El arte de la guerra

En los tiempos de la posverdad

Pintura que recrea una batalla en la Antigua China
Pintura que recrea una batalla en la Antigua China

 

El arte de la guerra

En los tiempos de la posverdad

 

Por Daniel Tubau

 

El 26 de noviembre de 1812, las mejores tropas de la Grand Armée de Napoleón Bonaparte, aquel ejército “del millón de hombres” con el que había pretendido conquistar el inmenso Imperio Ruso, se encontraban cercadas por tres ejércitos al mando de Kutúzov, Wittgenstein y Chichágov. La única posibilidad de escapar consistía en atravesar el Berézina, pero la mala noticia, la desastrosa sorpresa, fue que el río no estaba helado: tan solo un delgado cristal de hielo cubría las frías aguas. Era imposible que los carros, los caballos e incluso los hombres lograran atravesarlo sin hundirse. Por fortuna, gracias a la misión de reconocimiento que había emprendido días antes el suizo Henri de Jomini, el Emperador supo que existía un lugar, cerca de Borisov, en el que se podría construir un puente.

Tras levantar dos puentes en apenas un día, gracias a los zapadores de Jean Baptiste Eblé, que permanecieron durante horas sumergidos hasta los hombros en las aguas heladas, Napoleón y sus mejores tropas pudieron cruzar el río. Jomini no lo hizo, pues pensaba permanecer en la otra orilla hasta lograr recuperarse de un tremendo resfriado, pero el ataque de la artillería rusa destrozó su refugio y tuvo que huir entre las llamas. El caos junto a los puentes, que Napoleón se disponía a hundir, aislando a sus tropas, era absoluto, las jerarquías ya no se respetaban, hombres y animales luchaban por sobrevivir. Jomini, llevado por sus asistentes, acabó sobre un témpano de hielo que flotaba sobre las aguas. Aquel habría sido el fin de Jomini si un oficial no lo hubiera reconocido, tendiéndole su mosquete para que pudiera trepar a una de las rampas.

Mientras esto sucedía en el bando napoleónico, el prusiano Carl von Clausewitz, que luchaba junto a las tropas de Peter Wittgenstein, se lamentaba de que no se hubiera descargado un golpe más decidido con el que se podría haber puesto punto y final a la carrera de Napoleón1. Ahora bien, ese ataque habría supuesto, como explicó en una carta a su esposa, el sacrificio de sus propias tropas para debilitar al Gran Corso, y eso “es algo fácil de decir sobre el papel pero no tan fácil en la vida real”.

Años después, cuando ya la época napoleónica era solo un recuerdo, Jomini y Clausewitz volvieron a enfrentarse, pero no en los campos de batalla, sino en el territorio de las ideas, compitiendo por el título de mayor teórico de la estrategia militar.

Jomini había lanzado las primeras ráfagas con varios libros acerca de las campañas militares de Federico el Grande, las guerras de la Revolución Francesa y las de Napoleón Bonaparte. En 1832, Clausewitz contratacó desde la tumba, pues había muerto un año antes, cuando su viuda publicó De la Guerra, el tratado con el que el prusiano intentaba situar el arte de la estrategia a la misma altura que las ciencias físicas. Su prematura muerte le impidió llevar a cabo la proyectada revisión radical de su magna obra, lo que permitió al ya “Barón” Henri de Jomini recuperar el terreno perdido y convertirse en el autor de referencia en las academias militares, tras publicar, en 1838, El Arte de la Guerra2. Durante tres décadas, su prestigio superó al de su rival prusiano, pero poco después de la muerte en 1869, a los noventa años, su influencia empezó a decaer y aumentó de manera imparable la de Clausewitz.

Pero lo que sin duda no podían imaginar los seguidores de Clausewitz, tras aquel triunfo que parecía definitivo, era que su fama como primer estratega mundial acabara siendo discutida por un libro también titulado El arte de la guerra, pero no el que había escrito Jomini, sino el que se atribuía a un chino que había vivido más de dos mil años antes. Me refiero, por supuesto, a Sunzi o Sun Tzu3, es decir, el maestro Sun.

