Joaquín Riera Ginestar

Profesor y autor de "La Guerra Civil y la Tercera España: De cómo unas minorías extremas nos llevaron a la guerra"

Joaquín Riera Ginestar
Joaquín Riera Ginestar

 

Joaquín Riera Ginestar

Profesor y autor de “La Guerra Civil y la Tercera España: De cómo unas minorías extremas nos llevaron a la guerra”

 

Por Christian D. Villanueva López

Joaquín Riera Ginestar es historiador, escritor y sobre todo, maestro. Maestro de los de verdad, de los que enseñan a niños y jóvenes un temario y además, me atrevo a decir, valores. Es de esas personas que todavía creen en ideas tan pasadas de moda en España como la posibilidad de arreglar las cosas mediante la educación o, más aún, en considerar la Historia como algo a estudiar y no a utilizar para justificar una ideología sea esta la que sea.

 

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¿Podría definir el concepto de “Tercera España” para aquellos que no hayan leído su libro y que no hayan profundizado lo suficiente en la Historia de España como para conocerlo?

La Tercera España aflora dramáticamente en la Guerra Civil Española cuando un grupo de intelectuales y políticos, la mayoría de ellos republicanos, denuncia los radicalismos sanguinarios de derechas e izquierdas que estallan en el verano de 1936 y se exilia de España. Acto seguido, el grueso de la población española, de ideas no extremistas conservadoras y progresistas, que no quiere entregarse alegremente a la degollina, sino que quiere cambios que modifiquen las injusticias seculares desde un régimen democrático liberal, y que por eso mismo constituye la Tercera España, se ve obligada a dejar la posición central que ocupa y, por la vía de la fuerza, sobre todo los varones en edad militar, a participar en una lucha fratricida dirigida por dos minorías de exaltados que actúan siguiendo directrices de Berlín, Roma y Moscú.

 

¿Cuáles considera que son las causas principales que explican que esa “Tercera España” terminase por decantarse de un lado o de otro?¿Por qué no hubo una alternativa de compromiso dentro de la Segunda República que aglutinara este voto?

La Tercera España, constituida por el grueso de la población española, tuvo que decantarse por uno u otro lado por terror y por pura casualidad geográfica. Los mozos en edad militar acudían al frente para no ser encarcelados o pasados por las armas y luchaban en el bando que había triunfado en la zona de España en que se encontraban en julio de 1936, independientemente de que ellos compartieran o no el ideario de la trinchera por la que debían luchar y morir. Muchos de ellos desertaban en el frente en cuanto tenían la primera ocasión para hacerlo

El voto de la Tercera España se dispersó y retrajo por varias razones principales. En primer lugar por la torpeza de Manuel Azaña en algunas de sus reformas, que ninguneaban y atacaban los valores de una mayoría de españoles católicos, de diferente clase y condición, que se acercaron a la CEDA al no sentirse cómodos con la política de los republicanos de izquierdas, burgueses y teóricamente moderados, que los podrían haber atraído pero que se alejaron de ellos al pactar con los socialistas y aplicar medidas de cambio de manera muy brusca. También influyó la fuerte corrupción y la subsiguiente disgregación del Partido Radical. No menos relevante fue que la dirección de la CEDA recayese en Gil Robles en vez de en líderes más conciliadores como Luís Lucía o Manuel Giménez Fernández. Por último no puede olvidarse que la Revolución o fallido golpe de Estado de 1934 (Asturias y Cataluña) hizo que tanto el estallido revolucionario como la brutal represión posterior provocasen un retraimiento respecto de la vida política nacional de muchos españoles moderados o centristas.

Por otra parte, los intelectuales que defendían la idea de la Tercera España no tuvieron ni tiempo ni voluntad de aglutinar en un partido a la mayoría de los españoles. Eran unos idealistas convencidos de que la República traería los cambios necesarios de manera natural pero cuando se dieron cuenta de que no era así, se alejaron de la política y al estallar la guerra se exiliaron rápidamente y teorizaron sobre la Tercera España desde el exterior.

 

¿Cómo es posible que unas minorías radicalizadas arrastrasen a un país entero al suicidio?¿Hubo otros factores?

