Third Offset Strategy

¿Preludio de una Revolución Militar?

El futuro LRSO sustituirá al misil AGM-86 actualmente en servicio. Foto - USAF
El futuro LRSO sustituirá al misil AGM-86 actualmente en servicio. Foto - USAF

 

Third Offset Strategy

¿Preludio de una Revolución Militar?

 

Por Christian D. Villanueva López

 

La RMA (Revolución en los Asuntos Militares) de la información, aquella que en las décadas anterior y posterior al cambio de siglo nos prometía una guerra a larga distancia, precisa e incruenta, es ya una realidad asimilada en mayor o menor medida por buena parte de los ejércitos más poderosos. Es evidente que ha cambiado la forma de hacer la guerra en muchos aspectos, aunque su influencia queda lejos de lo prometido por muchos de sus principales defensores durante los felices años 90. Los nuevos desarrollos en cuanto a armas autónomas, ciberguerra o nanotecnología, por el contrario, suponen un cambio de mayor calado susceptible de cambiar para siempre no solo la táctica, la doctrina, las operaciones o la estrategia militares, sino el propio concepto de guerra…

La diferencia entre una Revolución Militar y una Revolución en los Asuntos Militares

Antes de explicar las razones que pueden conducir a una nueva RM (Revolución Militar), hemos de explicar la diferencia entre este fenómeno, que apenas se ha producido unas pocas veces a lo largo de la Historia – y las mucho más numerosas Revoluciones en los Asuntos Militares.

Una Revolución Militar implica que la forma de hacer la guerra, en su conjunto, cambia de forma drástica frente al periodo anterior. Por ejemplo, tras la Edad Media, con la aparición del Estado Moderno y su gran capacidad económica gracias a la recaudación sistemática de impuestos se generalizaron los ejércitos profesionales. También se extendieron tecnologías como las armas de fuego -en especial la artillería- y se hizo necesaria la construcción por toda Europa y en las colonias de fortalezas diseñadas según la traza italiana, o la sustitución de las galeras por los galeones. Con ello, la guerra pasó a ser algo completamente diferente de lo que hasta entonces había sido. Dejó de basarse en una élite de caballeros, generalmente formando parte de las mesnadas de unos pocos nobles terratenientes, así como de organizarse en base a movilizaciones estacionales dependientes de los cultivos. Con ello se recortó el poder de la nobleza, eclipsada por la Corona, única institución capaz de mantener un ejército permanente y bien pertrechado con las nuevas armas de fuego.

Algo similar ocurrió tras la Revolución Industrial y la Revolución francesa, íntimamente ligadas. Los ejércitos masivos posibles gracias a la aparición del ciudadano-soldado, su organización en grandes unidades tipo división, los avances artilleros tanto en precisión como movilidad, resistencia a la fatiga o fabricación en serie, el desarrollo de la logística militar, que permitió operaciones a gran escala y a una velocidad sin precedentes, etcétera, motivaron la aparición de una forma de guerrear que en muchos sentidos se extiende hasta la actualidad y que supuso un antes y un después.

Sin entrar en si la aparición del arma atómica supuso una nueva RM, al alterar la relación entre los objetivos políticos y los medios militares para siempre, lo que el lector debe entender es que cada uno de estos grandes avances o RM, ha tenido un impacto que va más allá del ámbito militar, hasta tener efectos económicos, sociales y políticos evidentes.

Por otra parte, cada una de estas revoluciones militares ha venido marcada por diversas RMA que, según se sucedían, otorgaban una ventaja decisiva, pero por fuerza provisional, a aquel que la implementase con más celeridad. Así, gracias al ferrocarril y a la genialidad de von Moltke, por ejemplo, Prusia pudo imponerse a Francia rápidamente en 1871, aunque de nada le sirvió en 1914 cuando la movilización rusa fue mucho más rápida de lo que el Estado Mayor germano podía prever gracias entre otras razones, también al propio ferrocarril. De forma parecida años antes, en Sínope (1853), la flota rusa comandada por Pável Najímov pudo dar buena cuenta de la armada otomana, gracias al uso de obuses Paixhans, entre otras razones, aunque nada pudo hacer frente a franceses e ingleses, que contaban con esos y otros avances poco tiempo después, en Crimea.

En resumen, lo que el lector ha de entender es que, si una RM se produce a escala global y tiene un alcance político, económico, industrial, social e incluso cultural, una RMA es un fenómeno mucho más limitado, ceñido a la escala estratégica y cuyo alcance se limita únicamente a las fuerzas armadas y su forma de funcionar y no a la sociedad en su conjunto.

Con sus nuevos portaaviones, la Armada China será capaz de reforzar sus capacidades A2D2 en el Mar de China, limitando así la capacidad de despliegue de los EE. UU. en apoyo de sus socios. Foto - Televisión Central de China
Con sus nuevos portaaviones, la Armada China será capaz de reforzar sus capacidades A2D2 en el Mar de China, limitando así la capacidad de despliegue de los EE. UU. en apoyo de sus socios. Foto – Televisión Central de China

 

 

La RMA de la información

La última gran RMA que ha marcado el devenir de la guerra contemporánea es la RMA de la información. Sus posibilidades se hicieron evidentes, al menos para el gran público, tras la intervención militar estadounidense en la Guerra del Golfo (1991), pese a lo cual, su origen es muy anterior. Efectivamente, dicha RMA nacía como consecuencia de la Segunda Estrategia de Compensación y de la SDI puestas en marcha por la Administración Reagan para contrarrestar la superioridad soviética en medios convencionales en el teatro europeo tanto como para sacudirse el trauma de Vietnam. Dicho conflicto había puesto en entredicho el modo estadounidense de hacer la guerra, basado en la atrición y demostrado a los militares de EE. UU. la necesidad de explorar nuevos caminos si pretendían triunfar en el campo de batalla. Para ello, aprovechando los avances sobre todo en cuanto a informática, alumbraron una serie de tecnologías que permitían a su propietario una capacidad inusitada de recoger datos acerca del campo de batalla, procesarlos y utilizarlos para atacar mediante armas pensadas para aprovechar ese caudal de información.

