Xian Y-20

La verdadera Revolución China

El prototipo incial del Xian Y-20, denominado 20001 durante su primer vuelo en enero de 2013. Poco después el aparato recibiría una pintura gris oscura, y algunos meses más tarde el numeral cambiaría al 781.
El prototipo incial del Xian Y-20, denominado 20001 durante su primer vuelo en enero de 2013. Poco después el aparato recibiría una pintura gris oscura, y algunos meses más tarde el numeral cambiaría al 781.

 

Xian Y-20

La verdadera Revolución China

 

Por Roberto Martín Jiménez

 

Nos acercamos al final de la segunda década del S. XXI. En los últimos años, de entre todas las fuerzas armadas del planeta, sin ningún género de duda son las Fuerzas Armadas Chinas las que han sufrido una modernización y reforma de mayor calado. Cazabombarderos, carros de combate y navíos de última generación se muestran con orgullo en cada parada militar. No obstante, entre tantos y tan importantes programas, hay uno que ha pasado desapercibido y que, en potencia, puede ser mucho más importante que ningún otro en que el que se haya embarcado el gigante asiático: El avión de transporte Xian Y-20. La verdadera revolución china.

 

LA EVOLUCIÓN AERONÁUTICA EN CHINA

Es raro el día en que no amanecemos, bien en Twitter, bien en algún oscuro foro de internet, con toda suerte de noticias, muchas veces acompañadas de fotografías granulosas que, recordándonos los buenos viejos tiempos de la Guerra Fría, hablan sobre un nuevo equipo de factura china. De hecho, es rara la semana en la que no se bota un nuevo buque de guerra o se anuncia la incorporación de un equipo hasta entonces desconocido o incluso la construcción de una nueva instalación militar o el lanzamiento de un satélite de nuevo cuño y misión desconocida.

En el plano aeronáutico, el salto dado en apenas dos décadas por la industria china es abrumador y posiblemente no tenga parangón en la Historia, en especial si tomamos en cuenta el punto de partida. Recordemos que no hace tanto -poco más de tres años desde que entregaron los F-7BGI adquiridos por Bangladesh-, que los jerarcas chinos cerraron la cadena de montaje del caza Chengdu J-7, un derivado no autorizado del MiG-21 Fishbed soviético. Una célula que los ingenieros aeronáuticos del país del dragón han estirado hasta la saciedad. Tanto que, de hecho, aún se sigue utilizando como base para el entrenador chino GAIGC JL-9/FTC-2000 a pesar de que el origen del MiG-21 se remonta a los años 50 del pasado siglo.

Esos mismos ingenieros aún desarrollan aparatos de transporte, aviones de guerra electrónica, antisubmarina y AEW (Acrónimo de Airborne Early Warning o Alerta Temprana Aerotransportada) basándose en los viejos Antonov An-12 Cub diseñados por las mismas fechas, como es el caso de los Shaanxi Y-8 e Y-9. Algo similar a lo que sucede con el H-6K, que no es más que una puesta al día de otro veterano bombardero soviético, el Tupolev Tu-16 Bagder. Una lista, la de los diseños chinos “inspirados” en aparatos extranjeros que daría para más de un artículo, sin duda.

Sin embargo, a pesar de que para los no iniciados la estrategia china de asimilar las tecnologías soviéticas, adaptarlas y exprimirlas hasta lo imposible pueda parecer condenada al fracaso, lo cierto es que han logrado sacarle un notable partido. Así, poco a poco los diseños chinos fueron ganando en complejidad, a la vez que sus medios de producción se preparaban para fabricar y ensamblar equipos cada vez más complejos, como sucedió en el caso de la modernización del Shenyang J-8II, tanto con electrónica autóctona como con otra de procedencia rusa.

Más tarde lograron fabricar el Xian JH-7, un cazabombardero modesto pero que supuso un gran avance en cuanto a autarquía aeronáutica para el país y que, además, le sirvió para ganar tanto el saber hacer como la confianza necesaria para dar pasos más decididos en su intención de equipararse tanto con Occidente como, por aquel entonces, con una Unión Soviética que, a pesar de las afinidades ideológicas, siempre había sido vista más como una competidora que como una aliada firme. Es más, habían tenido varios desencuentros respecto a las fronteras comunes e incluso un pequeño conflicto en 1969 que, por fortuna, pudo ser atajado por vía diplomática antes de que fuese a mayores. En cualquier caso, estas disputas no impidieron que la colaboración en muchos aspectos continuase hasta la caída de la Unión Soviética.