Esas dos minorías tuvieron de su lado la fuerza de las armas, en concreto, tuvieron medio ejército español cada uno a su disposición, además de un control igual de las fuerzas de orden público (Guardia Civil, Guardia de Asalto y Carabineros). También contaron con elementos paramilitares como la Falange y los Tradicionalistas, en el bando golpista, y los milicianos socialistas, comunistas y anarquistas armados por el Estado, en el bando gubernamental. No menos importante fue el control de los tribunales de justicia, militares y “populares” así como de las prisiones y los servicios de inteligencia (SIM republicano y el SIPM franquista). Pero los factores imprescindibles para que un golpe de estado fallido de tipo decimonónico se convirtiese en una guerra larga y cruenta fue la ayuda recabada por los dos contendientes de países extranjeros, esto es, Alemania e Italia en el caso de los franquistas, siendo el auxilio nazi y fascista crucial para evitar el aplastamiento del golpe, y la URSS, cuya ayuda pagada a un alto precio (reservas de oro) fue vital para que la República pudiese sostener lo que quedaba del estado republicano hasta principios de 1939.

 

Hoy en día no son pocos los que prácticamente veneran figuras como las de Azaña, Largo Caballero, “La pasionaria”, Carrillo, Negrín o, por el otro lado hay aun quien idealiza a Franco, a Primo de Rivera, a sujetos como Millán Astray, etcétera. ¿Cómo es posible que, con la cantidad de datos de que disponemos para hacer juicios completos y críticos, sigamos idealizando a personajes que, en el mejor de los casos, tuvieron las manos manchadas de sangre?

La causa principal de que se venere a personajes de derechas nefastos para España, autores directos o indirectos de miles de muertes, se debe más que nada a casi 40 años de dictadura franquista donde el sistema educativo se encargó de adoctrinar a los alumnos españoles, ensalzando a los héroes de la cruzada y al caudillo salvador de la patria. Además, las generación de españoles que no vivió la terrible represión y miseria de los años cuarenta y creció durante la apertura económica del régimen y el desarrollismo de los años 60 no tiene una visión negativa del franquismo sino más bien todo lo contrario: pleno empleo o ausencia de paro (aunque había una fuerte emigración a Europa), bajos impuestos y seguridad ciudadana, una visión sesgada, tal vez, pero que predomina en gran parte de quienes vivieron en aquella época. Los restos de la derecha franquista más acérrima junto con el fenómeno del neonazismo, activo en España desde los años 90 del siglo XX, han alimentado esta visión benévola hacía Franco y otros personajes fascistas. También lo ha hecho el movimiento de la Memoria Histórica desde el año 2000 al recuperar como héroes a personajes de izquierdas implicados en la muerte de muchos españoles.

En cuanto a la rehabilitación, mitificación y adoración postfranquista de políticos republicanos, cuyas manos están empapadas, por acción u omisión, de sangre de compatriotas, la explicación de que se les haya redimido de sus crímenes se debe a una historiografía antifranquista militante de izquierdas que se impuso en España desde la Transición que tanto se denuesta desde esos sectores. Así pues, desde las Universidades se inició un proceso de revisión tanto de la deleznable historia franquista de la Guerra Civil española, como sobre las responsabilidades en la misma, mitificándose en ese apartado los gobiernos de izquierdas de ese período (bienio “progresista” o social-azañista) y demonizándose los de derechas (bienio “negro” o radical-cedista), ensalzándose a los políticos de izquierdas independientemente de su “currículo” y denostando a la derecha en bloque sin hacer distinciones. Pero lo que remató la labor de mitificación fue el movimiento de la Memoria Histórica que floreció desde el primer gobierno de Zapatero (2004-2008). En ese momento se abrió la cuestión de la legítima recuperación de los restos de los represaliados por el franquismo por los familiares de las víctimas con ayuda del Estado. Esa acción, que era necesaria y justa y que no se atrevieron a acometer los gobiernos de Felipe González (y que desprecian de manera repugnante y entorpecen sistemáticamente los gobiernos del PP) se pervirtió, no obstante, cuando ocurrió lo que precisamente los socialistas de los años 80 querían evitar: el surgimiento del revanchismo histórico y del guerracivilismo, atizado desde por la izquierda más radical para obtener réditos electorales, con el peligroso apoyo de sectores universitarios que, con sus libros militantes, hicieron que se pasase de una historiografía equilibrada sobre los hechos y personajes de la Guerra Civil a una totalmente sesgada que se ha impuesto entre los más jóvenes. Estos, además, también han sido adoctrinados en el maniqueísmo guerracivilista por un sector del profesorado en institutos de enseñanza secundaria de ciertas zonas de España.