Hoy en día a nadie sorprende el empleo de armamento “inteligente” como los misiles de crucero o las bombas JDAM (Joint Direct Attack Munition o Munición de Ataque Directo Conjunto) o Paveway incluso en operaciones “menores”, como las campañas contra Daesh. Tampoco la aparición en escena de sistemas de armas tan complejos como los aviones furtivos F-117 -quizá una de las caras más reconocibles de esta RMA por su papel en la Guerra del Golfo o en las campañas aéreas sobre los Balcanes-, los más recientes B-2 o los actuales cazabombarderos F-22 y F-35. Esto, a pesar de que el grueso de las operaciones sea asumido por sistemas heredados convenientemente actualizados como los F-15, F-16, F-18, Rafale, Su-30 o MiG-29 que, sin recoger todas las posibilidades de la RMA, si que aprovechan buena parte de los avances que la provocaron.

Del mismo modo, tampoco puede sorprender el uso generalizado de los sistemas de posicionamiento global que hace posible la precisión de las citadas municiones inteligentes. Tampoco la aparición de nuevas redes que compiten con la red GPS estadounidense como el sistema ruso Glonass, el chino Beidou o el Galileo -puesto en marcha por la Unión Europea- y que es la mejor muestra de la generalización es la RMA de la información y de la que, además todos nos beneficiamos en el día a día, dado su doble uso.

Por encima de todo, la interconexión entre los sistemas de obtención de datos sobre el campo de batalla, aquellos sistemas que deben procesar dichos datos y el armamento con el que serán batidos, resumida en acrónimos como C4ISTAR, es ya una realidad incluso en ejércitos tan humildes como el español. Aun sin disponer de la panoplia de aviones AW&C, satélites, drones o vehículos de reconocimiento y mando y control de que hacen gala los Estados Unidos -o sin ir más lejos nuestros vecinos franceses-, la interconexión entre los sistemas de adquisición de datos y objetivos de los tres ejércitos, los sistemas de mando y control y los propios sistemas de armas va avanzando año a año y con ello la posibilidad de atacar los objetivos desde el avión, carro de combate o buque que esté en mejor posición para hacerlo.

Naturalmente, la difusión de las tecnologías más características de cuantas han protagonizado esta RMA es, en cierto modo, el anuncio de su agotamiento. Así, si la RMA de la información proporcionó a Estados Unidos una superioridad militar incontestable y le aseguró durante más de una década el papel de hegemon global, en los últimos años la situación está cambiando a gran velocidad.

A pesar de que bases como la de Andersen, en la isla de Guam, seguirán siendo utilizadas durante décadas, la futura RM permitirá reducir su importancia. Foto - USAF
A pesar de que bases como la de Andersen, en la isla de Guam, seguirán siendo utilizadas durante décadas, la futura RM permitirá reducir su importancia. Foto – USAF

 

 

El declive relativo de los Estados Unidos

El punto álgido de esta situación de hegemonía -algo siempre excepcional en la historia- se produjo en torno al cambio de siglo y muy especialmente tras el fatídico 11-S que condujo a iniciar la Guerra contra el Terror. En ella, los EE. UU. demostraron su capacidad de intervenir en lugares tan distintos como Iraq o Afganistán en plazos increíblemente cortos y llevando a cabo operaciones rapidísimas sin apenas oposición ni sobre el terreno, ni en la arena diplomática, pues pese a los reparos de otros estados, nadie fue capaz de frustrar los planes estadounidenses ya que nadie estaba en posición de hacerla. No solo la solidaridad que despertó como país atacado, sino la realidad de un poder duro que no tenía oposición obligó a que el resto optase por apoyar a EE. UU., como hizo Rusia o por ponerse de lado, caso de China, cuando en una situación de mayor paridad, hubiesen adoptado una estrategia diferente.

Ahora bien, si estos conflictos demostraron lo que los frutos de la RMA podían ofrecer, no es menos cierto que sirvieron también para dejar al descubierto sus limitaciones contra enemigos que utilizaban otros modos de hacer la guerra bien fueran asimétricos, irregulares o híbridos.

Por si esto fuera poco, el tiempo y dinero, así como los recursos empleados en dichas intervenciones -pues también hay que contar con el capital humano e incluso el capital político y diplomático perdido a consecuencia de las mismas-, lejos de mejorar la seguridad de los Estados Unidos, únicamente ha servido para erosionarla. Si estas campañas han obligado a poner en práctica muchos de los avances que forman parte de la RMA, lo cierto es que esto se ha hecho solo a medias, pues ha debido hacerse recurriendo a recortes en cuanto a inversión en investigación y a adquisición de equipos verdaderamente revolucionarios en pro de otros más aptos para este tipo de conflictos, como los MRAP. Todo ello en medio de un escenario, desde 2008, de crisis financiera, marcado por el abultado déficit y las negociaciones en torno al techo de gasto que han limitado en mucho el presupuesto militar de los Estados Unidos y le han dejado en muy mala posición para lidiar con las verdaderas amenazas a las que deberá hacer frente en las próximas décadas.

