El final de la guerra y el último soldado

La robotización de la guerra avanza imparable, pero es solo un factor de una RM que terminará con el soldado tradicional.
La robotización de la guerra avanza imparable, pero es solo un factor de una RM que terminará con el soldado tradicional.

 

El final de la guerra y el último soldado

¿Seguirá existiendo la guerra cuando no haya soldados?

 

Por Christian D. Villanueva López

 

Hace ya unos años -en 1992 para ser exactos-, Francis Fukuyama, profesor de la Universidad de Cornell, escribió un libro -como extensión de un artículo del mismo autor escrito en 1989- que causó un inmenso revuelo y se convirtió en título de obligada lectura en todas las facultades de Ciencias Políticas y también en muchas otras como las de Historia o Sociología. Un libro en el que venía a decir que con la desaparición de la Unión Soviética, el sistema social, económico y político occidental había al fin triunfado y que la Historia, entendida como choque dialéctico entre modos de ver el mundo, había terminado. Era así, según Fukuyama, en tanto con el triunfo indiscutible del sistema basado en las democracias liberales y en el capitalismo, ya no había alternativa posible y por lo tanto, tampoco confrontación.

El libro, que se ha llevado muchos palos durante estos años -y no todos justos- abría la posibilidad, al hacerse imposible un choque armado entre los vencedores de la Guerra Fría, de que la guerra tal y como la conocemos, llegase a su fin, sin sospechar, por otra parte, que esto en cierto modo ya ha empezado a ocurrir, pero por razones muy diferentes a las esgrimidas por Fukuyama. En este pequeño artículo tomamos prestado, no sin cierta sorna, el título de la obra del pensador estadounidense, para hacer un ejercicio de prospección mucho menos pretencioso.

Quiero dejar claro al lector, antes de entrar verdaderamente en materia, que esto solo es un ejercicio teórico sin ningún valor, al menos a medio plazo. La mayor parte de prospecciones sobre el futuro de la guerra se han demostrado siempre falsas, especialmente cuando han sido los propios militares quienes las han realizado, dados como son a ver en el conflicto anterior la tendencia que marcará el siguiente. No hay más que el plan francés para la Franco-Prusiana, basado originalmente en una idea del Mariscal Ney en tiempos de Napoleón I, o la construcción de la “Línea Maginot” para entender que avanzar el futuro de algo tan complejo como la guerra, incluso a pocos años vista, es demasiado difícil. incluso cuando las previsiones sobre el futuro de la guerra han estado elaboradas por los más conocidos futurólogos, como es el caso de los Toffler o de Jeremy Rifkin, muy acertados sin embargo a la hora de deducir lo que sobrevendría en otras áreas de la vida como la economía o la política, han sufrido de numerosas carencias.

No obstante, creo también que la tendencia general de la que aquí se habla, salvo caso de guerra a gran escala, es acertada, una tendencia en la que el soldado de a pie de toda la vida, el que ha soportado el peso de la mayor parte de las guerras en todos y cada uno de los conflictos que la Humanidad ha sufrido desde que el primer Homo Sapiens decidió que darle un garrotazo al vecino y robarle la comida era más sencillo que matar un mamut, está destinado a desaparecer. Qué vendrá en su lugar, es difícil saberlo con certeza, pero está claro que será algo muy diferente a lo que conocemos hoy en día y probablemente algo muy diferente siquiera a lo que sospechamos que pueda venir.

En cualquier caso, la Revolución Militar en ciernes, forzada por los avances en Inteligencia Artificial, Big Data, robótica, la impresión 3D o el Internet de las Cosas1 nos obliga a replantearnos la configuración de los Ejércitos desde sus cimientos, bajo el riesgo de mantener una serie de estructuras, procesos de decisión y unidades que no serán sino un lastre. Además, los cambios disruptivos que se avecinan -que ya se están produciendo, de hecho- parecen indicar que la relación entre los tres vértices del triángulo guerra-sociedad-ejércitos cambiará para siempre.