Al compartir la reseña de su libro en diferentes foros, nos sorprendió sobremanera la reacción de cierto sector cercano a Podemos e Izquierda Unida en el que se tachaba su teoría de “altamente tóxica”, acusándole de haberla creado poco menos que para justificar que un grupo golpista y bien armado y pertrechado exterminase a una España mayoritaria que era además de izquierdas y que estaba totalmente indefensa. ¿Qué puede decir al respecto?

Ya se sabe que la ignorancia es muy atrevida. No se puede juzgar un libro por su cubierta o por una reseña a menos que se sea un iletrado o un sectario. Si quienes afirman esa sandez se tomasen la molestia de leerse mi breve libro se darían cuenta, hasta donde les deje la miopía de su fanatismo y su odio, de que mi ensayo tras reconocer, como no podría ser de otra manera, el genocidio franquista sobre una gran parte de la población española, pone de relevancia que tanto los franquistas como los “líderes populares” o “representantes democráticos” de los españoles impusieron una carnicería a costa del pueblo español en su conjunto que, igual que sucede en todas las guerras del mundo, no quería, de ninguna manera, sacrificarse ni por la causa de la democracia republicana (caída en julio de 1936 por obra no solo de los golpistas, sino también de los izquierdistas radicales) ni por la del fascismo. Lo único tóxico aquí es propagar teorías guerracivilistas y maniqueístas y acusar, a quienes cuestionamos el trasnochado y dañino mito franquista de las “dos Españas”, de revisionistas, negacionistas y neofascistas. Los únicos fascistas son los que quieren imponer su verdad a los demás por la fuerza, sin argumentos y solo a base de descalificaciones. Pero ya se sabe que hay quienes en el mundo político y académico odian, con todas sus fuerzas, aquello que dijo un judío desarrapado del siglo I: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Juan 8,32)”.

 

A día de hoy, la situación de España con un Gobierno que ha firmado barbaridades como la “Ley Mordaza” y con movimientos que llaman constantemente a salir a las calles y no a protestar de forma civilizada sino a luchar y con un lenguaje que recuerda al de otros tiempos, no pueden sino establecerse paralelismos con la España de los años 20 y 30. ¿Estamos exagerando la situación?

Los paralelismos pueden establecerse salvando las distancias históricas. Es imposible que se de otra guerra como la de 1936-39 porque la situación del Ejército no es la misma que en aquella época ni ningún gobierno armaría al pueblo para hacer frente a un hipotético golpe de Estado. Tampoco, como ocurrió en 1934, el gobierno utilizaría el Ejército para reprimir el movimiento independentista de algún territorio español. Además no contamos con dos ideologías antagonistas autoritarias en la escena internacional que pudieran dar apoyo a los bandos en liza como ocurrió con el fascismo y el comunismo en aquella época.

Las similitudes que se pueden observar son que el PP durante sus mayorías absolutas con Aznar y Rajoy con su manera despótica de gobernar emuló en cierto modo a la CEDA de 1934-1936. También se ve que el ala más radical de Podemos defiende, de manera más o menos abierta, especialmente su líder, a pesar de tener representación en el Parlamento, la lucha callejera para imponerse a sus adversarios y favorecer la instauración, se supone que con la mediación de las elecciones, de un sistema de gobierno bolivariano recordando, en cierta manera, el modus operandi de las JSU, guiadas por Largo Caballero, y de los anarquistas entre 1933 y 1936. Por otra parte en el contexto internacional estamos una situación de ascenso de los populismos de derechas e izquierdas que recuerdan a las ideologías totalitarias de los años 30 del siglo XX.

 

¿De dónde proviene ese revanchismo que se puede ver en la izquierda y, muy particularmente en personas que no vivieron ni la Guerra Civil ni, en muchos casos, la propia dictadura franquista?

El revanchismo ha sido fomentado desde un sector universitario por historiadores militantes de izquierdas con sus libros sesgados. Dicho revanchismo, como comentaba, también se ha filtrado a la enseñanza secundaria, simplificando hasta el extremo la explicación de la Guerra Civil para favorecer una tesis concreta que ensalza y mitifica de manera infantil a la Segunda República a la vez que fustiga a toda la derecha sin hacer distinciones. La ley de la Memoria Histórica promovida por Zapatero, para mi muy necesaria pero manipulada de forma partidista por la extrema izquierda (sectores de Izquierda Unida y del podemismo), a veces en forma de espectáculo mediático (juez Garzón), junto con la repulsiva insensibilidad que el PP manifestó y manifiesta hacía ella, entorpeciendo su desarrollo y haciendo declaraciones repugnantes como la Rafa Hernando (noviembre 2013) que dijo que “algunos se han acordado de su padre enterrado sólo cuando había subvenciones”, también ha ayudado a echar leña al fuego del revanchismo.

