La OTAN, el último fósil del S. XXI

Es especialmente notoria la necesidad de acabar con el aislamiento al que se somete al gigante del Este, favorecer su democratización y evitar la agresividad de un país con enormes recursos que se encuentra acorralado por la política expansionista de la OTAN

 

La OTAN, el último fósil del S. XXI

Es necesario terminar con el aislamiento al que se somete a Rusia

 

Por Roberto Gutiérrez

 

Los terremotos tienden a sacudir los cimientos de aquellas estructuras que los padecen, más si no estaban diseñados para ello.

Esto es lo que ha sucedido con el ‘status quo’ de la defensa occidental, armoniosamente inamovible durante décadas y sacudido no por uno, si no por múltiples seísmos en los últimos años.

En primer lugar el problema identitario de un organismo de gran influencia política, pero remiso a asumir competencias de defensa, como es la UE, que se enfrenta a la salida de uno de sus pilares; a la sazón el más atlantista de sus miembros y firme boicoteador de la política de defensa común, como es Reino Unido.

Ante este desafío, Francia está impulsando una verdadera política económica de adquisiciones en el ámbito de la defensa (la PESCO) que serán financiados con fondos europeos; a la par que ha puesto en duda abiertamente, y por primera vez, la actual estructura y competencias de la alianza atlántica.

Es en ese momento cuando EEUU, que paga la mayor parte del esfuerzo de sostenimiento de la OTAN y que lleva varios años reclamando mayores inversiones a sus socios (y que ha arrancado tibios compromisos de crecimiento a algunos de ellos) se ha plantado ante la exclusión de las empresas norteamericanas en estos proyectos.

Es de hoy la noticia de que se ha alcanzado un acuerdo para que estas últimas puedan competir por participar en los programas de equipamiento impulsados por la PESCO, que estaban diseñados para beneficiar principalmente a la industria de Francia y Alemania; si bien se deja fuera de la misma, con un criterio ético difícil de definir, a otros países que no sean democracias consolidadas. Sin duda un ejercicio de caínismo que no vincula a los países miembros en sus decisiones soberanas, lo que puede minar la pretendida unidad industrial.

Así, mientras Alemania a boicoteado la venta de cazas Eurofighter a Arabia Saudí, imponiendo su decisión a los otros socios del programa; la industria española (asociada con EEUU), ha mantenido su compromiso de venta de Buques de guerra a este país. Lo que nos da una clara idea de las limitaciones de soberanía y los perjuicios económicos que puede suponer participar en programas europeos con cláusulas políticas vinculantes.

No obstante, si hay un país en el ojo del huracán, y que ha provocado el último temblor dentro de la alianza, ese es Turquía. Ciertamente el alineamiento del viejo imperio otomano con los intereses de occidente fue uno de los aportes más valiosos de la OTAN, especialmente después de los atentados del 11S, a la seguridad y estabilidad en occidente. Pero la deriva de su régimen totalitario y su voluntad de ser un actor regional en su zona de influencia, que por otra parte ha vivido los mayores desafíos a la estabilidad mundial en los últimos tiempos de la mano de un viejo conocido continental, ha colocado a la OTAN en un serio aprieto diplomático.

Es importante valorar que Rusia, al igual que Turquía, no es una democracia y por tanto su apoyo a otros regímenes como el Sirio, no debe extrañarnos. De hecho en el pasado, los EEUU han protagonizado multitud de actos reprobables en este aspecto, apoyando o destruyendo régimentes con la misma ‘casus belli’ según su conveniencia, incluso en contra de gobiernos democráticos.

Por contraposición, asistimos a un enaltecimiento de los valores europeístas en la política exterior de la unión al respecto de la exportación de armamento a países de este tipo, pegándose un tiro en el pie de su sostenimiento industrial y poniendo en peligro las relaciones diplomáticas con países que, como Arabia Saudí o Rusia, son sus suministradores de hidrocarburos. Por contra, ha sido incapaz de contemporizar y preservar los acuerdos de desnuclearización con Irán (la antítesis ideológica y formal del espíritu europeo) asistiendo impotente a como sus socios de la OTAN ponían a oriente medio al borde del abismo. De hecho es ahora un lastre para establecer una política exterior coherente.

No solo el primer ministro francés, Emmanuel Macron, ha advertido de esta circunstancia, también artífices de la unificación alemana, de la que próximamente se cumplirán 30 años (otro de los grandes éxitos que vivió la OTAN) han hecho hincapié en que estas políticas agresivas de Washington o Londres respecto a Siria o Irán, del gobierno turco o del mismísimo Kremlin, no son positivas para la estabilidad mundial.

Bien es cierto que en esta crónica también la UE deberá someter a examen sus políticas de dependencia comercial con el mayor y más poderoso de sus interlocutores, no democrático, como es China.

Mientras EEUU pide a Europa que se defienda sola porque ha empezado una ofensiva diplomática y comercial con el gigante asiático, aquella sigue ensimismada en un idílico mundo de la competencia capitalista con un país que no rinde cuentas ante su pueblo sobre los desmanes de su liberalismo económico (y ambiental), ni su sistema político y menos aún, sobre los derechos civiles de sus ciudadanos; instrumento del gobierno de Pekín en su asalto ‘pacífico’ a occidente. Esta es una amenaza ante la que Europa, en permanente estado de parálisis, no ha sabido reaccionar.

Todo esto no es sino la constatación dentro de la OTAN de que las amenazas son diferentes, las políticas e intereses estratégicos de los socios divergentes, y las herramientas de seguridad aplicables, antagónicas entre el frente anglosajón, los miembros de la UE y los socios periféricos.

Por otra parte, los litigios dentro de la OTAN, como los que asolan hace décadas a Griegos y turcos, o la asimetría entre los miembros de esta y los de la UE (que no pertenecen a la alianza en su totalidad), no deja otro camino a largo plazo de cumplir los deseos de EEUU por un lado, y Francia (locomotora económica, potencia nuclear y líder en política exterior de la UE) por el otro.

La necesaria refundación de la OTAN pasa por una mayor implicación de los países europeos en su seguridad e independencia en su política exterior; junto a una relación de paridad con EEUU en los asuntos que afectan a la misma. Debe abrirse la posibilidad de llegar a acuerdos no vinculantes entre los diferentes actores (EEUU, Commonwealth, UE, Turquía) sin perjuicio de que estos firmen otros con potencias regionales como Israel, Arabia saudí, Marruecos (hoy con acuerdos bilaterales con EEUU al margen de la política europea) e incluso Rusia y China.

Es especialmente notoria la necesidad de acabar con el aislamiento al que se somete al gigante del Este, favorecer su democratización y evitar la agresividad de un país con enormes recursos que se encuentra acorralado por la política expansionista de la OTAN; cuando ha sido y es, pese a su arsenal nuclear, una potencia militar colapsada y un cliente economico con un potencial enorme.

Llegados al punto de favorecer una relación de beneficio mutuo entre los países europeos con el vecino ruso, y consolidada la entidad política y militar de la unión europea; el tiempo de la OTAN sin duda habría terminado. Esa debe ser la obligación de las cancillerías europeas, solo el tiempo dirá si el objetivo se ha cumplido.