Letalidad Distribuida

El nuevo Concepto Operativo de la US Navy

Los destructores de la clase Zumwalt, pese a ser únicamente tres, se constituyen en un activo imprescindible para lograr el Control Ofensivo del Mar, gracias a su sigilo y pegada
Los destructores de la clase Zumwalt, pese a ser únicamente tres, se constituyen en un activo imprescindible para lograr el Control Ofensivo del Mar, gracias a su sigilo y pegada. Foto - US Navy

 

Letalidad Distribuida

El nuevo Concepto Operativo de la US Navy

 

Por Christian D. Villanueva López y Guillermo Pulido Pulido

 

En 2015, el Instituto Naval de los Estados Unidos (USNI) publicó un artículo firmado por el Vicealmirante Thomas Rowden y los Contraalmirantes Peter Gumataotao y Peter Fanta, en el que se pedía un cambio operativo en la US Navy que condujese hacia lo que sus autores denominaban como “Letalidad Distribuida”. Para ello, no solo pedían aumentar el poder ofensivo de cada buque de la flota de superficie, sino que pretendían, además, que estos pasaran a operar en lo que definían como “hunter-killer surface action groups”, dejando atrás las grandes formaciones de escoltas, con orientación AAW y articuladas en torno a portaaviones de propulsión nuclear.

Si en el número 1 de nuestra revista hablábamos acerca de la Third Offset Strategy, entendida como el esfuerzo económico, militar, técnico y diplomático de Estados Unidos por compensar el auge militar de la República Popular de China y su expansión, especialmente en el terreno naval, toca ahora pasar del terreno estratégico al operativo.

Los últimos años se han caracterizado, en el terreno que nos ocupa, por la progresiva erosión de la capacidad de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos para operar allí y donde considerasen oportuno sus autoridades. A pesar del esfuerzo presupuestario que siguió al 11-S y que se ha prolongado durante lo que se conoce como “Guerra contra el terror”, lo cierto es que el nivel de atrición sufrido por el material y unidades estadounidenses ha sido notable, como demuestran los apresurados programas de extensión de vista de los Boeing F/A-18 Super Hornet o las quejas en torno al nivel de alistamiento de muchas unidades. Este hecho, unido a los progresos realizados por sus principales rivales -especialmente China y Rusia, pero también países como Corea del Norte o Irán- ha provocado que los EE. UU., aun manteniendo una indiscutible primacía en cuanto a inversión y capacidades, ya no posean la superioridad de los años 90, tiempo en el que podíaN proyectar su poder por todo el globo prácticamente sin oposición.

Durante el tiempo que ha pasado desde el final de la Guerra Fría una serie de decisiones poco afortunadas -como la orientación de la flota de escoltas hacia la defensa antiaérea y antimisil en detrimento de las capacidades ASW y ASuW o la apuesta por los LCS- y la progresiva implantación de sistemas A2/AD por parte de sus competidores, han llevado a la US Navy en general y más específicamente a la flota de superficie, a una situación crítica en la que podría ser incapaz de cumplir con las misiones que tiene asignadas. Esto, unido a los actuales problemas presupuestarios, amenaza con degradar hasta niveles fatídicos la supremacía de la US Navy, llegándose al punto de ser incapaz de vencer en ciertas condiciones a sus rivales más directos, con la vista siempre puesta en la República Popular de China.

Tal es así que la propia armada estadounidense ha ido reconociendo de forma paulatina la nueva situación, al pasar de perseguir el dominio efectivo del mar a buscar el control relativo del mismo, esto es, el dominio sobre espacios concretos durante el tiempo necesario para lanzar operaciones aeronavales o anfibias. Una situación radicalmente diferente de la de hace tan solo dos décadas, cuando nada ni nadie podía oponerse a una US Navy que se enseñoreaba de los Siete Mares.

Es un hecho que la profusión de misiles balísticos y de crucero antibuque, así como de medios ISR capaces de proporcionar a los anteriores la información necesaria para hacer blanco, ha superado las capacidades antiaérea y antimisil de los buques de la US Navy y, lo que es peor, ha situado la relación de costes muy a favor de los atacantes. Esta ventaja es aprovechada por países como China para instalarse en puntos estratégicos como los archipiélagos de Spratly y Paracelso sin que nadie pueda hacer nada para evitarlo, del mismo modo que otros como Irán podrían hacer uso de este tipo de armamento para cerrar el vital estrecho de Ormuz, socavando progresivamente la presencia internacional de los EE. UU.