 

En su libro se hacen numerosas menciones a figuras como Ortega y Gasset y otros intelectuales que terminaron, en el mejor de los casos, en el exilio. Figuras respetadas en su época algunas de ellas y que, sin embargo, no lograron ni frenar el conflicto, ni dar voz a esa “Tercera España” que era sin duda mayoritaria. ¿Qué cree que falló?

Esas personalidades criticaron duramente algunos hechos que empezaron a producirse tras la proclamación de la II República como la quema de conventos de mayo de 1931 pero no tuvieron peso en el debate constitucional ni ocuparon cargos de relevancia en los gobiernos republicanos. Tampoco tuvieron voluntad de formar ningún partido político. Simplemente se desengañaron progresivamente de la república que tanto habían deseado y desde su torre de marfil observaron cómo se descomponía. Cuando se incendió todo en julio de 1936 simplemente huyeron.

 

Nos decía Stanley G. Payne en una entrevista que realizamos hace un par de meses que en España “hay una cultura nueva que es igual de perniciosa [que la previa a la Guerra Civil], aunque de un modo diferente. Hasta que se supere seguirá igual. Actualmente no existen ningunas “dos Españas”, que es un invento de las izquierdas. Puesto que todo lo que no es de izquierdas es tan sumiso, el truco seguirá”. ¿Cree que está en lo cierto y que solo se habla de “dos Españas” y se recurre constantemente al victimismo, a la historia adulterada y al maniqueísmo con fines puramente electorales?

Estoy total y absolutamente de acuerdo con el ilustre profesor Payne. Lo terrible del asunto es que es “cultura nuevaigual de perniciosa que la franquista” a la que alude el señor Payne se está fomentando no solo desde los foros políticos con fines electoralistas, sino desde las propias instituciones de enseñanza, principalmente la universidad pero también los institutos de secundaria, obviando que la función del docente en general y del historiador en concreto es formar en la verdad histórica y el libre pensamiento no en la opinión personal con fines ocultos. Lo mismo ocurre con el sentimiento nacionalista que se inocula de manera artificial en algunos territorios de España desde la más tierna infancia. Estos hechos no hacen más que confirmar que hay un serio problema en el sistema educativo español en todos sus niveles.

 

Hoy más que nunca, quizá desde los años 30, España está en peligro si no de caer en un nuevo conflicto armado, si de caer bajo el peso de las diferencias entre izquierda y derecha, centralismo y nacionalismo, las tensiones raciales y religiosas derivadas de la inmigración, etcétera. Por desgracia, todos estos problemas requieren altura de miras y soluciones a muy largo plazo, además de valentía y por encima de todo, educación. ¿Cree que hay esperanzas para un país que ha dejado de lado esto último?

Soy muy pesimista. La transferencia prevista en la Constitución de 1978 de la competencia educativa a las Comunidades Autónomas ha significado la aparición de 17 sistemas educativos diferentes manipulados por el gobierno regional de turno con fines perversos. No hay ninguna voluntad política de revertir la situación y unificar de manera objetiva criterios generales y objetivos mínimos. Es una situación que, entre otros fallos del sistema educativo español, explica el elevado número de analfabetos funcionales manipulables que existen en el Estado español así como el fracaso económico de nuestro país.

 

En su libro habla de casos como el de su bisabuelo, odiado por igual por uno y otro bando, precisamente por actuar de acuerdo a una ética impecable y, lo que es peor, tener ideas propias en lugar de repetir consignas. ¿Merece la pena seguir su ejemplo o están condenados al fracaso aquellos que en lugar de alzar la voz prefieren la fuerza de la razón y en lugar del odio el respeto?