El último soldado

La tecnología, la capacidad de análisis racional y el éxito en el campo de batalla, han estado íntimamente unidos desde el principio de los tiempos. A cada avance en el armamento le ha seguido una respuesta en forma de coraza y a cada nueva estratagema una táctica o estrategia que la contrarrestaba siguiendo una lógica dialéctica acumulativa que, de cuando en cuando, generaba una RMA (Revolución en los Asuntos Militares) y solo cuando los cambios introducidos eran tan grandes que podrían considerarse disruptivos, se deba una RMA. Dicho de otra forma, si una RM se produce a escala global y tiene un alcance político, económico, industrial, social e incluso cultural, una RMA es un fenómeno mucho más limitado, ceñido a la escala estratégica y cuyo alcance se limita únicamente a las fuerzas armadas y su forma de funcionar y no a la sociedad en su conjunto2.

No obstante, y a pesar de la evolución que ha sufrido la guerra y todo lo que la concierne, a lo largo de estos al menos 450.000 años en que la Historia registra enfrentamientos armados entre grupos humanos, ha habido una constante importante: La separación entre los soldados, marineros, etc, -la tropa en definitiva- y los mandos, independientemente de la forma de las escalas, la época y el lugar. Incluso en el caso de la tribu más igualitaria que podamos imaginar, la conducción de una operación “militar” exigía un mando claro sobre el terreno, por más que las decisiones acerca de la estrategia pudiesen haber sido colegiadas. Una vez sonaban los gritos de ataque, solo uno podía dar las órdenes, como sin duda pronto aprendieron nuestros antepasados, bajo riesgo de pagar con la desaparición del grupo la falta de concierto y el desorden táctico.

Es, por tanto, una idea falsa, la de que en algún momento hubo una “arcadia feliz” en la que el “buen salvaje” vagaba por los campos en busca de comida, entre iguales, sin envidias, sin discusiones y sin los estragos de la guerra. Siempre, puesto que nuestra organización social ha sido jerárquica desde antes de ser plenamente sapiens, ha habido líderes y conflictos para dirimir este liderazgo. Del mismo modo, a la hora de conducir las operaciones militares contra los clanes rivales, por muy rudimentarias que estas fuesen, ha sido siempre necesario un liderazgo que estableciese las pautas a seguir: momento del ataque, táctica a emplear, instante de la retirada si las cosas salían mal o de terminar la persecución si se había logrado la victoria, etcétera. No hubiese sido posible que una organización funcionase de otra forma, como no lo es hoy… todavía. No en vano, sin liderazgo sería imposible cumplir con los principios militares más elementales, como el mantenimiento del objetivo3.

Este liderazgo militar, utilizando como herramienta la ideología, la religión o el nacionalismo para poder unir a la tropa tras de sí, se ha ejercido siempre por parte de una élite minúscula en comparación con el número de soldados: la oficialidad. No obstante, a medida que la tecnificación ha afectado cada vez más al funcionamiento de los ejércitos, se ha producido un cambio lento pero constante, por el cual la tropa se ha visto obligada a mejorar su nivel formativo, lo que no hace sino acercarle en ciertos aspectos a los suboficiales y oficiales. La Historia está plagada de ejemplos de este proceso, como cuando el Príncipe de Liechtenstein modernizó la artillería del ejército austriaco a mediados del S. XVIII no solo cambiando el tipo de piezas utilizadas, sino haciendo un esfuerzo sin precedentes por crear nuevos regimientos con un nivel formativo muy superior al que se podía encontrar en los de infantería, consciente como era de que un soldado analfabeto y embrutecido por la vida militar no era útil a la hora de manejar una pieza que requería, incluso del último de sus sirvientes, de ciertos conocimientos y capacidades4. Aun así, salvo casos curiosos como el de España en diversas épocas, en que se ha padecido una macrocefalia sin sentido -y seguimos en ello-, lo habitual es que el número de mandos sea mucho menor que el de tropa y, sobre todo, que los mandos formen un cuerpo cerrado con una fuerte conciencia de clase.