Como resulta lógico, esta situación ha sido aprovechada por los rivales de Estados Unidos -especialmente China y Rusia-, para ir implementando mejoras en sus fuerzas armadas, aprovechando la generalización de las tecnologías nacidas al albur de la RMA, cerrando en parte una brecha militar que, si en el cambio de siglo era abismal, ya no lo es tanto.

Buena muestra de ello son las recurrentes exhibiciones rusas en su intervención en Siria, en la que ha mostrado -con la intención de captar clientes de exportación más que por su utilidad concreta- más de un centenar y medio de nuevos armamentos entre los que se incluyen nuevas variantes de helicópteros, aviones o drones, misiles, bombas inteligentes o sistemas de guerra electrónica. Ante todo, ha demostrado una capacidad de adquisición de objetivos y de control del campo de batalla que está a años luz de lo visto en conflictos tan recientes como los de Chechenia (1994-1996 y 1999-2009) o Georgia (2008). De hecho, con maniobras tan astutas como el control del espacio aéreo sirio, cuya red de defensa aérea se integró con la rusa en agosto del pasado año, ha conseguido, utilizando lo mejor que ofrece la RMA de la información, alterar el balance estratégico en la región mediante la disuasión.

China, por su parte, ha venido buscando su propia variante de la RMA desde los años 90, con propuestas tan originales -basadas en la Guerra Asimétrica- como la de los coroneles Qiao Liang y Wang Xiangsui que en 1999 publicaran su libro “Guerra sin restricciones”. Su potencial económico y técnico, sin embargo, tanto como sus condicionantes geopolíticos, han llevado a China a apostar por un camino más convencional, en el que se han adoptado la mayor parte de las tecnologías de la RMA americana. Bajo la firme mano de Xi Jinping, cuyas ambiciones geopolíticas nada tienen que ver con la mesura mostrada en el pasado por Den Xiaoping, Jiang Zeming o Hu Jintao, está desarrollando aviones furtivos, pretende hacerse con una parte significativa del mercado mundial de drones civiles y militares, está construyendo a marchas forzadas su segundo portaaviones autóctono y botando fragatas y destructores a un ritmo endiablado, a la vez que persevera en la modernización de su enorme y en parte todavía anticuado ejército de tierra. Por encima de todo, condicionada por la presencia de tropas estadounidenses en Corea del Sur, en Japón y en Guam, así como por el apoyo que presta EE. UU. a Taiwán y por la amenaza que supone la US Navy, China ha apostado por desarrollar numerosos sistemas de misiles que garanticen la creación de un área A2/D2 efectiva sobre los mares de China Oriental y de China Meridional.

Incluso potencias medias como Irán han sido capaces de mellar significativamente durante este tiempo la posición de Estados Unidos y sus aliados en regiones vitales como Oriente Medio gracias a una afortunada combinación de estrategia -alianzas o colaboraciones puntuales con Rusia, Turquía o Catar- y patrocinio -caso de Hezbollah- pero también de inversión en sus fuerzas armadas con la incorporación de numerosas tecnologías tanto autóctonas como desarrolladas por Rusia y China y que van desde sistemas antiaéreos a equipos optrónicos y sensores varios para carros o aviones de combate a misiles antibuque.

La comisión de nuevos tipos de buques como el USNS Lewis B. Puller (T-ESB 3) es un primer paso para librarse de la dependencia de las bases aeronavales en el extranjero. Foto - US Navy
La comisión de nuevos tipos de buques como el USNS Lewis B. Puller (T-ESB 3) es un primer paso para librarse de la dependencia de las bases aeronavales en el extranjero. Foto – US Navy

 

 

La amenaza china

Los retos planteados por Irán, Corea del Norte o por la misma Rusia, pese a ser tenidos en cuenta por los estrategas de EE. UU., palidecen ante la amenaza que supone una República Popular de China, comparable en todo punto -se diría que incluso mayor en algunos aspectos, como el económico o el demográfico- a la que en su día representó la Unión Soviética.

Efectivamente, China es un competidor global que, si bien no amenaza desde el punto de vista ideológico -dado el escaso atractivo del comunismo de corte maoísta-, sí que está limitando el poder e incluso expulsando a EE. UU. de regiones en las que hasta ahora ha tenido una notable influencia -cuando no hegemonía- como África, Iberoamérica, el Sudeste Asiático o Asia central.

A pesar de este creciente poderío, China ha seguido siendo vulnerable a un ataque por parte de Estados Unidos durante mucho tiempo, especialmente si este provenía de sus fuerzas aeronavales. Esta amenaza requería una respuesta ad hoc y por ello, a finales de los años 90 y tras un periodo de análisis, en China entendieron que en el caso de que hubiera una guerra con EE. UU., la manera óptima de enfrentarse a los estadounidenses era hacerlo asimétricamente e imponer a las fuerzas de EE. UU. una zona Anti-acceso y de Negación de Área (A2/AD).

Ha de tenerse en cuenta que China ha tenido que ver cómo los Estados Unidos operaban frente a sus costas con total impunidad desde el siglo XIX, algo que se ha repetido una y otra vez a propósito de cada crisis con Taiwán o Corea. Como respuesta, los estrategas chinos han decidido dar un gran impulso a sus capacidades balísticas y a sus misiles de crucero con la creación de la Fuerza de Cohetes del Ejército Popular de Liberación (EPL). Capacidades a las que han de añadirse las propias de la Fuerza Aérea del EPL, que jugará un papel primordial con sus bombarderos estratégicos dotados de misiles de crucero.