Siempre merecerá la pena seguir el ejemplo de alguien como él, no porque fuera mi bisabuelo, sino por su ética insobornable. Pero hoy en día seguir ejemplos como el suyo es algo condenado al fracaso en un mundo dominado por la impostura permanente para obtener beneficios personales o corporativos a corto plazo. Un mundo en que la hipocresía más vil, disimulada bajo la expresión “políticamente correcto”, se manifiesta por ejemplo en la venta armas por parte de gobiernos democráticos occidentales a países criminales que se las “regalan” a terroristas que atacan Europa o a clanes de la guerra africanos que las utilizan para formar a niños soldado y secuestrar niñas. No digo que uno no haya que mantenerse firme en sus convicciones, pero la realidad es que la “lógica” del capitalismo neoliberal que ha convertido los intereses de las multinacionales, defendidos por gobiernos solo democráticos sobre el papel (elegidos por los ciudadanos pero realmente al servicio de corporaciones foráneas) y la homogeneización esclavista que ha impuesto en el mundo basada en unas desigualdades económicas y sociales cada vez más profundas y que alientan el fanatismo y el terror (equivalente a un recorte de libertades y derechos), hacen difícil para cualquiera ser un hombre de principios en el siglo XXI.

 

Han pasado ya ocho décadas desde que se iniciase el conflicto y sin embargo muchas heridas siguen abiertas. ¿Es posible cerrarlas? ¿Deberíamos haber hecho un esfuerzo mayor a la hora de juzgar a los responsables del Régimen Franquista? ¿Tiene sentido reabrir unas heridas para cerrar otras? ¿Ha funcionado esta “higiene histórica” en otros países como los que podemos encontrar en Iberoamérica?

Las heridas se suponía que estaban cerradas ya con el proceso de la Transición que algunos desde la comodidad de lejanía histórica podrán ver como una “traición” o una “transacción”, una “ley de punto final” o de “silencio”, pero que fue aceptada, igual que la monarquía y la bandera, tanto por los herederos de los vencedores como por los representantes políticos de los perdedores, es decir, socialistas y comunistas. Los gobiernos de Felipe González tuvieron esto muy en cuenta y en la declaración oficial con motivo del 50 aniversario del inicio del conflicto (1986) se indicó, entre otras cosas, que “el Gobierno expresa su convicción de que España ha demostrado reiteradamente su voluntad de olvidar la heridas abiertas en el cuerpo nacional por la guerra civil, su voluntad de vivir en un orden político basado en la tolerancia y la convivencia, en el que la memoria de la guerra sea en todo caso, un estimulo a la Paz y el entendimiento entre todos los españoles”. Está claro que se debería haber hecho más para juzgar a responsables franquistas, como mínimo a los del tardofranquismo, aún vivos e imputables jurídicamente, pero esa oportunidad se malbarató por la desaparición de documentación del Movimiento, destruida intencionalmente por miembros del primer gobierno de Suárez, y por el pacto del olvido reseñado más arriba entre derechas e izquierdas. Era más importante consolidar la democracia que hacer justicia a las víctimas del franquismo, juzgando a sus verdugos.

Posteriormente, a partir del inicio del siglo XXI, desde el ámbito de la historiografía militante de izquierdas, y sobre todo con la Ley de la Memoria Histórica (2007), algunos elementos de la izquierda (pero también de la extrema derecha a través de panfletos neofranquistas convertidos en bestsellers de supermercado) aprovecharon la ocasión para reabrir, guiados por intereses partidistas, las heridas que el gobierno socialista de 1986 daba por cerradas, pervirtiendo el principio de que “la memoria de la guerra tenía que ser, en todo caso, un estimulo a la paz y el entendimiento entre todos los españoles”. Desde mi punto de vista, debería asumirse lo que se acordó en la Transición a la vez que aplicar hasta sus últimas consecuencias, pero de manera neutra, la Ley de la Memoria Histórica (cuya dotación económica siempre ha sido insuficiente cuando no nula). Básicamente debería llevarse a cabo la exhumación de todos los represaliados sin que ello supusiese querer reescribir la historia, ni recrear el conflicto de manera simplista atendiendo a intereses particulares.

 

¿Ha ayudado la Ley de Memoria Histórica o por el contrario no ha hecho sino empeorar las cosas?

La Ley de la Memoria Histórica es “per se” justa y necesaria en un país democrático como se supone que es España, lo que pasa es que se ha utilizado de manera interesada por los “hunos” y los “hotros”, y, en este sentido, ha empeorado las cosas.

 

¿Qué puede decirme de polémicas como las que afectan al Valle de los Caídos o al Arco de la Victoria de Madrid?

Considero que, en el marco de la Ley de la Memoria Histórica, dichos monumentos no deberían ser demolidos o clausurados (en el caso del Valle de los Caídos), sino que tendría que fomentarse una reinterpretación de los mismos desde la democracia, incluyendo como primera medida el traslado de los restos de José Antonio y de Franco a un cementerio ordinario para que dejase de ser un mausoleo del dictador y su dictadura. Pero ya se sabe que falta voluntad política para acometer esas medidas.