El cambio definitivo para la industria aeronáutica china se produjo entre finales de los años 80 y principios de la década de los 90. China, en primer lugar, entabló relaciones con algunas de las principales empresas de defensa europeas, lo que le permitió acceder a tecnologías que hasta entonces le resultaban inalcanzables. Bien es cierto que buena parte de estos acuerdos se rompieron a consecuencia de la sangrienta represión de las protestas en la Plaza de Tiananmén de 1989, pero, aun así, pese a los embargos posteriores a la venta de armas, sirvieron a los propósitos chinos. En segundo lugar, una vez la Unión Soviética se derrumbó y la nueva Rusia aparecía como un país ávido de ingresos, vista la deplorable situación en que se encontraba su complejo industrial-militar, China se apresuró a realizar su adquisición más importante en décadas: los primeros Sukhoi Su-27 Flanker.

Denominados en China como Shenyang J-11, su construcción se inició en China gracias a la negociación de una licencia de fabricación según la cual buena parte de los equipos serían suministrados por la industria rusa ensamblados en el país asiático. Claro está, no pasó mucho tiempo hasta que los chinos comenzaron a clonar e incluso mejorar ligeramente los aparatos rusos, dando lugar a los J-11B con armamento y electrónica propias. Ese camino ha seguido dando frutos y, hoy en día, los chinos tienen toda una familia “Flanker” de desarrollo propio, incluyendo un caza embarcado, el Shenyang J-15, que operan desde el Liaoning, a la espera de tener operativo su segundo portaaviones.

En esta misma época, por cierto, China empezó a trabajar con Israel con el objetivo tanto de desarrollar armamentos conjuntos -como los misiles PL-8 o los “UAVs suicidas” Harpy-, como de asimilar nuevas tecnologías aeronáuticas. Es el caso del programa que sirvió para alumbrar el Chengdu J-10, aparato que nació con asistencia sotto voce por parte israelí, usando la tecnología desarrollada para su propio programa de caza autóctono IAI Lavi.

Llegamos de este modo al cambio de siglo, que es cuando se puede decir que tiene lugar el auténtico boom de la industria aeronáutica china. Por estas fechas, animados por un crecimiento económico que durante décadas arrojaba cifras de dos dígitos, comienzan el desarrollo de aeronaves que puedan competir de tú a tú con las de cualquier otro país, en lugar de seguir asimilando tecnologías que, en muchos casos, estaban ya reservadas para los aviones de segunda línea.

Se atreven incluso a embarcarse en el desarrollo de un aparato de 5ª generación, el Chengdu J-20. Se trata de un cazabombardero grande y potente, cuyo desarrollo se ha venido realizando poniendo especial énfasis en lograr un caza sigiloso (stealth), con capacidad de realizar supercrucero, de portar armamento avanzado de largo alcance y que además está equipado con un gran radar AESA. Es lógico que China haya querido subirse al mismo tren que otras grandes potencias, pero sorprende la velocidad vertiginosa con la que lo han conseguido y que ha dejado descolocados a buena parte de los analistas de los think tanks occidentales. El Chengdu J-20 voló apenas un año más tarde que el PAK-FA Sukhoi T-50 (ahora ya denominado oficialmente como Su-57), aunque todo indica que el programa chino lleva una velocidad de crucero superior al ruso, con numerosos prototipos e incluso aviones de preserie ya en servicio limitado con la PLAAF, la cual está llevando a cabo pruebas a la vez que desarrolla una nueva doctrina de empleo que sirva para explotar al máximo las posibilidades de los nuevos aparatos.

Además, en el país y de manera semiprivada, se desarrolla también un segundo caza stealth, el Shenyang J-31. Un aparato que se asemeja en muchos aspectos al Lockheed Martin F-35 Fighting Falcon estadounidense. También se sabe que están trabajando en un bombardero estratégico denominado H-20, que trataría de seguir el camino del Northrop B-2A. Además, pues no piensan renunciar a ninguna faceta del poder aéreo, tienen en mente la fabricación de un aparato VSTOL y han conseguido poner en servicio numerosos modelos de AWACS.

Todos estos programas aeronáuticos, complementados con otros que han llevado al desarrollo de distintos tipos de misiles autóctonos, tanto aire-aire, PL-10, PL-12 o el último en aparecer, el PL-15, como aire-superficie, YJ-83K, KD-63, KD-88 o los potentes misiles de crucero de largo alcance KD-20, son los que se han copado la atención mediática. Es hasta cierto punto comprensible, en tanto son aparatos más vistosos, que se perciben como ofensivos y que sin duda han conseguido poner a la PLAAF (People’s Liberation Army Air Force o Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación) cuando menos a la altura de los países más avanzados en este ámbito.