La razón de ser de esta estrategia radica en las servidumbres propias del despliegue global de EE. UU. Hay que tener en cuenta que las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, especialmente en el caso de una guerra con China, tendrían unos costes logísticos enormes, derivados de la necesidad de sostener hombres, armas y bases a distancias que se cuentan en miles de kilómetros. Sus bombarderos estratégicos, aviones cisterna, aviones AWACS y aviones de caza, tendrían que operar desde un puñado de bases en el Pacífico, muy alejadas del territorio norteamericano. Su flota aeronaval tendría que aprovisionarse de combustible y municiones también desde bases en el Pacífico Occidental si pretende mantener un tempo de operaciones elevado y todo ello solo es posible, precisamente, por la existencia de esas pocas bases y de una flota tanto naval como aérea que las sostenga. Eliminadas dichas bases, la amenaza que los EE. UU. suponen para China pasaría a ser muy diferente.

Por ejemplo, sin esas bases, los aviones de caza de la fuerza aérea de EE. UU. tendrían que operar desde Hawái o desde la propia costa Oeste de EE. UU., llevando al límite el esfuerzo físico de los pilotos, que se verían limitados a hacer en el mejor de los casos unas pocas salidas a la semana. Del mismo modo, si los cazabombarderos tuvieran que operar desde la Base de Andersen (Guam) para hacer patrullas aéreas sobre el estrecho de Taiwán, solo podrían hacer menos de una salida al día durante la primera semana, cayendo dicha ratio a menos de 0,5 salidas al día durante el resto del primer mes de guerra. Cifras ridículas si se comparan con el número de salidas efectuadas sobre Iraq o Afganistán en los pasados conflictos y a todas luces insuficientes para enfrentarse a China.

Hay que tener en cuenta que durante una guerra de alta intensidad como la que presumiblemente sería esta de la que hablamos, el consumo de combustible y municiones se dispararía. No todas las bases tienen el largo de pista suficiente para operar aviones cisterna, AWACS y bombarderos estratégicos ni tampoco todas las bases están dotadas de polvorines con una gran cantidad de municiones o de depósitos de combustible y otros líquidos o almacenes de recambios y talleres adecuados para sostener esta fuerza. Algo parecido, aunque con matices, ocurriría con la US Navy, obligada a operar desde Hawái y sometiendo a un esfuerzo descomunal sus capacidades logísticas. Además, condicionada por la imposibilidad de introducir sus portaaviones en los mares de China Oriental y de China Meridional, tendría que operar sus cazabombarderos al límite de su radio de acción…

Tenemos pues una situación en la que los Estados Unidos, que hasta ahora han mantenido costosos despliegues permanentes en Corea del Sur o Japón, como base de su estrategia de presencia avanzada -y bajo el paraguas de su disuasión nuclear extendida-, son forzados a replegarse no tanto por su incapacidad para derrotar a China de forma decisiva, sino porque el número de bajas en las primeras horas de un hipotético conflicto podría llevar a la opinión pública a pedir el fin de la guerra antes de que su enorme capacidad militar e industrial hubiese tenido tiempo de entrar en juego. Esa es, sin duda, la razón de ser de la apuesta china tanto por los misiles, como por establecer una serie de bases avanzadas en la primera cadena de islas que conviertan de facto sus mares adyacentes en auténticos bastiones, al estilo que lo que Rusia hacía con los mares Ojotsk y Blanco.

Sea como fuere, la situación para los Estados Unidos se ha vuelto muy complicada pues tras el tiempo perdido en las guerras de Irak o Afganistán, sin posibilidad de maniobra estratégica, ha visto como sus rivales han pasado a la ofensiva, acercándose en áreas clave y poniendo en cuestión su papel como primera potencia global.

Las futuras evoluciones de los SSN clase Virginia permitirán aumentar el abanico de misiones reduciendo la exposición. Es por ello que EEUU planea aumentar notablemente el número de estas plataformas. Foto - General Dynamics
Las futuras evoluciones de los SSN clase Virginia permitirán aumentar el abanico de misiones reduciendo la exposición. Es por ello que EEUU planea aumentar notablemente el número de estas plataformas. Foto – General Dynamics

 

 

La respuesta de EE. UU.

Estados Unidos, a pesar de haber sido superado por China en parámetros como el PIB (PPA o Paridad del Poder Adquisitivo), de amenazar con un retorno a su tradicional aislacionismo -roto tras la Segunda Guerra Mundial por la necesidad de responder a la amenaza soviética- o de haber visto como sus rivales incorporaban o desarrollaban motu proprio muchas de las tecnologías clave de la última RMA, siguen siendo, sin lugar a duda, la primera potencia militar del planeta.

Es más, cuentan con el know-how, la capacidad industrial y económica, el capital humano y la voluntad necesarias para seguir siéndolo durante décadas y es por eso que, lejos de quedarse de brazos cruzados, han lanzado la Tercera Estrategia de Compensación para asegurar su supremacía militar durante las próximas décadas, logrando de este modo una libertad de acción que ahora mismo se ve limitada por las estrategias de otros actores. Una estrategia que, de consolidarse, “conquistaría [para EE. UU.] una nueva RMA que le proporcionaría un nuevo periodo de supremacía militar”.

