Blindaje Personal

Evolución, Presente y Futuro

Blindaje Personal: Evolución, Presente y Futuro
Blindaje Personal: Evolución, Presente y Futuro

 

Blindaje Personal

Evolución, Presente y Futuro

 

Por Juan Luis Chulilla

 

En los últimos años se ha venido produciendo un hecho insólito: los infantes occidentales han perdido la superioridad que les ofrecían tanto sus municiones antibalísticas como sus equipos de protección individual más avanzados, debido a la difusión, cada vez mayor, de sistemas de protección corporal de gran eficacia fabricados a gran escala y bajo precio en países como China, Rusia o Ucrania. Cualquiera de las respuestas ante este problema nos sitúa al borde de una revolución que o bien afectará a las municiones, con la adopción de calibres más potentes, bien a la protección, lo que obligará a desarrollar nuevos materiales o ayudas como los exoesqueletos o, más posíblemente, a ambos aspectos.

Todo comienza con una revolución que, fuera de los círculos especializados, no se valora en su justa medida: la introducción prácticamente simultánea del propelente moderno (la pólvora sin humo) y la bala encamisada por Vieille y Rubin en 1882. Eso produjo un salto en las capacidades del infante sin precedentes, dado que a la vez:

  • La cadencia de disparo podía aumentar decisivamente, dado que la nitrocelulosa y sus sucesores no producían una densa humareda en pocos disparos que podían obscurecer la visión
  • La velocidad en boca aumentó en más de un 100%, con el aumento de energía cinética consiguiente.
  • El alcance aumentó más aún (sobre todo, al adoptar la bala aguzada o spitzer), extendiendo el alcance efectivo de las nuevas armas a distancias inéditas. En el caso de las axim en sus respectivos calibres nacionales, hablamos de más de 1 km.

Anteriormente a esta revolución, los infantes podían marchar en formación hacia el enemigo, someterse a descargas cerradas y asumir que las bajas no alcanzarían niveles catastróficos. Cuando esta revolución se combina con otra aún mayor, la de la artillería y las piezas modernas de retrocarga, tiro rápido y espoleta de impacto, el resultado es conocido por todos. Si en la Guerra de Crimea los batallones y regimientos podían avanzar a campo abierto hasta encontrarse y chocar, el 1 de julio de 1916 ya no era posible: apenas los infantes abandonaban sus parapetos y defensas, caían segados por las balas de las Spandau y los fragmentos de metralla. Los mandos de esos soldados deberían haber tomado nota del efecto de esas armas sobre adversarios coloniales, claro, pero hubo que pagar las lecciones con ríos de sangre.

Esas lecciones produjeron resultados casi desde el principio. Cascos como el Brodie o el Adrian fueron adoptados con extrema premura debido a la horrenda cantidad de bajas que producían los impactos de metralla en la cabeza de los soldados. Ese concepto básico de casco se empleó en los 70 años posteriores, debido a que ofrecían el mayor peso aceptable en acero para proteger los cráneos de los infantes. Esto era suficiente en buena medida para los fragmentos de metralla, debido a que la forma no aerodinámica de los mismos provoca una bajada de velocidad tan considerable que los 0,7mm del Brodie, por ejemplo, eran suficientes para detener cascotes de metralla a relativamente poca distancia del lugar de la explosión. Sin embargo, distaban mucho de poder detener una bala de fusil incluso a distancias muy considerables. No es lo mismo una pieza irregular de metal impactando a velocidades subsónicas, que un cilindro aguzado que vuela de forma estable y cuya punta impacta a velocidades supersónicas.

Con la tecnología de la época se podría haber detenido una bala de fusil. Por ejemplo, 7mm de acero bastarían para detener una bala s.S. 7,92×57 mauser. El problema, como comprobaron los usuarios de los Sappenpanzer (armadura de trinchera alemana de la 1a Guerra Mundial), es que la carga y la rigidez de movimientos que aportaban negaban parte de sus ventajas y las relegaban al uso por parte de centinelas, sirvientes de ametralladora y otros roles defensivos y de poca movilidad. Y todo, esto, tengámoslo en cuenta, para blindajes personales que no protegían completamente al usuario de la munición de fusil.

El caso más extremo, sin duda, fue el Brewster Body Shield. Se trató de un diseño extremadamente rígido de blindaje de cráneo, cara y torso para el infante. Si bien podía resistir disparos de fusil (entendemos que con núcleo normal de plomo y no con núcleo perforante), el problema residía en los dieciocho kilos del señor que se colocaban sobre los hombros del infante. Como se puede comprobar en la fotografía, se trataba de un diseño que aprovechaba tanto la masa de acero como el angulado de las placas, pero lo extremo del diseño impediría el disparo desde un cuerpo a tierra, así como en no poca medida el gateo y hasta cualquier movimiento que no fuera un paso lento y torpe hacia el objetivo. La visión periférica era inexistente, y suponemos que impondría restricciones severas a la audición.

