Las voces de la estrategia

Lucien Poirier

Las voces de la estrategia - Ediciones Ejército

 

Las voces de la estrategia

Lucien Poirier

 

Hay libros y libros. Este es de los segundos. Un libro denso, difícil, en ocasiones lento y desesperante, siempre rebuscado, pero que encierra una serie de lecciones que no podemos extraer de ninguna otra obra, tal es su singularidad. Una obra notable tanto por su extensión como por su propuesta, aunque da la impresión de quedarse a medias en muchos aspectos, tantas son las preguntas que lanza y tan pocas las respuestas que propone.

Publicado por primera en Francia en 1979, su autor, Lucien Poirier lo fue todo en el Ejército Francés, alcanzando el generalato como colofón a una carrera que se inició en la Segunda Guerra Mundial y que le llevó a ser prisionero alemán, a formar parte de la Legión Extranjera, a participar en la Guerra de Indochina y a tomar parte en el conflicto argelino antes de dedicarse por completo a la escritura. En este terreno fue también un autor prolífico, especializándose en la guerra nuclear fascinado, como muchos otros de sus coetáneos, por el papel estratégico del arma atómica.

Además de intentar desarrollar una teoría del uso de las armas nucleares, tuvo tiempo para intentar descifrar las constantes detrás de la estrategia y es en ese esfuerzo en donde se encuadra «Las voces de la estrategia», un libro dividido en tres partes bien diferenciadas, cada una de las cuales aborda un tema particular.

La primera de ellas, sin duda la más valiosa, nos habla sobre las formas de la estrategia, por decirlo de alguna manera. Intenta explicarnos el proceso que sigue el pensamiento estratégico y nos introduce la idea de una genealogía de la estrategia, planteando la interesante cuestión de si existen ciertas familias estratégicas en función de la aproximación que cada autor escoge para abordar un problema concreto. Por explicarlo de forma sencilla, Poirier nos agrupa a los diferentes tratadistas estableciendo lazos por ejemplo entre el chino Sun-Tzu y el británico Liddell Hart, pues a pesar de los milenios que separaron a ambos, los dos se decantaron por la estrategia indirecta. Aunque en este capítulo se dedica a abrir una serie de puertas que en ningún momento cierra, sí resulta una lectura sugerente precisamente por todas las posibilidades que va planteando y permite que nuesta imaginación vuele intentando descubrir nuevos nexos entre unos autores y otros. Además, nos obliga a reflexionar acerca de si existe un proceso lógico a la hora de pensar «estratégicamente», con una serie de pasos obligados si de verdad pretendemos triunfar.

La segunda parte es, sin duda, la más pesada del del libro. Quien escribe no puede ocultar la desesperación que llega a producir no tanto por el tema -al fin y al cabo Guibert merece no uno, sino muchos libros- como por la prosa de Poirier, demasiado enrevesada. Decimonónica.

Puede decirse que el general disfrutaba escribiendo y que se gustaba a sí mismo, algo que paga el lector. El problema no es solo estilístico. Los razonamientos que expone Poirier son complejos, a veces incluso demasiado rebuscados y lo que ya se atisba en la primera parte, nos golpea con fuerza en la segunda hasta el punto de incitarnos a abandonar la lectura. Que nadie desespere. Al fin y al cabo el Teniente General de Guibert se adelantó en medio siglo a Clausewitz al señalar la necesidad de apoyar a las tropas con las «fuerzas morales» (adelantando dos de los tres componentes de la trinidad del prusiano) y, por si esto no fuera poco, fue el primero en separar la «táctica» de la «gran táctica», inaugurando de alguna forma lo que hoy denominamos estrategia. Por último, el genio francés definió una serie de principios militares (axiomas), que todavía están en algunos casos plenamente vigentes.

La última parte la dedica Poirier a Antoine Henri de Jomini, quien más temprano que tarde pasará por estas páginas, pues su obra, ahora eclipsada por la de Clausewitz, durante todo el siglo XIX tuvo una influencia incuestionable sobre la oficialidad de las naciones europeas. Jomini, que básicamente se dedicó a reflexionar sobre el hacer de Napoleón, intentando desentrañar los secretos de la mente del pequeño corso para trazar una serie de principios y reglas (casi geométricas en algunos casos), ha perdido mucha de su vigencia pues, en realidad, su obra aporta muy pocas cosas nuevas y carece de la profundidad de Clausewitz. Con todo, Poirier le dedica un buen puñado de páginas en las que trata de exponer y juzgar sus aportaciones.

«Las voces de la estrategia» es, como hemos dicho desde el principio, un libro denso, irregular y difícil. Aun así su primera parte resulta esencial y nos interroga -más que aclarar- acerca de la verdadera naturaleza de la estrategia y las formas de pensar estratégicamente. Porier se preguntaba a sí mismo si realmente hay una serie de procesos mentales propios de la estrategia, si hay una forma de pensar verdaderamente estratégica y también qué lleva a unos autores a elegir una vía directa y a otros a confiar en la estrategia indirecta. Se preguntaba también muchas otras cosas, pues casi cada párrafo es una pregunta y de esta forma, cuando le leemos, pasa a nosotros la obligación de buscar respuestas. Ese es quizá el gran mérito de este libro y algo que no todos consiguen: obligarnos a pensar. ■