Por otra parte, los ejércitos no se han profesionalizado en Occidente en los últimos años únicamente debido a presiones sociales o a que esto haya sido posible por la desaparición del enemigo que durante medio siglo acechó al otro lado del “Telón de acero”, más bien al contrario, se han profesionalizado como única salida en una competición en la que la tecnología marcaba la diferencia y necesitaba de personal motivado, eficiente y con unas dotes mínimas para explotar todas sus posibilidades5, amén de por razones sociales y políticas, claro está, pero que debemos dejar en segundo plano. Lo cierto es que ha habido una necesidad patente de elevar el nivel cultural y técnico de la tropa, como respuesta a las mayores exigencias que la tecnología y la mayor complejidad del campo de batalla actual imponen a todos y cada uno de los militares, desde el General de Ejército al último de los soldados.

Esta elevación del nivel cultural no se puede basar en una mayor exigencia a todos los componentes de un ejército de masas, sino que por contra, va a consistir cada vez más en la reducción paulatina del número de efectivos hasta que únicamente haya oficiales y suboficiales y, en su caso, quizá un minúsculo -en comparación con el actual- número de soldados, generalmente encargados de tareas auxiliares (limpieza, cocina…). Puede parecer una conclusión aventurada, pero la robotización es un hecho y se implementará cada vez con mayor rapidez dados su beneficios no solo en cuanto a la reducción del número de bajas, sino a la capacidad de complementar al ser humano e incluso superarle en tareas concretas. Así, pese a su uniforme, los militares de baja graduación dedicados a tareas auxiliares no podrán ser considerados soldados como tales, pues no tendrán ningún papel relevante en el combate, si es que llegan a tener algún papel. Además, a esto ha de sumarse la tendencia a confiar el grueso de estas tareas bien a empresas civiles, bien a empleados civiles dentro de los propios ejércitos.

Sea como fuere, la tendencia es clara y en las próximas décadas, unida a la multiplicación de conflictos en la Zona Gris6 condenará al soldado tradicional a la irrelevancia. Así, salvo que se de un conflicto convencional a gran escala -algo que no puede descartarse nunca-, la guerra tal y como la conocemos desaparecerá y con ella lo hará también el último soldado.

Batalla de Borodino
Batalla de Borodino. El papel del soldado tradicional está presto a desaparecer.

 

El final de la guerra

La idea de guerra, entendida la confrontación armada entre dos colectivos -generalmente estados- y dirigida a la consecución de una serie de territorios o sus recursos o posibilidades estratégicas asociadas, ha estado siempre asociada al concepto de batalla. Es cierto que siempre ha habido ejemplos de eso que ahora llamamos conflictos asimétricos, contrainsurgencia, operaciones encubiertas, guerra psicológica, etc, pero, con todo, la mayoría de los conflictos esperaban ser resueltos en una batalla campal -o naval-.

Actualmente, se está llegando a una situación de bloqueo estratégico, especialmente desde la llegada del arma atómica, pero también en los últimos años con el auge de las capacidades A2/AD, que hace improbable tanto la guerra convencional como esa batalla que no es sino su culminación y que obligan a proseguir la competición por otros cauces, como las operaciones en la Zona Gris del espectro de los conflictos, ya citada7. Las guerras ya no entienden de fronteras ni se limitan a luchar por estas mediante el empleo de la fuerza. Por el contrario, la guerra informativa, la guerra económica o la guerra psicológica tienen una importancia capital, mayor sin duda que la que han tenido hasta ahora, por más que siempre hayan existido. De hecho, se puede decir que vivimos en un estado de guerra perpetuo en el que sin llegar en muchos casos a enfrentarse de forma abierta -guerra caliente-, en el campo de batalla, los diversos actores se ven inmersos en una competición cruenta que tiene como escenario los lugares más insospechados. Es muy posible que dos ejércitos regulares no se lleguen a medir sobre el terreno y, no obstante, que a la vez operaciones encubiertas, ataques informáticos y bloqueos económicos o políticos provoquen un daño mayor que algunas de las guerras del pasado.