 

Durante muchos años se ha alabado la Transición como un ejemplo insuperable de reconciliación nacional. La realidad, pasados los años no es, sin embargo, tan agradable. Ahora, más que nunca, parece evidente que se cometieron numerosos errores. ¿Cree que es necesario como piden algunos una segunda Transición?

Yo considero un error juzgar negativamente a la Transición y calificarla en bloque como deficiente, porque gracias a ella y a la cesión que don Juan Carlos hizo al pueblo español (a cambio de mantener la institución monárquica sin referéndum al respecto) de los poderes que le había transmitido Franco, fue única y ejemplar y nos ha proporcionado a los españoles paz y desarrollo económico durante 30 años. Ahora bien, esta consideración no excluye el reconocimiento de la necesidad de renovar o actualizar algunos elementos surgidos en aquel periodo como la Constitución de 1978, y concretamente la organización territorial de España y el tipo de Estado (monarquía o república).

 

En caso afirmativo; ¿qué asuntos clave habría que reformar para tener un estado que no esté continuamente cuestionado?

Desde mi punto de vista debería acometerse un debate profundo y una reforma acordada de la organización territorial del estado español.

 

En nuestro país hay un fuerte debate acerca de términos como nación, nacionalidad, región, etcétera. En su mayoría son debates bastante bizantinos, pues afectan a sentimientos más que a realidades históricas y por tanto, no están sujetos a razones como los hechos históricos. A lo que aquí importa el caso es que buena parte de la población de varias regiones no se siente española o, peor aún, ha sido educada en el odio a una idea de España que difícilmente se corresponde con la realidad. ¿Está en nuestra mano darle la vuelta a esta situación?

La educación y concretamente la cesión a las autonomías de la competencia sobre ella ha sido la causa general del adoctrinamiento nacionalista siguiendo intereses personales o políticos más que altos fines patrióticos como lo demuestra el caso de Jordi Pujol. Dado que la competencia sobre Educación no va a volver nunca al Estado central, no hay nada que hacer. La única salida es articular el estado español de una manera federal o confederal y que entonces los ciudadanos, si no ven llegar el reino de Jauja prometido a pesar de la completa autonomía o cuasi independencia de sus territorios, se den cuenta de que les han vendido la moto del independentismo/nacionalismo con fines meramente políticos y que tal vez manteniéndose juntos todos los españoles la situación sería mejor.

 

El nacionalismo catalán, vasco y cada vez más, de otras regiones tiene raíces culturales, lingüísticas, históricas y, sobre todo, un denominador común como hemos dicho, que es el odio a España, en gran parte como reacción a cuatro décadas de dictadura. Aun así, en España es rara la ocasión en la que alguien admite que buena parte del atractivo del nacionalismo es consecuencia de los errores propios y, sin embargo, hacer esta lectura es imprescindible para afrontar el problema de los nacionalismos en toda su envergadura. ¿Debe hacer España autocrítica?

En primer lugar considero que la mayor parte del odio a España que vivimos hoy no deriva del franquismo (que evidentemente dejó una profundísima huella negativa), sino del régimen del 78, esto es, de la descentralización federalista no reconocida que implicó a nivel territorial, dejando en manos de cada territorio la educación, utilizada, junto con las televisiones autonómicas, como arma de adoctrinamiento y odio con fines partidistas por algunos partidos nacionalistas, un arma intensificada en momentos de declive económico estatal y regional y de fuerte corrupción política entre la élite nacionalista, como ilustra el caso catalán. En segundo lugar no es menos cierto que el nacionalismo español, centralista desde el siglo XVIII, ha menoscabado la diversidad nacional, una diversidad que supuso la existencia de territorios que tenían un estado propio hasta el siglo XV. Dicha miopía del estado central ha profundizado el sentimiento diferencial de varios territorios en el sentido indicado antes, esto es, ha estimulado la radicalización nacionalista periférica de la población a través de la educación y los medios de comunicación. Por tanto, el nacionalismo español retrogrado que predomina en el estado español debe hacer una reflexión crítica y buscar puentes de entendimiento con aquellos ciudadanos españoles de territorios que no se sienten integrados en España o identificados con lo español, independientemente de la razón que justifique esa posición centrífuga.