Definida en la Guía Estratégica de la Defensa 2012 y en la Revisión Cuatrienal de la Defensa de 2014, la Tercera Estrategia de Compensación debe responder a cuatro grandes problemas operativos:

  • Vulnerabilidad de las instalaciones: Como hemos señalado en el caso de las bases en Corea del Sur, Japón o incluso Guam, cada vez más los despliegues estadounidenses en el extranjero son susceptibles de caer bajo los ataques de saturación enemigos.
  • Los enemigos se han dotado de medios C4ISTAR cada vez más potentes, lo que posibilita, por ejemplo, el seguimiento de las unidades de la US Navy y hace por tanto más vulnerables si cabe los despliegues de EE. UU.
  • La mejora de las defensas antiaéreas, que hace cada vez más vulnerables los aparatos de cuarta generación (F-15, F-16 y F-18) que son -y seguirán siendo durante años- el grueso de la flota.
  • Las capacidades ASAT (antisatélite) chinas y rusas que provocan que los satélites de EE. UU. sean susceptibles de ser atacados tanto por medios físicos -misiles antisatélite- como cibernéticos, lo que conllevaría una reducción drástica en las capacidades militares de este país, muy dependiente de estos.

Lidiar con estos problemas obliga a innovar y por ello, en el Pentágono, están apostando por las tecnologías más prometedoras y, especialmente, por aquellas en las que los Estados Unidos, hoy día -y en el futuro, si sus planes se hacen realidad- mantienen una ventaja significativa. Dichas tecnologías son las relacionadas con los siguientes campos:

  • Operaciones no Tripuladas: Hablemos de sistemas aéreos, terrestres o marinos tanto de superficie como en inmersión, los sistemas no tripulados y, cada vez más, autónomos, son el futuro.
  • Operaciones navales y aéreas a grandes distancias: Mediante bases expedicionarias flotantes, como el recientemente comisionado USS Lewis B. Muller (ESB 3), o a través de aviones cisterna no tripulados que permitan aumentar significativamente el radio de acción de los aparatos de la USAF o las posibilidades de proyección del US Marine Corps, EE. UU. pretende ser capaz de llevar su fuerza militar a cualquier escenario sin depender de la actual red de bases o de aliados poco fiables.
  • Operaciones no-observables: El diseño de formas furtivas o stealth se basa en unos principios conocidos desde hace décadas. No obstante, las tecnologías furtivas van mucho más allá de la “invisibilidad” al radar en base a tal o cual forma. Aspectos como la composición del material, la pintura, las emisiones infrarrojas y muchos otros factores complican la invisibilidad hasta niveles insospechados. Dado que Estados Unidos es, con mucha diferencia, el país que más tradición y saber hacer tiene en este sector en concreto y que ha aprovechado sus ventajas con notable éxito, pretende seguir liderando esta carrera y aplicar sus descubrimientos no ya a los cazabombarderos tradicionales, en trance de desaparecer, sino a toda la amalgama de armas y sistemas, desde los misiles de crucero como el futuro LRSO que sustituirá al AGM-86B de la USAF a los drones submarinos.
  • Guerra submarina: Precisamente, el combate submarino es otro de los campos dominado por Estados Unidos. Su capacidad de diseñar y fabricar submarinos dotados del mayor sigilo y de la panoplia de armamentos y sensores más completa y de hacerlo además en series largas, logrando con ello una gran economía de escala, es inigualable. Están decididos a que esta tendencia continúe igual y, de hecho, pretenden complementar todos sus nuevos submarinos y los que ya están en servicio con diferentes tipos de ROVs que permitan al buque nodriza aumentar su capacidad de detección sin revelar su posición, atacar desde estos en lugar de hacerlo desde los tubos lanzatorpedos tradicionales o insertar patrullas de OE’s, entre muchas otras cosas, allí en donde sea necesario. Todo ello sin menoscabo de seguir cumpliendo con las misiones tradicionales de los submarinos, como son, por ejemplo, amenazar las líneas de comunicación enemigas o asegurar, en el caso de los SSBN, la disuasión tradicional.
  • Ingeniería e integración de sistemas: Quizá la clave de todo el edificio militar estadounidense radique, precisamente, en su capacidad para crear un sistema de sistemas que vaya mucho más allá del actual, que lleve a nuevos niveles la cooperación inter-armas dentro de cada ejército e inter-ejércitos dentro del conjunto de sus fuerzas armadas y que permita un control sobre el campo de batalla como no se ha visto nunca. Un control, de hecho, sobre un campo de batalla que no ha hecho sino ampliarse en los últimos decenios, hasta incluir el aire, el espacio y cada vez más, la Red…

En resumen, la Tercera Estrategia de Compensación es una estrategia orientada, precisamente, a compensar los avances chinos y que hace hincapié en:

  • Prescindir de los costosos despliegues actuales propios de la presencia avanzada, como los que Estados Unidos mantienen en la Península de Corea o en Europa.
  • Reducir al mínimo la exposición de combatientes humanos en base al empleo de sistemas aéreos, navales y terrestres no tripulados controlados a distancia e incluso autónomos de tal forma que la aversión a las bajas propia de las sociedades posmodernas no se convierta en una limitación a la hora de emplear el poder militar.
  • El desarrollo de redes A2/D2 que protejan a los socios de EE. UU. una vez sus tropas hayan abandonado los escenarios en los que actualmente están posicionadas y permitan disuadir a cualquier enemigo de llevar a cabo un ataque, a pesar de que ya no haya tropas de EE. UU. en el lugar.
  • En la capacidad, por encima de todo, de golpear en cualquier lugar y momento en base al desarrollo de una red global de observación y ataque. Dicha red debería hacer posible atacar mediante armas inteligentes como misiles de crucero o UCAVs allí en donde fuera necesario y sin depender de costosas bases fijas o, ni tan siquiera, de satélites, cada vez más vulnerables.

