligencia en los ámbitos operacional, estratégico y electromagnético.
  • La proyección de fuerzas.
  • Capacidad de neutralizar objetivos en el nivel estratégico.

Del mismo modo, deben replantearse los criterios de defensa ‘adelantada’ de los territorios fronterizos o insulares y la acción de las fuerzas armadas en las misiones que son ámbito o competencia de otras administraciones.
Será preciso también superar las barreras de las competencias entre ejércitos, mejorar la eficiencia en la gestión logística de los materiales y delegar ciertas capacidades militares en unidades multinacionales, pese a la cesión de soberanía que eso supone, poniendo fin al criterio de completar una estructura compensada de capacidades ‘medias’ exclusivamente nacional.

 

 

VÍDEOS RELACIONADOS

 
 
 

Acerca de Roberto Gutierrez 7 Articles
Experto en sistemas de armas y en organización militar, ha colaborado en publicaciones de prestigio como el Memorial de Caballería. Es además un consumado modelista y miniaturista.