 

En opinión de quien escribe, España es un país enfermo. Enfermo de miedos y de complejos estériles, pues cree que no puede ser si no es un estado unitario como otros. Sin embargo, España, para ser, ha de dejar de lado estas ideas y volver a lo que siempre fue; la casa común de pueblos muy diferentes, cada uno con sus particularidades pero todos con una serie de objetivos comunes. ¿Es posible alcanzar eso?

Considero que solo se podría vislumbrar esa posibilidad estableciendo una organización territorial auténticamente federal, sin asimetrías, y acompañando esa reforma de una profunda pedagogía de la diversidad en la unidad, una pedagogía que enseñe, sin dogmatismos, la riqueza de la historia y la cultura que nos une a pesar de nuestra disparidad (lingüística y de otro tipo). Pero sin voluntad política eso no es posible. Espero que esta nueva etapa de la política española en que han desaparecido las mayorías absolutas sirva al menos para abrir el diálogo con vistas a esa necesaria reforma estructural.

 

Voy con una pregunta difícil, pues pocos se atreven a hablar sobre ello. ¿Cree que la Monarquía es una losa sin la cual sería más sencillo reformar el Estado y hacer frente a algunos de los problemas que lo aquejan? De ser así; ¿debería Felipe VI dar un paso adelante en lugar de seguir practicando un discurso continuista como el que nos ha regalado estas navidades y que en nada ayuda?

La corona podría ser parte de la solución del problema, de dos maneras. La mas democrática sería someter a referéndum la institución para que el pueblo español decidiese entre monarquía o república. Ahora bien, el que ganase la opción republicana no tendría por qué derivar en una reforma federal del estado pues hay repúblicas centralistas como Francia que están a años luz de la autonomía cuasi federal de la que gozan los territorios españoles. Otra solución sería la reforma del estado sin tocar la institución de la monarquía, esto es, que España se convirtiese en una monarquía parlamentaria federal. Lo importante aquí para el cambio, más que la Corona, creo yo, es la voluntad de los políticos de reformar el modelo territorial de la Constitución de 1978 y llevar a cabo una federalización equilibrada, con rey o sin rey, del modelo territorial español.

 

Usted es profesor. Desde Ejércitos insistimos siempre en que cualquier atisbo de solución para España no puede sino provenir de una educación completamente renovada ¿Está usted de acuerdo?.

Estoy absolutamente de acuerdo.

 

¿Qué cree que debe cambiarse en los programas educativos para que nuestros hijos no comentan nuestros errores y los de nuestros padres y abuelos?

Habría que promover un programa basado en una enseñanza en se fomente la “cultura del esfuerzo” y no la “promoción automática”; una enseñanza donde se motive adecuadamente a los alumnos y no se mantenga en el sistema (pero se les dé una salida alternativa) a aquellos que entorpecen la marcha de los que sí que quieren aprender; una enseñanza que controle y evalúe periódicamente la calidad del profesorado; una enseñanza más práctica y menos teórica; una enseñanza, que sin descuidar los valiosos e imprescindibles contenidos humanísticos y morales (tratados desde una óptica neutra), estuviese orientada e integrada con el mercado laboral. Ahora no es así y por ello considero que suceden dos cosas terribles que explican tanto el fracaso económico de España como el brutal nivel de desempleo juvenil:

  1. Hay un elevado fracaso escolar con gente que a duras penas obtiene el Graduado en la ESO, para acto seguido convertirse en el nini que ya era en potencia (en gran parte por culpa de su entorno familiar).
  2. Hay un número excesivo de licenciados en titulaciones universitarias escasa o nulamente demandadas que acaban de fregaplatos en el Reino Unido o Alemania.

El nuevo sistema educativo debería tener menos asignaturas pero que integrasen de manera sintética varias materias en una. También se debería promover un currículo con unos contenidos mínimos o básicos idénticos para todos los alumnos españoles, independientemente de su territorio de residencia. Por ejemplo, la asignatura de Historia de España, programada desde una óptica crítica neutra y que fomentase la unión en la diversidad, debería ser idéntica en todas las CC.AA., sin que eso supusiese ningún menoscabo para las historias de cada territorio que deberían estudiarse también, pero en una asignatura aparte y sin ser utilizadas partidistamente como arma de adoctrinamiento, que es lo que sucede actualmente.

 

¿Es posible llevar a cabo esta reforma?