Las guerras, además, ya no se reducen a conflictos entre naciones-estado. En su lugar, grupos terroristas utilizando desde “lobos solitarios” a ejércitos irregulares, corporaciones económicas utilizando mercenarios o financiando guerrillas, grupos paramilitares, ejércitos convencionales y cualquier combinación de todos los anteriores y de más actores que podamos imaginar, protagonizan los conflictos que se están dando en buena parte del globo. Esto no significa que los estados no puedan enfrentarse, pues lo hacen y lo seguirán haciendo, pese a lo cual, la mayor parte de los conflictos implicarán a estados y a otros muchos actores no estatales en un todo difícil de reducir a estereotipos. Es algo sobre lo que se viene teorizando desde hace mucho tiempo, con conceptos como los de “Guerra en Red”, “Guerra Híbrida”, “Guerras de Cuarta Generación” y demás intentos de fijar un marco explicativo que permita estudiar un fenómeno que muta con creciente rapidez8.

La evolución del armamento sigue una lógica diferente a la que hemos visto hasta ahora. Si bien hasta no hace mucho era posible que guerrilleros pusieran en jaque a ejércitos bien pertrechados pese a estar en inferioridad material, desde el punto de vista del armamento esto va a ser cada vez más difícil, por no decir imposible. De hecho, en buena parte de los casos será absolutamente impensable que un bando se haga con armamento del enemigo y lo utilice, como cuando los nativos norteamericanos compraban rifles que utilizar contra los soldados estadounidenses o como cuando la Rusia de Pedro I el Grande construyó su primera armada en el Mar Negro atrayendo carpinteros de ribera, metalúrgicos e ingenieros de en algunos casos de sus naciones rivales. Lejos de esto, se antoja imposible que un grupo como Daesh pueda hacer volar un cazabombardero moderno o, como estamos viendo con el caso de los Leopard 2ª4 de Turquía capturados por el Daesh, a utilizarlos con cierta eficacia. Tampoco serán capaces por sí mismos de fabricar una bomba nuclear en el sentido estricto -no una bomba sucia-, al igual que se antoja sumamente complicado que incluso con la infraestructura que han llegado a poseer en Iraq y Siria puedan elaborar armas químicas o biológicas verdaderamente efectivas. Por el contrario, los verdaderos avances tecnológicos, que llevarán a la desaparición de los combatientes sustituidos en su mayor parte por máquinas estarán en manos de los estados, únicos con músculo económico, industrial y técnico suficiente como para dar este paso.

El resto de agentes podrán aprovechar puntualmente capturas de material o ciertos adelantos e innovar en base a combinaciones nuevas de lo ya conocido -como los VBIEDs o los drones cargados con explosivos- pero siempre estarán varios escalones por detrás en el aspecto tecnológico y esto hará que la desproporción de bajas entre unos agentes y otros siga aumentando según pase el tiempo -lo que no implica que el más fuerte gane, en cualquier caso, pues la victoria perfectamente puede venir de la imposición de un relato sin haber hecho mella en las fuerzas físicas del oponente-. Así, si en la época colonial era posible que se diesen dolorosas derrotas como Isandhlwana, en la que no obstante las bajas británicas apenas fueron superiores a las zulúes o, en fecha tan reciente como 1995, Grozny o en 2006, Líbano, cada vez más la tecnología va a permitir la lejanía respecto al centro de la acción y con esto, reducir de forma drástica el número de bajas humanas. En cualquier caso, lo importante es entender que el salto tecnológico entre los que disponen de medios avanzados y los que no va a ser tan grande que no habrá forma de superar esa diferencia en combate. Eso obligará a profundizar en formas de combate alternativas pero que, en cualquier caso, no pueden ser consideradas guerra. No en el sentido tradicional.