Las razones por las que aquel sabio chino compitió con el entonces gran gurú de la estrategia occidental e incluso lo superó en fama popular son diversas, pero sin duda resultó decisivo el hecho de que, tras la Primera Guerra Mundial, el británico Basil Liddell Hart recurriera a Sunzi para defender una visión de la estrategia diferente a la de Clausewitz4. ¿Y en qué consistía esa nueva estrategia? Dicho de manera sencilla y sin duda simplista: en vez del ataque directo y la concentración de la fuerza sobre el punto clave del enemigo, Sunzi proponía métodos indirectos y recomendaba evitar cualquier enfrentamiento armado, hasta el punto de que llegaba a afirmar que la mejor guerra es aquella que nunca tiene lugar.

Gracias a Liddell Hart, la fama del maestro Sun se extendió más allá de China y Japón, donde era considerado casi un dios de la guerra, al que se atribuían victorias tan asombrosas como las del almirante Togo Heihachiro en la guerra ruso-japonesa de 1904. En el siglo XX, las ideas de Sunzi, se hicieron universalmente famosas, no solo en las academias militares, sino también en las escuelas de negocios o en las agencias de marketing. Además, se adaptaron muy bien a los cambios en la estrategia militar que se produjeron tras la Segunda Guerra Mundial, incluyendo la Guerra Fría, el terrorismo global y las guerras cibernéticas. Sus aportaciones han sido constantes, incluso en estos tiempos en los que la guerra se dirime en el terreno del engaño y la desinformación, pues el maestro Sun tiene mucho que enseñarnos en el campo de batalla de las fake news y la posverdad.

Ahora bien, cuando intentamos conocer a este gran estratega chino, nos encontramos con un gran enigma: el de quién fue su autor y cuándo fue escrito, pues son muchas las épocas y los candidatos que se disputan la autoría de El arte de la guerra.

Guerreros de Terracota
Guerreros de Terracota

 

 

Sobre el autor de “El arte de la guerra”

Jorge Luis Borges nos reveló en su cuento Pierre Menard, autor de El Quijote, que un libro con las mismas letras, las mismas frases y los mismos capítulos no es el mismo libro si pensamos que ha sido escrito en el siglo XVI o en el siglo XIX. Del mismo modo, el tratado estratégico del maestro Sun resulta por completo diferente si aceptamos que fue escrito en una u otra época, pero la paradoja es que, incluso si no llegamos a resolver el enigma, la simple discusión acerca de este misterio resulta muy reveladora.

Existen muchas conjeturas acerca de la verdadera identidad del “maestro Sun” (eso es lo que significa Sunzi o Sun Tzu), pero aquí nos limitaremos a las dos más populares. La primera hipótesis asegura que el maestro Sun fue un estratega llamado Sun Wu, que vivió hacia el año 500 antes de nuestra era. Por el contrario, otros historiadores sitúan al autor de El arte de la guerra doscientos años más tarde, hacia el año 300 antes de nuestra era.

Trasladémonos al año 514 a.e., a la corte del rey Helü del estado de Wu. El rey, que había ocupado el trono tras asesinar a su predecesor, deseaba convertirse en hegemón o rey de reyes, imponiéndose a los llamados estados Zhou del norte y a los reinos del sur, como Yue o el inmenso Chu. Victoria Tin-bor Hui ha comparado su megalómana ambición con la de Napoleón Bonaparte al intentar dominar toda Europa y situar en los tronos de las antiguas monarquías a sus hermanos o a sus generales5. No es una comparación disparatada ni mucho menos, pues las similitudes entre la época napoleónica y la época Zhou, anterior a la unificación de China, son muy llamativas, la más obvia es que esas guerras influyeron en el devenir de la historia universal de manera decisiva.

También resulta muy llamativo que, del mismo modo que Jomini y Clausewitz participaron en las guerras napoleónicas y se convirtieron en los dos grandes maestros de la estrategia occidental, también en las guerras del rey Helü y su sucesor Fuchai participaron algunos de los estrategas más célebres de la antigüedad china, como Fan Li, Wu Zixu o el sabio Sun Wu, que es al que suele atribuirse la autoría de El arte de la guerra. Del mismo modo que Napoleón se inquietó cuando leyó los primeros libros de Jomini, ya que pensó que su difusión haría que todos conocieran sus ideas estratégicas, podemos sospechar que Sun Wu influyó sobre los reyes Helü y Fuchai pero que también aprendió de ellos, al acompañarlos en sus campañas. Quizá, por ejemplo, observó atentamente lo que hizo el príncipe Fuchai cuando, desobedeciendo las órdenes del rey Helü, decidió atacar al ejército enemigo aprovechando que estaban intentando cruzar el río Qingfa, que era lo que precisamente Clausewitz había deseado que hiciera su general para acabar con el ejército napoleónico de un solo golpe allá en el río Berézina6. La estrategia de Fuchai funcionó y el éxito fue total, permitiéndole no solo destrozar al ejército enemigo sino también avanzar hasta la capital del reino de Chu. Por eso, podemos sospechar que Sun Wu recogió la lección táctica del príncipe Fuchai cuando leemos en El arte de la guerra:

«Cuando las tropas enemigas cruzan un río y avanzan hacia ti no debes acudir a su encuentro en las aguas sino que, para obtener provecho, debes dejar que la mitad de sus efectivos lo hayan atravesado, y solo entonces lanzarte al ataque».

Pues bien, si el maestro Sun vivió hacia el año 500 a.e. y luchó junto a Helü y su sucesor Fuchai, entonces debemos considerar que fue un verdadero precursor y un escritor de gran originalidad, porque, al contrario que coetáneos suyos como Confucio o el guerrero pacifista Modi, se atrevió a rechazar las apelaciones retoricas a la decencia, la lealtad y la caballerosidad en el campo de batalla y recomendar el engaño, la traición, la manipulación y cualquier método que permita a un gobernante alcanzar la victoria final. Para destacar las diferencias, basta con recordar que Confucio elogiaba al Duque Xiang de Song porque en el año 618 a.e. se había negado a atacar a su enemigo aprovechando que sus tropas estaban cruzando el río, lo que causó la derrota del caballeroso Duque de Song. Confucio también rechazó de manera explícita los métodos engañosos en la guerra o el uso de espías, y prohibió ejercer cualquier presión, tanto física como psicológica, sobre los emisarios o agentes del enemigo, lo que, como es obvio, permitía a los espías trabajar con total libertad y seguridad en un estado confuciano.

Por el contrario, para el maestro Sun el uso del engaño es fundamental ya desde el primer capítulo de su libro, cuando, después de decir que la guerra es lo más importante para el estado, añade que «la guerra es el arte del engaño». En contra de la prevención de Confucio acerca del uso de espías, el maestro Sun dedica el último capítulo de su libro, uno de los más brillantes, a lo que denomina «la madeja invisible», una red de espionaje y desinformación compuesta por cinco clases de espías. De todos ellos, Sunzi elogia de manera entusiasta a los agentes dobles, de los que depende, entre otras cosas, el que podamos conocer los planes del enemigo. Conviene, nos dice, sobornar a los espías del enemigo para que se pasen a nuestro bando, pues gracias a ellos podremos divulgar falsas informaciones usando a los espías muertos, que son aquellos que transmiten al enemigo la información falsa que hemos creado»7.

En conclusión, si Sunzi vivió en la época conocida como Primaveras y Otoños, hacia el año 500 a.e., entonces no cabe duda de que se trata de un pensador muy original, no ya solo por lo que dice, sino por atreverse a decirlo. El maestro Sun sería el equivalente chino de Nicolás Maquiavelo, quien, más que crear la política moderna con su recomendación del engaño, de la razón de estado y de cualquier estratagema que sirva a los intereses del gobernante, lo que hizo fue divulgar los métodos que ya empleaban los príncipes italianos de su época, como los Borgia y los Medici, métodos que el propio Maquiavelo sufrió, incluyendo la prisión y la tortura. En definitiva, Sunzi sería con Maquiavelo, Richelieu y Bismark, pero también con el indio Kautilya y con otros muchos pensadores y estrategas, como Tucídides o Julio César, un partidario de la realpolitik frente a la hipocresía o ingenuidad de quienes recomendaban a los gobernantes y generales ajustarse en la guerra a las normas de la caballerosidad, la virtud, la decencia y la verdad. Todos ellos son la voz del pragmático Sancho Panza, que observa el mundo real, y no la del fantasioso y caballeresco Don Quijote.

