Miseria de la Estrategia

La situación de los Estudios Estratégicos en España

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Miseria de la Estrategia

La situación de los Estudios Estratégicos en España

 

Por Christian D. Villanueva López

 

En los últimos tiempos están cobrando una fama inusitada una serie de autores que tratan temas “estratégicos” de forma, siendo benévolos, poco honesta. Dichos autores acercan la estrategia al lector medio, pero en algunos casos hacen un flaco favor a la disciplina que dicen representar.

Quizá el más famoso de todos ellos sea el coronel Pedro Baños, al que tengo en alta estima -lo parezca o no- y que ha sido fundamental a la hora de conseguir que este proyecto arranque, presentándonos valiosos colaboradores y apoyándonos cuanto ha podido. Sin embargo, una cosa no quita la otra; sus libros, convertidos en auténticos best-sellers no son, mal que pese a todos los que se han subido al carro, más que explicaciones vagas y superficiales para lectores que, digámoslo claramente, no tienen el más mínimo interés en la verdad. Al menos en nada que no sea “su” verdad. En este sentido, estos libros, como muchos otros que se han presentado últimamente, son perfectamente útiles. Sirven para convencer a cualquier lector de que estaba en lo cierto. Es lo que ocurre cuando mezclas a Israel con los EE. UU., a los Rothschild con el Club Bildelberg y temas como la inmigración y las guerras por el agua en un tótum revolútum pensado para vender y que da credibilidad a diversas teorías poco serias. Difundir está bien, es maravilloso, de hecho y se les debe reconocer el mérito y la intención, pero no debe hacerse a cualquier precio.

Lo triste, en cualquier caso, no es que este tipo de libros vean la luz. Cualquier obra que lleve al gran público términos como relaciones internacionales, estrategia o geopolítica y con ello incite a aunque solo sea al 0,0001% de sus lectores a profundizar, es bienvenido. Lo verdaderamente lamentable es que aprovechándose de su popularidad muchos “expertos” -el algunos casos académicos de renombre- se hayan subido al carro y no cesen de vertir piropos sobre lo que es una obra de consumo que, desde el punto de vista académico, debiera ser totalmente censurable. Algunos dan su punto de vista en petit comité, pero en términos generales nadie tiene bemoles a salir, dar la cara y decir lo que piensa. Este es el síntoma claro de que algo falla en España y de que el ecosistema de institutos, think tanks, universidades y organizaciones de cualquier tipo en el ámbito de las Relaciones Internacionales y los estudios sobre Seguridad y Defensa no es el que debiera. De hecho, está muy lejos de serlo. No solo faltan profesionales en cantidad, sino que puede cuestionarse abiertamente la calidad de los mismos, salvo honrosas excepciones como Guillem Colom, Javier Jordán y pocos más.

Una de las principales muestras de que esta enfermedad es real y además, grave, es precisamente la falta de debate entre los propios expertos. Se estila mucho el lanzar flores sobre los trabajos de los demás, pero eso no es propio de un ambiente académico sano, en el que la confrontación de ideas -sin que eso signifique nada más que la existencia de diferencias académicas- debe primar sobre todo lo demás con el objetivo de hacer mejor ciencia. No, aquí nadie se juega el tipo y el puesto porque lo cómodo es coger una cátedra, aunque sea a base de escribir auténticas chorradas relacionadas con la estrategia desde el punto de vista de la perspectiva de género -como si si a la onda expansiva de una bomba de 2.000 libras le importase una higa quien esté a su alcance, quien la lanzase, la diseñase o diese la orden de ejecutar la misión- y dejar pasar los años chupando del bote y cumpliendo con el cupo de trabajos de “investigación”. Naturalmente, hasta cierto punto llevo el argumento al absurdo, pero naturalmente también, muchos se darán por aludidos, lo que no dejará de darme la razón.

No solo no hay una masa crítica de personal con conocimientos adecuados, organizada y dispuesta a hacer buena ciencia sino que, además, la institución que en España lidera -o debería liderar- el desarrollo de esta rama de las Ciencias Políticas, es quizá las más podrida de todas. Sí, en efecto, por duro que sea decirlo pues yo mismo he publicado allí, el IEEE (Instituto Español de Estudios Estratégicos) se ha dedicado, al amparo de sus últimos directores, a publicar un número creciente de trabajos a cada cual más mediocre, utilizando de paso el dinero de los contribuyentes en algo que llaman “fomentar la Cultura de Defensa” y dejando de lado la excelencia, perjudicando, de paso, a toda la comunidad científica. En la medida en que en lugar de poner el listón cada vez más alto y perseguir hacer si no más, si al menos mejor ciencia política, el IEEE se centra en ser la plataforma de promoción de algunos de sus miembros. está fallando en su cometido. En realidad, se ha convertido en uno más de los muchos “agujeros” con los que cuenta el Ministerio de Defensa y que sirven solo para que unos pocos tengan un destino placentero a costa de una institución que necesitamos más que nunca.

Otro problema deviene de la multiplicación, en los últimos años, del número de think tanks, institutos y cursos universitarios, másteres y demás, de pacotilla, eso sí, que se dedican a pasar el cesto, cual monaguillo, solo para recaudar mientras ofrecen una formación ridícula a precios astronómicos -en algunos casos todavía más sospechosos a precios irrisorios- o a defender lo indefendible con tal de captar una subvención, o dos, o tres. Tenemos pues que no solo carecemos de un número adecuado de buenos profesionales y de instituciones respetables y comprometidas que los respalden y a través de las que puedan ejercer su labor sin presiones o sin tener que ceder a la ideología o al “must have” del momento -lo siento, pero lo de la perspectiva de género aplicado a esto me causa sonrojo por más que me lo intento tomar en serio-, sino que, además, como a perro flaco todo son pulgas, los oportunistas de turno están haciendo su agosto aprovechando la creciente curiosidad de muchos estudiantes tentados por una disciplina apasionante.

Por fortuna, siempre hay justos en Sodoma y, poco a poco, muchas veces a espaldas de un Ministerio de Defensa ciego, sordo y mudo, pero que debiera tener un papel central, algunos valientes no dudan en gastar su tiempo y sus recursos con tal de alumbrar grupos de estudio y think tanks como GESI o Thiber. Quizá todavía no esté todo perdido y siguiendo su ejemplo vayan apareciendo nuevos casos de trabajo bien hecho, solo el tiempo lo dirá. Personalmente soy bastante pesimista y siempre me viene a la cabeza la frase de mí buen amigo el coronel Antonio J. Candil Muñóz: “Christian, en España la Defensa ya no le interesa a nadie. Tampoco a los militares.” Esperemos que, por esta vez, se equivoque. ■