Como hemos dicho, la tecnología hace posible controlar el campo de batalla y atacar desde lejos. Precisamente, la distancia entre los principales activos de los ejércitos modernos y el campo de batalla crece. Pero esto no solo afecta a las tropas sobre el terreno sino que, cada vez más, los recursos humanos más determinantes de los ejércitos del siglo XXI se encuentran en la retaguardia y no en el frente, cuando no directamente en otro continente, realizando labores que tienen más que ver con la inteligencia o la planificación que no con el combate. Incluso atacando mediante sistemas no tripulados, pero siempre lejos de la acción y con su integridad física a salvo. Esto por sí solo, al reducir al mínimo la posibilidad de sufrir bajas en uno de los bandos, constituye ya de por sí una revolución de consecuencias inimaginables, pues de la misma forma que se puede considerar una ventaja, supone un impedimento brutal en los casos en que las bajas se produzcan ya que, por pocas que sean, supondrán un shock para una sociedad que será cada vez más intransigente ante la idea de la violencia y que, no obstante, solo podrá mantener su modo de vida en tanto esta se ejerza de forma efectiva.

En otro orden de cosas, la relación entre los ejércitos -vuelvo a señalar que hablo exclusivamente de los más avanzados- y el territorio ha cambiado. Ya no es tan determinante el control del territorio puesto que pueden realizarse ataques literalmente desde miles de kilómetros de distancia y, en cualquier caso, la situación de bloqueo estratégico a la que hemos hecho referencia hace cada vez más complicadas la invasiones directas como la de Irak o la de Afganistán. Incluso Rusia ha optado por formas imaginativas en el caso de Ucrania. En los casos en que sea imprescindible la ocupación física, se tiende por lo general a utilizar tropas de terceros para llevar el peso de las operaciones y a servirse de medios como los grupos de Operaciones Especiales o compañías privadas (PMC o Private Military Company), como sucede con el Grupo Wagner en varios estados africanos o en Siria.

Por estos y por muchos otros factores, podemos decir que la guerra, en el caso de los países desarrollados, que cada vez sufren menos bajas para lograr sus objetivos, ya no es tal. Además, con la tecnificación creciente del campo de batalla se abre un capítulo nuevo en el que los ejércitos de masas se verán eclipsados por los combatientes robóticos, autónomos o no, todavía imperfectos, pero que avanzan de forma exponencial. Es más, lejos de la idea de que los sistemas robóticos son esos pequeños vehículos o drones armados, hay toda una revolución en segundo plano que afecta a capacidades como la de identificación de objetivos -algo que la IA hace infinitamente mejor que los seres humanos analizando por ejemplo imágenes por satélite y localizando instalaciones militares- o la criptografía.

Sin duda, continuarán dándose los enfrentamientos, seguirán siendo crueles, habrá un amplio número de bajas civiles y por supuesto de combatientes, pero como hemos ido viendo desde los años 90, cada vez será más posible determinar el resultado de un conflicto sin el empleo masivo de la tradicional infantería y el número proporcional de bajas será cada vez menor y vendrá seguramente determinado más por los efectos de acciones terroristas que por las pérdidas militares puras. Esto no quita para que, en caso de guerra entre India y Pakistán, o entre Rusia y China o las dos Coreas, o incluso entre China y Estados Unidos, puedan darse guerras de alta intensidad por objetivos limitados o incluso ilimitados. Pero que algo no pueda suceder no quiere decir que sea lo más normal y aquí estamos hablando de las tónicas generales y no de las excepciones.

Por tanto, tenemos que los conflictos del futuro dejarán de ser guerras en el sentido tradicional, en tanto cada vez se darán menos bajas humanas y su resultado dependerá más de la capacidad de inutilizar los puntos económicos y tecnológicos vitales del enemigo o de imponer un relato, obligándole a capitular, que de la capacidad de destruir sus fuerzas armadas.