No. La cesión de la competencia en Educación a las autonomías lo impide. Cualquier intento de “reformar” y “homogeneizar”, en sentido positivo, el sistema educativo, está abocado al fracaso por la resistencia de las autonomías con un fuerte sentimiento nacionalista e incluso por aquellas en que el color del gobierno es distinto del central. Se necesitaría un amplio consenso que veo imposible, sobre todo con los sectores nacionalistas de ciertos territorios.

 

Actualmente vivimos en un clima casi de terror provocado por el radicalismo islámico y la amenaza terrorista. En puridad, los grupos terroristas, por muy infiltrados que estén, no dejan de ser enemigos débiles que se aprovechan, precisamente, de la debilidad y los errores de su oponente, en principio mucho más fuerte que ellos mismos. ¿Qué cree que debe hacer nuestra sociedad para fortalecerse ante tales amenazas?¿Hemos perdido valores básicos en los últimos años?

Ese clima de terror, como todos sabemos, no es espontáneo, sino que es consecuencia directa de la política de tierra quemada practicada por los EE.UU. en el Próximo Oriente tras salir trasquilados de Vietnam. Los primeros muyahidines los financió y entrenó la CIA en los años 80 en Pakistán. El terror del siglo XXI, a diferencia del terror anarquista de la “propaganda por el hecho” de finales del siglo XIX y principios del XX, que atacaba a los líderes (jefes de Estado y primeros ministros) como “responsables” de la situación de miseria de las clases populares urbanas y rurales, actúa ahora contra el eslabón más débil de la cadena, la población civil de a pie. Contando con la financiación de países árabes, utiliza a jóvenes marginales de origen magrebí de barrios trabajadores europeos así como el drama humano de la emigración de zonas de guerra hacia Europa para masacrar a una ciudadanía occidental atenazada por la crisis económica (paro y pobreza), creada artificialmente por los amos del mundo, y desencantada con la UE de los “mercaderes” donde Bruselas y Berlín (residencia de la elite burocrática, política y económica) actúan con los países de sur (PIGS) como la hacía el Imperio romano con sus colonias. En este contexto es lógico que crezca el sentimiento xenófobo y tomen fuerza los populismos de derecha e izquierda entre la población la cual, además, tiene que soportar un recorte de sus libertades en aras de la lucha contra el terrorismo islamista. La población poco puede hacer en esta situación sombría. La amenaza terrorista seguirá existiendo mientras sean financiados por los petrodólares grupos como el DAESH y mientras estas organizaciones criminales se nutran de focos de miseria y sufrimiento como los de las ciudades y pueblos del Próximo Oriente (sin olvidar Afganistán y Pakistán), sobre todo de Siria e Irak, y el norte de África, donde unas dictaduras, en el mejor de los casos, han dado paso a otras dictaduras (Egipto) o se han sumido, en el peor escenario, en una anarquía salvaje (Libia) o, en el caso del África subsahariana, en luchas interminables entre señores de la guerra (Somalia). La sociedad occidental ha perdido valores debido a la descomposición moral de las élites políticas y económicas que la controlan y cuya actuación se ha basado en la corrupción extrema y la búsqueda del interés económico a corto plazo (neoliberalismo “criminal” o “genocida”), sustentado en la “flexibilización” del mercado laboral y la “deslocalización”, esto es en la esclavización formal o informal y depauperación de la población mundial a costa del enriquecimiento de unos pocos.

 

Terminamos con una serie de preguntas que no podían faltar: ¿Dónde podemos encontrar hoy la “Tercera España”?¿Queda algo de ella?¿Tendrá algún día voz?

La Tercera España está hoy como lo estuvo siempre, en aquellos ciudadanos anónimos que son contrarios a los excesos y dogmatismos de cualquier tipo pero cuya voz no encuentra un foro de expresión debido a que los partidos políticos o están a favor del sistema podrido o quieren derribarlo para construir el suyo propio donde una “casta” nueva sustituirá a la vieja: mismos perros, pero con distinta correa. Siempre quedará algo de la Tercera España, porque está en el alma de la mayoría de los españoles con un palmo de frente o sensatez. Ojalá tuviese algún día la oportunidad de emerger esa Tercera España, pero no lo veo nada fácil en un país dominado por el simplismo.

 
 
 

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Fundador y Director de Ejércitos – Revista Digital de Armamento, Política de Defensa y Fuerzas Armadas. Ha sido también fundador de la revista Ejércitos del Mundo y ha trabajado y colaborado en diferentes medios relacionados con la Defensa como War Heat Internacional, Defensa o Historia de la Guerra, entre otros, tras abandonar las Fuerzas Armadas en 2009.