Lo que es peor, la adopción de esos sistemas aumenta la incapacidad de EE. UU. para ofrecer una respuesta gradual y creíble en la “zona gris”, esto es, ante aquellos ataques que no son tan graves como para merecer una respuesta convencional completa, como podría ser un bombardeo o un desembarco anfibio. Esto es, precisamente, lo que ocurre en el caso de las islas que China está militarizando en el Mar de China, amparándose en una política de hechos consumados ante la que los EE. UU. no pueden ofrecer una respuesta adecuada. Dicho de otro modo; los rivales de EE. UU. saben que, ante ciertos comportamientos, frente a los que cabría responder con un ataque proporcionado, EE. UU. no puede hacer nada en tanto enviar unos pocos bombarderos o hacer un pequeño desembarco es totalmente inviable dados los equipos A2/AD desplegados en la zona. Esto deja como únicas respuestas posibles por parte estadounidense bien la diplomacia -bastante ineficaz para frenar ciertos comportamientos- y la presencia naval en forma de las tan publicitadas como inútiles operaciones de libertad de navegación en la que los CSG estadounidenses muestran pabellón en lugares como el Mar de China, sin efecto alguno sobre la política de ocupación practicada por Pekín.

Efectivamente, en China, a fines de los años 90 y tras un periodo de análisis, entendieron que en el caso de que hubiera una guerra con los EE. UU., la manera óptima de enfrentarse a los estos era hacerlo asimétricamente imponiniendo a las fuerzas de EE. UU. una serie de zonas A2/AD. La forma más efectiva y eficiente de prepararse para ganar dicha guerra asimétrica fue la de dar un gran impulso a sus capacidades balísticas y misilísticas de crucero, reforzando lo que era el Segundo Cuerpo de Artillería del Ejército de Popular de Liberación (Tierra), actualmente denominada Fuerza de Cohetes del Ejército Popular de Liberación (EPL), a lo que se añaden las capacidades de la Fuerza Aérea del EPL, que jugará un papel primordial con sus bombarderos estratégicos medios dotados de misiles de crucero de gran alcance y precisión.

En la actualidad, los chinos probablemente tendrán entre 100 y 200 misiles balísticos de alcance intermedio DF-26 con capacidad para atacar Guam y toda la segunda cadena de islas, así como los buques de la US Navy gracias a sus cada vez más sofisticados medios C3ISR. Dicho misil apareció en público por primera vez en el desfile del Día de la Victoria de septiembre de 2015, adelantándose varios años su entrada en servicio, ya que se especulaba con que un misil intermedio (el DF-26) estaría listo hacia el año 2020. Sin embargo, en septiembre de 2015 pudieron verse 16 lanzadores de misiles DF-26 portando sus respectivos misiles y para colmo, desde finales de 2016 China ya está poniendo en servicio los primeros aviones furtivos J-20 (posiblemente cuando entre en servicio servirá como avión de ataque/bombardero medio), por lo que desde finales de 2017 es muy posible que a los bombarderos H-6K con misiles de crucero CJ-20, haya que sumar aviones furtivos J-20 con algún tipo de munición de ataque stand-off. A todo lo anterior hay que unir la amenaza que representan los propios buques de una PLAN en constante crecimiento y mejora y sus capacidades nada desdeñables.

Algo parecido, aunque a menor escala, podríamos decir de Irán, que ha hecho un esfuerzo titánico en los últimos tiempos por dotarse de misiles tierra-tierra, antibuque y de lanzamiento aéreo que le permitan establecer una zona de negación suficiente para prevenir un ataque israelí -salvo en caso de guerra a gran escala-, además de para cohibir a EE. UU. de intervenir ahora que el balance de poder en Oriente Medio se ha inclinado del lado iraní (en colaboración con Rusia) en detrimento de los propios EE. UU. y sus aliados.

Corea del Norte, pese a lo anticuado de sus Fuerzas Armadas, ha logrado hacerse con un incipiente arsenal nuclear y, lo que es peor, con un número de vectores suficiente como para hacer que dicho armamento suponga una amenaza inasumible para algunos de sus vecinos, que podrían caer en la tentación de desacoplarse de la alianza con los EE. UU. A esto se une una red antiaérea en muchos casos obsoleta, pero que sigue constituyendo un peligro y, por supuesto, su ingente parque artillero.