La complejidad del campo de batalla futuro cambiará el papel que el ser humano juega en él, lo que cambiará también el sentido del término guerra.
La complejidad del campo de batalla futuro cambiará el papel que el ser humano juega en él, lo que cambiará también el sentido del término guerra.

 

¿Y ahora qué?

Si armas como la infantería tienen un papel cada menor y sí, el soldado de siempre, inculto, bruto, sufrido y de vida miserable y escasa recompensa es cosa del pasado; ¿Quién va a ocupar su lugar? La respuesta es sencilla: Nadie.
Los ejércitos tecnológicos van a dejar el lugar del soldado a las máquinas, bien en forma de drones o de robots autónomos o manejados desde la seguridad de la distancia. Serán estos quienes carguen con el peso de los enfrentamientos tanto por una cuestión de eficacia militar como de economía -hoy es demasiado oneroso entrenar y perder un solo soldado y en el futuro lo será aún más-. Esto no quiere decir que el componente humano desaparezca por completo de la primera línea del frente, pero actuará más como coordinador en las operaciones llevadas a cabo por máquinas que no como combatiente.

En cualquier caso, como es fácil de entender, un soldado raso que apenas cuenta con el graduado escolar difícilmente será capaz de manejar el tipo de equipos que este campo de batalla exige. Eso nos lleva a una conclusión: el componente humano de los ejércitos del futuro solo estará presente en forma de oficiales y de suboficiales, del mismo modo que en muchas empresas cada vez más hay una cantidad moderada de directivos y también, por debajo de estos una cantidad mayor, pero no mucho, de ingenieros, programadores informáticos y otros profesionales con alta cualificación que se encargan de que las máquinas sean capaces de cumplir las órdenes que emanan de la dirección. Directivos y cuadros medios sí, pero apenas operarios realizando tareas repetitivas y de escaso valor añadido, algo en lo que sin duda son superados por las máquinas… Naturalmente, como decimos, esto solo se circunscribe a las naciones o actores, pues no todo serán estados-nación, más desarrollados. Convivirán a su vez con otros actores como ya hemos dicho de carácter paramilitar, terrorista o mercenario pero, en prácticamente casi ningún caso, soldados regulares.

Esto, que parece algo deseable dada la aversión generalizada a la violencia9, provocará una serie de cambios, tanto en la sociedad, que seguirá con su tendencia a alejarse de los militares pese a seguir necesitando de su actuación, como dentro de las propias Fuerzas Armadas, pues la distancia entre los dos grupos supervivientes se reducirá y eso tendrá consecuencias que van desde el trato a los privilegios y de la movilidad vertical y horizontal al espíritu de cuerpo. Imaginen un futuro en el que en las Fuerzas Armadas ocurra algo de lo siguiente:

  • Aumento de la movilidad horizontal: Se permita la entrada a las Fuerzas Armadas a cualquier individuo, independientemente de su edad, siempre que tenga algo que ofrecer y a cualquier puesto en el que pueda ser útil sin necesidad de ir ascendiendo en función de la Ley de la Carrera Militar de turno y la escala que ésta marque. Hemos de pensar que en un ejército tecnológico hay puestos en los que personal proveniente del mundo civil puede ser más adecuado para labores concretas que el personal militar. Esto obligará a que las Fuerzas Armadas contraten e incluso otorguen rango acorde a su responsabilidad a personas que no tienen forzosamente que haber contado con experiencia militar previa. Del mismo modo, habrá una mayor permeabilidad en sentido contrario y militares bien formados en las academias de los ejércitos y con experiencia serán requeridos por la industria civil. Desaparecerá pues la rígida diferenciación entre ambos mundos y será posible la salida y reingreso en las FAS.
  • Aumento de la movilidad vertical: Actualmente es prácticamente imposible por muchas razones que un soldado raso llegue a General. Lo mismo puede aplicarse a los suboficiales, al menos en nuestras Fuerzas Armadas, pero también en muchas otras. Estas barreras irán paulatinamente desapareciendo y si, en principio, seguirá existiendo una separación entre suboficiales y oficiales, esta se demostrará como una distinción vacua que a la larga será también abolida optándose por una escala única y con menos vacantes por antigüedad si es que llega a haber alguna.