Sin embargo, entre tan variados y amenazadores desarrollos hay un proyecto que ha pasado prácticamente desapercibido. Casi se podría decir que ha sido completamente ignorado, lo que es a todas luces un error pues, en potencia, podría suponer un paso adelante mucho más importante en el esquema militar chino que cualquiera de los programas citados. Estamos hablando de su primer transporte estratégico: El Xian Y-20 Kunpeng.

El 5º prototipo, el 789 durante el Zhuhai Airshow en octubre 2016.
El 5º prototipo, el 789 durante el Zhuhai Airshow en octubre 2016.

 

 

LAS NUEVAS NECESIDADES CHINAS

La China de hoy está en las antípodas de la China de Mao o de sus primeros sucesores. Las teorías, -aceptadas durante años por muchos think tanks occidentales- sobre el “ascenso pacífico de China” han ido quedando relegadas por una política exterior mucho más asertiva que, especialmente en el caso de sus mares adyacentes, llega a recurrir a técnicas como el chantaje. Así, sus últimas acciones, como las amenazas a Vietnam, la capacidad de imponer sus tesis en foros como el de la ASEAN o su rechazo al fallo de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya acerca de sus supuestos derechos históricos sobre el Mar de China tras una reclamación presentada por Filipinas, son clara muestra de que China busca expandir su influencia. Busca hacerlo, además, como cualquier otro estado a lo largo de la Historia, esto es, alterando el balance de poder a su favor en todas las regiones en las que sus intereses están en juego.

Lograr esto implica disponer de una importante capacidad de proyección de la que ahora carece. Si bien es cierto que su armada ha hecho ímprobos esfuerzos en las últimas décadas para construir no solo destructores y fragatas, sino también buques de desembarco y de abastecimiento, además de portaciones, tanto el ejército como la fuerza aérea han quedado un tanto rezagados en este aspecto. De hecho, apenas equipan una veintena de Il-76 ordenados a Rusia, en oposición a los 26 aparatos que tiene en servicio la propia Federación Rusa que, además, se ve complementada por una docena de An-124 y por una buena cantidad de aparatos de repostaje en vuelo. Cifras que palidecen cuando se comparan con los cerca de 200 C-17 Globemaster y más de 30 C-5 Galaxy en servicio con la USAF. Por supuesto, para poder alcanzar las metas geopolíticas chinas, cada vez más altas desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2012, la situación debía cambiar.

Como veremos, es en torno a ese año, cuando el programa sufre un impulso significativo que coincide con la nueva hoja de ruta de Xi y que pretende no ya establecer un área A2/D2 en torno a sus mares aledaños como sus antecesores, sino ir mucho más allá, siendo capaz de intervenir en cualquier zona en la que consideren que los intereses chinos están en juego. Es decir, que pretende dar un claro salto de potencia militar regional, con carácter eminentemente defensivo, a potencia militar global, con capacidad de intervención allí en donde sea necesario y especialmente en torno a lo que será la Nueva Ruta de la Seda.

Claro está, esto obliga a China a tener a medio plazo la capacidad de transportar y abastecer importantes contingentes de tropas no ya en el Sudeste Asiático, sino también, cada vez más, en el Índico. No en vano, en 2016 finalizaron las negociaciones con el Gobierno de Djibuti para la construcción de una base militar cerca de las instalaciones americanas de Camp Lemonier y se espera que no sea la única base que abran en los próximos años. Por todo esto el Xian Y-20, al estar destinado a ser, presumiblemente, la espina dorsal del transporte aéreo chino en el futuro es tan importante. Más allá de la cifra final de aparatos, que difícilmente se acercará a las optimistas previsiones que circulan por internet y que hablan de un abanico entre los 400 y los 1.000 aparatos, lo importante es que el programa continúa avanzando. Si finalmente china se hace con una fracción de estas previsiones, esa nueva flota de transporte estratégico hará posible que China cuente con capacidades que hasta ahora no ha tenido y que tendrán una importancia capital a la hora de dibujar la geopolítica del siglo XXI.

A pesar de su baja calidad, podemos observar al Ilyushin Il-76LL del CFTE probando uno de los prototipos del motor WS-20. Esta foto comenzó a circular por los foros chinos en agosto 2014.
A pesar de su baja calidad, podemos observar al Ilyushin Il-76LL del CFTE probando uno de los prototipos del motor WS-20. Esta foto comenzó a circular por los foros chinos en agosto 2014.

 

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Acerca de Roberto_Yeager 2 Articles
Ingeniero de formación, este aficionado a la aeronáutica ha sido colaborador de medios como Fuerza Aérea o de la extinta Defensa, en la época en que estuvo dirigida por Vicente Talón, habiendo escrito decenas de artículos sobre actualidad e historia de la aviación militar. Es autor del libro "IAR-93 Vultur / Soko J-22 Orao: esfuerzo conjunto".