Mención aparte merece la Federación Rusa que, pese a no igualar el número de misiles balísticos chino, cuenta con poderosos argumentos para disuadir a EE. UU. de realizar cualquier ataque no ya directamente contra la Rodina, sino también contra las zonas en las que este estado ha fijado sus líneas rojas. Además, la disuasión rusa no se basa, al contrario de lo que se cree, en las armas nucleares, sino que ha venido, especialmente desde 2010, desarrollando unas capacidades en cuanto a municiones de precisión sumamente preocupantes (la denominación rusa para estas armas es Armas de Gran Precisión o Vysokotochnoye Oruzhiye – VТО). Es más, en el pensamiento militar ruso estas armas, incluso dotadas de municiones convencionales, tienen un carácter estratégico evidente y son una herramienta imprescindible en cualquier escalada.

En resumen, podemos decir que los competidores de los EE. UU. han desarrollado una serie de doctrinas e implementado nuevos tipos de armamento que, en conjunción, son capaces de limitar la libertad de acción estadounidense, impidiéndole poner en práctica respuestas proporcionadas. Las implicaciones de esto último son mucho más serias de lo que se piensa, pues:

  • Se daña la imagen exterior de EE. UU., al aparecer como una gran potencia incapaz de defender sus intereses allí en donde se encuentren comprometidos y, no digamos ya, de asumir el papel de gendarme global.
  • Se pone en tela de juicio su capacidad de defender, llegado el caso, a aliados como Corea del Sur o Japón favoreciendo el decoupling (desacople) y resquebrajando las alianzas que se han ido forjando desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
  • Fomenta el recrudecimiento de la carrera de armamentos en regiones como Oriente Medio, Europa del Este o Extremo Oriente, dado que las potencias revanchistas tienen más incentivos para tratar de mejorar su posición mediante el uso de la fuerza mientras que las partidarias del statu quo se ven forzadas a asumir el peso de su defensa que antes se sostenía, en gran parte, gracias a su alianza con los EE. UU.

Naturalmente, en Washington no están dispuestos a dejar que esta situación se prolongue y llevan tiempo buscando respuestas. Ya en 2012, anticipando lo que vendría después, el Almirante Jonathan Greenert, a la sazón Jefe de Operaciones Navales de la US Navy, resumió ante el Congreso de los Estados Unidos la nueva postura de la armada estadounidense en tres principios:

  • Warfighting first
  • Operate Forward
  • Be ready

Pretendía con ello poner el acento en la necesidad de centrar la US Navy en el combate y no en otro tipo de operaciones (policía marítima, imposición de la paz, evacuación de no combatientes…), en la capacidad para operar de forma avanzada, sin importar la disponibilidad o carencia de grandes bases aeronavales y, por último, en la obligación de estar preparados para los escenarios más crudos después de una época de cierta complacencia.

En este sentido, el artículo de Rowden, Gumataotao y Fanta al que hacíamos referencia al inicio, no hacía sino recoger el testigo de lo propuesto por el Almirante Greenert, llevándolo al terreno operativo y abriendo con ello un debate en el seno de la US Navy que ha dado sus frutos, al servir para definir una serie de CONOPS o conceptos operacionales que deben desembocar en una nueva doctrina naval y orientar las decisiones sobre los nuevos buques y sistemas de armas a adquirir.

Estos conceptos operacionales, que deben complementarse entre ellos -y del que la Letalidad Distribuida que da título a este artículo no es más que una parte, por más que primordial- no abandonan el marco teórico lanzado en 1997 y que se conoce como guerra basada en redes o network-centric warfare. Más bien adaptan algunos de sus principios para imponerse ante enemigos capaces de negar a los EE. UU. el dominio del espectro completo del campo de batalla buscando la superioridad en lo que se conoce como Multi-Domain Battle o Batalla Multi-Dominio (MDB). Dichos conceptos son, sucesivamente, los siguientes:

  • Letalidad distribuida o Distributed Fleet Lethality
  • Guerra de Maniobra Electromagnética o Electromagnetic Maneuver Warfare
  • Logística ágil, distribuida o Distributed, Agile Logistics

De la correcta puesta en práctica de todos ellos dependerá, en las próximas décadas, la capacidad de la US Navy para seguir siendo la más determinante de las herramientas de la política exterior estadounidense en tiempos de paz y la más letal de las fuerzas en caso de guerra. Veamos pues en qué consisten dichos CONOPs.