Ahora bien, nuestra opinión acerca del maestro Sun debe modificarse si aceptamos como verdadera fecha de su existencia no el año 500, sino aproximadamente el 300 antes de nuestra era. En esta época, conocida como de los Reinos Combatientes, los conflictos entre los estados prechinos no solo continuaron sino que se agudizaron. Se han contabilizado 540 enfrentamientos bélicos y 130 guerras civiles en un periodo de 259 años8, aunque se sospecha que esos conflictos solo son los que se consideraron dignos de ser registrados en los grandes anales. Si el maestro Sun hubiera vivido en esta época, su insistencia en el uso del engaño, el fraude, el empleo de espías y el cálculo metódico ya no sería tan novedosa, pues en esta época muchos pensadores ya se habían atrevido a cuestionar las antiguas normas de la caballerosidad. Solo los tontos o los ingenuos creían ya que se debía permitir que el enemigo ordenase sus batallones después de cruzar un río y solamente entonces atacarlo.

En esta época de escepticismo, tras medio milenio de guerras sin fin, ya nadie cree en las viejas normas de los caballeros zhou. La traición no solo se practica, sino que se recomienda de manera explícita y se suceden personajes que demuestran un maquiavelismo tan desmedido que el propio Maquiavelo debería tomar su nombre de ellos, y no a la inversa. Uno de esos maquiavelos es el señor de Shang, que aconseja mantener en el límite de la pobreza al pueblo, para que de este modo los jóvenes vean como muy deseable arriesgar la vida en la guerra. O como Lü Buwei, un comerciante que consigue mediante sobornos colocar en el trono del reino más poderoso de la época al hombre que poco después unificará China. O como Li Si, el canciller de ese Primer Emperador, al que se atribuye la idea de enterrar a los sabios y destruir cualquier libro que recomiende los antiguos conceptos de la caballerosidad y el respeto filial. En consecuencia, si el autor de El arte de la guerra, hubiese vivido en la época de los Reinos Combatientes, entonces no habría tenido ninguna necesidad de convencer a nadie de que había que engañar desinformar y contrainformar, porque ya todos aceptaban unánimemente esas ideas, que habían sido difundidas de norte a sur y de este a oeste por decenas de políticos, estrategas y pensadores.

La conclusión anterior disminuye la originalidad pero no le resta mérito al maestro Sun y a su libro, sino todo lo contrario pues El arte de la guerra, cuyo verdadero título es Los métodos militares del maestro Sun, logró convertirse en el mejor y más popular tratado de estrategia de su época y también de toda la historia china. Y ya en los siglos XX y XXI en el tratado estratégico más conocido del mundo, no solo, como ya se ha dicho, en el terreno militar. Ahora bien, quizá la razón fundamental del éxito de El arte de la guerra de Sunzi en todo el mundo a comienzos del siglo XX, fue la ayuda que recibió de sus principales rivales en el campo de la estrategia militar, Jomini y Clausewitz. La insistencia del suizo y el prusiano en el ataque frontal y los métodos directos, que se supone caracterizaron las guerras napoleónicas, fue lo que hizo que las ideas del misterioso estratega chino resultaran tan sorprendentes y originales, no porque propusiera una manera de hacer la guerra diferente a la occidental, sino, como el propio Liddell Hart aclaró, porque lo que revelaba el maestro chino era cómo se hacía realmente la guerra, tanto en Oriente como en Occidente, incluso durante la época napoleónica, a pesar de lo que dijeran los expertos en estrategia o los filósofos como Confucio.

Nos queda por examinar una última paradoja, de la que deberían tomar nota quiénes contribuyen a la difusión de las fake news y a ese fenómeno que se ha decidido llamar posverdad. Como ya hemos visto, sí el maestro Sun vivió hacia el año 500 antes de nuestra era, entonces su recomendación del engaño habría sido no solo más original sino mucho más efectiva, pues entonces esas ideas no eran tan conocidas, lo que coincide con uno de los consejos de El arte de la guerra: el buen estratega no debe ser conocido por nadie. Se dice, en efecto, que Sun Wu era un sabio retirado del mundo hasta que el rey Helü solicitó una entrevista con él. El misterioso estratega abandonó entonces su retiro y se convirtió en asesor del monarca, acompañándolo en sus batallas y llevando sus ejércitos a la victoria. Estos éxitos se debieron en gran parte a la aplicación de métodos racionales de planificación militar, como los que se detallan en el primer capítulo de El arte de la guerra, combinados con el uso del engaño, la mentira y el espionaje, en una época en la que el uso de estos métodos no estaba tan extendido.