Todo ello con la intención de cuadrar el círculo, al perseguir dichos objetivos en un marco de previsible moderación presupuestaria, lastrado como está el gasto militar por los numerosos problemas políticos internos en EE. UU. que impiden a sus partidos políticos llegar a acuerdos a largo plazo sobre el volumen de deuda admisible y el techo de gasto.

Se pretende, por tanto, ser capaz de golpear allí y cuando sea necesario independientemente de los medios A2/D2 desplegados por el enemigo, de la distancia respecto a CONUS, de las amenazas sobre las bases avanzadas o del tipo de enemigo. De hecho, se pretende poder dar respuesta adecuada a cada amenaza sea esta convencional, nuclear, híbrida, asimétrica o de cualquier otro tipo que podamos imaginar, lo que, sobre el papel, parece más un anhelo que algo factible. Sin embargo, los EE. UU. insisten en apostar por la Tercera Estrategia de Compensación, lo que nos obliga a explicar con algo más de detalle tanto en qué consiste, como la Revolución Militar a la que podría dar lugar.

La impresión 3D será una de las tecnologías que permitan revolucionar la logística militar. El USMC está inviertiendo en ello grandes sumas. Foto - USMC
La impresión 3D será una de las tecnologías que permitan revolucionar la logística militar. El USMC está inviertiendo en ello grandes sumas. Foto – USMC

 

 

¿Revolución Militar?

Si las previsiones se cumplen y los Estados Unidos logran llevar su iniciativa a buen puerto, las nuevas tecnologías asociadas a la Tercera Estrategia de Compensación pueden dar lugar no ya a una RMA, sino a una RM en el sentido más amplio del concepto. La generalización de los sistemas robóticos tanto controlados por un operador como autónomos, la importancia cada vez mayor del campo de batalla cibernético, en oposición a los otros cuatro campos de batalla físicos o la reducción significativa del componente humano, amenazan con cambiar no solo el modo de hacer la guerra, sino el propio rostro de la guerra. No se trata, como sugieren algunos, de que la guerra deje de ser cruel o de que las bajas lleguen a ser inexistentes, que nadie se lleve a engaño, sino de que la relación entre la ciudadanía, los militares y el propio fenómeno guerra quede alterado para siempre.

Piénsese en un conflicto extremadamente tecnificado en el que multitud de drones actuando en enjambre y liderados por un único humano situado a miles de kilómetros de distancia noqueen por saturación las defensas antiaéreas enemigas o ataquen objetivos independientes con una precisión que incluso hoy sorprendería. Un conflicto en el que cientos de especialistas estarían diseminados por todo el territorio nacional, aprovechándose de las posibilidades de las conexiones wifi que hay por doquier, luchando desde sus ordenadores por hacerse con el control de sistemas de armas enemigos, sabotear sus centrales energéticas o hundir sus mercados. Una guerra en la que robots autónomos actuarían al modo de la infantería tradicional, reconociendo y limpiando las zonas en disputa, programados para distinguir amigos de enemigos y para reducir al máximo las bajas de no combatientes. Una guerra en la que misiles hipersónicos podrían ser lanzados desde la seguridad del territorio nacional a prácticamente cualquier parte del mundo en cuestión de minutos y en la que fuese posible monitorizar en tiempo real el estado y posición de cada robot, humano, buque, avión o cualquier otra cosa que se nos ocurra, mientras entre ellos comparten absolutamente toda la información que cada uno recoge y el propio sistema se encarga, monitorizado por humanos -o no-, de decidir cómo utilizarla de la forma más ventajosa.

Suena a ciencia ficción, del mismo modo que algunas de las tecnologías planteadas por la Administración Reagan pudieron hacerlo a los oídos de sus contemporáneos. Ahora bien, aunque muchas de ellas quedaron aparcadas por diversos motivos, no puede negarse que gran parte se han desarrollado e implementado, en algunos casos más allá de lo originalmente previsto, pues se han adaptado a la realidad de los conflictos mucho mejor que otras en principio más prometedoras. Lo difícil, a la vista de lo diferente que ha sido la maduración de las tecnologías que nacieron al albur de la Segunda Estrategia de Compensación y de la Iniciativa de Defensa Estratégica, es discernir, a partir de las líneas de investigación y desarrollo que hay abiertas hoy, cómo será el campo de batalla del futuro. No obstante, hay indicios como para hacer predicciones con cierta base y vislumbrar algunos de los principales cambios que protagonizarán la próxima RM.

En el nivel de la gran estrategia, si la Tercera Estrategia de Compensación triunfa, los EE. UU. tendrán una libertad de acción mucho mayor de la que ahora disponen para utilizar su poder militar. Por una parte, EE. UU. podrá realizar operaciones militares de gran envergadura contra cualquier enemigo y a cualquier distancia, incluso en teatros defendidos por redes A2/D2 complejas, como puedan ser el Mar Negro o el Mar de China. Por otra, la significativa reducción en el número de bajas, al utilizar una proporción mucho mayor de sistemas robóticos, podría facilitar la aprobación de operaciones militares al vencerse la resistencia de la población civil a llevar a cabo este tipo de prácticas. Esto tendrá consecuencias evidentes en la gran estrategia de los EE. UU., puesto que para conseguir lo mismo para lo que ahora necesita de bases por todo el mundo y de una defensa avanzada, necesitará de un gasto considerablemente menor, a la par que de menos aliados y, por tanto, cargas.