Littoral Combat Ship
Los Littoral Combat Ship de las clases Freedom e Independence se han convertido en un fracaso relativo y su utilidad dependerá de la capacidad de adaptarse a nuevas misiones y de la mejora en su capacidad de autodefensa y de operar en una lucha en la que el espectro electromagnético esté disputado. No obstante, si el Programa FFG(X) cuaja, terminarán quedando relegados en favor de las nuevas fragatas y de los buques autónomos que, paradójicamente, embarcarán algunos de los módulos de misión diseñados para los LCS. Foto – US Navy

 

 

LETALIDAD DISTRIBUIDA

El primero los tres CONOPS de los que hemos hablado -y el más determinante- responde a la necesidad de maximizar el potencial ofensivo -y defensivo- de cada unidad de la US Navy. Para ello, busca:

  • Alcanzar el Control Ofensivo del Mar (Offensive Sea Control)
  • Imponerse en la Guerra de Salvas (Salvo Competition)
  • Dominar la Guerra Electrónica (Electronic Warfare)

En la medida en que la US Navy logre llevar a buen puerto la transformación en la que está inmersa y sea capaz de triunfar en cada uno de dichos ámbitos, estará asegurando no ya su capacidad de vencer en el campo de batalla a cualquier rival que se nos ocurra sino, lo que es más importante, de evitar dicha confrontación al volver a hacerse dueña del control sobre la escalada, reforzar las alianzas con sus socios aumentando su credibilidad como garante último de su seguridad y redoblar la disuasión sobre los competidores.

Naturalmente, ser capaz de adoptar los nuevos conceptos pasa por potenciar cada unidad de superficie tanto incorporando más y mejor armamento de largo alcance (misiles de crucero, UAVs, artillería de alcance extendido…) y aumentando las capacidades ASuW y ASW, como mejorando su defensa mediante una nueva aproximación a la lucha AAW en la que los interceptores de larga distancia vayan cediendo protagonismo ante los sistemas de medio y corto alcance tanto cinéticos (ESSM, CIWS, Cañones electromagnéticos) como no cinéticos (láser y guerra electrónica). La idea de fondo, sobre la que gira todo lo que vamos a explicar a continuación, no es otra que la de dispersar el poder de fuego total entre todos los buques de la flota, en lugar de concentrarlo en torno a los Carrier Strike Groups (CSG), para alcanzar el Dominio Ofensivo del Mar, imponerse en la Guerra de Salvas y dominar la Guerra Electromagnética. Esa es la verdadera esencia de la Letalidad Distribuida.

 

El Control Ofensivo del Mar

Si hasta ahora el dominio del mar se había dado por sentado para la US Navy, la situación ha cambiado notablemente en apenas una década y ahora, más que en ningún otro momento desde la desaparición de la Armada Roja, la US Navy deberá prepararse para ganar el control del mar en caso de conflicto ante armadas específicamente diseñadas para negárselo (Armada Rusa, Armada Iraní o Armada Norcoreana) o disputárselo en amplios espacios (Armada China). Huelga decir que, tanto para cumplir con las misiones tradicionales que tiene asignadas la US Navy (control de las líneas de comunicación, policía marítima, imposición de zonas de exclusión…), como para proyectar su poder tierra adentro, necesita recuperar dicho dominio, aún de forma temporal. Esto, que se denomina Control Ofensivo del Mar (Offensive Sea Control o OSC) permitiría la creación de ventanas de oportunidad temporales, sí, pero suficientes como para que el armamento de los propios buques, la Aviación Naval o el Cuerpo de Marines, dependiendo del escenario, lograsen penetrar las defensas enemigas y atacar sus sistemas de mando y control, además de sus vectores, eliminando sus capacidades F2T2EA (Find, Fix, Track, Tarjet, Engage and Assess o Encontrar, Fijar, Rastrear, Guiar, Atacar y Evaluar) y neutralizando con ello su capacidad de ataque.

Como es natural, para tener siquiera la posibilidad de generar tales ventanas de oportunidad, primero hay que superar el obstáculo que suponen los buques enemigos y eso, para una US Navy que está sobrecargada de misiones que no puede dejar de lado, obliga a multiplicar el poder ofensivo de cada unidad, de tal forma que la relativa escasez numérica -relativa, pues hablamos de una flota de más de 300 buques- quede compensada por su mayor poder de fuego colectivo, pero también por una mayor capacidad defensiva, como veremos. Esto, que sobre el papel parece sencillo, implica una serie de transformaciones radicales respecto a lo que hemos venido viendo desde hace más de 70 años. Así, entre muchos otros cambios, lo más reseñables son:

  • Transición de una US Navy basada en CSGs a otra basada en SAGs: Actualmente, la US Navy cuenta como hemos dicho con poco más de 300 buques en activo. En su mayor parte, esta enorme flota está compuesta de buques de escolta -la clase más numerosa es la de los destructores tipo Arleigh Burke, con más de 60 unidades- pensados para proteger la decena de CVN en servicio y operando dentro de lo que se conoce como Carrier Strike Groups (CSG). El cambio más visible -y condición sine qua non para alcanzar el OSC- será el pase a segundo plano de los Carrier Strike Groups (CSG) tal y como los conocemos ahora, en pro de los Surface Action Groups (SAG). Esto no quiere decir en modo alguno que los portaaviones de propulsión nuclear (CVN) dejen de tener un rol importante en la guerra naval, al contrario, sino que pasarán a operar tras dichos SAG que, a su vez, serán los encargados de dirimir el control del mar en las zonas disputadas y de abrir ventanas de oportunidad para que los grupos aeronavales puedan atacar objetivos de alto valor. Todo ello supone un cambio notable, pues la creación de dichos SAG obligará a la US Navy a destinar buena parte de los buques de escolta a tareas más asertivas, reduciendo el número de unidades disponibles para proteger los portaaviones, pero también otros objetivos prioritarios para las armadas rivales como son los buques de transporte o los buques anfibios. La consecuencia es obvia: es necesario encontrar otros modos de defender estos activos o, como se plantea en la nueva doctrina, de facilitar su autodefensa. Es más, lejos de tener un papel pasivo, han de formar parte del entramado ofensivo de la US Navy incorporando nuevo armamento, especialmente antibuque y antisubmarino, además de antiaéreo, en este caso para su autodefensa. Todo lo cual, por cierto, tendrá interesantes consecuencias. Así, en el caso del MSC (Maritime Sealift Command), buques que actualmente están manejados por marinos civiles adoptarán misiones de combate, lo que a su vez tendrá importantes repercusiones legales, pues podrían considerarse piratas o mercenarios por parte del enemigo al no vestir uniforme de la US Navy, con todo lo que eso supone en términos de estatuto del combatiente y de prisionero de guerra.
  • El renovado papel de los SSC: Otro cambio fundamental es el papel de los pequeños buques de superficie (Small Surface Combatans o SSC), como es el caso de los LCS de las clases Freedom e Independence, pensados en su día para la Network Centric Warfare y diseñados para aceptar distintos módulos de misión, pero incapaces de defenderse a sí mismos incluso contra enemigos de pequeña entidad, dado su déficit de armamento. Ha de tenerse en cuenta que estos buques se diseñaron para un cometido específico que actualmente ha quedado en segundo plano y que los diferentes módulos que han sido diseñados para ellos (ASW, guerra de minas, guerra de superficie, anfibio o guerra irregular) no se adaptan bien a las nuevas exigencias que obligan a adquirir buques polivalentes. Esto ha puesto sobre la mesa la necesidad de recuperar el concepto de fragata, incluso llegando a plantearse la vuelta al servicio activo de algunas de las Oliver Hazard Perry que la US Navy mantiene en sus flotas de reserva o Mothball Fleet. Abandonadas como concepto tras la baja de dicha clase, dejando a la US Navy con un vacío entre las 9.200 toneladas de desplazamiento a plena carga de un destructor de la clase Arleigh Burke (Flight IIA) y las apenas 3.100 de un LCS Clase Independence, las fragatas son vistas actualmente como una necesidad imperiosa. Buques versátiles, rápidos, con buena autonomía, relativamente baratos y, para el caso que nos ocupa, capaces de actuar en solitario, sin depender de la conexión con otros buques y de su protección, gracias a su resistencia estructural, sensores y armamento, la US Navy parece decidida a incorporar en los próximos años un número no inferior a las dos decenas, lo que facilitará no solo dotar los SAG, sino también cubrir otras misiones como las de protección de las líneas de comunicación o la policía naval. De la entrada en servicio de nuevas fragatas y de la integración de nuevos armamentos en clases de buques que hasta ahora no contaban con dicho poder resultará la multiplicación de la capacidad de combate de la US Navy en conjunto lo que, no obstante, no es por sí mismo condición suficiente para garantizar la victoria.
  • La importancia cada vez mayor de los sistemas autónomos y no tripulados: Como hemos sugerido, la US Navy no puede dejar de lado muchas de sus misiones para pasar a centrarse, simplemente, en el combate. Ahora bien, cubrir cada una de ellas con medios tradicionales supone un dispendio económico inasumible en estos tiempos de estrecheces presupuestarias. La solución pasa por incorporar para el servicio un número creciente tanto de sistemas no tripulados (aéreos, submarinos y de superficie), que complementen la acción de los buques, multiplicando sus capacidades ISR y de ataque, como de sistemas autónomos que completen misiones por sus propios medios, sin depender de las costosas tripulaciones. Estos últimos podrían emplearse sin ir más lejos en la lucha contra la piratería, la guerra de minas (incorporando el módulo diseñado ad hoc para los LCS), el transporte de tropas (sobre la base de los EFP de la clase Spearhead) o la guerra ASW (en la que destaca el Programa ACTUV Sea Hunter, desarrollado por la DARPA y que se encuentra en una fase muy avanzada de su desarrollo).
Carrier Strike Group
Los Carrier Strike Groups organizados en torno a los CVN de las clases Nimitz y Gerald. R. Ford que constan normalmente de cuatro o cinco escoltas de las clases Ticonderoga y Arleigh Burke, además de uno o dos SSN de las clases Los Angeles o Virginia actuarán a retaguardia de los Surface Action Groups, formados por tres o cuatro destructores y fragatas y destinados a lograr el Control Ofensivo del Mar. Foto – US Navy