El final de la Gran Guerra certificaría la congelación del modelo de protección personal: el casco sería un equipamiento generalizado en los ejércitos modernos de entonces en adelante, terminando con ello de aceptar la lección pagada con sangre los primeros semestres del conflicto. Se consideraba imprescindible proteger el cráneo de los infantes del impacto de cascotes de metralla e incluso balas de pistola en algunos casos, y su peso era un pequeño precio a pagar a cambio de sus beneficios. Sin embargo, la mayoría de los contendientes no habían experimentado seriamente en situaciones de combate el blindaje para el torso, y las posibles lecciones del sappenpanzer no fueron tomadas en consideración por la mayoría de los ejércitos, ni siquiera para los casos particulares (centinela, sirviente de ametralladora, etc.) con problemas de movilidad mucho menores que los del infante y que habrían agradecido que se dispensara a sus torsos de una protección comparable a la de la cabeza.

Hay que señalar que la lección duradera del conflicto sobre protección de los combatientes se centró en el uso de carros de combate. Un motor de explosión interna proporcionaría junto con cadenas (o ruedas múltiples), la capacidad de carga y movimiento suficientes como para proteger a los tripulantes de impactos de munición de rifle. Por más que el transporte blindado de infantería aún tardaría décadas en madurar, el carro de combate evitaría a la infantería tener que cargar frontalmente en la mayoría de las situaciones, y en ciertos entornos como CQB el carro actúa como barricada móvil, ofreciendo al infante una protección muy completa sin perder agilidad.

La protección que ofrece un carro de combate estaba fuera del alcance para el diseño del blindaje individual, y se primó la agilidad y la rebaja de carga del infante sobre otras consideraciones. Eso sí, había al menos estudios británicos al calor del conflicto que demostraban que posiblemente 3/4 de las bajas podrían haberse salvado de portar algún tipo de blindaje corporal, dado que las más numerosas eran provocadas por los cascote de metralla de la artillería, contra las cuales la tecnología de la época sí que podrían aportar protección eficaz.

Blindaje PGM
Durante la Primera Guerra Mundial ninguno de los contendientes se tomó realmente en serio la protección de los soldados, a pesar de que en puestos determinados, como servidores de ametralladora, por ejemplo, hubiese resultado realmente útil contar con una protección eficaz para el torso y no solo para la cabeza. En ambas imágenes aparece un modelo de chaleco formado por placas metálicas y utilizado por los granaderos.

 

 

II guerra mundial. Contexto cultural

En el siguiente conflicto algunos contendientes emplearon el blindaje personal para nuevos roles. Posiblemente el caso más conocido de combatiente blindado sean los zapadores del ejército rojo, que si portaban un blindaje Sn-42 estaban razonablemente protegidos en el torso contra impactos del 9×19 y de cascotes de metralla, lo que resultó muy adecuado para las luchas casa por casa y tabique por tabique de Stalingrado. Otros de los roles minoritarios a los que se dotó de blindajes personales fue a la tripulación de bombarderos, a los que se dotó de flak jackets destinados a la protección contra cascotes de metralla de los disparos de la AA pesada. Las lecciones pagadas con sangre se vuelven a aprender, y los norteamericanos son los primeros en experimentar al finales de la 2a Guerra Mundial con nuevos materiales sustitutivos del acero, como fue el caso del Doron, un blindaje a capas basadas en fibra de vidrio que se insertaban como placas rígidas en un chaleco de nylon, alcanzando un peso de 8 kg, poniendo las bases para una protección contra metralla que se generalizaría a una velocidad agónicamente lenta.

Hay quien piensa, y el autor de este artículo se cuenta entre ellos, que el contexto para entender la protección personal hasta hace muy poco tiempo era el del equipamiento individual del infante. El equipamiento individual refleja la doctrina y la valoración cultural del infante en cada época, y de hecho siempre va a incluir tanto una parte racional, como otra simbólica y conectada con el valor que da al infante el decisor del equipamiento individual. Piénsese, por ejemplo, en lo que implicaba la lorica segmentata y sus variaciones para el legionario romano de los siglos I aC a mediados del III dC: además de la lógica inapelable del equilibrio entre protección y movilidad para el tipo de combate en la época, encierra también significados cruciales relativos al valor del legionario como ladrillo para construir el imperio: alejadísimo de conceptos posteriores de “carne de cañón”, el legionario fue indispensable para que Roma fuera lo que fue durante tantos siglos, y la lorica segmentata y su elevado coste reflejaba tanto ese valor y ese contrato entre Roma y el legionario como la honesta missio. Por eso, el hecho de que el blindaje personal en el siglo XX fuera un elemento del equipamiento a considerar en relación a los demás, en lugar de una prioridad absoluta que adelantaría a las demás nos pone ante los ojos a un infante que, con su individualidad subsumida en ejércitos de millones, no era suficientemente valioso ni como ciudadano ni como combatiente entrenado como para priorizar y anteceder su protección elemental respecto a otras piezas necesarias para cumplir con su función. Que no fuera posible detener el impacto de una bala de alto calibre y velocidad no justifica en modo alguno que no se aumentara en lo posible la protección contra otros tipos de impactos comunes en el campo de batalla como pueden ser un fragmento de una granada a la suficiente distancia como para que una protección ligera los detenga o al menos atenúe.

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Acerca de Christian D. Villanueva López 36 Articles
Fundador y Director de Ejércitos – Revista Digital de Armamento, Política de Defensa y Fuerzas Armadas. Ha sido también fundador de la revista Ejércitos del Mundo y ha trabajado y colaborado en diferentes medios relacionados con la Defensa como War Heat Internacional, Defensa o Historia de la Guerra, entre otros, tras abandonar las Fuerzas Armadas en 2009.