La guerra nuclear, más allá de problemas como el de la proliferación, que tienen su máximo exponente en Corea del Norte, está en un punto de inflexión histórico. Por primera vez en muchísimo tiempo, la opción de un first strike (primer ataque) de decapitación, al menos en un futuro próximo, parece viable para los EE. UU, siempre que decida avanzar en una serie de tecnologías que están en fase de diseño y que dependen de la decisión política para desarrollarse e implementarse. La utilización de misiles hipersónicos, que pueden seguir trayectorias mucho más planas e imprevisibles que los ICBM -lo que los haría prácticamente indetectables y muy difíciles de derribar, dada su velocidad-, amenaza con dinamitar el equilibrio estratégico. De hecho, si uno de estos ataques tiene lugar, Rusia o China -actualmente los únicos rivales con capacidad de respuesta significativa- no podrían predecir con tiempo suficiente el tipo de ataque o los blancos asignados, por lo que dado lo ilógico de lanzar una represalia sin datos, deberían esperar a una evaluación antes de dar ninguna orden y arriesgarse por tanto a que su capacidad de respuesta quede destruida. La combinación de esta tecnología, con la introducción de nuevas espoletas que mejoran la ratio de cabezas nucleares a emplear para destruir cada silo enemigo y las mejoras en los sistemas antimisiles, como la utilización del misil SM-3 Block IIB pueden inclinar la balanza muy a favor de EE. UU., eso sí, a costa de hacer del mundo un lugar más inseguro…

Por otra parte, los EE. UU. serán capaces de mantener la iniciativa en cualquier teatro de operaciones. Podrán no solo elegir su propia estrategia, sino también hacerla triunfar por compleja que sea la del enemigo, independientemente de que este opte por una guerra de guerrillas, asimétrica, híbrida o convencional. El pensamiento de autores como Clausewitz, y Liddell Hart, Lenin y Mao, o más recientemente Beaufre o Luttwak deberá dejar paso a nuevos marcos teóricos que integren la cibernética y la robótica, entre otros. Se han hecho avances en los últimos años y han surgido toda una serie de nuevos conceptos y enfoques, pero todavía nadie ha logrado sintetizar en una sola teoría todas las posibilidades de los nuevos conflictos.

Descendiendo al nivel operacional, sin la actual amenaza de sufrir una lluvia de misiles que incapacite, cuando no destruya por completo las bases avanzadas y con una dependencia menor respecto de multiplicadores como los satélites o las líneas de suministro, las ventajas para los EE. UU. resultan evidentes. Gracias a las bases flotantes, las impresoras 3D o la utilización de drones estratégicos que hagan de nodos de comunicaciones o de sustitutos del GPS, los EE. UU. podrán conducir operaciones militares en cualquier entorno, sin temor a que la destrucción de su red de satélites o un ataque cibernético noqueen sus centros de mando y haga inservibles sus fuerzas armadas. La resiliencia de los sistemas unida a la aparición de una red descentralizada y menos dependiente de nodos estratégicos, tanto como el desarrollo de armas ASAT que permitan mantener la disuasión en este ambiente, junto con una capacidad logística reforzada, asegurarán para los EE. UU. la continuidad de las operaciones, sean cuales sean las condiciones.

La táctica cambiará más de lo que lo ha hecho en los últimos decenios. La utilización de ingenios como los exoesqueletos, los dispositivos de realidad aumentada, las protecciones semi-rígidas, las municiones guiadas para la infantería o los robots de combate autónomos, que asumirán las tareas más peligrosas, relegarán a la infantería tradicional. En su lugar, los infantes seguirán existiendo, bien formando parte de los grupos de Operaciones Especiales -adquiriendo un sentido estratégico-, bien dedicados a tareas de apoyo, patrulla y logística. La desaparición de la infantería tal y como la conocemos comenzará -ya lo ha hecho-, por la eliminación de las grandes unidades de montaña y paracaidistas, cada vez más difíciles de justificar y posteriormente alcanzará al resto.

La sustitución de los combatientes humanos por guerreros robóticos va mucho más allá de lo que supuso el fin de los ejércitos de masas gracias a la profesionalización a partir de los años 70 y supone una disrupción histórica que, si bien no eliminará las víctimas en los conflictos, si cambiará la relación de muchas sociedades con la guerra, al saberse los civiles a salvo de la responsabilidad de ir al frente.

Por supuesto, cada revolución trae consecuencias tanto positivas como negativas. Por una parte, terminar con profesiones enteras, como el de piloto de combate, generará resistencias de todo tipo en el seno de los propios ejércitos y afectará al espíritu de cuerpo eliminando, cada vez más, el carácter militar de estas instituciones, día a día más ocupadas por civiles de distintos ámbitos. Por otra parte, la adopción de sistemas de armas autónomos provocará un debate creciente en torno a cuestiones morales que, si bien son fascinantes, lo cierto es que quedarán de lado ante la evidencia de su utilidad militar a pesar de los probables fallos de juventud que, dicho sea de paso, se medirán en muchas vidas humanas segadas por error.