 

La guerra de salvas

Como hemos dicho al introducir el artículo, uno de los problemas a los que se enfrentan las Fuerzas Armadas de los EE. UU. en conjunto -y no solo la US Navy, aunque aquí pongamos el acento en ella-, es la proliferación de misiles de crucero y balísticos cada vez más precisos, con mayor alcance y más baratos de fabricar, unidos a medios C3ISR sofisticados y ante los cuales la actual defensa en capas no es viable.

Para que el lector lo entienda, podemos atender al a un ejemplo sencillo, tomando como punto de partida un destructor de la clase Arleigh Burke. Como es bien sabido, dichos buques equipan un número determinado de misiles injertos en las celdas de un sistema de lanzamiento vertical (VLS). En el caso que nos ocupa, el número de celdas asciende a 90 en los Flight I y a 96 en los Flight II, IIA y en los futuros Flight III. Esto no implica que el número máximo de misiles admitidos sea ese, dado que algunos modelos, por su tamaño, pueden acomodarse en packs de 2 o 4 en una sola celda, como ocurre con los RIM-162 ESSM (Evolved SeaSparrow Missile). 96 celdas pueden parecer muchas, pero no importa únicamente el número de estas sino también el reparto que se haga entre los diversos misiles. Lo normal es que un DDG utilice un reparto en el que los misiles SM-3 ocupen aproximadamente el 10% de los silos, los SM-6 el 20%, los SM-2 el 30%, los ESSM apenas el 10%, los misiles de crucero Tomahawk el 25% y los RUM-139 VL-ASROC el 5% restante. Traducido a cifras absolutas, esto quiere decir que un buque de la clase Arleigh Burke navegará con 8-10 misiles SM-3, 18-20 misiles SM-6, 26-30 misiles SM-2, 36-40 ESSM y 22-24 Tomahawk en sus celdas, además de 4-5 VL-ASROC. Como complemento, además, estos destructores incorporan sistemas de defensa de punto Phalanx de 20mm y la suite de guerra electrónica AN/SLQ-32. Dado que en ningún caso se puede asegurar que cada interceptor vaya a derribar un misil que se acerca, lo normal en estos casos es lanzar dos misiles para cada amenaza, con el objetivo de maximizar las probabilidades de interceptarlo. Así, los 88-100 interceptores disponibles en el mejor de los casos podrán abatir -y es mucho suponer- de 44 a 50 misiles enemigos. Todo ello, pese a ser impresionante supone -según los cálculos de instituciones como CSBA- que la defensa antiaérea/antimisil de un destructor valorado en 2.000 millones de dólares podría ser superada (saturada) utilizando una salva de misiles cuyo valor, en el peor de los casos, no alcanzaría los 200 millones de dólares.

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Acerca de Christian D. Villanueva López 28 Articles
Fundador y Director de Ejércitos – Revista Digital de Armamento, Política de Defensa y Fuerzas Armadas. Ha sido también fundador de la revista Ejércitos del Mundo y ha trabajado y colaborado en diferentes medios relacionados con la Defensa como War Heat Internacional, Defensa o Historia de la Guerra, entre otros, tras abandonar las Fuerzas Armadas en 2009.