Sin embargo, si el misterioso estratega hubiera vivido hacia el año 300 a.e, entonces todo habría sido diferente, porque como ya hemos visto, aquella era una época en la que el engaño se había convertido en el método ortodoxo, pues todos los estados prechinos o zhou recurrían a métodos indirectos y todos difundían mentiras interesadas, es decir fake news, y contrataban a espías que espiaban a los espías que espiaban a los espías… Y además, todo esto sucedía porque eso era lo que recomendaban los estrategas, los consejeros, los filósofos y los libros de la época, y de manera especial El arte de la guerra, que se había convertido en un verdadero bestseller, puesto que, como dice otro de los candidatos a mayor maquiavelo de la historia, el filósofo Han Feizi, en la época que precedió a la unificación final de China todo el mundo poseía un ejemplar de El arte de la guerra de Sunzi.

Las consideraciones anteriores no solo afectan a la originalidad de El arte de la guerra, sino que además nos revelan una paradoja: cuando todos engañan, cuando estamos demasiado atentos a la posibilidad de que nos mientan y desinformen, acabamos desconfiando incluso de la verdad. La mayor efectividad del engaño consiste en que nuestros rivales no sospechen que pretendemos engañarlos. Cuando creen que todo puede ser parte de un engaño, la mentira ya no resulta tan útil. Parece que eso es lo que sucedió en la época final de los Reinos Combatientes, en las décadas que preceden a la unificación final de todos los territorios zhou bajo el imperio de Qin por Shi Huang Di, el Primer Emperador, célebre por los guerreros de terracota que custodian su tumba. Es cierto que Shi Huang Di también empleó el engaño, pero, al contrario que la mayoría de los estados rivales, no solo empleó el engaño. Mientras que el resto de gobernantes recurrían de manera constante y casi exclusiva al engaño, descuidando la preparación militar, el futuro unificador de China siguió el ejemplo de sus predecesores en el trono de Qin que, generación tras generación, habían planificado un estado fuertemente militarizado, en el que campesinos y soldados vivían solo para la guerra. Frente a los éxitos pasajeros de sus rivales, logrados mediante el engaño y diversas estratagemas, Qin se convirtió en una potencia militar invencible. Shi Huang Di aplicó, en definitiva, lo que Thomas Hobbes, muchos siglos después, definió como los dos ingredientes fundamentales de la guerra: la fuerza y el engaño.

 

NOTAS

  1. Carl von Clausewitz, The campaign of 1812 in Russia (John Murray Publishers, 1843)
  2. Précis de l’Art de la Guerre: Des Principales Combinaisons de la Stratégie, de la Grande Tactique et de la Politique Militaire. Brussels: Meline, Cans et Compagnie, 1838.
  3. Las actuales normas de transcripción establecidas por China, el sistema llamado pinyin, recomiendan transcribir “Sunzi”, en vez de “Sun Tzu”, aunque la pronunciación sigue siendo la misma. Hay que aclarar que el título El arte de la guerra es creación de los traductores occidentales, pues el verdadero nombre del libro es Los métodos militares del maestro Sun (Sunzi bing fa).
  4. Muchos sospechan que la intención de Liddell Hart al señalar la similitud de sus ideas con las de Sunzi era ocultar su verdadera influencia: la de su amigo T.E.Lawrence, el célebre Lawrence de Arabia.
  5. Victoria Tin-bor Hui, War and State Formation in Ancient China and Early Modern Europe. Cambidge University Press, 2005.
  6. Carl von Clausewitz, The campaign of 1812 in Russia (John Murray Publishers, 1843). Existe bastante discusión, sin embargo, acerca de quién fue más responsable (Witgenstein, Kutúzov o Chichágov) de no aprovechar el momento para asestar un golpe definitivo a Napoleón.
  7. Se los llama espías muertos porque se trata de agentes sacrificables, ya que sin duda serán ejecutados por el enemigo una vez que las falsas noticias, tras causar el efecto deseado, sean descubiertas como un engaño. El arte de la guerra, traducción de Ana Aranda Vasserot incluida en El arte del engaño.
  8. La cifra se obtiene del recuento de guerras y conflictos militares mencionados en la crónica

 
 
 

Acerca de Christian D. Villanueva López 28 Articles
Fundador y Director de Ejércitos – Revista Digital de Armamento, Política de Defensa y Fuerzas Armadas. Ha sido también fundador de la revista Ejércitos del Mundo y ha trabajado y colaborado en diferentes medios relacionados con la Defensa como War Heat Internacional, Defensa o Historia de la Guerra, entre otros, tras abandonar las Fuerzas Armadas en 2009.