En el plano técnico los avances se sucederán con mayor rapidez de la que imaginamos: los enjambres de drones, las armas electromagnéticas y de energía dirigida, la investigación y desarrollo de nuevos equipos de guerra electrónica o ciberarmas, nuevos drones aéreos embarcados de reabastecimiento en vuelo, observación y reconocimiento o ataque, la hibridación de los vehículos y buques, con el desarrollo de baterías de alta intensidad o sistemas AIP mejorados, la introducción masiva de armas de ataque a tierra en los submarinos son avances que ya están ahí, pero que palidecen ante lo que podría llegar.

La nanotecnología, que incluye desde la biología molecular a la fabricación de máquinas y componentes microscópicos, es un campo tan desconocido por el gran público como prometedor para los planificadores militares y hará posible no solo la introducción en el campo de batalla de mini-robots letales, sino la fabricación de materiales más resistentes o de medicinas mucho más efectivas que las actuales. Todo mientras se lidia con el peligro que podrían suponer las máquinas auto-replicables, si llegan a descontrolarse.

La impresión 3D es susceptible también de convertirse en una revolución, dada la posibilidad de que equipos cada vez más complejos permitan desde imprimir piezas complejas de recambio mediante sinterización láser o estereolitografía a imprimir comida. De hecho, el US Army ya tiene en servicio varias decenas de estos ingenios entre sus unidades, con las que es capaz de fabricar piezas de recambio para todo tipo de imprevistos. Naturalmente, esto requiere cambios de todo tipo, desde doctrinales hasta orgánicos e industriales. De hecho, para implementar soluciones basadas en la impresión 3D en el futuro, las unidades sobre el terreno deberán ser capaces de descargar los planos de todo tipo de piezas, lo que cambiará, por ejemplo, la relación con los fabricantes, con los que deberá haber un contacto mucho más cercano y directo. En cualquier caso, las posibilidades para las unidades expedicionarias, como el US Marine Corps, son, al menos sobre el papel, ilimitadas.

La cibernética, esto es, las acciones de un estado para penetrar los ordenadores o redes de otra nación irá mucho más allá de lo que conocemos. La quinta dimensión es ya una realidad que no hará sino cobrar importancia, marcando la antesala de cualquier conflicto con acciones destinadas a anular sistemas de defensa, alterar la economía o simplemente promover el descontento social en íntima relación con lo que hasta ahora era la guerra psicológica y la propaganda.

Si hoy en día los robots sirven de apoyo a la infantería, en el futuro se espera que acaparen el grueso de las misiones funcionando de manera autónoma y reduciendo al máximo el número de bajas propias. Foto - US DoD
Si hoy en día los robots sirven de apoyo a la infantería, en el futuro se espera que acaparen el grueso de las misiones funcionando de manera autónoma y reduciendo al máximo el número de bajas propias. Foto – US DoD

 

 

Conclusiones

Son muchos más los cambios y no merece la pena estudiar cada uno de ellos, pues ya habrá tiempo de dedicar artículos en próximos números a aspectos concretos. No obstante, el lector debe quedarse con varias ideas, que son las que explican que lo que está por venir es una auténtica RM y no una simple RMA:

  • Los nuevos avances supondrán una revolución en la forma en que las sociedades que puedan aplicarla -en primer lugar EE. UU.- se relacionarán con el fenómeno guerra y esto tendrá consecuencias sociales, políticas y económicas.
  • Entre las tecnologías que se están investigando en el entorno de la Tercera Estrategia de Compensación, hay varias que más que una mejora, puede suponer una disrupción, como las armas autónomas o los aviones y misiles supersónicos y tendrán consecuencias estratégicas, operacionales, tácticas y doctrinales.
  • La diferenciación entre ejércitos de tierra, armadas, fuerzas aéreas o fuerzas estratégicas y espaciales será cada vez más difusa, pues la integración real, mucho más que la actual colaboración entre ellas marcará el futuro.
  • Habrá un trastorno claro en el plano teórico, gracias a una inversión de papeles, siendo prácticamente cada arma, sistema o unidad capaz de tener un efecto estratégico en lugar de únicamente táctico u operacional -piénsese en una corbeta rusa armada con el sistema Kaliber o en un hacker capaz de tumbar todo el sistema de defensa aérea de otra nación o hundir su bolsa.
  • Esto llevará la guerra a cualquier parte. Si bien hasta ahora los civiles “únicamente” sufrían la carestía o incluso los bombardeos, formas de ataque más sutiles, como los ataques cibernéticos, serán susceptibles de terminar con la vida de miles o incluso millones de personas al provocar accidentes en plantas depuradoras, centrales eléctricas, redes sanitarias, etc. De esta forma, si por una parte los civiles se librarán de servir en los ejércitos salvo de forma anecdótica, lo cierto es que serán más parte del campo de batalla que nunca, pues su sufrimiento no dependerá de la presencia de tropas en las cercanías, sino que será diario y universal.

Todos estos cambios llegarán. Algunos de ellos ya se están produciendo, pero no son sino la antesala de lo que vendrá y todavía están poco desarrollados como para saber su efecto futuro. Piénsese en los primeros arcabuces, que en absoluto podían competir con el arco largo inglés en cuanto a alcance o letalidad y piénsese ahora en el efecto de las ametralladoras en la Primera Guerra Mundial. Algo parecido sucederá con las tecnologías que EE. UU. está desarrollando ahora mismo para librarse del corsé estratégico que le oprime. Si finalmente logra la estabilidad presupuestaria necesaria y sus políticos son capaces de cumplir con lo que el Pentágono y algunos de los think tanks relacionados demandan, la próxima RM será un hecho. ■

 

 

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