Ahora piense el lector también en los cambios que los nuevos tipos de guerra van a producir sobre los propios militares. Si ya hace tiempo que la vida militar viene siendo cada vez menos exigente -sí, los exaltados de siempre pueden rasgarse las vestiduras-, según los soldados vayan desapareciendo del campo de batalla y tengan una relación menos cercana con el sufrimiento físico y moral y con la propia violencia, la relación básica entre el militar y su medio va a cambiar. Va a ser difícil que un uniformado sentado a miles de kilómetros del frente no pierda la noción de la realidad pues dejará de percibir directamente los efectos de sus acciones, lo que obligará también a cambios. Va a ser un reto para los ejércitos que sus hombres no pierdan el norte y sigan sirviendo bajo unas normas y con unos valores firmes, cuando todas las tendencias apuntan a que la disciplina y la jerarquía, que eran los cimientos de la institución militar, serán cada vez más débiles.

Para la sociedad también se llegará a una zona desconocida. La complejidad del campo de batalla futuro cambiará el papel que el ser humano juega en él, lo que cambiará también el sentido del término guerra. Sin apenas bajas, o bien cada una de estas se magnificará, haciendo la violencia totalmente insoportable o bien la utilización de la fuerza será mucho más tolerable al no tener consecuencias palpables, rompiéndose el cálculo tradicional de coste/beneficio. Dependerá en gran medida del relato que los poderes públicos sean capaces de construir…

 

Nota del autor

Este artículo está incompleto. Nació hace un par de años como una serie de apuntes sobre un tema que siempre me ha interesado y nunca he llegado a finalizarlo, ni creo que lo haga. Solo me he decidido a publicarlo después de leer un artículo de Samuel Morales titulado “La transformación de las Fuerzas Armadas en un mundo complejo”. Dicho artículo, mucho más comedido que la colección de ideas -algunas demasiado osadas- y en muchos casos sin demasiada relación, que aquí propongo, tiene la virtud de aventurar algunos de los cambios que será necesario acometer en las FAS si pretendemos que se adapten a futuros escenarios. Ruego al lector que perdone las incongruencias que el texto tiene y se lo tome exclusivamente como lo que es, un intento de dar un poco de luz a un futuro que perfectamente podría ser completamente distinto.

 

Notas

  1. https://www.ugr.es/~gesi/transformacion-fuerzas-armadas.pdf
  2. https://www.ejercitos.org/2018/07/16/third-offset-strategy/
  3. http://virtual.esup.edu.pe/bitstream/ESUP/157/8/Cap.%203.pdf
  4. Basset, R. (2018) “Por Dios y por el Káiser. El Ejército Imperial Austriaco, 1619 -1918”, Madrid, Desperta Ferro.
  5. http://seguridadinternacional.es/?q=es/content/sistemas-de-lecciones-aprendidas-en-conflictos-en-el-ej%C3%A9rcito-de-tierra-espa%C3%B1ol
  6. https://www.ejercitos.org/2018/09/27/la-zona-gris/
  7. El profesor Javier Jordán nos ofrece una explicación académica del concepto en el siguiente artículo: http://www.seguridadinternacional.es/?q=es/content/el-conflicto-internacional-en-la-zona-gris-una-propuesta-te%C3%B3rica-desde-la-perspectiva-del
  8. https://www.ejercitos.org/2018/10/11/los-apellidos-de-la-guerra-i/
  9. http://www.au.af.mil/au/afri/aspj/apjinternational/apj-s/2001/1trimes01/hyde.htm